Veo un documental sobre la cárcel de Patarei ubicada en Estonia que lleva años abandonada y aún así te cobran 3 euros por visitarla (estos capitalistas…).

En ese lugar los soviéticos encerraron a los colaboradores nazis durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente a los fascistas que pretendían subvertir el sistema soviético.

La descripción que hicieron los comentaristas era terrible. Lejos de toda profesionalidad, enfatizaban constantemente de manera apocalíptica. En sus rostros se reflejaba el odio anticomunista, especialmente en el de una mujer pelirroja que se presentaba como “historiadora” y a la que solo le faltaba terminar sus filípicas con un Heil Hitler.

En una de esas estaban, gesticulando como psicópatas, diciendo que los presos sólo disponían de agua fría y no tenían calefacción, cuando se les coló, como patada en la boca, una imagen de los calabozos en la que podía verse perfectamente un sistema de calefacción central basado en agua caliente.

Mami, yo quiero ser comunista, no embustero. Ni fascista. Ni nazi.

Y me gustan los Gulags como al enemigo le gusta Abu Graib y Guantánamo, por ejemplo.

No puedo citar las cárceles secretas de exterminio que EE.UU. tiene en Europa porque los “demócratas”, aún reconociendo su existencia, no han tenido a bien servirnos ni una sola imagen.

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