De los ‘chalecos amarillos’ a los ‘brazaletes blancos’: cómo domesticar una movilización espontánea

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Las nueve semanas de protesta de los “chalecos amarillos” están siendo el mejor laboratorio moderno de lo que Lenin explicó ya hace cien años en su “¿Qué hacer?”, a saber, el componente espontáneo de una lucha, sus limitaciones y sus lecciones. Es uno de esos casos en los que la vanguardia tiene que aprender de las masas.

El gobierno lo está intentando todo para frenar las movilizaciones pero, sobre todo, para “encauzarlas”, convertirlas en cortejos inofensivos. Ayer se demostró que hasta ahora ha fracasado, lo cual demuestra la profundidad del descontento y el hastío opular.

Nada menos que a la agencia de noticias AFP se le ocurrió ayer (*) algo que tiene poco que ver con su cometido profesional, que creíamos que era el de informar. Lo que propone no es que el gobierno cambie su política económica; quienes deben cambiar son siempre los explotados y humillados que, como van a seguir por siempre en su misma condición, explotados y humillados, también van a seguir protestando.

A los “chalecos amarillos” hay que domesticarlos lo mismo que a los sindicatos. Primero hay que domesticar a la dirección para que a su vez convoque protestas a su imagen y semejanza, es decir, domesticadas.

La AFP dice que los “chalecos amarillos” son poco “profesionales”, personas que no tienen la costumbre de manifestarse habitualmente, al estilo festivalero y jocoso de las protestas domesticadas, donde la gente en lugar de luchar lo que hace es divertirse, disfrazarse de payasos y bailar acompañados de una charanga.

A eso le llaman hoy “manifestaciones”, en las que no pueden faltar nunca, dice la agencia, los “brazaletes blancos”, o sea, el servicio de orden, de tal manera que la policía no tenga que sacar la porra para desempeñar la tarea represiva que le es propia. Los convocantes deben ser policías de sí mismos para que nadie “se pase”. Que vayan por donde tengan que ir y que griten lo que tengan que gritar.

El servicio de orden de una manifestación domesticada es como el perro pastor que guía el rebaño de ovejas, lo vigila y finalmente lo conduce al redil.

Por eso ayer en París se vieron escenas que hasta ahora no se habían visto: una joven se sube a la marquesina de una parada de autobuses y la emprende a patadas para derribarla, mientras un señor vestido con su “chaleco amarillo” le increpa: no lo hagas porque los antidisturbios lo pueden utilizar como excusa para cargar.

Es una opinión muy corriente entre los domesticados para echar las responsabilidades siempre sobre los manifestantes. La policía no necesita ninguna excusa, ni para cargar, ni para disparar, ni para aporrear. Las cargas no tienen ningún otro motivo que la orden que da un jefe que ni siquiera está presente sobre el terreno, o bien responden a un plan preconcebido, discutido y aprobado el día anterior a la manifestación.

En Marsella, durante una manifestación de los “chalecos amarillos”, un antidisturbios lanzó un bote de humo contra la ventana de una vivienda y mató a la anciana que se disponía a cerrarla, al acanzarla en la cabeza. ¿Qué tumulto quería disolver?, ¿qué excusa cabe?, ¿le juzgarán al policía por asesinato?

La cadena LCI ha entregado cascos industriales a los periodistas que cubren las manifestaciones, gafas aislantes y máscaras antigás. En las calles de Francia las manifestaciones son lo más parecido a una guerra sin cuartel de las que estallan en cualquier país africano. Hoy los periodistas tienen dos cosas muy claras: que en París se juegan el físico y que los causantes de ello no son los “chalecos amarillos” sino la policía.

En las manifestaciones la violencia tiene una solución muy sencilla: basta con que la policía no acuda.

(*) http://journalmetro.com/monde/2044678/mobilisation-des-gilets-jaunes-en-hausse-en-france-premiers-heurts/

Escena de la manifestación de los ‘chalecos amarillos’ ayer en Bourges, una localidad del centro de Francia

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