Manifestación en Diyarbakir

Darío Herchhoren.— No. No se asusten. Solo se trata de un título provocador. Pero lo que si es llamativo es que la violencia en sus diversas formas está presente en nuestras vidas en forma permanente, y sin que a veces no seamos conscientes de ello. Basta un ejemplo: los cambios sociales en toda la historia de la humanidad, siempre se han producido con violencia.

Los grandes imperios que hubo durante toda la historia se formaron, se desarrollaron y cayeron gracias a la violencia. Las revoluciones del siglo XX, que cambiaron la historia como la bolchevique, la china y la cubana, lograron triunfar gracias a la violencia. Es que la historia no es otra cosa que la historia de la lucha de clases; y si hay lucha de clases esa lucha no puede ser otra cosa que una lucha violenta.

Es así como llegamos a la conclusión de que los cambios sociales solo pueden resultar tales cambios con el uso de la violencia.

Personalmente no me gusta la violencia; pero el recurrir a la misma es a veces necesario por el simple hecho de que aquellos que detentan el poder, que manejan el dinero, la educación, la sanidad y hasta los valores morales, no están dispuestos a perder sus privilegios ni a compartirlos con otros que no sean de su clase, y muchas veces esos privilegiados quieren arrebatar esos privilegios a otros iguales a ellos y eso desata las guerras interimperiales. Veamos como ejemplo las dos guerras mundiales, donde se enfrentaron los privilegiados de unos paises contra los privilegiados de otros paises, y ambos contendientes pertenecían a la misma clase social.

Todo este prólogo viene a cuento de lo que está pasando en este momento en Siria, en Venezuela y en Francia.

En Siria, la OTAN, una organización militar al servicio de los intereses imperiales de los EEUU y de algunos de sus servidores ha desatado una terrible guerra con el propósito de hacerse con el petróleo de lo que llaman el “Medio Oriente ampliado”, que llega hasta Irán, Pakistán y Afghanistán. Esos planes han fracasado estrepitosamente; y hoy el arrogante imperio norteamericano y sus comparsas (Francia, Inglaterra, Bélgica) se están retirando de alli, porque calcularon mal sus fuerzas.

Rusia que ya había sobrepasado a la OTAN en calidad y cantidad de armas convencionales, superó ampliamente a la misma en armamento no convencional (fuerzas aeroespaciales, misiles hipersónicos indetectables, buques de superficie y submarinos), y ello ha hecho que los militares norteamericanos evaluaran la situación, y llegaran a la conclusión de que era imposible ganar una guerra a Rusia, y si esta continuaba su alianza con China, no había más remedio que aceptar la pérdida de la hegemonía, y con ello, el próximo fin de la OTAN.

Basta con leer la revista National Interest, que se dedica a analizar temas militares, para llegar a esa conclusión. La dimisión del General James Mattis, ministro de defensa de los EEUU hace pocos días, se ha producido por discrepar con Donald Trump en la retirada de las tropas de Siria.

Esa decisión de Mattis, ha quedado explícita en los medios de prensa de los EEUU Washington Post y New York Times, que publicaron sendas notas citando fuentes del Pentágono, donde se exponía esa situación, y donde se alertaba sobre el pronto fin de la OTAN.

En Venezuela basta con observar como la clase adinerada está intentando evitar su seguro naufragio a manos de los sectores y clases sociales más desfavorecidas. El caso venezolano es muy peculiar, ya que el gobierno popular de Hugo Chaves y su continuación por parte de Nicolás Maduro, ha surgido utilizando las herramientas que brindaba el estado burgués capitalista. Es interesante estudiar como el sistema imperante en la Venezuela de la corrupción del gobierno de Carlos Andrés Pérez permitió celebrar elecciones democráticas, y con ello los gobiernos mencionados que fueron empujados por las masas a adoptar cada vez posturas y acciones que ponían en tela de juicio algo tan importante como es la propiedad de los medios de producción, la banca, el manejo del petróleo y el gas, principales productos de Venezuela que funcionan como el motor de su economía. La derecha venezolana ha utlizado a discreción la violencia de las “guarimbas”, con cerca de cien muertos; el desabastecimiento, los atentados con bombas y explosivos; ha tentado a las FFAA a intentar un golpe militar, y ha recurrido a ofrecer al imperio norteamericano intervenir invadiendo su propio país, en un acto propio de traidores a su patria; y a pesar de todo ello, Venezuela Bolivariana permanece aunque con graves dificultades. Es decir que los facciosos y fascistas venezolaos que se llenan la boca de democracia y vociferan contra la dictadura de Maduro, recurren a la violencia.

Quiero recordar una frase de Eva Perón, que dijo que “la violencia en manos del pueblo no es violencia, sino que es justicia”.

Y ahora le toca el turno a la Francia del demócrata Macron. La prensa en su más amplia acepción viene “des” informando estos días de los disturbios que promueven los “chalecos amarillos” que son llamados así porque se distinguen con el uso de esa prenda. Esas personas han puesto en valor las enseñanzas de las revoluciones de 1844 y 1848, la gran experiencia revolucionaria de la comuna de París de 1870, y esto parece ser la continuación de dichas acciones ya lejanas.

Se trata de un movimiento no solo de la clase obrera, sino que participan pequeños empresarios, taxistas, jóvenes estudiantes, agricultores y pequeños ganaderos, que ha cobrado fuerza y ha hecho retroceder a Macron, que ha intentado engañar a los chalecos amarillos convocando a un debate nacional, que sabe que es solo para entretener a incautos. Pero lo que la prensa “seria” no dice es que Macron, el demócrata, ha sacado a la calle a miles de policías y miembros de la gendarmería, con armas largas y tanquetas, y ha desatado una represión que recuerda a la comuna de París, cuando los ejérctos de Francia y Alemania que había sido contendientes hasta hacía unas horas se unen para reprimir a la clase trabajadora. Ambos sabían muy bien quien era su enemigo.

Como conclusión y mal que nos pese, hay que decir que sin violencia no hay cambios sociales.

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