Fue en un momento indeterminado de 1942 o 1943, posiblemente en primavera o verano, cuando el señor Alfredo, vecino de la aldea de Soutadoiro (Carballeda de Valdeorras, Ourense) se encontró con dos mujeres mientras pastaba sus ovejas en la zona de A Bruña, uno de los escarpados valles que componen los montes de Casaio. Alfredo reconoció a esas dos mujeres: eran Chelo y Antonia, de Soulecín, dos de las llamadas fuxidas por el resto de los vecinos. Aunque no era totalmente consciente de la situación en la que se encontraba, Alfredo se sintió en peligro y se tensó.

Sin embargo, las mujeres, lejos de violentar o atacar al joven pastor, le tranquilizaron y le invitaron a desayunar con ellas. Alfredo aceptó, y fue conducido hacia el interior del valle, a una zona con una ligera pendiente, cerca del arroyo, donde se encontró con un grupo de unos veinte hombres que vivían en unos pequeños chozos; «unos dos o tres», según el testimonio que nos ofreció Alfredo. Los guerrilleros acogieron al pequeño pastor y le ofrecieron algo de comer y una oferta: por cada manojo de ramas consistentes que Alfredo les trajera, ellos le ofrecerían a cambio 5 pesetas. Un auténtico tesoro para la época y una forma de superar la voraz hambre tan característica de los años de la posguerra.

Setenta años después de esa anécdota, que se marcó a fuego en la memoria de Alfredo, otro vecino de Casaio, Francisco, nos condujo hasta A Bruña, uno de los diferentes sitios que integran la conocida como La Ciudad de la Selva, un conjunto de campamentos de la guerrilla antifranquista diseminados por los montes de Casaio y que se vinculan estrechamente con la actividad de la Federación de Guerrillas de León-Galicia, la primera organización guerrillera de la posguerra. Sobre esta «Ciudad» en la «Selva» se tenían solo referencias parciales.

Por el ejemplo, el guerrillero socialista Mario Morán comenta que «la otra parte del grupo, conducido por Girón y Parra se van directamente a Castrohinojo con el propósito de preparar diez caballos bien cargados de alimentos como arroz, garbanzos, alubias, chocolate y conservas, así como tabaco, para transportarlos a los valles de Casayo, la conocida por nosotros como Ciudad de la Selva, donde el resto de los compañeros nos abocamos a la tarea de construir un amplio y cómodo campamento entre el tupido bosque para el cobijo del numeroso grupo de Girón y visitantes que cayésemos por allí.

En estos campamentos vivieron los guerrilleros vinculados a la Federación de Guerrillas desde, al menos, 1941 y julio de 1946, cuando un ataque de la Guardia Civil los desmanteló definitivamente. Poco se sabía sobre estos campamentos donde, durante cinco años, hombres y mujeres vivieron las duras condiciones del monte, asediados por la idea de que cualquier día podía ser el último día.

Desde hace dos años, y gracias a la inestimable ayuda de la comunidad de Casaio, tratamos de aportar un poco de luz a los aspectos más oscuros de la vida guerrillera, como es su vida cotidiana. Entender como personas como Camilo de Dios fueron capaces de vivir durante años fuera de sus hogares, huidos en el monte. Gracias a los recuerdos y memorias como las del señor Alfredo, pudimos ir conociendo estos campamentos, de los cuales ya tenemos localizados hasta dieciocho, compuestos en su mayoría por unos pocos chozos en los que las partidas guerrilleras desarrollaban sus actividades cotidianas. Más aún, la excavación de tres de estos chozos en julio de 1946 nos permitieron materializar estas actividades.

Sabemos, por ejemplo, que la Federación tuvo un grado muy alto de organización. Los cerca de 68 objetos de armamento utilizados por la guerrilla nos revelan no solo la presencia de material procedente de Francia, Grecia o México, sino también el uso de las armas más modernas de la época, como el el fusil de tipo mauser M1943 o mosquetón Coruña, fabricado a partir de 1943, o pistolas semiautomáticas derivadas de la mauser C-96 o su variante vasca Astra 900.

También sabemos, gracias a los restos de animales, que su última comida -o cena- de los ocupantes del chozo fue una caldereta de cordero. O que tenían un alto grado de higiene personal por la presencia de productos como espejos individuales, pastas de dientes o cremas de
manos.

Aún quedan muchas preguntas por responder, pero nuestros trabajos arqueológicos nos acercan al lado más humano de personas que lo arriesgaron todo por un ideal justo, la idea de que el fascismo y Franco tenían que caer y que, para ello, vivir y organizarse en el monte, en los montes de Casaio, era la única solución

https://cadenaser.com/programa/2019/05/12/a_vivir_que_son_dos_dias/1557644044_356136.html

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