Pi i Margall sobre las posesiones coloniales…

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«Es injusta, Carlos, toda conquista; imprudente y peligrosa la de apartadas tierras. Debes conservarlas por la fuerza, regirlas por gobernadores más absolutos que los mismos reyes y por mucho que te esfuerces en que moderadamente se las trate no logras nunca sustraerlas a la expoliación ni a la tiranía.

Considerábase en América tan conquistador como Hernán Cortés el último soldado: las depredaciones y las crueldades no tuvieron límite. En vano la metrópoli dictaba con el fin de impedirlas una y otra pragmáticas: aquellos hombres rudos no las obedecían ni con ser católicos escuchaban la voz de sus prelados.

Creyóse que se podría contener el mal creando Audiencias revestidas de amplias funciones: no menos codiciosos y rapaces los magistrados que los conquistadores, agravaron el mal en vez de contenerlo. La toga hizo buena la espada.

¿Has visto que en algún tiempo haya cesado ese sistema de opresión y latrocinio? Ve los últimos gobernadores de Cuba, todos archimillonarios. Ve las turbas de funcionarios que allí han ido desnudos y hambrientos y han vuelto rebosando de oro. La inmoralidad ha llegado al punto de que los favorecidos con pingües empleos hayan debido compartir sus lucros con los favorecedores.

A cargo de las colonias hemos puesto la paga de su personal administrativo y lo hemos dotado con mucho mayores emolumentos que los del personal de la Península. Sólo a última hora hemos consentido que los colonos desempeñen en su propia tierra destinos del Estado.

No es de extrañar que hayamos perdido las colonias de América; lo raro es que hayamos podido conservarlas durante siglos. No hemos nacido para conquistadores. Somos demasiado ignorantes, fanáticos, soberbios y crueles para ganarnos el corazón de los vencidos. Por la fuerza hemos querido en todas partes imponer nuestro Dios y nuestros dogmas. En parte alguna hemos sabido injertar nuestra civilización en las instituciones por que los pueblos dominados se regían. ¡Que no tenían de aprovechable las de los aztecas; las de los mayas, las de los chibches, las de los peruanos! Las destruimos todas para substituirlas con un régimen absurdo. Hasta sus códices jeroglíficos los quemamos suponiéndolos sugestión del diablo. No nos dejaron ver nuestra ignorancia ni nuestro fanatismo que con quemárselos hacíamos de la historia de la antigua América un indescifrable enigma.

Nuestra crueldad y nuestro insensato orgullo ¿quién los desconoce? En menos que á los caballos teníamos a los indígenas. En menos, en mucho menos estimábamos su vida: ávidos de oro, por miles los llevábamos en las minas a la muerte. Horrorizan los crímenes que en ellos cometimos, crímenes atestiguados por casi todos los autores del tiempo de la Conquista. Pudo más afortunadamente en esos hombres la voz de la verdad que la del patriotismo.

¿Ni de qué nos sirvieron las colonias? Trajeron consigo la despoblación de la Península, la rápida decadencia de industrias florecientes, el encarecimiento de la vida, el espíritu de aventuras y el desprecio del trabajo que todavía constituyen el fondo de nuestro carácter. La corrupción de las colonias refluye siempre a la metrópoli: no tardamos en tenerla aquí después de la conquista de América, como la tuvo Roma después de la conquista de España y de las Galias.

No nos debe pesar la pérdida de las colonias de América : casi, casi debe alegrarnos. Lo que hemos de sentir es que no se las haya sabido abandonar á tiempo y evitar guerras que nos han costado el sacrificio de más de cien mil hombres, la ruina de una costosa armada y gastos que no lograremos cubrir en muchos años. Nos ha sido fatal la impericia y la flojedad de nuestros gobernantes, que sólo después de las derrotas de Cavite y de Santiago han sabido desoír la voz de un falso patriotismo.

No sólo las colonias de América, todas las que aun poseemos sería conveniente que perdiéramos. Así lo entiendes tú y así yo lo entiendo. En daño nuestro redundarán las que nos queden. Beneficio no nos han de reportar ninguno; sí gastos y muertes, y, como tú dices, motivo para aumento de nuestra armada.

Guardémonos principalmente de luchar de nuevo con los tagalos: llevan el camino de los insurrectos de Cuba y como los tuviéramos en contra nos llevarían al mismo término, término desastroso si los hubo.

¿Qué hemos de hacer ahora? me preguntas. Permíteme que lo deje para otra carta.

Tuyo». (Francisco Pi y Margall; Eusebio a Carlos, XCII, 14 de Septiembre de 1898; Cartas íntimas, 1911)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

En España encontramos en Francisco Pi y Margall (1824-1901) a finales del siglo XIX, a una de las figuras de mayor estudio y sensibilidad sobre la cuestión nacional en cuanto a entender la variada idiosincrasia que existe en lo que hoy se conoce como España. Pero Pi y Margall pese a su honradez, humanismo y alto pensamiento progresista para su tiempo –preocupado incluso como decía Engels por la cuestión obrera y social–, no podemos decir que fuese un socialista de tipo materialista-dialéctico, pues pese a su autodenominación como socialista nunca pasó de ser un socialista utópico a lo sumo, conteniendo las limitaciones que eso conllevaba en lo filosófico-político, mezclado con otras posiciones correctas o cercanas al materialismo-dialéctico. Pese a sus limitaciones nos legó infinidad de reflexiones que vale la pena repasar en la actualidad.

Su pensamiento descansa sobre: republicanismo, federalismo y socialismo.

Con republicanismo nos podemos referir a una concepción de forma de gobierno, pero no solo eso, no buscaba una «república unitaria» que uniese a los pueblos por la fuerza, la cual consideraba como igual a «una monarquía pero con un gorro frigio», sino una república federal, con federalismo se refiere a forma de organización del Estado, pero tampoco un federalismo rígido y en el fondo unitario como el alemán o estadounidense, sino uno en cual aplique la máxima de que «entre soberanos solo caben pactos», incluyendo el derecho a autodeterminación de los pueblos frente al «nacionalismo castellano» hegemónico en España; y con socialismo se buscaba una «revolución tanto social como política», este socialismo de Pi y Margall no es todavía un socialismo en el sentido marxista, pero sí uno que repudia el libre mercado de la «economía política» liberal, con una honda preocupación por la cuestión social y el proletariado, en su visión política se detectan tendencias revolucionarias en sus objetivos para llegar al poder, se rectifica la defensa a ultranza del individualismo personal para empezar a considerar el individuo junto a la comunidad que le rodea: «aplaudimos también de todo corazón la nueva ciencia que, sin negar la libertad ni la personalidad, busca en la idea de la justicia y en el derecho que la traduce la solución a las cuestiones relativas al trabajo. Somos partidarios de la economía social, somos socialistas».

Muchos actuales republicanos, en vez de basarse en los aspectos más progresista de su pensamiento, por el contrario se suelen apoyar en las concepciones premarxistas de Pi i Margall: su crítica a la religión sobre sostenes panteístas, sus inicial identificación de democracia con garantía para sí, para el individuo y sus derechos frente al colectivo, el regir la descentralización en todos los campos como la panacea para todos los males, el exceso de fe en ocasiones sobre los mecanismos legales, su concepto de partido de masas, etc. Unos corregidos y otros jamás corregidos.

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