Misión imposible: salvar el planeta.

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Durante la colonización las sectas protestantes llevaron a Estados Unidos su ideología fatalista, típicamente protestante, que tiene en el “destino” sus señas de identidad. No sólo el futuro de los creyentes está en manos de dios, sino también a los pueblos y las naciones dios les ha reservado un papel que desempeñar. Es la creencia en el “pueblo elegido”.

Estados Unidos tiene una misión que cumplir en el mundo, un “destino”, de tal manera que todos los pueblos tienen que parecerse a ellos, imitarles. Estados Unidos es el modelo. Lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para el mundo.

En Estados Unidos hay un día de la independencia, otro de acción de gracias y otro para el planeta, que es el más reciente. Lo instauró Nixon el 22 de abril de 1970 se considera el comienzo del ecologismo.

A finales de la década de los ochenta la revista Time publicó lo siguiente:

“Los estadounidenses creen que Estados Unidos debe asumir un papel de liderazgo [en cuestiones ambientales]. Estados Unidos no sólo es una nación rica y tecnológicamente avanzada que está en condiciones de ayudar a otros a lograr el desarrollo sostenible, sino que tiene la responsabilidad moral de hacerlo. Después de todo, consumen una cantidad desproporcionada de los recursos del mundo […] Pero parece que el principal argumento para el liderazgo ambiental estadounidense se basa en un cierto ideal. A Ronald Reagan le encantaba elogiar el papel único de Estados Unidos como ‘ciudad en la montaña’ como modelo de democracia y libre empresa.

Ahora que gran parte del mundo parece estar avanzando hacia la democracia, Estados Unidos debería centrarse en otra misión, más urgente y aún más noble: la de salvar el planeta”.

El Día de la Tierra, lo mismo que el de la independencia, es una fiesta nacional promovida por el senador Gaylord Nelson para para concienciarnos, entre otros, sobre los graves problemas de la sobrepoblación, es decir, para imponer el malthusianismo.

Tal festividad no se puede cuestionar sin dejar de ser un buen patriota y un ciudadano ejemplar, aunque sólo dos años después Estados Unidos patrocinó la Cumbre de la Tierra de Estocolmo, la primera conferencia internacional sobre medio ambiente.

De ahí pasó a la ONU no como algo típico de Estados Unidos sino como si fuera internacional y, desde entonces, todos celebramos la lucha contra la explosión demográfica con el mismo entusiasmo que un oriundo de Oklahoma.

Aquel mismo año Nixon también aprobó la Ley de Política Ambiental, creó la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y el Consejo de Calidad Ambiental (CEQ) que asesora al presidente en la materia.

Como los demás organismos burocráticos de Estados Unidos, la EPA es un laberinto compuesto por 63 instituciones que antes se encontraban dispersas en 12 ministerios y departamentos especializados.

Desde su nacimiento Estados Unidos es un país forjado por la “wilderness”, una naturaleza agreste, que desde los años sesenta ha llenado la legislación de ese mismo salvajismo: Wilderness Act de 1964, Clean Air Act de 1970, Clean Water Act de 1972…

Además de leyes y burocracia, el ecologismo ha creado poderosos grupos de presión y fundaciones que participan de las corruptelas características de los pasillos de Washington.

El día de fiesta se le ocurrió a un publicista de Nueva York, Julian Koenig, amigo de Gaylord Nelson, porque el 22 de abril es su cumpleaños. Desde entonces la naturaleza se ha convertido en uno de los temas recurrentes de la publicidad porque a nadie se le ocurre poner en tela de juicio la necesidad de mimarla y protegerla. Un mensaje ecologista siempre es bien recibido por todos.

En Estados Unidos los ecologistas nunca han sido son pequeños colectivos contestatarios que organizan charangas por la calle. La institucionalización del ecologismo estuvo acompañado de su profesionalización desde el primer instante, lo cual exige mucho dinero. El ecologismo es la profesión de la que viven en Washington legiones de políticos, cabilderos, abogados y científicos.

En Washington el grupo de presión más importante no es el del armamento sino el ecologista. Cuando en 1983 el gobierno de Reagan cuestionó torpemente la protección de las áreas silvestres, se desataron tales presiones que obligaron a dimitir al Secretario del Interior James Watt.

No hay partidos verdes porque todos se declaran ambientalistas, como Bush, sin ir más lejos.

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