El apoyo de Human Rights Watch al Golpe de Estado en Bolivia y la subsiguiente represión de las protestas populares no obedece a ningún error. Human Rights Watch no defiende los derechos humanos sino el imperalismo. Tampoco es una ONG, aunque lo pareca; es uno de los brazos que utiliza el imperialismo para mantener su hegemonía en el mundo.

El imperialismo estadounidense creó Human Rights Watch en 1978 con el nombre de Helsinki Watch inmediatamente después de la firma de los Tratados de Helsinki. Entonces su objetivo era denunciar que en los países del bloque oriental no se respetaban los derechos humanos.

Desde su nacimiento ha sido denunciado como lo que es realmente: un protagonista de la política exterior estadounidense. De ahí que sus miembros sean antiguos funcionarios del gobierno de Washington, es decir, las “puertas giratorias” al estilo gringo.

Si desde el principio Human Rights Watch quedó al descubierto con sus informes sobre los países del otro lado del Telón de Acero, con el “patio trasero” latinoamericano es aún más descarado.

Un informe suyo de 2008 sobre las violaciones de los derechos humanos en Venezuela fue denunciado por cientos de académicos latinoamericanos porque no cumplía con los más mínimos estándares de investigación, imparcialidad, precisión y credibilidad. Su autor, José Vivanco, había expresado abiertamente sus prejuicios, revelando que escribió el informe “porque queríamos mostrar al mundo que Venezuela no es un modelo para nadie”.

En un tinglado como Human Rights Watch tan importante como lo que dice es lo que calla, como en el caso del Golpe de Estado que derrocó al Presidente hondureño Manuel Zelaya y la represión que le siguió que, como en Bolivia, fueron apoyados por Estados Unidos.

Para conocer con quién está el imperialismo en cada momento y en cada país no hay más que leer las declaraciones de los defensores de los derechos humanos, que se mueven como un resorte en cuanto el Departamento de Estado levanta la mano.

Los golpistas bolivianos han obligado a exiliarse a los gobernantes anteriores, han asesinado a 30 personas en las calles, han detenido a funcionarios y periodistas y han aprobado un decreto para eximir de responsabilidad por adelantado a la policía por los crímenes que cometa en la consolidación de su régimen.

En una situación tan obvia, Human Rights Watch no está con los manifestantes, ni con sus derechos, sino con los golpistas. En su declaración oficial, se abstuvo de utilizar el término “Golpe de Estado”, diciendo que Morales “había dimitido” tras varias semanas de “disturbios civiles y enfrentamientos violentos”, según dijo José Miguel Vivanco, cabecilla del tinglado para el continente americano.

La organización oculta que Morales fue amenazado de muerte por los militares y, por lo tanto, oculta el papel de los militares en el mismo. Morales no escapó de la muerte ni de un encarcelamiento; se fue a México sin ninguna razón aparente.

Además, el tinglado aprueba tácitamente al gobierno golpista, al que se dirige a fin de que otorgue prioridad a los derechos, quizá refiriendose a los vivos porque los muertos ya no tienen ninguno.

Kenneth Roth, el cabecilla del tinglado, fue aún más lejos en su perfil de Twitter al describir la fuga de Morales como “un refrescante paso adelante para la democracia”. Roth carga contra el dimitido Presidente y no contra los golpistas, asegurando que el fugado había cometido un fraude electoral, que su candidatura era ilegal y que el ejército obró de manera impecable porque Morales les ordenó disparar contra los manifestantes, pero ellos se negaron.

Roth reconvierte el golpe en una insurrección y en un “momento de transición” para Bolivia, mientras se convocan nuevas elecciones, es decir, mientras los golpistas blanquean su dominación terrorista. Desde los tiempos de la Guerra de Vietnam a ese tipo de maniobras los imperialistas las llaman “pacificación”.

La autócrata Jeanine Añez, cuyo partido obtuvo el 4 por ciento de los votos en las elecciones de octubre, ha retirado a Bolivia de muchas organizaciones y tratados internacionales e intercontinentales. Describe a la mayoría de los indígenas bolivianos como “satánicos” e insiste en que no se les debe permitir vivir en ciudades, sino que se les debe enviar al desierto o a las montañas despobladas de los Andes.

La represión también desaparece de las declaraciones de Human Rights Watch, camuflada en medio de eufemismos como una “escalada de la violencia” en la que no hay crímenes sino una especie de fenómenos de la naturaleza: no hay responsables, no hay instigadores, no hay cómplices… Nada de nada.

http://www.informationclearinghouse.info/52590.htm, https://www.mintpressnews.com/human-rights-watch-right-wing-massacre-bolivia/262887/

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