La política del clima en Estados Unidos: republicanos, demócratas y manipulación del Senado.

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En otras entradas ya hemos hablado de James Hansen, un investigador estadounidense al que podemos tomar como modelo de los derroteros que está siguiendo la ciencia en la época moderna. Los lectores que no estén suficientemente avisados quedarán impresionados al saber que Hansen es director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, un laboratorio de la NASA. Seguramente les impresionará mucho menos saber que también se sentaba en los consejos de administración de varios grandes bancos, como Salomon Brothers o Lehmann Brothers, antes de la quiebra.

Son las dos caras de la misma moneda. Su faceta científica nos abruma; la de banquero nos repugna, pero nos debemos quedar con ambas para entender lo que está ocurriendo: cuando hablamos de clima no hablamos sólo de ciencia, ni de científicos, sino de otras cosas que nadie se preocupa de poner encima de la mesa, e incluso que se tratan de ocultar. Sin embargo, para conocer la luna hay que visitar sus dos caras: la que vemos y la que no vemos.

El Instituto Goddard de Estudios Espaciales, donde Hansen trabajó desde 1967, es una dependencia de la NASA, otra institución que, además de ciencia, fabrica toda clase de leyendas. Al principio se especializó en la atmósfera de Venus y luego en la de la Tierra. En 1995 le nombraron para ocupar un sillón en la Academia de Ciencias de Estados Unidos y en 2006 la revista Time dijo que era una de las 100 personas más influyentes que había en el mundo.

En 1987 publicó su primera reconstrucción de la temperatura media mundial (1), que abarcaba casi un siglo, de 1880 a 1985 dándole la vuelta a la tortilla por completo: el planeta no se enfriaba sino todo lo contrario. Sea cierto o no, la historia de la ciencia demuestra que, normalmente, un vuelco científico de esas dimensiones tarda décadas en imponerse. En el caso de Hansen se puede decir que tardó minutos y eso necesita una explicación, sobre todo para sacar de su estupor a los científicos.

Para imponer un vuelco de esas dimensiones entre los científicos no basta sólo con artículos científicos; hace falta política y al año siguiente de publicar el suyo, Hansen estaba delante del Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado de Estados Unidos exponiéndoles a los parlamentarios el Gran Dogma de la Posmodernidad que hoy es ampliamente conocido.

En 1988 había elecciones. Reagan tenía que dejar la Casa Blanca en manos de Bush y fue un senador demócrata, Timothy E. Wirth, quien llevó a Hansen de la mano a un sitio al que ni él ni su ciencia podían llegar por sí mismos. En 1990 Wirth fue el artífice de la aprobación de la Ley de Aire Limpio y algunos años después el monopolista Ted Turner le financió la creación de dos tinglados, la Fundacion de las Naciones Unidas y el Fondo Better World. Wirth también dirigió la delegación de Estados Unidos que impuso al mundo el famoso Protocolo de Kyoto para reducir la emisión de los gases llamados “de efecto invernadero”.

Aquel año electoral los senadores de Estados Unidos fueron los primeros en escuchar doctrinas que ahora nosotros escuchamos cada día: las emisiones de gases de efecto invernadero, en particular de CO2, enviadas a la atmósfera durante décadas por la industria, conducen a una elevación significativa de las temperaturas. “No se trata de una amenaza vaga, incierta y lejana”, dijo Hansen, “sino de una realidad cuyas consecuencias comprobaremos en la próxima década”.

Aquella década pasó, lo mismo que han pasado otras dos más. Hansen les dijo a los senadores que esos años iban a ser los más calientes de los últimos 100.000 años, pero se produjo una paradoja: aquel invierno hizo un frío espeluznante en Estados Unidos. Una tormenta de nieve mató a 400 personas y a la prensa le preocupó más aquella evidencia que las predicciones de Hansen.

La elección de aquel escenario fue un error, pero los padrinos de Hansen no desafallecieron. Una audiencia así era mejor convocarla en verano. Le organizaron otra el 23 de junio de 1988 y para reforzar el mensaje, su padrino, el senador Wirth, paralizó el aire acondicionado del salón de sesiones, según reconoció 30 años después en una entrevista: “Lo que hicimos fue ir la noche anterior y abrir todas las ventanas. Lo admito, ¿verdad?, para que el aire acondicionado no funcionara dentro de la habitación y, cuando se celebró la audiencia, felizmente, en la sala no sólo había dos veces más cámaras de televisión, sino que hacía mucho calor […] Así cuando Hansen prestó declaración, estaba la televisión y el aire acondicionado de la habitación no funcionaba. Lo que ocurrió ese día fue una conjunción perfecta de acontecimientos, con un magnífico Jim Hansen secándose la frente sentado en la mesa de los testigos y prestando una notable declaración” (2).

Los senadores asistieron agobianos y asfixiados y Hansen repitió su discurso anterior: el planeta empezaba a calentarse. Las olas de calor, como la que asolaba a Washington, serían más frecuentes y en 2020 se duplicarán, al igual que otros eventos climáticos extremos, afirmó.

Al terminar la audiencia, la prensa se dirigió a Wirth (y no a Hansen), quien manifestó algo muy característico del balance de las opiniones climáticas en aquel momento, mucho menos clara que la actual: las tesis de su invitado, admitió, se encontraban “en la frontera de la ciencia”. Aún no se hablaba tan claro como ahora.

El gráfico de la evolución de las temperaturas medias que Hansen presentó a los senadores mostraba más de un siglo de evolución, con uno de sus trucos típicos: a la serie histórica le añadió la media de los cinco meses del año en curso, lo que suponía un impactante efecto visual en el que las temperaturas se disparaban hacia arriba.

Esta vez la cobertura de los medios de comunicación fue espectacular porque iba acompañada de otra cadena de truculencias que ahora ya son carcterísticas: aquel verano iba a ser el más caluroso de Estados Unidos y matará entre 5.000 y 10.000 personas, mientras que la sequía iba a causar casi 40.000 millones de dólares en pérdidas.

Al año siguiente se repitió la comedia, aunque esta vez de la mano de otro personaje demócrata que entonces no era famoso, Al Gore, que se encargó del interrogatorio. En un momento dado del esperpento, una de las respuestas de Hansen sorprendió al joven senador demócrata, quien se puso un poco agresivo: “¿Por qué contradice su testimonio escrito?” El científico responde: “Porque no he escrito el último párrafo de esta sección. Se ‘añadió’ a mi declaración”.

Décadas después Hansen explicó lo ocurrido. Antes de comparecer ante el Senado tuvo que presentar su declaración por escrito a los jefes de la NASA que, a petición de la Oficina de Gestión y Presupuesto (una sucursal de la Casa Blanca dentro de la NASA), corrigió numerosos apartados. Luego Hansen tuvo que pasar el segundo filtro antes de ir al Senado: tuvo que enviar a Al Gore por fax los pasajes que habían sido modificados y sobre los cuales quería que le preguntara.

Como ya hemos explicado en otra entrada, quien comparecía ante el Senado no era un climatólogo, sino la NASA, que quería aportar a los senadores un proyecto político surgido en la Casa Blanca, disumulada tras un apariencia científica, aséptica.

El destino fue cruel para Hansen y lo será aún más en el futuro. Hoy sus exposiciones seudocientíficas nos resultarían de lo más normales, pero hace treinta años sonaban muy apocalípticas y, además, los demócratas que le llevaban de la mano perdieron las elecciones. Ganó Bush y los republicanos empezaron a cargar la munición de sus armas, poniendo a Hensen y a la NASA contra las cuerdas en los debates políticos.

Por un momento pareció que las nuevas tesis iban a quedar sepultadas. “Hansen contra el mundo sobre los peligros del efecto invernadero”, tituló la revista Science en 1989 para saltar al ruedo (3), poniendo de manifiesto que en aquel momento las nuevas tesis seguían siendo minoritarias y que la batalla era sustancialmente política por la propia manera en que han montado tinglado: las batallas políticas se llevan al terreno científico porque las decisiones políticas hay que vestirlas con una apariencia científica. De esa manera muchos científicos han caido en la trampa que les han tendido y otros se sienten muy a gusto y recompensados por ello.

En 2007 el propio Hansen reconoció que sus colegas se habían tomado su hipótesis con “reticencia” (4) y en 2013 volvió a la carga para tratar de “dejar las cosas claras” (5). Muchos años después de su intervención en el Senado las cosas seguían sin estar claras y él se ofrecían para aclarárnoslas.

Es evidente que, por más que pretendan aparentar unanimidad dentro de la “comunidad científica”, se arrastran más de 30 años de aclaraciones.

(1) J. Hansen, I. Fung, A. Lacis, D. Rind, S. Lebedeff, R. Ruedy, G. Russell, and P. Stone, Global climate changes as forecast by Goddard Institute for Space Studies three-dimensional model, Journal of Geophysical Research, vol. 93, pg. 9341, http://dx.doi.org/10.1029/JD093iD08p09341.
(2) www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/hotpolitics/interviews/wirth.html
(3) http://www.columbia.edu/~jeh1/mailings/2015/Kerr.1989.HansenVsWorldOnGHThreat.Science.pdf
(4) https://courses.seas.harvard.edu/climate/eli/Courses/global-change-debates/Sources/Greenland-collapse-and-icestream-acceleration/Hansen-2007.pdf
(5) http://www.columbia.edu/~jeh1/mailings/2013/20130415_Exaggerations.pdf

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