El diablo está en los detalles.

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Tatiana Delgado Plasencia.— En el estado Español, una mujer gana 5.793 euros menos al año, de media, que un hombre, por el mismo trabajo. La brecha salarial entre hombres y mujeres existe a pesar de que las mujeres obtienen mejores resultados académicos, siendo el 60% de las personas graduadas universitarias de la UE. La discriminación salarial no consiste en dar por convenio sueldos diferentes a hombres y mujeres, es más sutil e indirecta: no tiene que ver con el sueldo base, sino con los complementos y con reconocer una retribución diferente a empleos que tienen igual valor.

La brecha salarial entre hombres y mujeres es la diferencia entre los salarios percibidos por ambos sexos, calculada sobre la base de la media entre los ingresos brutos por hora de todas las trabajadoras y trabajadores. En la UE las mujeres ganan un 16 % menos por hora que los hombres. En el estado español, según la estadística europea la brecha salarial, es del 14,9 % y según la estadística española es del 22,86 %, dado que la muestra de Eurostat solo incluye las empresas de más de 10 trabajadores,  dejando fuera al 95,69 % de las empresas españolas. La Encuesta Anual de Estructura Salarial analiza un mayor número de variables con una muestra más amplia, incluye las horas extraordinarias realizadas, pero excluye cualquier gratificación considerada irregular como las gratificaciones extraordinarias, comisiones o beneficios, aunque estas forman parte de las retribuciones. Quedan fuera los salarios más elevados, generalmente percibidos por hombres, como presidentes o miembros de consejos de administración. Si se incluyeran todos estos aspectos la brecha podría ser aún mayor.

El impacto que la brecha salarial tiene sobre las mujeres, que cobran entre un 20% y un 30% menos que los hombres a lo largo de su vida, conduce a pensiones más bajas y a un mayor riesgo de pobreza en la tercera edad.

La desigualdad de remuneración es persistente y universal. Durante mucho tiempo el salario de las mujeres era considerado simplemente un com­plemento, lo que justificaba un  salario inferior para las mujeres. Esto es producto de la discriminación directa que impone el patriarcado, donde las competencias y capacidades de las mujeres están infravaloradas, especialmente en las ocupaciones feminizadas. Por ejemplo, los trabajos que requieren esfuerzo físico, habitualmente desempeñados por hombres, a menudo reciben una valoración más favorable que otros realizados más bien por mujeres; una cajera  gana menos que un mozo de almacén del supermercado. En la  limpieza,  la recogida de basura con mayor  predominio  masculino, es una ocupación con salarios más elevados y las mujeres con funciones y capacidades equivalentes que  trabajan en oficinas o centros públicos, tienden a ganar menos.

Otro factor que influye es que las mujeres soportan el peso del trabajo reproductivo  y de cuidados no remunerado, lo mayor tasa de trabajos a tiempo parcial, generalmente en sectores y ocupaciones donde pueden conciliar su vida laboral y familiar, desempeñando trabajos con baja remuneración y pocas probabilidades de promocionar a puestos de responsabilidad.

Siendo un tema complejo, no se puede esperar ninguna mejora ni solución duradera en la situación económica de las mujeres en este sistema capitalista y patriarcal  mientras su tiempo y talento se valore menos que el de los hombres. Es imprescindible una normativa más clara, cambiar estereotipos sobre las aspiraciones y  ca­pacidades de las mujeres para empleos y/o puestos, mejorar las políticas de formación y capacitación profesional, anulando la división sexual del trabajo con  aplicación de políticas de empleo que fomenten la transversalidad y la igualdad de género. El movimiento obrero debe ser cada vez más consciente y combativo contra la discriminación de género y la brecha salarial,  los derechos se defienden con la lucha diaria convenio a convenio y sector por sector, con las mujeres trabajadoras a la cabeza.

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