La lucha contra el «estalinismo»: pretexto para atacar los fundamentos del marxismo-leninismo; Vincent Gouysse, 2005

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La visión de los eurocomunistas y la influencias de cada líder del eurocomunismo eran claras:

«Todos los revisionismos parten de un revisionismo anterior, y los revisionismos iniciales, parten del reformismo, del anarquismo, del socialismo utópico. Es por tanto una repetición continua de tesis ya combatidas antaño por los marxistas de la época de Marx y Engels, y por los marxista-leninistas de la época de Lenin hasta nuestros días. No significa por ello que a todos se les combata por igual y que sea sencillo desmontarlos, hay que saber diferenciar sus características específicas para saber refutarlos de forma correcta. (…) [Los líderes del eurocomunismo] habían surgido de las filas de los partidos marxista-leninistas, estos luego gustosamente aceptaron el revisionismo jruschovista porque les daba vía libre para desarrollar sus ideologías antistalinistas, y finalmente queriéndose distanciar del revisionismo soviético y su tutela plantearon tesis que reclamaban la posibilidad de elaborar una línea propia bajo el llamado «policentrismo». El contenido ideológico de cada partido eurocomunista era muy cercano al de la socialdemocracia: democracia parlamentaria burguesa, multipartidismo en el socialismo, economía mixta, y política exterior pro chovinista e imperialista. Este revisionismo acabó siendo la rama más descarada de todas. (…) Cada líder eurocomunista tendría cierta herencia y tendencia a emular a otros revisionismos pasados: el Partido Comunista Francés de Georges Marchais recuperando a Tito y Proudhon, el Partido Comunista de España de Santiago Carrillo con sus desarrollos maoístas –Carrillo reconocería que se formó ideológicamente en tal revisionismo–, pero también un cierto trotskismo, y el Partido Comunista Italiano de Enrico Berlinguer con su apego a las ideas revisionistas de figuras de su partido del pasado como Palmiro Togliatti. El eurocomunismo buscaba alianza en todos los grupos de revisionistas sin distinción». (Equipo de Bitácora (M-L); El revisionismo del «socialismo del siglo XXI», 2013)

Pese a que la burguesía mantuvo grandes ilusiones sobre el papel a desempeñar por los eurocomunistas, pero pronto los fracasos electorales y el fraccionalismo interno hicieron que estos partidos se desintegraran hasta ser obligados a fusionarse con otras formaciones para poder sobrevivir, o hasta su liquidación absoluta. A consecuencia de ello, la burguesía tuvo que recurrir a fomentar directa o indirectamente otras corrientes revisionistas, y sobre todo, a reforzar su viejo as en la maga: las organizaciones socialdemócratas tradicionales. Esto no quita que de forma premeditada o espontánea, el eurocomunismo haya dejado huella en muchos movimientos oportunistas de corte ecléctico.

Dejamos al lector obras similares donde se critica al eurocomunismo y sus sucesores:

Eurocomunismo es anticomunismo; Enver Hoxha, 1980

El Partido del Trabajo de Albania sobre el tratamiento y la correcta solución de las contradicciones en la sociedad socialista; Ismail Lleshi, 1984

El revisionismo del «socialismo del siglo XXI», Equipo de Bitácora (M-L), 2013

¿Es Alexis Tsipras el nuevo Enrico Berlinguer?; Equipo de Bitácora (M-L), 2015

Las luchas de fracciones en Podemos y su pose ante las masas; Equipo de Bitácora (M-L), 2017

El documento:

De izquierda a derecha: Robert Hue, Georges Marchais y Santiago Carrillo

«Expondremos principalmente, con la ayuda de las obras «Democracia», publicada en 1990 por Georges Marchais –secretario general del Partido Comunista Francés (PCF) desde 1972 hasta 1994– y «Comunismo: La Mutación», publicada en 1995 por Robert Hue –secretario general del PCF desde 1994 hasta 2001, luego presidente del PCF desde 2002–, el hecho de que a través del antiestalinismo, los revisionistas del PCF atacan en realidad al marxismo-leninismo. Estos no son ataques sobre detalles de la teoría marxista, sino sobre sus fundamentos mismos, ataques que conducen a la revisión total del marxismo en todos sus aspectos.

a) Ataques contra el materialismo dialéctico

«El «marxismo-leninismo», tal como lo reglamentó Stalin, es un sistema coherente, simplista y accesible. La dialéctica se halla reducida a unas pocas «leyes» universales. Todo se desarrolla bajo la tranquila seguridad de las «leyes de la naturaleza». Esta coherencia se combina con una fuerte preocupación por la «pedagogía de masas». (Robert Hue; Comunismo: La Mutación, 1995)

¿Hay en este pasaje una refutación mínimamente seria de la filosofía marxista tal como la expuso Stalin en Materialismo dialéctico y materialismo histórico? Ciertamente no. Hay que contentarse con denunciar el «simplista», «accesible» y «absoluto» de la dialéctica tal como ésta fue «reglamentada por Stalin». ¿Tal como ésta fue reglamentada solamente por Stalin? Venga, Sr. Hue, ¿No ataca usted también, con esto, a la dialéctica tal como la reglamentaron Engels y Lenin?

«La concepción materialista del mundo, significa simplemente la concepción de la naturaleza tal y como es, sin ningún aditamento extraño». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)

Robert Hue, rechazando la «deriva cientificista del estalinismo», ¿no se pone así, también, en contradicción con Engels? ¿A qué se ataca aquí pues, si no es al carácter científico de la teoría marxista, a su carácter popular y a su difusión entre las masas?

El pasaje de Robert Hue es importante en el sentido de que sintetiza por sí mismo de una manera perfectamente clara sus concepciones filosóficas antimaterialistas y antimarxistas. Si Robert Hue se abstiene de hablar sobre las concepciones filosóficas de Lenin es porque está en flagrante oposición con este último. Robert Hue está de acuerdo con los empiriocriticistas rusos que en su momento fueron certeramente denunciados por Lenin:

«Bogdanov declara: «El marxismo implica, para mí, la negación de la objetividad absoluta de toda verdad cualquiera que sea, la negación de todas las verdades eternas». (Empiriomonismo, libro III, pp. IV y V)». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

A lo cual Lenin responde:

«La negación de la verdad objetiva por Bogdánov es agnosticismo y subjetivismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Más adelante, Lenin, tratando la relación entre la verdad relativa y la verdad absoluta, afirma que:

«Desde el punto de vista del materialismo moderno, es decir del marxismo, los límites de la aproximación de nuestros conocimientos en relación a la verdad objetiva, absoluta, están vinculados a las condiciones históricas, pero la existencia misma de esta verdad es incondicional como lo es también el hecho de que nos aproximamos a ella. (…) La dialéctica materialista de Marx y de Engels incluye indiscutiblemente relativismo, pero no se reduce a ello; es decir, la dialéctica materialista admite la relatividad de todos nuestros conocimientos no en el sentido de la negación de la verdad objetiva, sino en el sentido de la relatividad histórica de los límites de la aproximación de nuestros conocimientos en relación a esta verdad». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Como se ve, Robert Hue, so protexto de atacar el aspecto «absoluto» [¡«totalitario!»] de la filosofía marxista-leninista tal como la codificó [Nota: compiló, reglamentó] Stalin, rechazó toda pretensión científica del marxismo y en realidad atacó el leninismo. Robert Hue se sitúa, pues, en el terreno de la filosofía agnóstica, último refugio del idealismo y el fideísmo :

«El fideísmo moderno no rechaza, ni mucho menos, la ciencia: lo único que rechaza son las «pretensiones desmesuradas» de la ciencia, y concretamente, sus pretensiones de verdad objetiva. Si existe una verdad objetiva como entienden los materialistas, y si las ciencias naturales, reflejando el mundo exterior en la «experiencia» del hombre, son las únicas que pueden darnos esa verdad objetiva, todo fideísmo queda refutado incontrovertiblemente». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Tengamos en cuenta también que los métodos empleados por Georges Marchais y Robert Hue para atacar al materialismo dialéctico a través de Stalin nos recuerdan a los métodos utilizados por los empiriocriticistas rusos para atacar la filosofía marxista:

«Porque los discípulos de Mach temen la verdad. Hacen la guerra al materialismo mientras fingen combatir solamente a Plejánov: procedimiento pusilánime y sin principios». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

De la misma manera que los empiriocriticistas intentaban oponer Marx a Engels, «este último era acusado de profesar un «materialismo dogmático» y el «dogmatismo materialista más grosero», de igual modo intentan Robert Hue y Georges Marchais oponer Lenin a Stalin:

«Uno [Lenin] enriquece la teoría, el otro [Stalin] la petrifica». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

«Evidentemente, Lenin y sus compañeros de entonces eran en este caso algo más que «dogmáticos» incapaces de creatividad». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

Los dirigentes del PCF, a la vista está, atacaron los fundamentos de la filosofía marxista bajo el pretexto de la lucha contra el dogmatismo y con esto legitimaron el florecimiento de todo tipo de ideologías «marxistas». Hemos visto, pues, que el PCF se posicionó en el terreno de la filosofía agnóstica, aquella que, como señaló con firmeza Lenin, era una concesión inadmisible al idealismo. Estas concepciones filosóficas son muy antiguas en el seno del PCF, muy influenciadas por las ideas de la revolución francesa de 1789.

El camarada Patrick Kessel había demostrado en su obra: «Del Partido de Thorez» al «pensamiento de Mao» de 1980, el hecho de que el PCF ya en tiempos de Mauricio Thorez estaba muy apegado a la tradición republicana y a la filosofía del Siglo de las Luces. Esto no es una excepción en Georges Marchais y Robert Hue, quienes ponen de relieve su orgullo en apoyarse en las ideas del siglo francés de las luces y en los intelectuales comprometidos del los siglos XIX y XX. Cosa inadmisible tanto para Georges Marchais, quien utiliza las ideas de pensadores de la burguesía democrática –la cual, en el momento del derrocamiento del feudalismo, constituía una clase progresista– con el objetivo de enriquecer el marxismo –¡sic!–, como para Robert Hue, ¡quien mezcla arbitrariamente pensadores comunistas y anticomunistas declarados –como André Gide y Jean-Paul Sartre–!

«La originalidad de nuestra historia consagrada su esfuerzo individual y colectivo para contribuir a la renovación de un marxismo vivo en la línea de pensadores y creadores que, inseparablemente, iluminaron el camino hacia las luchas populares y constituyeron el genio francés. Porque así es Francia: los más grandes fueron aquellos que sellaron su vida y su obra al destino de nuestro pueblo. Fue el anticonformismo de un Rabelais, el rechazo al argumento de autoridad de un Descartes, la crítica social de un Molière o de un Beaumarchais, la convicción democrática de un Rousseau, el compromiso republicano de un Hugo o de un Zola. Estos datos se confirmaron plenamente en el siglo XX con Langevin, Joliot-Curie, Aragon, Eluard, Picasso, quienes eran comunistas, o con hombres como Malraux y Sartre, que no lo eran. Tengo la convicción de que esta tradición francesa, que saca fuerza y grandeza de sus creadores en sus vínculos con el pueblo y la nación, no está cerca de su fin [literalmente: de apagarse]». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

«Nuestro país es… de Langevin a Malraux, de Sartre a Aragon, la continuación de una gran tradición de intelectuales ligados a las luchas populares. Esto es un pluralismo estimulante, un «equilibrio en la diversidad», como dijo Gide, que hace que a través de divisiones y conflictos un Pascal haya siempre respondido a un Montaigne, un Voltaire a un Rousseau, un Victor Hugo a un Lamartine, un Valéry a un Claudel. Es la educación nacional para todos, gratuita y obligatoria hasta los dieciséis años. Es el espíritu del laicismo francés». (Robert Hue; Comunismo: La Mutación, 1995)

Es fácil, por lo tanto, ver el hecho de que esta «tradición francesa» «estimula» el «pluralismo» –este galimatías filosófico en el que se mezclan todas las variedades del idealismo, de materialismo mecanicista y psicologismo– conduce a la confusión ideológica más completa, ¡e impide que triunfe la filosofía materialista marxista!

«Pensar que una sola palabra -incluso la bella palabra «comunismo», que tanto aprecio- podría resumir el futuro de la liberación humana, ¡qué locura! El futuro de la civilización, ciertamente, no está encasillado en la uniformidad. ¡Y tanto mejor! Por tanto, la diversidad de pensamientos que se preocupan por el porvenir y entre ellos, por supuesto, está el comunismo no pueden ser un obstáculo. La Revolución Francesa no surgió de una única fórmula inscrita en la mente de todos. Por el contrario, fue el encuentro de innumerables sueños de libertad. Esto será todavía más cierto para la civilización plenamente humana que se necesita hoy». (Robert Hue; Comunismo: La Mutación, 1995)

Nos hace falta insistir, sin embargo, en el hecho de que cuando Robert Hue y Georges Marchais destacan la herencia de las ideas de la Revolución Francesa, pasan escrupulosamente en silencio –como toda la literatura burguesa– ante dos de los pensadores más brillantes del Siglo de las Luces, a saber: Jean Meslier y Marat, pensadores que, de sendas maneras, habían empujado la crítica social y el democratismo mucho más lejos que las mentes más ilustradas de la burguesía.

En cuanto a los comunistas utópicos del siglo XIX, ¡ni siquiera se les menciona! Es Robert Hue, a quien su instinto de clase no engaña, el que nos confiesa el porqué del asunto: al hablarnos sobre las raíces históricas que permitieron al estalinismo implantarse en Francia sin que éste fuera «impuesto» desde el exterior, destaca 1): la identificación por los comunistas franceses de las Revoluciones Rusas de Febrero y Octubre de 1917 con las de 1789 y 1793, y 2): «las violentas disputas de sectas y corrientes» que agitaron el movimiento socialista francés.

«Los primeros comunistas franceses «piensan» directamente las dos Revoluciones Rusas de Febrero y Octubre de 1917 en los términos de «1789» y «1793». (…) Desde entonces todo se enredó: revolucionarios y contrarrevolucionarios, girondinos y montañeros, «indulgentes» y «rabiosos», bolcheviques y mencheviques… desde entonces, complots, encarcelamientos, deportaciones, intrigas, la justicia sumaria adquiere un sentido: no el de las condenables monstruosidades, sino el de las violencias inevitables. «¿Queríais una revolución sin revolución?», dijo Robespierre. (…) [El movimiento obrero y socialista francés] había tenido sus saint-simones, sus anarquistas, sus blanquistas, sus anarco-sindicalistas, sus marxistas, sus guesdistas, sus jauressistas. ¿Cómo pudo haber sido desorientado por el sectarismo y el maniqueísmo, por la persecución a los trotskistas, a los «titoístas», a los oportunistas, a los revisionistas, a los «derechistas», a los «izquierdistas», a los «renegados»? Cuando Stalin multiplica las fórmulas retóricas de «luchas en los dos frentes», «contra los dos peligros»: oportunismo-sectarismo, revisionismo-izquierdismo, ¡encuentra perfectamente una sensibilidad más aún, una «práctica» francesa!». (Robert Hue; Comunismo: La Mutación, 1995)

Podemos ver que Robert Hue, cuando afirma haber demostrado que hay en Francia «un pensamiento comunista que viene de lejos» y cuando rechaza el estalinismo, rechaza igualmente la violencia revolucionaria y las luchas entre las corrientes socialistas. Pero, entonces, ¿de qué «pensamiento comunista» nos habla Robert Hue, sino el de los pensadores ilustradores de la burguesía? Como cualquier pequeñoburgués, Robert Hue teme la voz de las masas y no llega a comprender el simple hecho de que el eco del bolchevismo en Francia –además de obstaculizado por las concepciones republicanas que ejercieron una fuerte influencia en los comunistas franceses– se debe ante todo al hecho de que Francia es un país capitalista, una sociedad de clases, y del hecho de que el marxismo-leninismo no es un fenómeno específicamente ruso que se podría explicar buscando las causas en la historia de la Rusia zarista.

«El leninismo es el marxismo en el período del imperialismo y de la revolución proletaria, o más exactamente: es la teoría y la táctica de la revolución proletaria en general, la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en particular». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

Pero no vamos a hablar de «leninismo» con Robert Hue, quien ni siquiera quiere oír hablar de «marxismo», ya que esto, como veremos, abriría el camino al «dogmatismo». Robert Hue trata de «defender» a Marx contra las «distorsiones que éste ha sufrido en la historia». Pero cuando Robert Hue habla de las distorsiones del pensamiento de Marx –y contrariamente a su convicción de negarse en convertirlo en un «autor bienpensante» «separado de todo compromiso y lucha política»–, de hecho, no trata en absoluto ninguna de las graves distorsiones oportunistas de derecha que tienen como objetivo debilitar el pensamiento marxista –ya que él mismo lo «debilitó» magistralmente, como seguiremos demostrando más adelante–, más bien trata las distorsiones con las que «la secta de sus discípulos» lo sometieron. Escuchemos, pues, a nuestro doctor en dogmatismo:

«Esto me lleva a decir unas palabras sobre el «marxismo». No para cerrar el debate, sino para invitarlo. Y por eso no tengo en mente el «marxismo-leninismo» la cosificación doctrinaria operada por Stalin de la que hablé, y sobre la que no regresó sino la noción misma de «marxismo» aplicado al pensamiento de Marx. A menudo se cita el chiste de Marx divulgado por Engels: «Todo lo que sé, es que no soy marxista». Se hace, a veces, la reflexión de un pensador ulcerado frente a lo que considera una caricatura de su propio pensamiento. Algo así como «si eso es el marxismo, ¡entonces yo no soy eso!». Pero, ¿No podemos ver, en esta dicotomía, más allá de la anécdota? Más profundamente: como una invitación a no transformar su pensamiento en sistema: ¿en «marxismo»? (…) E incluso si repetimos que el «marxismo no es un dogma sino una guía para la acción», ¡la tentación del dogma está claramente presente en su negación! Ver a «Marx en sus límites», como dijo Althusser. Me parece que tenía razón. (…) Pero por mi parte, me quedo con el nombre de Marx y lo prefiero al de «marxismo». Y creo que es inútil albergar el sueño de un pensamiento global, de una suerte de ciencia absoluta, incluso agregando toda la dialéctica que se quiera como cemento». (Robert Hue; Comunismo: La Mutación, 1995)

Robert Hue, por lo tanto, se pone aquí a la cola de los liberales, quienes ocasionalmente también pregonan que «Marx» estaba «contra el marxismo». Señalamos de pasada que estamos agradecidos con la burguesía por asegurarse que no se produzcan distorsiones dogmáticas en el pensamiento de Marx. El caso es que cuando ciertos representantes de la burguesía se escandalizan por el «dogmatismo» de los dirigentes del PCF, es con toda la razón del mundo que Georges Marchais se rebela: ¿cómo, en efecto, ignorar los esfuerzos realizados por el PCE para liberarse de la concepción doctrinaria del marxismo?

«En la panoplia de clichés anticomunistas, la expresión« «dogmatismo del pensamiento» es una apuesta segura. Sinceramente, creo que este es uno de los reproches más injustos de entre los que nos achacan. ¡Porque no fue ayer cuando nos esforzamos por liberarnos de la concepción doctrinaria del marxismo! El acto decisivo que marcó esta ruptura data, en mi opinión, de 1966, con la celebración de una reunión del Comité Central en Argenteuil, que definió la política de nuestro partido e materia de creación y teoría, al afirmar la plena libertad de la una y de la otra. Sus trabajos fueron publicados. Podemos releer hoy las intervenciones de Waldeck Rochet, Aragón, Jean Kanapa, Roger Garaudy, Guy Besse, André Stil, Michel Simon, Lucien Sève, otros… ¿«Dogmatismo»? Venga…». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Y Georges Marchais, para especificar mejor su concepción de la libertad de desarrollo de diferentes corrientes ideológicas:

«Por lo tanto, hemos renunciado a cualquier idea de un marxismo oficial, a cualquier definición de «ortodoxia» a la que nuestro partido le concedería su sello. Esta nueva concepción de las relaciones entre la teoría y la política nos ha llevado a crear el Instituto de investigación marxista, donde se desarrolla bajo el rigor y el pluralismo de los enfoques de obras de gran diversidad, para continuar con el despliegue de numerosas ediciones de Messidor y numerosas revistas, para organizar múltiples debates y reuniones, contribuyendo así a la vitalidad del marxismo en la batalla de las ideas». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Pero, ¿de qué «batalla de ideas», de qué «libertad» de «creación» y «teoría» puede tratarse? Sobre este tema, dejaremos que Lenin responda:

«La «libertad de crítica» es, sin duda, la consigna actualmente más en boga, la que con más frecuencia se emplea en las discusiones entre socialistas y demócratas de todos los países. A primera vista, es difícil imaginarse algo más extraño que esas solemnes alusiones a la libertad de crítica hechas por una de las partes contendientes. (…)«¡Aquí pasa algo!», se dirá toda persona ajena a la cuestión, que haya oído la consigna en boga, repetida en todas las encrucijadas, pero que no haya penetrado aún en el fondo de las discrepancias. (…) Todo aquel que no cierre deliberadamente los ojos tiene que ver por fuerza que la nueva tendencia «crítica», surgida en el seno del socialismo, no es sino una nueva variedad del oportunismo. Y si no juzgamos a los hombres por el brillo del uniforme que ellos mismos se han puesto, ni por el sobrenombre pomposo que a sí mismos se dan, sino por sus actos y por la clase de propaganda que llevan a la práctica, veremos claramente que la «libertad de crítica» es la libertad de la tendencia oportunista en el seno de la socialdemocracia, la libertad de hacer de la socialdemocracia un partido demócrata de reformas, la libertad de introducir en el socialismo ideas burguesas y elementos burgueses. La libertad es una gran palabra, pero bajo la bandera de la libertad de industria se han hecho las guerras más expoliadoras y bajo la bandera de la libertad de trabajo se ha despojado a los trabajadores. La misma falsedad intrínseca encierra el empleo actual de la expresión «libertad de crítica». Personas realmente convencidas de haber impulsado la ciencia no reclamarían libertad para las nuevas concepciones al lado de las antiguas, sino la sustitución de estas últimas por las primeras. En cambio, los gritos actuales de «¡Viva la libertad de crítica!». Recuerdan demasiado la fábula del barril vacío». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

¡Podemos ver claramente que la burguesía es muy desagradecida con los «comunistas» del calibre de un Marchais que está trabajando por derribar las filas comunistas! ¿«Dogmatismo»? Ciertamente, en el sentido de que los revisionistas sacaron de sus viejas cajas polvorientas los desgastados dogmas pequeñoburgueses de Bernstein y Kautsky. ¡Pero la burguesía no puede, sin embargo, pedir a los pseudocomunistas que renuncien a sus ilusiones reformistas y aboguen por ideas abiertamente liberales! En cualquier caso, esto no sería hacer un servicio a la burguesía ya que los partidos oportunistas «comunistas» constituyen su mejor baluarte contra la difusión de las ideas del marxismo. La franja más ilustrada de la burguesía lo sabe bien y hará todo lo posible para que su máscara «comunista» no sea completamente arrancada del PCF, y, sobre todo, que no desaparezca de la escena política como un partido que embauque a las masas.

b) Ataques a la economía política marxista

«En primer lugar, habría mucho que decir sobre la confusión entre la apropiación del Estado y la apropiación colectiva. (…) Y luego la vida ha ensuciado esta concepción, ignorante, en el fondo, del determinante papel de los hombres, según el cual sus relaciones en la sociedad, las relaciones entre ellos y el Estado, los métodos de gobierno, etc. cambiaría radicalmente tan pronto como se resolviera la cuestión de la propiedad y el partido que se proclamaba «de la clase trabajadora» estuviera en el poder». (Robert Hue; Comunismo: La Mutación, 1995)

Vemos aquí las consecuencias prácticas de las concepciones filosóficas idealistas de Robert Hue, que lo conducen a negar la definición dada por Marx según la cual:

«Las relaciones sociales están íntimamente vinculadas a las fuerzas productivas. Al adquirir nuevas fuerzas productivas, los hombres cambian su modo de producción, y al cambiar el modo de producción, la manera de ganarse la vida, cambian todas sus relaciones sociales». (Kalr Marx; Miseria de la filosofía: respuesta a la filosofía de la miseria de Proudhon, 1846)

Que la evolución de la forma –es decir, de la superestructura jurídica y política– puede retrasar el contenido –las relaciones de propiedad que forman la base material de la economía–, es algo que Robert Hue parece no sospechar ni un solo instante.

«Es cierto que el contenido es inconcebible sin la forma. Pero también es cierto que la forma existente no corresponde nunca por entero al contenido existente: la primera se retrasa respecto al segundo, el nuevo contenido hasta cierto punto está siempre envuelto en la vieja forma, a consecuencia de lo cual siempre existe un conflicto entre la vieja forma y el nuevo contenido». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; ¿Anarquismo o socialismo?, 1906)

El capitalismo es el dominio de una minoría poseedora de los medios de producción, mientras que la mayoría se ve obligada a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Cuando el proletariado vende su fuerza de trabajo a la burguesía, le vende la mercancía «trabajo». El precio de la mercancía trabajo está determinado por el mínimo de bienes necesarios para la conservación y reproducción de la fuerza de trabajo, a lo cual se añade un estándar de vida social. El capital, que lucha en el mercado contra el capital competidor, busca bajar el precio de todos las mercancías y, por lo tanto, tiende a bajar el salario al mínimo vital –por lo tanto, reduce el nivel de vida al mínimo– y a extender la jornada laboral para aumentar la parte del día en que el trabajador proporciona mano de obra gratuita al capitalista, una vez que se ha alcanzado el horario de trabajo destinado a compensar el valor de los medios de subsistencia necesarios para la reproducción de su fuerza de trabajo. Pero al reducir los salarios de los trabajadores, la burguesía disminuye la demanda de bienes de consumo y empeora la lucha por las oportunidades de venta en el mercado mundial. Es entonces cuando, paralelamente a la polarización de la sociedad y la acumulación de la riqueza en un número de manos cada vez más reducido, los terremotos de las crisis económicas sacuden la sociedad capitalista con su putrefacción.

«Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya la civilización burguesa y el régimen de la propiedad burguesa; por el contrario, resultan demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa». (Karl Marx y Friedrich Engels; El manifiesto comunista, 1848)

Mientras que a nivel de la sociedad, el capitalismo conduce a la concentración de la producción y a la socialización del trabajo, la apropiación de los productos del trabajo social –el excedente sobre los salarios del trabajador: la ganancia– sigue siendo privada, lo que significa que se hace en beneficio de la clase propietaria de los medios de producción.

«La socialización de la producción no puede dejar de conducir a la transformación de los medios de producción en propiedad social, a «la expropiación de los expropiadores». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Karl Marx, 1914)

Es por eso que Marx solía decir que el comunismo podría resumirse en la abolición de la propiedad privada.

«El régimen de la propiedad privada ha sufrido constantes cambios históricos, continuas transformaciones históricas. La revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad feudal en provecho de la propiedad burguesa. El rasgo distintivo del comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa». (Karl Marx y Friedrich Engels; El manifiesto comunista, 1848)

Georges Marchais, como revisionista «clásico» que es, declara estar francamente en contra de la abolición de la propiedad privada. Para él, en Francia, la transformación «socialista»:

«Respetará, además, la existencia de un sector económico basado en el régimen de la pequeña propiedad privada -artesanal, comercial e industrial- y de la explotación agrícola familiar, que permite, en una serie de ámbitos, una mejor satisfacción de las necesidades». (Partido Comunista Francés; Lo que los comunistas quieren para Francia; Adoptado por el XXIIº Congreso; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

«Ha pasado mucho tiempo desde que explicamos que nos oponemos a cualquier «colectivismo», entendido como la desposesión de cada uno por la coacción. Y, sin embargo, estoy seguro de que todavía hay personas en Francia que están convencidas de que los comunistas quieren atacar la propiedad personal o ¡a su transferencia por herencia! Me gustaría responderles: «¿A qué nos llevaría esto? ¿De qué manera el hecho de despojarle de su propiedad, de su chalet, haría avanzar un milímetro la construcción del socialismo en Francia?». Queremos precisamente lo contrario: abrir, a aquellos y aquellas que lo desean, el derecho de adquirir su vivienda, su automóvil, una casa de campo, sin ser, como hoy, desangrados por los bancos». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Como celoso lacayo de la burguesía que mantiene concepciones liberales vulgares de la propiedad, Georges Marchais confunde –¿a sabiendas o por ignorancia?– concepciones comunistas –aunque claras– acerca de dos tipos muy distintos de propiedad: por un lado, la propiedad privada de los medios de producción y, por otro lado, la propiedad privada de bienes de consumo. ¿Querrían los comunistas abolir la propiedad privada de los bienes de consumo? ¡De ninguna manera, respondió el propio Marx, los comunistas harán todo lo posible para abolir la naturaleza miserable de esta apropiación!

Más allá de esta burda confusión entre el modo de propiedad de los medios de producción y la apropiación del producto social del trabajo, podemos ver claramente aquí el resurgimiento del proudhonismo y del socialismo francés pequeño-burgués del siglo XIX que soñaba con hacer de todos los trabajadores unos pequeños propietarios y vieron en la oligarquía financiera –y no en el trabajo asalariado– las causas de la injusticia. Según Georges Marchais, la «raíz del mal» no es el trabajo asalariado, sino el reino de «la oligarquía financiera». En la época del imperialismo y la omnipotencia de esta oligarquía financiera, es natural que este tipo de «socialismo» que arraigó en el seno de la pequeña burguesía –cuya existencia se ve amenazada por el desarrollo del mercado competitivo–reaparezca de una forma u otra.

«Nuestras propuestas apuntan a liberar a nuestra economía de este verdadero cáncer financiero que la está carcomiendo. Nuestro programa insiste en la necesidad de «arrancar la economía del control del capital». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Si estamos de acuerdo con Georges Marchais por decir que quitar la propiedad de su chalet al trabajador no no haría avanzar un milímetro la construcción del socialismo en Francia, en cualquier caso no más que el acto de colectivizar los cepillos de dientes, ¿pero el «socialismo» de Georges Marchais dejará al especulador inmobiliario la propiedad de su stock inmobiliario?, ¡nos sorprende no ver a Georges Marchais cuestionándose sobre la utilidad de colectivizar los medios de producción en general! ¡Que la burguesía se tranquilice pues, el «socialismo» de Georges Marchais no socavará su dominación económica! ¡Esto es aún más importante ya que no habrá «desposesión de cada uno por la coacción»! ¡Bajo el «socialismo» de Georges Marchais, por lo tanto, no habrá abolición del trabajo asalariado!

Como Georges Marchais no tenía intención de abolir el dominio del capital y el trabajo asalariado, fue fatal verlo tratando de camuflar la persistencia de las relaciones de propiedad burguesas bajo su «socialismo» por una «nueva» forma de «participación de los trabajadores» en las empresas, y aquí es donde entra Tito, el pionero de la «autogestión» y el «socialismo con rostro humano».

«Para asumir su papel, las empresas públicas modernas deben se gestionadas de manera flexible y descentralizada, gracias a la intervención de los empleados interesados como de los consumidores. (…) Asimismo, una planificación nacional es indispensable. (…) Damos gran importancia al control, por parte de los propios empleados y sus representantes elegidos, del uso de los fondos en cada empresa». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Por tanto, para Georges Marchais:

«El comunismo es autogestión». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Viene bien recordar que Enver Hoxha demostró magistralmente que en realidad el «socialismo autogestionado», era capitalismo:

«La supuesta planificación que se realiza en las «autogestionadas» empresas yugoslavas no puede ser llamada socialista, ya que, por el contrario, se lleva a cabo de acuerdo con el ejemplo de todas las empresas capitalistas, lo que conduce a las mismas consecuencias que existen en cada economía capitalista; como la anarquía de la producción, la espontaneidad y otras series de contradicciones que se manifiestan en la forma más abierta y salvaje en la economía de mercado yugoslava. (Enver Hoxha; La «autogestión» yugoslava; teoría y práctica capitalista, 1978)

Robert Hue, que ni siquiera se molesta en camuflarse con la famosa autogestión, declara, por su parte y sin rodeos, que el comunismo significa

«Una economía que incluye la propiedad e iniciativa privada. Con un sector público poderoso, renovado y democratizado. Una nueva combinación, predominantemente pública y social, que hace prevalecer todos los criterios del capital, privados y públicos, que favorece el empleo, la justicia, la satisfacción de las necesidades humanas y el respeto por el medio ambiente». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

Robert Hue y Georges Marchais, al no proponer ningún modelo de sociedad alternativa para reemplazar a la sociedad capitalista, dan pie a esperar de ellos que no hablen contra el trabajo asalariado. Aquí destacamos un inciso: ¿qué es el trabajo asalariado? ¿No subsiste el trabajo asalariado bajo el socialismo, ya que los trabajadores continúan recibiendo salarios? Este es el viejo eslogan de los trotskistas y anarquistas que ignoran los conceptos básicos de la economía política marxista y que afirman que bajo el socialismo persistirá la esclavitud asalariada. Dijimos anteriormente que, a través del trabajo asalariado, el proletariado se vio obligado a vender su fuerza de trabajo a los patronos y que la jornada laboral incluía una cierta cantidad de horas de trabajo «gratuito», es decir, trabajo no remunerado, llamado «ganancia» y que va directamente al bolsillo de los patronos. En la sociedad socialista, el proletariado desaparece y se convierte en trabajador en el sentido de que ya no sufre el yugo de la explotación capitalista porque los medios de producción son propiedad colectiva. ¿Recibe el obrero, sin embargo, el «producto integral» de su trabajo? De ninguna manera, Marx refutó esta tesis de Lassalle en la cual se ignora el proceso de reproducción social que requería varios excedentes. Exteriormente, el trabajo siempre toma la forma del salario, pero ya no es trabajo asalariado, es decir, trabajo explotado por otros.

Dado que Georges Marchais y Robert Hue ignoran todo lo relacionado a la economía política marxista, se posicionan en el terreno del reformismo y, en lugar de enarbolar la consigna de lucha por la abolición del trabajo asalariado, sustituyen ésta por el mero aumento de los salarios.

«Porque aumentar los salarios permitiría a la gente comprar más y, por lo tanto, aumentaría el consumo interno. Esta es una condición indispensable –lo cual no significa suficiente– para relanzar nuestra producción y, por lo tanto, crear empleo. (…) He demostrado que Francia se ha convertido en un país de bajos salarios. Esto es inaceptable desde el punto de vista de la justicia, y es contrario a los imperativos de una economía moderna. Si queremos tener empleados cualificados y eficientes, desplegando todas sus capacidades en su trabajo, debemos pagarles consecuentemente. Este no es el caso de Francia. Es por eso que proponemos, como también lo hace la Confederación General del Trabajo (CGT), fijar el salario mínimo en 6.500 francos y hacer cumplir, de verdad, la regla «no hay salario más bajo que el salario mínimo». El Primer Ministro pensó, de primeras, que podía ironizar sobre esta demanda: «¿Por qué no 7,000 u 8,000 francos?», declaró a la Asamblea Nacional. ¡Qué gracioso!». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Señor Marchais, esta es una prueba de que su Primer Ministro es mucho más «marxista» que usted, ya que reconoce la necesidad de que la burguesía tenga trabajadores al menor costo posible en el mercado competitivo mundial. Que es contrario a la justicia y la moralidad… es algo que aún estamos dispuestos a admitir, pero que es contrario a la necesidad económica del capitalismo, ¡ésta sí que es en verdad una afirmación «muy graciosa»! Si usted hubiera leído a Karl Marx, habría notado que dijo claramente que

«La tendencia general de la producción capitalista no es aumentar el salario normal promedio, sino reducirlo». (Karl Marx; Salario, precio y ganancia, 1865)

Marx, sin negar la necesidad de que la clase trabajadora luche para evitar la injerencia del capital en los salarios, estaba, no obstante, lejos de llegar a la conclusión reformista de la mera perspectiva de aumentar los salarios. Marx instó a los trabajadores a no «exagerar el resultado final de esta lucha diaria»:

«No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que lo que hace es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable lucha guerrillera, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador de «¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!», deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: «¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!». (Karl Marx; Salario, precio y ganancia, 1865)

Vemos que Georges Marchais cayó en el economismo más vulgar y parece ignorar todo sobre economía en la época del imperialismo al declarar que la raíz del mal reside:

«En el hecho de que su aceleración se concibe como un medio para acentuar la rentabilidad del capital y que ahora se acumula mucho más y más rápido invirtiendo en finanzas que en producción y lo que conlleva: formación, investigación, salarios, protección social». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Así pues, para este pequeño burgués kautskista, ¡la raíz del mal no está en la producción mercantil, sino en el hecho de que la esfera especulativa ha prevalecido sobre la esfera productiva!

«Concentración de la producción, monopolios que surgen de la misma, fusión o ensamblaje de los bancos con la industria; tal es la historia del ascenso del capital financiero y lo que este concepto representa». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, etapa superior del capitalismo, 1916)

Que esta expansión del capital especulativo es, precisamente, una característica no reformable del imperialismo, es lo que siquiera se le pasa por la mente a Georges Marchais.

«Característico del viejo capitalismo, cuando la libre competencia dominaba indivisa, era la exportación de bienes. Característico del capitalismo moderno, donde manda el monopolio, es la exportación de capital». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, etapa superior del capitalismo, 1916)

Cuando Georges Marchais critica «la oligarquía financiera» y el terrorismo de los bancos y este ha sido uno de los pilares del PCF, no critica al imperialismo, como se podría pensar al principio, sino su aspecto más inadmisible: el parasitismo de la esfera especulativa. Porque en lo que refiere a la interpretación de los bancos y la industria, sin mencionar sus lazos con el Estado burgués, todo esto se oculta cuidadosamente en la «crítica» de Georges Marchais.

Fue con gran perspicacia que, por tanto, Lenin definió las características de la crítica kautskista del imperialismo, características que se aplican admirablemente a nuestro «marxista»:

«Toda esa crítica no se atrevía a reconocer los inseparables lazos entre el imperialismo y los trusts y, por tanto, entre el imperialismo y los fundamentos del capitalismo, dado que no se atrevía a unirse a las fuerzas engendradas por el gran capitalismo y su desarrollo, no pasaba de ser un «deseo piadoso». Tal es también la posición fundamental de Hobson en su crítica del imperialismo. Hobson se ha anticipado a Kautsky en la protesta contra el argumento de la «inevitabilidad del imperialismo» e instando a la necesidad de «aumentar la capacidad de consumo» de la población ¡bajo el capitalismo!. Diversos autores a menudo citados por nosotros, como Agahd, A. Lansburgh, L. Eschwege y, entre los escritores franceses, Victor Bérard, autor de una obra superficial titulada Inglaterra y el imperialismo aparecida en 1900, sostienen un punto de vista pequeñoburgués en la crítica del imperialismo, de la omnipotencia de los bancos, de la oligarquía financiera, etc. Todos ellos, que nada tienen de marxistas, oponen al imperialismo la libre competencia y la democracia, condenan el proyecto del ferrocarril a Bagdad, que está conduciendo a conflictos y a la guerra, declaran el «deseo piadoso» de vivir en paz, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, etapa superior del capitalismo, 1916)

Al no comprender nada del análisis económico del imperialismo, tampoco nos sorprende que Georges Marchais sea víctima de esta mistificación burguesa que es la nacionalización de ciertos sectores de la economía, lo que se llama «servicio publico»:

«Mencioné la importancia crucial para la modernización del sector público de Francia. Las nacionalizaciones datan de 1936, 1945 y 1981, tres momentos en los que el movimiento popular pudo hacer oír su voz». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

El movimiento popular habría hecho «escuchar su voz». Cierto es que en el vocabulario de Georges Marchais «popular» no tiene el mismo significado que en el vocabulario marxista. De hecho, las nacionalizaciones de 1936, 1945 y 1981 ciertamente corresponden a períodos de lucha social, puesto que estos períodos se superponen con crisis económicas o reorganizaciones económicas del capitalismo. La cuestión principal es esta: ¿se hicieron nacionalizaciones contra la burguesía, o bien por iniciativa de ésta y, por lo tanto, de conformidad con ella? ¡Por iniciativa de ésta, por supuesto! La ola de nacionalizaciones de la década de 1930 correspondió a la necesidad de salvar a sectores enteros de la economía de la bancarrota, luego de la crisis de 1929 –en Francia, la caída de la producción industrial continuó hasta 1935–. La ola de nacionalizaciones en 1945 correspondió a la necesidad de la reconstrucción de la economía francesa de la posguerra. Incluía Renault, las minas de carbón del Norte, productos químicos pesados, el gas, la electricidad, Air France, las aseguradoras y crédito, etc. Finalmente, la ola de nacionalizaciones de 1981 fue utilizada por la burguesía francesa para rescatar grandes grupos industriales que anteriormente tenían déficit a expensas del Estado –CGE, St Gobain, Pechiney Thomson, Bul, etc.– antes de volver a privatizarlos en 1985-1986; una vez más, beneficiados.

Para ilustrar esto dejaremos que hable Lenin, señalando que

«El monopolio de la electricidad vendrá cuando lo necesiten los productores, es decir, cuando otro gran crack en la industria eléctrica sea inminente y cuando ya no sean rentables las gigantescas y costosas centrales eléctricas que en todas partes están ahora construyendo los «consorcios» privados de la industria eléctrica, y para las cuales dichos «consorcios» obtienen licencias de los ayuntamientos, de los Estados, etc. Entonces será necesario recurrir a la fuerza hidráulica; pero será imposible convertirla en electricidad barata por cuenta del Estado, y también habrá que entregarla a un «monopolio privado sometido al control del Estado», pues la industria privada ha concertado ya bastantes contratos y ha estipulado grandes indemnizaciones (…) Así pasó con el monopolio de la potasa, así pasa con el monopolio del petróleo, así pasará con el monopolio de la electricidad. Es hora ya de que nuestros socialistas de Estado, que se dejan cegar por bellos principios, comprendan, por fin, que en Alemania los monopolios jamás han perseguido el objetivo de beneficiar al consumidor, al que nunca beneficiaron, ni siquiera el de entregar al Estado una parte de los beneficios, sino que solamente han servido para sanear a costa del Estado la industria privada que estaba al borde de la quiebra». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, etapa superior del capitalismo, 1916)

Entonces, de acuerdo con Georges Marchais, podemos afirmar en voz alta y clara el hecho de que «de todo esto surge una lección incontestable y evidente»:

«Es cuando el PCF pudo influir en el curso de los acontecimientos que la justicia y la libertad [Léase como «los beneficios de nuestra burguesía nacional»] podían progresar. Y, en cada momento, Francia [Léase como «la burguesía francesa»] mejoró». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

c) ¿Lucha de clases o conciliación de clases? – La dictadura del proletariado, «obsoleta»

«Les decimos a estos millones de franceses que designamos bajo el nombre de clases medias: ustedes son artesanos, pequeños comerciantes, pequeños y medianos empresarios, y eso es bueno. Vosotros desempeñáis un papel útil, y encontraréis, también, vuestro lugar en el socialismo que queremos, porque haréis falta». (Georges Marchais; Informe presentado al XIIº Congreso del Partido Comunista Francés; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

Habida cuenta de lo que hemos dicho en el parágrafo anterior, no tenemos absolutamente ninguna razón para sorprendernos por el hecho de que bajo el «socialismo» de Georges Marchais continuarán floreciendo «artesanos», «pequeños comerciantes» y «empresarios medianos».

«Liberar la sociedad no implica hoy, como podemos ver, privilegiar los intereses de una clase en particular, sino actuar para unir para este propósito a todos aquellos y aquellas que sufren, de un modo u otro, una política que golpea sus vidas y mutila sus aspiraciones. Por lo tanto, esto nos lleva a renunciar a cualquier enfoque en términos de «alianzas» entre categorías sociales». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

Georges Marchais hace hincapié en que esta concepción de la alianza tiene serias desventajas políticas porque:

«A menudo se la percibe como un llamado a la adhesión con la clase obrera, lo que habría llevado al abandono por parte de otros estratos sociales de sus propias aspiraciones, de su originalidad». (Georges Marchais; Democracia, 1990)

Es cierto que la pequeña burguesía siempre experimenta un sentimiento de «mutilación» frente a la dominación del gran capital, pero ¿esta «mutilación» de sus aspiraciones burguesas le da a la pequeña burguesía una conciencia comunista? Lo dudamos mucho. Por consiguiente, al preservar las «aspiraciones» y la «originalidad» de los medianos empresarios y los pequeños comerciantes, ¡el PCF demuestra que ni siquiera ha rozado el ideario socialista! ¡El PCF resucita la vieja utopía de Proudhon, que en el siglo XIX soñaba con un «socialismo» de artesanos! ¡Y he aquí lo que se nos presenta hoy, en la época del capitalismo monopolista, como «socialismo»! Bajo el socialismo de Georges Marchais, por tanto, continuará floreciendo la pequeña burguesía, ¡y de ninguna manera se la exhortará a abandonar sus «propias aspiraciones»! Obviamente, esto está en completa oposición con Lenin, para quien:

«Bajo la dictadura del proletariado será preciso reeducar a millones de campesinos y pequeños propietarios, a centenares de miles de empleados, funcionarios, intelectuales burgueses, subordinando a todos al Estado proletario y a la dirección proletaria, y vencer en ellos sus hábitos y tradiciones burgueses». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, 1920)

Esta concepción «específica» del «socialismo francés» autoriza la penetración de la ideología burguesa dentro del Partido y conduce a su liquidación total en tanto que Partido del proletariado. De acuerdo con Lenin:

«El proletariado urbano e industrial constituirá indefectiblemente el núcleo fundamental de nuestro Partido Obrero Socialdemócrata, mas nosotros debemos ganar para el partido, educar y organizar a todos los trabajadores y explotados, como dice nuestro programa, a todos sin excepción: a los artesanos y a los elementos depauperados, a los mendigos y a las sirvientas, a los vagabundos y a las prostitutas, con la condición indispensable y obligatoria, naturalmente, de que sean ellos quienes se adhieran a la socialdemocracia y no a la inversa, de que sean ellos quienes adopten el punto de vista del proletariado y no éste el de ellos». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La actitud de la socialdemocracia ante el problema campesino, 1905)

«¡Detente ahí!», nos dirán Georges Marchais y Robert Hue. «Esa es una concepción anticuada»:

«Si la «dictadura del proletariado» no aparece en el borrador del documento para designar el poder político en la Francia socialista por la que estamos luchando, es porque no cubre la realidad de nuestra política, la realidad de lo que ofrecemos al país». (Georges Marchais; Informe presentado al XIIº Congreso del Partido Comunista Francés; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

Georges Marchais, al asumir los «consejos» de la «ansiosa» burguesía por preservar la buena imagen del comunismo entre las masas, tampoco duda en afirmar de la dictadura del proletariado que:

«La experiencia ha demostrado que no contribuyó a aproximar el momento del comunismo, ni en los países donde se estableció, ni por la imagen que dio de los países socialistas en los países capitalistas desarrollados». (Georges Marchais; Informe presentado al XIIº Congreso del Partido Comunista Francés; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

Lenin ya dijo:

«Todos estos señores, que desempeñan un papel enorme, no pocas veces predominante, en la actividad parlamentaria y en la labor publicista del partido, niegan francamente la dictadura del proletariado y practican un oportunismo descarado. Para estos señores, la «dictadura» del proletariado ¡¡«contradice» la democracia!! Substancialmente, no se distinguen en nada serio de los demócratas pequeño burgueses». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

En primer lugar, debemos enfatizar el hecho de que si el PCF renunció oficialmente a la «dictadura del proletariado» en 1976, en realidad habría renunciado a ésta desde hace mucho más tiempo. De tal forma que Léo Figuères afirmó en 1969 que «la construcción del socialismo» debería incluir a «todas las capas interesadas en el derrocamiento del poder de los monopolios y el establecimiento de un orden social favorable a la inmensa mayoría de los productores». Llegó a la conclusión de que:

«De ahí surge la necesidad de la unidad y la colaboración segura de los partidos que se pronuncian por un verdadero régimen democrático y por el socialismo. La participación de todos estos partidos en pie de igualdad en la dirección del futuro Estado socialista, la emulación que se establecerá entre ellos, en nuestra opinión, será una de las características originales de una Francia socialista». (Léo Figuères; Trotskismo, este antileninismo, 1969)

Pero, ¿podemos hablar seriamente de una «dictadura del proletariado» cuando abogamos por el pluralismo político, así como la emulación entre el proletariado y la pequeña burguesía bajo el socialismo? En cuanto a Georges Marchais, para él el socialismo se caracteriza por estos rasgos:

«Multipartidismo, pluralismo de la información, instituciones democráticas, respeto en todas las circunstancias para el sufragio universal, posibilidad de alternancia. Está perfectamente claro: si nuestro pueblo desea en mayoría dar marcha atrás, tendrán plena libertad para expresar esta elección y será respetada». (Georges Marchais; Informe presentado al XIIº Congreso del Partido Comunista Francés; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

En resumen, he aquí la imagen idealizada de la democracia burguesa. Huelga decir, claro, que la realidad del «socialismo» propuesto por Georges Marchais, dado que incluye a la pequeña burguesía, ¡no podía aceptar una dictadura del proletariado que amenazara las «aspiraciones» de la pequeña burguesía! En un intento por ocultar esta «desviación» sin negar abiertamente a Marx y Lenin, Georges Marchais afirma que sigue siendo fiel a la «lucha de clases» e incluso trata de hacerse pasar por «leninista»:

«Existen leyes generales. Su universalidad se debe a su abstracción. No preceden a la experiencia, generalizan una experiencia multiforme. En este sentido, son históricamente relativas. Es decir, por un lado, que no tienen una existencia independiente fuera de la realidad concreta de las luchas obreras, democráticas y revolucionarias; por otro lado, cuanto más se diversifique y enriquezca la experiencia, más se relativizará el contenido de estas leyes y más leyes nuevas se agregarán o reemplazarán a las antiguas. Viejas «leyes» que desaparecen: Marx y Lenin habían elevado la noción de dictadura del proletariado al rango de signo distintivo de cualquier posición revolucionaria; nosotros lo rechazamos en 1976. Nuevas exigencias que aparecen: definimos hace más de diez años, en 1979, la democratización de todas las esferas de la sociedad como un «componente universal del socialismo». (Georges Marchais; Informe presentado al XIIº Congreso del Partido Comunista Francés; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

Robert Hue, con más honestidad, afirma rotundamente que

«El comunismo no es, para mí, la llamada a la venganza social. Lo escribí recientemente en un artículo de opinión del «Mundo», «lo que espero no es la victoria de una Francia sobre otra. Espero la elección de Francia para desarrollar lo que es mejor para ella. Y es la elección de un cambio decidido e implementado, en primer lugar, por la intervención de ciudadanos y asalariados. Una elección mayoritaria de nuestro pueblo. Su unificación en la riqueza de su diversidad, de su pluralismo. Lo contrario de su división». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

Entendemos perfectamente el hecho de que la «nueva exigencia» para la adhesión de la pequeña burguesía condujera al PCF a abandonar la dictadura del proletariado –¡e incluso el concepto de lucha de clases, como Robert Hue, que practica un oportunismo descarado!–. Este abandono de la idea de hegemonía del proletariado es, como dijo Lenin, el aspecto más vulgar del reformismo. Lenin habló, ciertamente, de la relatividad de determinadas leyes del marxismo, dependiendo de las condiciones históricas concretas de cada país, pero consideraba, a la par, que había leyes generales y absolutas del marxismo. Por lo tanto, surge la pregunta: ¿Lenin incluyó la noción de la dictadura del proletariado en estas leyes «relativamente históricas», o bien en estas leyes generales, válidas para todos los países y en todas las épocas? Escuchemos a Lenin, quien fue absolutamente claro en esta cuestión:

«Circunscribir el marxismo a la teoría de la lucha de clases es limitar el marxismo, tergiversarlo, reducirlo a algo que la burguesía puede aceptar. Marxista sólo es el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado. En ello estriba la más profunda diferencia entre un marxista y un pequeño o un gran burgués adocenado. En esta piedra de toque es en la que hay que contrastar la comprensión y el reconocimiento real del marxismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

Está claro que Lenin, como Marx antes que él, se mantuvo firme en esta cuestión fundamental del marxismo. Por tanto, en vano intenta Georges Marchais confundir las cosas, siendo que Lenin lo aclara muy bien en su obra «El Estado y la revolución» de 1917. Esta obra, cuya columna vertebral es la defensa de la noción de «dictadura del proletariado», fue escrita por Lenin justo después de la Revolución de Febrero de 1917 para defender la teoría marxista del Estado contra todos sus deformadores. Así encontramos en «El Estado y la revolución» una denuncia implacable al oportunismo kautskista, completamente resucitado por Georges Marchais:

«El oportunismo de nuestros días, personificado por su principal representante, el ex marxista Karl Kautsky, cae de lleno dentro de la característica de la posición burguesa que traza Marx y que hemos citado, pues este oportunismo circunscribe el terreno del reconocimiento de la lucha de clases al terreno de las relaciones burguesas. ¡Y dentro de este terreno, dentro de este marco, ningún liberal culto se negaría a reconocer, «en principio», la lucha de clases!. El oportunismo no extiende el reconocimiento de la lucha de clases precisamente a lo más fundamental, al período detransición del capitalismo al comunismo, al período de derrocamiento de la burguesía y de completa destrucción de ésta. En realidad, este período es inevitablemente un período de lucha de clases de un encarnizamiento sin precedentes, en que ésta reviste formas agudas nunca vistas, y, por consiguiente, el Estado de este período debe ser inevitablemente un Estado democrático de manera nueva para los proletarios y los desposeídos en general y dictatorial de manera nueva contra la burguesía. Además, la esencia de la teoría de Marx sobre el Estado sólo la asimila quien haya comprendido que la dictadura de una clase es necesaria, no sólo para toda sociedad de clases en general, no sólo para el proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también para todo el período histórico que separa al capitalismo dela «sociedad sin clases», del comunismo. Las formas de los Estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero su esencia es la misma: todos esos Estados son, bajo una forma o bajo otra pero, en última instancia, necesariamente, una dictadura de la burguesía. La transición del capitalismo al comunismo no puede naturalmente, por menos de proporcionar una enorme abundancia y diversidad de formas políticas, pero la esencia de todas ellas sería necesariamente, una: la dictadura del proletariado». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

En «El estado y la revolución», Lenin sintetizó magistralmente la concepción marxista del Estado. La existencia del Estado demuestra que la sociedad está dividida en clases antagónicas y que estos antagonismos de clase son irreconciliables. El Estado es un órgano de opresión de una clase sobre otra, una máquina de opresión utilizada por la clase dominante para suprimir y dominar ciertos medios de lucha de las clases explotadas. Lenin continuó demostrando que el proletariado, cuando quiere marchar hacia la revolución y construir el socialismo, debe romper esta máquina de opresión y reemplazarla por una nueva. Y es un hecho indiscutible que ni Georges Marchais ni Robert Hue –quienes nos hablan por aquí y allí de la arrogancia de los patronos o la omnipotencia de los bancos, queja habitual del pequeño capital oprimido por los grandes capitales y desangrados por la oligarquía financiera– cuestionan jamás el Estado burgués ni hablan del mismo -nunca- como una «dictadura de la burguesía». Debemos enfatizar que los comunistas franceses nunca asimilaron la concepción marxista del Estado, simplemente contemplaron la conquista del poder del Estado. Robert Hue va más allá al negar, incluso, la concepción reformista kautskista de la toma del poder estatal, la cual fue denunciada por Lenin:

«Este «estatismo» nos llevó a enfocar todo en la cuestión del «poder estatal» que teníamos que «tomar». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

Mientras los anarquistas quieren abolir todo Estado y con inmediatez, los marxistas consideran esencial que el proletariado se dote de una maquinaria estatal para reprimir a las clases explotadoras derrocadas durante todo el período de construcción de la sociedad socialista. George Marchais, obviamente, no lo ve así, dado que según el:

«Para garantizar el éxito del socialismo, el problema no estriba en privar de libertad a la minoría que constituyen las fuerzas reaccionarias, sino en darles esa libertad a los trabajadores que constituyen la gran mayoría de la nación». (Georges Marchais; Informe presentado al XIIº Congreso del Partido Comunista Francés; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

No nos sorprenderá ver una vez más a Georges Marchais oponerse a Lenin, quien afirmó categóricamente que

«El desarrollo progresivo, es decir, el desarrollo hacia el comunismo, pasa por la dictadura del proletariado, y sólo puede ser así, ya que no hay otra fuerza ni otro camino para romper la resistencia de los explotadores capitalistas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

Pero, ¿Podemos hablar de una dictadura en el sentido en que lo entienden comúnmente los demócratas pequeño burgueses, es decir, como el reino del terror y de la arbitrariedad ilimitada? Si escuchamos a Robert Hue, sin duda que sí, puesto que no duda en afirmar que:

«Presentada en su origen como provisional y para ser superada, la «dictadura del proletariado» ha seguido fortaleciéndose. Hasta el punto de convertirse en dictadura sobre el proletariado. Esta monstruosa realidad que condujo a la ruina final del sistema que ha afirmado a mis mis ojos el fracaso definitivo del modo de pensamiento que lo engendró y lo impuso como «modelo» a todos los partidos comunistas del mundo». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

¡Es el viejo estribillo trotskista que culpa al «estalinismo» por la restauración del capitalismo en la URSS! Que la restauración del capitalismo sea precisamente el resultado de la liquidación de la dictadura del proletariado y las «reformas de mercado» iniciadas por Jruschov… ¡es algo que un pequeño burgués imbuido de prejuicios democráticos no puede ni sospechar! Pero volviendo al significado de la dictadura del proletariado como:

«Democracia para la mayoría gigantesca del pueblo y represión por la fuerza, o sea, exclusión de la democracia para los explotadores, para los opresores del pueblo: he ahí la modificación que sufrirá la democracia en la transición del capitalismo al comunismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

Es cierto que este tipo de democracia no es la democracia soñada por la pequeña y mediana burguesía que también «aspira» a «florecer» –es decir, explotar a los trabajadores–. Mediante el rechazo de la dictadura del proletariado, Georges Marchais y Robert Hue nos ofrecen una idealización no encubierta de la democracia burguesa que maquillan en todos los sentidos, presentando solo reclamos de naturaleza puramente económica y eludiendo cuidadosamente las reivindicaciones políticas. Para Georges Marchais, se alcanzará el socialismo a través del sufragio universal, la mayoría del sufragio tendrá que seguir a la mayoría parlamentaria.

«Los demócratas pequeñoburgueses, estos pseudosocialistas que han sustituido la lucha de clases por sueños sobre la conciliación de las clases, también se han imaginado la transformación socialista de un modo soñador, no como el derrocamiento de la dominación de la clase explotadora, sino como la sumisión pacífica de la minoría a la mayoría, que habrá adquirido conciencia de su misión. Esta utopía pequeño burguesa, que va inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado por encima de las clases, ha conducido en la práctica a traicionar los intereses de las clases trabajadoras, como lo ha demostrado, por ejemplo,la historia de las revoluciones francesas de 1848 y 1871 y como lo ha demostrado la experiencia de la participación «socialista» en ministerios burgueses en Inglaterra, Francia, Italia y otros países a fines del siglo XIX y comienzos del XX». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

No se puede negar que los comunistas franceses tienen una experiencia muy larga y «rica» en este campo, como veremos en el parágrafo II – D.

Pero volvamos a la democracia tal y como la imagina Georges Marchais. Con mucha razón dijo Lenin de la «democracia pura» que «es solo una frase falsa de un liberal que busca engañar a los trabajadores». El kautskista Georges Marchais, que nos ofrece una disertación de 300 páginas sobre este tipo de «democracia», elude por completo el hecho de que su «democracia pura» es una democracia burguesa,

«Una democracia estrecha, truncada, falsa, hipócrita, un paraíso para los ricos, una trampa y un atractivo para los explotados, para los pobres. Es esta verdad, el elemento constitutivo más esencial de la doctrina marxista, lo que el «marxista» Kautsky no comprendió. (…) He aquí por qué, dada su posición objetiva y cualesquiera que sean sus convicciones subjetivas, Kautsky resulta ser inevitablemente un lacayo de la burguesía». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)

Cerremos ahora este paréntesis denunciando los sueños enfermos de los revisionistas y abramos nuestros ojos por un momento a la realidad de la democracia burguesa de hoy. Podemos, pues, preguntarnos legítimamente cuál es el valor de la disertación «democrática» que los pequeños burgueses Georges Marchais y Robert Hue nos ofrecen en un momento en que, en un contexto de profunda recesión económica, estamos registrando las premisas de una gran crisis económica periódica del capitalismo que probablemente se enrede con la crisis general de la economía imperialista, en un momento en que la burguesía francesa está fortaleciendo su represivo aparato policial y militarista, y, finalmente, en un momento en cual al ejército profesionalizado –¡incluso!– se le prohíbe a los soldados poder pertenecer a un partido político.

«La crisis actual se ha extendido asimismo a la vida política, atizando el fuego en los círculos dirigentes de los Estados capitalistas y revisionistas. Claro testimonio de esto son las repetidas crisis gubernamentales y el cambio de los equipos en el poder. La burguesía y las camarillas dominantes se ven obligadas a cambiar más a menudo los caballos de los carros gubernamentales, con el fin de engañar a los trabajadores y hacerles creer que los nuevos serán mejores que los viejos, que los responsables de la crisis y de que ésta prosiga son los anteriores, mientras que los substitutos mejorarán la situación, y otras cosas por el estilo. Todo este engaño que alcanza proporciones cada vez más vastas, se encubre, sobre todo durante las campañas electorales, con las falsas consignas de libertad, democracia, etc. Al mismo tiempo la burguesía, en los países capitalistas y revisionistas, refuerza sus salvajes armas de represión, el ejército, la policía, los servicios secretos, los órganos judiciales; refuerza el control de su dictadura sobre cualquier movimiento e intento de lucha del proletariado. Hoy en los países capitalistas y revisionistas es evidente la tendencia a intensificar la violencia burguesa y a restringir los derechos democráticos. Se observan con una intensidad cada vez mayor la propensión a fascistizar la vida del país y los preparativos para instaurar el fascismo, en el momento en que la burguesía se vea en la imposibilidad de dominar con métodos y medios «democráticos» (Enver Hoxha; El imperialismo y la revolución, 1978)

d) El PCF, pionero del euroconstruccionismo y del altermundismo

«En apariencia, la «serenidad» reina en todas partes: los Estados Unidos de América han reducido al mínimo a Europa occidental, Japón y otros países capitalistas; Alemania (del Oeste), Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón, caídos en las garras de los Estados Unidos, cumplen obedientemente sus mandatos. Pero sería un error creer que esta «serenidad» puede mantenerse «por la eternidad»; que estos países soportarán sin cesar la dominación y el yugo de los Estados Unidos; que no intentarán separarse del cautiverio estadounidense para embarcarse en el camino de la independencia». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili Stalin; Problemas económicos del socialismo en la URSS, 1952)

Crear la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951, este fue el objetivo perseguido por la burguesía europea. Al establecer la CEE en 1957, surgió la misma perspectiva: unir a las grandes burguesías nacionales europeas dentro de un bloque económico para separarse mejor de la dominación estadounidense.

«Tomados individualmente, los burgueses luchan contra los demás, pero como clase, los burgueses tienen un interés común, y esta solidaridad, que vemos voltearse hacia adentro contra el proletariado, se vuelve hacia afuera contra los burgueses de otras naciones. Esto es lo que la burguesía llama su nacionalidad». (Karl Marx; Acerca del sistema nacional de economía política de Friedrich List, 1845)

La CEE fue la creación de un gran mercado europeo sin barreras aduaneras entre los países miembros, el establecimiento de derechos de aduana comunes sobre las importaciones procedentes de países fuera de la CEE, así como la creación de una política proteccionista común de apoyo a la agricultura. Durante las décadas de 1960 y 1970, la CEE, como unión de capitalistas europeos, se expandió. En 1979 se creó el Sistema Monetario Europeo (SME), el primer paso hacia el establecimiento de una Unión Monetaria Europea –consolidada en 1999 con la adopción del euro y su puesta en circulación en 2002–. En 1992 se firmó el Tratado de Maastricht, institucionalizando, entre otras cosas, la cooperación inter-gubernamental en materia de política exterior y de seguridad, así como en asuntos de justicia y policía. Pero, ¿qué nos dicen Georges Marchais y Robert Hue sobre la realidad de esta construcción europea? Debemos, en primer lugar, señalar que Georges Marchais y Robert Hue comparten una visión común de Europa, y que no tienen ninguna objeción a la construcción europea, y que a lo sumo quieren hacer ciertas modificaciones. Robert Hue afirma que:

«A nivel europeo, la cooperación económica y monetaria no debe reemplazar las políticas nacionales sino consolidarlas. Y propuse, durante la campaña presidencial, que desarrollemos «una ECU ¡a decir verdad, el nombre a elegir no es la cuestión principal!que es un instrumento monetario común de cooperación, basado en monedas nacionales y que hace referencia a la riqueza producida en los países de la Unión Europea». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

Más adelante también afirma que «el ímpetu para los verdaderos cambios positivos en la construcción europea solo puede venir de los propios ciudadanos» que deben rechazar el «alineamiento de abajo hacia arriba» de las políticas sociales. Georges Marchais, por su parte, dice que debemos «construir Europa de manera diferente»:

«En primer lugar, queremos una Comunidad Europea diseñada y construida para todos los hombres y mujeres. Esto implica un uso radicalmente nuevo de los recursos financieros; ya me expliqué sobre esto. Y esto supone un progreso en los derechos sociales en toda la CEE: cuanto más bajemos las barreras entre los países, más será necesario aumentar las garantías, protecciones, capacitación, posibilidades de intervención de la población. Lo contrario es la jungla, la ley del más fuerte. En segundo lugar, luchamos por una Europa donde la cooperación se realice en pie de igualdad. Porque no solo el acercamiento entre los pueblos y los intercambios culturales responden a una aspiración universal, sino que, hoy, ningún país es capaz de dominar las tecnologías o los recursos financieros solo. La cooperación, que excluye toda dominación, es una necesidad vital. (…) En tercer lugar, queremos una Europa pacífica, atendiendo a los pueblos del tercer mundo y contribuyendo a la protección de los equilibrios naturales del planeta. (…) Construir Europa de manera diferente será contribuir a la lucha por un nuevo orden económico mundial». (Georges Marchais; Informe presentado al XIIº Congreso del Partido Comunista Francés; Publicado en Cuadernos del comunismo, febrero-marzo de 1976)

Como podemos ver, Georges Marchais y Robert Hue exigen mucho de Europa. Primero le piden que conserve los logros sociales adquiridos por la dura lucha de los trabajadores a nivel nacional, e incluso que los fortalezca, ¿con la bendición de las burguesías de los otros países miembro? ¿En el contexto de una feroz competencia internacional? Luego le piden que no cuestione la soberanía nacional, sino que la fortalezca a través de la «cooperación» europea, excluyendo la «dominación» y, por lo tanto, toda la violencia. Piden, por lo tanto, una Europa «pacífica» capaz de contribuir a un «nuevo orden económico mundial» que escuche a los países del «tercer mundo» y se preocupe por los problemas ecológicos. Podemos observar aquí las consecuencias prácticas, sobre la cuestión europea, de las concepciones kautskistas de Robert Hue y Georges Marchais sobre el Estado. Para ambos, las instituciones supranacionales europeas no están allí para oprimir a los trabajadores, sino para protegerlos –o al menos, en el marco de la «democracia representativa», podrían protegerlos–. Por consiguiente, una de las consecuencias lógicas de esta concepción reformista del Estado fue en el contexto de la globalización de los flujos de capital y la hipertrofia de la esfera especulativa, conducir a una concepción globalizada del reformismo. Así es como Robert Hue pide a los ciudadanos que presionen a las instituciones supranacionales para que actúen:

«En común para gravar los movimientos de capitales que especulan contra el empleo y el progreso social». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

En efecto:

«Esto proporcionaría recursos considerables para el impulso de las capacidades humanas. Un premio Nobel estadounidense en economía, el Sr. Tobin, ha calculado, según afirma el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, que al gravar solo el 0,5% de todas las transacciones especulativas, ¡liberaríamos el equivalente de cinco veces el presupuesto de Francia, cada año! Los parlamentarios comunistas en Estrasburgo han propuesto a todas las fuerzas progresistas de Europa librar una batalla conjunta a favor de tal medida. Llevada a cabo por un solo país, indudablemente atraería represalias por parte de los «mercados financieros». Pero decidido a nivel de toda la Unión Europea, dejaría poco vía de escapatoria a los especuladores, porque un mercado como el de los «Quince» es imprescindible. Mientras tengan la voluntad política de movilizarse realmente por el empleo, los líderes europeos tienen los medios para hacer entrar en razón a los círculos financieros». (Robert Hue; Comunismo: La mutación, 1995)

Y he aquí que Robert Hue, quien de ese modo se propone reducir la inestabilidad y la volatilidad de los mercados financieros para limitar los movimientos puramente especulativos y redirigir el capital a la esfera productiva, ¡¡¡se cubre bajo una fachada de «modestia» para «inventar» el altermundismo antes que los altermundistas!!! ¡Esto explica por qué hoy el PCF se ha fusionado prácticamente con la Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana (ATTAC)! Pero, ¿qué tienen en común estas concepciones con el leninismo? Absolutamente nada, puesto que Lenin afirmaba, con miras a los reformistas kautskistas –ahora rediseñados como «altermundistas–, que:

«Los sabios y publicistas burgueses defienden habitualmente el imperialismo de forma indirecta, oscureciendo su dominación absoluta y sus raíces profundas, destacando los rasgos y detalles secundarios, haciendo todo lo posible para distraer la atención de lo fundamental a través de proyectos de «reformas» sin importancia, tales como el control policial de los trusts o los bancos, etc. Son excepción los imperialistas declarados y cínicos que admiten que la idea de reformar los rasgos fundamentales del imperialismo es absurda». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, etapa superior del capitalismo, 1916)

Vemos, pues, que ni Georges Marchais ni Robert Hue comprendieron esta simple verdad de que el establecimiento de una Europa «unida» estaba bajo un régimen capitalista, imposible o reaccionario, que esta Europa «unida» solo podía ponerse en interés del capital y en contra de los intereses de los trabajadores:

«Ciertamente, los acuerdos provisionales son posibles entre capitalistas y entre potencias. En este sentido, los Estados Unidos de Europa también son posibles, como una entente de capitalistas europeos… ¿con qué fin? Con el único objetivo de sofocar el socialismo en Europa, de proteger conjuntamente las colonias acaparadas contra Japón y América». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La consiga de los Estados Unidos de Europa, 1915)

Los líderes del PCF, imbuidos de prejuicios democráticos donde los hayan, nos presentan de forma «mejorada» la tesis kautskista del ultraimperialismo, según la cual la «la nueva fase» del imperialismo ofrecería la posibilidad de desarrollo económico pacífico, y excluiría la política de anexiones coloniales. ¿Pero qué queda entonces de las tesis de Lenin sobre el imperialismo?

«El imperialismo es la época del capital financiero y de los monopolios, que provocan en todas partes una tendencia a la dominación, y no a la libertad. Sea cual sea el régimen político». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, etapa superior del capitalismo, 1916)

En época de agresiones imperialistas abiertas contra cualquier país que se niegue a subsumirse por el imperialismo, podemos medir la clarividencia política «brillante» de Georges Marchais, quien ha venido a hablarnos sobre la perspectiva de una «Europa de paz atendiendo a los pueblos del tercer mundo», ¡construida según él bajo «los principios de cooperación en pie de igualdad»!

«Hemos demostrado cuál es la fraternidad que crea el libre comercio entre las diferentes clases de una sola nación. La fraternidad que establecería el libre comercio entre las diferentes naciones de la tierra difícilmente sería más fraternal. Designar bajo el nombre de fraternidad universal la explotación en su Estado cosmopolita, es una idea que sólo podría originarse en el seno de la burguesía». (Karl Marx, Discurso sobre libre comercio, 1848) (Vincent Gouysse; Algunos aspectos del revisionismo del Partido Comunista Francés, 2005)

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