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Cuba: los 570 niños que la contrarrevolución intentó asesinar

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Los cubanos, y en particular los residentes en el habanero barrio de Marianao jamás podrán olvidar lo ocurrido el 8 de mayo de 1980, cuando elementos contrarrevolucionarios incendiaron el círculo infantil “Le Van Tam”, pero la rápida intervención de estudiantes, del pueblo y de los bomberos impidió que allí ocurriera una verdadera tragedia.

A cuarenta años de aquellos hechos, es necesario recordar el contexto de las provocaciones contra la Revolución que comenzaron desde finales de 1979. Secuestro de embarcaciones y entrada violenta en embajadas, con el propósito bien definido por parte del gobierno yanqui, de provocar una falsa crisis migratoria y culpar a Cuba además, de no permitir la salida del país de numerosos ex reclusos contrarrevolucionarios que habían sido liberados y que el gobierno estadounidense se había comprometido a sacar del país y no lo hacía.

Es en este clima de provocaciones cuando la contrarrevolución envalentonada y aupada por el imperialismo y la CIA, lleva a cabo esa monstruosa acción terrorista de incendiar el círculo infantil Le Van Tam, sin importarles las terribles consecuencias que ocasionaría, seguros de que luego serian considerados como disidentes, o perseguidos políticos.

El incendio se inició a las 4 y 45 p.m., por el teatro en el piso inferior del edificio de 10 plantas, y rápidamente las llamas bloquearon la escalera central y los dos ascensores. En ese momento allí se encontraban 570 niños, de ellos 177 internos y muchos de los 156 trabajadores y asistentas que laboraban en el centro.

Quiso el destino que uno de los primeros auxilios lo ofreciera un grupo de jóvenes estudiantes de la escuela Secundaria Básica “José Aguilera Maceiras” que se encuentra muy cerca del círculo, quienes al percatarse del incendio, los estudiantes mayores sin pensarlo dos veces corrieron para penetrar en el edificio a la mayor brevedad posible como lo narra EtiánNodarse Chirino, de 14 años de edad: «Salté enseguida por el muro, penetré en el Banco, que da a un costado del Círculo, y lo atravesé por dentro para salir a las escaleras del edificio. Ya en ese momento la humareda que había allí era muy fuerte. Subí al primer piso y me puse rápidamente, junto a los bomberos y otros compañeros, a sacar a los niños hacia un patio, pues éstos ya comenzaban a sentir el humo que entraba por las puertas. Comenzamos lo más rápido que pudimos a bajar a los niñitos, que no podían caminar, pues eran de meses, amarrados con sogas y sábanas. Uno a uno los bajábamos con cuidado, y se conducían lejos del edificio.

«Cuando no quedó ningún niño en ese primer piso donde yo estaba —continúa Etián en su relato—, fuimos para el cuarto piso, pues allí hacía falta ayuda, y entonces los bajábamos en nuestros brazos por las escaleras. Vi como todos los que participaron en el salvamento se comportaron decididos y valientes. El peligro no fue un obstáculo para salvar a todos los niños…».

Es posible que ninguno de esos jóvenes que arriesgaron sus vidas, conociera que Le Van Tam era el nombre de un heroico niño vietnamita de 12 años que limpiaba zapatos y vendía maní en las calles de Saigón. Y que ese niño realizara una extraordinaria hazaña en el sur de VietNam, al volar un depósito de combustible de los colonialistas franceses.

Como en el edificio se encontraba una sucursal de Correos de Cuba un grupo de carteros de esa unidad se incorporó también al auxilio de los infantes. Todo fue muy rápido. Había que improvisar sin perder la calma, por eso ellos vaciaron los jolongos con las tarjetas por el Día de las Madres que tenían y con mucho cuidado colocaban a los niños en su interior, principalmente a los lactantes y parvulitos y así, abrazados contra sus pechos, en medio de la negra humareda, los bajaban por la escalera.

Fue necesario que los bomberos utilizaran varias escaleras para penetrar en el circulo infantil desde el exterior. Foto: Fernández, Aramís

Mientras tanto, en la calle las muestras de solidaridad se multiplicaban. Todos querían socorrer a los niños. Los ómnibus que circulaban por la Avenida 51 se detenían y de ellos bajaban como en un torrente el pueblo para unirse a los bomberos en el rescate de los infantes.

LA PRESENCIA DE FIDEL

El obrero Alfredo García Tarajano ese día no había llevado a su pequeña hija al círculo porque se encontraba enferma. Cuando se estaba se preparando para ir a la farmacia la vecina, tocó fuerte en la puerta de su casa, y muy excitada le gritó que había un incendio en el Le Van Tam.

Enseguida partió hacia el círculo y recuerda que: «Ya había medidas de seguridad tomadas, y entonces puse cara seria, saqué un carné que me acredita como jefe de brigada de extinción de incendios de mi centro de trabajo… me dejaron pasar y llegué al vestíbulo. El humo estaba muy concentrado. Casi ni se podía ver ni respirar… vi a un compañero con un extintor regando los muebles y el falso techo. Traté de ir más al fondo, pero el humo no me dejó. Cuando me vine a dar cuenta estaba en el teatro, precisamente en el lugar donde se determinó que había comenzado el siniestro. Me puse a trabajar con un bombero, lo ayudaba con la manguera…”

Continúa Alfredo: “… De pronto todos los conocimientos adquiridos en la escuela de jefes de brigada de extinción de incendios me vinieron a la mente, y le pregunté al bombero si habían quitado la cuchilla de la electricidad. Entonces el electricista del Círculo, que estaba allí también trabajando, me dijo que sí, que él con sus propias manos lo había hecho hacía rato. Me tranquilicé. Como vi que el fuego se iba sofocando, salí para la calle porque el rescate de los niños me preocupaba mucho y me puse a cooperar. Después quise entrar de nuevo al edificio, no me dejaron. Discutí y medio que me convencieron; pero en esos momentos llega Montero, el delegado del Poder Popular y me uní a él y a un grupo de compañeros que entraban en el área limitada. De pronto me encontré de frente con Fidel, que estaba parado en la parte de atrás del edificio. No supe qué hacer. Me extendió la mano y le dije que yo tenía las mías enfangadas y me contesto: ¡Qué fango, ni qué fango! y me estrechó fuertemente la mano».

“Lo primero que preguntó Fidel fue si había niños heridos, quemados. Esa pregunta era constante en sus labios, a todo el mundo que se acercaba le hacía la misma pregunta. Después, parece que cuando se convenció que los niños no corrían ya peligro, me dijo que qué yo opinaba del caso. Yo te contesté que a todas luces eso era un sabotaje, pues los indicios así lo determinaban. El incendio fue premeditado, calculado».

«Como a las 6 y 15, por el reloj de Fidel, él le preguntó a un oficial de la DGPEI, que cómo andaba el fuego, y el oficial le contestó que ya no había problemas, que estaba totalmente liquidado. Después comenzó a hablar con el pueblo allí reunido y al despedirse, me dio dos palmadas en el rostro, a manera de saludo cariñoso».

Los “niños héroes” como los calificó el pueblo, alumnos de la Escuela Secundaria Básica Urbana, José Antonio Aguilera Maceiras, que participaron en el salvamento de numerosos niños. Foto: Mario Ferrer

TESTIMONIO DEL ELECTRICISTA DEL CIRCULO

Lo que dijo Jesús F. Fernández, el electricista del círculo infantil: «Donde se inició el incendio no había ninguna instalación eléctrica; pero además, la electricidad que sirve para iluminar el teatro estaba quitada, yo personalmente lo había hecho horas antes».

«Yo estaba en el piso nueve, en elalmacén, cuando sentí un ruido anormal. Me asomé a la ventana y vi que una gran cantidad de personas corrían hacia acá desde todas direcciones, y que una columna de humo negro se iba elevando… pensé que era afuera, que era un auto incendiado, como una vez pasó; pero nunca me imaginé que fuera aquí. Corrí a buscar un extintor para cooperar en lo que pensabaque era un fuego en el exterior del edificio. Bajé las escaleras y en el piso tres, veo que muchas personas que no eran trabajadores del Círculo tomaban los niños en’ sus brazos y los evacuaban. Allí me percaté de lo que en realidad ocurría.

Las Educadoras. Delante, de izquierda a derecha, Ramona Castellanos, Tomasa Molínet, Faustina Carmona, Julia Sánchez, Dianelis González, Miriam Gómez, la directora, y Caridad Corvo, detrás parte del futuro de la Patria que con tanto amor, cariño y dedicación cuidan. Foto: Pedro Beruvides

«Al ver esto, y como soy el electricista, seguí bajando para ver dónde era el fuego para tratar de sofocarlo… Llegué al teatro. Aquello era un infierno. Los murales infantiles y las cortinas ardían… todo era humo negro. Me tiré en el suelo para poder tomar un poco de oxígeno. Ya los combatientes de extinción de incendio luchaban contra las llamas, me uní a ellos y con una manguera regué las paredes; el agua que me salpicaba de rebote estaba muy caliente; pero se seguía tratando de sofocar el fuego. Al fin quedó totalmente dominado.

«A mí no me cabe dudas que este incendio fue un sabotaje, calculado fríamente; pero una vez más, frenamos los macabros planes del imperialismo». «¡Qué monstruos!»

Vilma Espín conversa con los niños que acaban de ser rescatados para calmarlos luego de haber pasado por terribles y angustiosos momentos dentro del incendiado circulo infantil. Foto: Archivo de Granma

Fuentes: Periódico Granma, mayo de 1980

Fuente: granma.cu

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