Para entender el surgimiento del movimiento nacional catalán hay que entender la historia de España; Equipo de Bitácora (M-L), 2020

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«Hagamos unas breves anotaciones sobre el actual proceso soberanista de Cataluña, conocido en Cataluña como «procés».

Los nacionalistas españoles niegan las características intrínsecas de Cataluña: desprecian su cultura y sus costumbres, desconocen la antigüedad de su idioma y las pruebas antiquísimas de sus primeros escritos formales del siglo XI, negando su época de auge y esplendor en el siglo XV, y su renacimiento en el siglo XIX, atreviéndose a calificarlo algunos como un «dialecto vulgar y exagerado» del castellano; desconocen las claras diferencias histórico-económicas de Cataluña respecto al desarrollo de Castilla en la conformación de la propiedad de la tierra, las sucesivas luchas campesinas que crearon una Cataluña casi libre del latifundio con un mar de pequeños propietarios, algo que contrasta con zonas del resto de España con grandes extensiones de latifundio y terratenientes como Extremadura o Andalucía; y niegan su zona territorial histórica la cual gran parte ha sido usada como moneda de cambio para pagar a los países extranjeros como fue el caso del Rosellón o han sido integradas en Aragón y Valencia sin tener en cuenta la opinión de la población.

Efectivamente, como tantos otros nacionalismos forjados durante largo tiempo y consolidados al albor del siglo XIX, el nacionalismo catalán nació bajo una idea romántica de una larga tradición e historia heroica, con el concepto de nación como una «comunidad de destinos» de todos sus ciudadanos. Con el fin de hacer cuadrar los sueños del chovinismo nacional, hay autores que afirman que la nación catalana existe desde épocas medievales, lo cual no solo es antimarxista por hablar de naciones en la Edad Media, sino que todo discurso similar es sumamente tendencioso. Hay que entender de una vez que la historia medieval –y sus formaciones políticas– solo ayuda a entender el desarrollo y encaje posterior, pero no es algo lineal ni determinante para entender todo lo que pasó siglos después, pues sobre todo, este tipo de teorías carecen de sentido cuanto más ignoran lo que ocurrió en siglos posteriores de la Edad Moderna y por encima de ella la Edad Contemporánea, por ser los siglos decisivos en la conformación del capitalismo y por tanto, del concepto de nación moderna. Ciertamente, en el caso de España, si miramos la Edad Media, veremos como al final de ella es la hegemonía de Castilla la que lidera los procesos de conquista y los intentos de unificación del resto de reinos en lo que hoy se conoce como España, intentando poco a poco establecer una homogeneidad, aunque no tendría el éxito esperado, como sabemos. No se puede anticipar ni ligar demasiado el surgimiento posterior del nacionalismo catalán mirando a una época como la medieval o su final, ya que la propia Cataluña entró en un periodo de decadencia económica que precisamente le impediría defenderse de forma eficaz ante sus competidores económicos y políticos: castellanos y genoveses. Lo que en cambio contrasta con el florecer económico y el despertar nacional posterior que veremos en Cataluña sobre todo en el siglo XIX. Véase como ejemplo complementario el caso italiano: donde el Reino de Piamonte lleva a cabo la unificación de Italia que se certifica finalmente en 1871, pero, ¿qué tiene que ver el panorama de dicho reino hegemónico con lo que ocurría en la época medieval e inmediatamente posterior, siendo Italia un conjunto de pujantes repúblicas como la de Florencia, Milán o Venecia, que fueron pereciendo ante el empuje de nuevos reinos italianos bajo dominio francés o español? Es absolutamente un paralelismo mecánico, que demuestra los límites de las comparativas entre edades diversas con fenómenos totalmente diferentes.

Hagamos un repaso algo pormenorizado de la historia reciente de Cataluña que echará abajo las ilusiones de nacionalistas catalanes y españoles sobre algunas cuestiones.

La zona de Cataluña y sus instituciones de los llamados Condados Catalanes –dentro del cual el más importante fue el Condado de Barcelona– surgen en el siglo IX dependiendo de la llamada «Marca Hispánica»: territorios fronterizos con los árabes dependientes del imperio carolingio. De aquí podemos entender de donde salen las actuales banderas de Cataluña, tanto la oficial –la señera– como las independentistas –la estelada– que son derivaciones, tenemos que retrotraernos hasta la leyenda de las cuatro barras de sangre, recogida en la obra de Beuter en 1551. Según este relato, se supone que Wilfredo el Velloso conde de Barcelona después de ser herido en una batalla contra los normandos, el rey Carlos «el Calvo» de los francos, posando sus manos llenas de sangre sobre el escudo del conde dijo: «Estas serán vuestras armas, conde», lo que indica la dependencia catalana de otro reino.

Cuando los distintos Condados Catalanes se independizan de la tutela franca, pronto se ligaron voluntariamente a la Corona de Aragón por medio de vínculos matrimoniales en el siglo XII llamándose su primer rey: «Rey de Aragón y del condado de Barcelona», aunque cada zona mantuvo una autonomía y propias instituciones dentro de la llamada «monarquía pactista», monarquía donde la nobleza obtenía grandes privilegios sobre los monarcas, a diferencia de la castellana donde pronto el monarca se erigió sobre la nobleza y el tránsito al absolutismo fue mucho más rápido.

Muchos de los Condados Catalanes serían absorbidos a la postre por la zona administrativa-política del Reino de Aragón durante las conquistas y reconquistas aprovechando los reyes aragoneses las guerras con los musulmanes o tratos matrimoniales –como ocurriría con el Condado de Urgel o el Condado de Ampurias–. La «Corona de Aragón-Cataluña» se unió de forma pacífica por vía matrimonial a la Corona de Castilla en el siglo XIV contra la cual había batallado al igual que el resto de reinos cristianos –lo que desmonta el mito de la llamada «Reconquista» creado después–. En esta unión Cataluña mantenía, al igual que Valencia o Aragón, sus respectivas leyes y cortes, así como otros privilegios.

La zona de Cataluña se beneficiaría desde el principio de las riquezas de otros pueblos siendo partícipe de la colonización en África, Cerdeña, Italia, América, Grecia y demás zonas, primero bajo la marca de la «Corona de Aragón» y después bajo la marca «España». Debido a su posición geográfica y al beneplácito de las élites locales, su industria y su comercio acabarían teniendo una posición privilegiada dentro del imperio español colonial, dicha región tendría un desarrollo económico envidiable. Podemos ser testigos de una crisis mediterránea en el siglo XV de la Corona de Aragón debido a guerras comerciales, endeudamiento y depreciación de la moneda, algo que afectó profundamente a Cataluña por lo menos hasta inicios del XVI, siendo a partir de entonces el Reino de Valencia la cabeza del activismo comercial de la Corona de Aragón. Ya en la Edad Moderna hubo una recuperación general económica, sobre todo en la zona del Norte y el Levante. Para el siglo XVIII, Cataluña estaría no solo recuperada sino de nuevo a la cabeza.

El Reino de Castilla intentó consolidar un Estado moderno castellanizando al resto de zonas de la península aplicando un paulatino centralismo y exigiendo una uniformidad a todos los reinos a las leyes y deberes de Castilla en cuestiones como impuestos y aportación de hombres al ejército. Sirva como ejemplo el Memorial secreto del Conde Duque de Olivares donde se propone a Felipe IV en 1624: «Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España: quiero decir, Señor, que no se contente Vuestra Majestad con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia».

Esta política tuvo éxito en ciertas partes pero en zonas como por ejemplo Cataluña no se lograría viéndose su reflejo en las tiranteces sucesivas como la de 1632 y en las rebeliones como la de 1640 –donde Cataluña pidió la ayuda de Francia contra España–. Cataluña no logró finalmente la independencia estatal pero tampoco perdió sus fueros y privilegios una vez reintegrada dentro de España.

Hay que decir que el nacionalismo catalán ha distorsionando la propia historia catalana llegando al punto de hacer suyo como símbolo identitario, la «Guerra de Sucesión» monárquica de 1701-1715, en la cual los catalanes apoyaron al pretendiente de la dinastía de los Habsburgo la cual había gobernado España desde el siglo XIV y cuyo origen no era ni castellano ni catalán. Finalmente triunfó la dinastía de los Borbones en la guerra y tomaría por la fuerza Barcelona el 11 de septiembre de 1714, junto el resto de las zonas colindantes. Como represalia, los Borbones implantaron los Decretos de Nueva Planta contra aquellas zonas que habían apoyado a los Habsburgo. A Cataluña se le castigó retirándose los privilegios fiscales, así como la autonomía política y lingüística que hasta entonces mantenía –siendo algunas de las mismas cuestiones que propiciaron la revuelta catalana de 1640–, aunque se le permitió mantener el derecho civil y seguir exenta del servicio militar, obligatorio a diferencia de los otros territorios represaliados que no tuvieron tanta suerte. En cambio otras zonas que habían apoyado a los Borbones como el Reino de Navarra mantuvieron sus fueros como recompensa por su lealtad. Estos sucesos se toman en la época moderna desde los independentistas catalanes como un símbolo soberanista y hasta de republicanismo en lo que se conoce como la «Díada» o Día de Cataluña, que recuerda este hecho, aunque la verdad dista bastante de ser como la pintan. En el resto del siglo XVIII la dos mayores tendencias catalanas reivindicarían una república federal –como se declararía luego en Cataluña durante la Primera República de 1873–, o la vuelta de los fueros y el estatus anterior a 1715. Pese a la represión, nada impidió que fuese un siglo de gran expansión demográfica y económica para Cataluña.

Durante el siglo XIX, las fuerzas políticas de Cataluña fueron presa de la demagogia y los movimientos retrógrados, ya que la ideología reaccionaria se ligaba muchas veces al catalanismo mediante la vuelta de los fueros, apoyando cualquier tendencia que se decidiese cumplir tal empresa. En 1827 Cataluña fue el foco de apoyo de los absolutistas en la Guerra de los Agraviados que entre otras cosas reclamaban la vuelta de la Inquisición y destacaban por ir en contra de todo conato liberal. De igual forma Cataluña fue uno de los centros de apoyo al carlismo en las tres guerras oficiales: la de 1833-1840, 1846-1849 y 1872-1876, por su promesa de restaurar el fuero de Cataluña, pero además en Cataluña hubo un apoyo al carlismo en otros levantamientos específicos como el de 1855 y 1900, totalmente fallidos; el carlismo era una corriente monárquica absolutista de marcado carácter católico y ultrarreacionarios, que en general combatía tanto a liberales-monárquicos, marxistas, como a liberales-republicanos. La prueba de que la burguesía catalana hegemonizaba estos movimientos fue por ejemplo la insurrección de 1842 en contra de las políticas liberales comerciales, que suponían a la postre una reducción de las ganancias de la industria algodonera catalana. No olvidemos que antes y después de este evento, la principal reivindicación de las élites catalanes había sido el proteccionismo hacia su industria, petición que el gobierno central había aceptado gustoso por su rentabilidad. Esto indica que la burguesía y la iglesia catalana siempre han mirado por sus intereses; por un lado han clamado por las reivindicaciones catalanistas mientras, por otro lado ha sido una de las más reaccionarias en las diversas cuestiones políticas y sociales. Esta contradicción regional-social o nacional-social es del todo normal cuando son las clases explotadoras quienes abanderan la cuestión regional o nacional que surge en el capitalismo.

Llegamos a este punto, un inciso económico… porque como dijo Lenin la cuestión nacional no puede explicarse sin los datos de las transformaciones económicas:

«Es natural que esta cuestión se plantee ante todo cuando se intenta examinar de un modo marxista la llamada auodeterminación. ¿Qué debe entenderse por ella? ¿Deberemos buscar la respuesta en definiciones jurídicas, deducidas de toda clase de «conceptos generales» de derecho? ¿O bien hay que buscar la respuesta en el estudio histórico-económico de los movimientos nacionales? (…) Los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores económicos que originan las tendencias a crear Estados nacionales». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Aunque no siempre es estrictamente para explicar la irrupción de las naciones, ni en este caso para comprender los diversos nacionalismos en la España del siglo XIX, retrotraigámonos a siglos antes para entender por donde caminaban económicamente los diversos reinos de la península ibérica.

El reino de Castilla había tenido su época dorada en el siglo XIV y a principios del siglo XV con el eje comercial Sevilla-Burgos-Bilbao que conectaba con otras ciudades comerciales de la corona en Flandes, pero con el paso de las décadas, las constantes guerras en el ámbito exterior, el endeudamiento progresivo o la asfixiante carga de hombres e impuestos, el reino adoleció de graves tensiones internas. Durante estos primeros años el problema más significativo sería la rebelión comunera de 1520, la cual entre otras cuestiones reclamaba mayor reparto del peso fiscal entre todos los reinos de la monarquía hispana y mayor atención económica a la vieja Castilla; la decadencia se haría notar. La derrota de los comuneros y las indemnizaciones a pagar por las villas frustró indirectamente la extensión de la pequeña y mediana industria en la zona central peninsular, y por ende, de la expansión comercial durante un tiempo. Castilla demostraría tener en ocasiones un atraso en cuanto a comprensión de las técnicas de gestión y representación comercial en el mercado mundial, así como una producción de peor calidad para competir fuera del mercado exterior europeo. En cuanto a ingresos, que gran parte fuesen recaudados a través del cobro del impuesto de «servicio y montazgo» de la trashumancia, es decir, de una actividad parasitaria y no productiva, muestra muy bien la inoperancia de las clases dominantes, donde ser parte de la «nobleza de sangre» que vivía del rentismo era el mayor estatus social, aunque esto es algo que era análogo a otros reinos de la época. Véase la obra de Fermín Miranda García y Yolanda Guerrero Navarrete: «Medieval. Territorios, sociedades y culturas» de 2008.

Con el fiasco de las empresas comerciales y financieras durante el siglo XVI, Castilla acabaría perdiendo mucho de su antiguo peso comercial en Europa –sobre todo con el auge de la competencia holandesa e inglesa–, por lo que la monarquía de los Habsburgo en España tardaría bastante más que el resto de Europa en amoldarse al mercantilismo, en ensamblar una burguesía potente. Véase la obra de Ernst Hinrichs: «Introducción a la historia de la Edad Moderna» de 2012.

Los arbitristas, una especie de especialistas económicos, ya advirtieron a la corona de las consecuencias de no revertir dicho camino, pero en la mayoría de casos los arbitrios para paliar la situación jamás fueron puestos en práctica, por lo que Castilla siguió caminando en un modelo desfasado. Si bien es cierto que durante el siglo XVIII hubo una fuerte inversión para abrir nuevas fábricas en zonas como Guadalajara o Segovia, la mayoría de empresas castellanas cerrarían con grandes pérdidas debido a la ineficacia en la gestión. Donde si podremos ver un auge industrial es en Madrid, aunque ya en la época tardía de la primera y segunda revolución industrial, que se dieron sucesivamente en el siglo XIX y XX. Madrid alcanzaría una relevancia notable, de hecho, ese núcleo financiero, comercial e industrial, sería la razón por la que Madrid sería separada de Castilla administrativamente.

La idea de industrialización de España, sobre todo a partir del siglo XIX, se programó para que el tejido industrial se fijase en torno a zonas portuarias comerciales o de cercanos minerales y materias necesarias, de ahí que tanto la industria algodonera y textil en Cataluña –como luego con la siderurgia en Euskadi– se beneficiasen de tal régimen de industrialización por condiciones de localización –algo comprensible dentro de una orografía accidentada como es la Península Ibérica que encarecía en sobremanera el transporte–. Debe mencionarse también las pequeñas y medianas empresas industriales de la harina en Aragón, la industria vitivinícola en La Mancha o la industria de madera y química en Valencia. Hubo intentos y pequeños logros de implantaciones en Asturias. Hay que destacar dos hechos que ahondarían más las diferencias económicas entre las regiones conforme pasaba el tiempo. Primero: los intentos fallidos de industrialización en zonas como Andalucía. Segundo, el hecho de que la industria catalana acabase absorbiendo a las empresas de lana de Castilla, textiles en Aragón y de seda en Valencia y Murcia. Véase la obra de Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez: «Historia de España siglo XIX» de 2005.

Cataluña se alzaría en España como la región más industrializada del siglo XIX:

«A la altura de 1860 la estructura de la población activa en la provincia de Barcelona refleja a la perfección a la extensión de una cultura industrial: la industria ocupa el 41,4%, mientras que la agricultura un 37,5% y los servicios un 21,1%. El origen se ha situado en los últimos decenios del siglo XVIII en que se cristalizó una larga tradición artesanal y comercial anterior. (…) Independientemente de la importancia que se le dé al mercado colonial, lo cierto es que Cataluña, con centro en el puerto de Barcelona, estaba inscrita en una trama comercial muy desarrollada desde etapas anteriores. Una actividad comercial que supo rentabilizar al máximo las transformaciones agrarias del siglo XVIII en el terreno de la vid. La exportación de aguardientes generó unos beneficios óptimos y lubricó los canales de la acumulación. (…) A ello se añadió desde principios del siglo XIX el azúcar y el tráfico de eslavos con Cuba. (…) Entre 1800 y 1913 el consumo per cápita del textil catalán se duplicó. (…) El algodón más que la lana permitió acoplar diferentes realidades que desembocan en la industrialización. A la altura de los años 60 Cataluña era la principal región industrial de España, a la que abastecía en la mayor parte de sus necesidades. El problema residía en el raquitismo del mercado interior español. (…) La defensa más acusada de las tesis proteccionistas marcará la respuesta política de la burguesía industrial catalana». (Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Debe anotarse también que debido a dicho desarrollo industrial, Cataluña sería testigo de la primera huelga general de obreros en 1855. En las próximas décadas presenciaría un auge del sindicalismo y los movimientos obreros, siendo la zona obrera más conflictiva de toda España como Engels registró en sus escritos de 1873-74.

La pérdida de las últimas colonias del imperio español en 1898 como Cuba, Filipinas, Puerto Rico o Guam coincide con la crisis industrial y comercial que golpeó a la burguesía española. Crisis que indirectamente agravó el temor de la burguesía catalana de verse afectada, con lo vio propicio acelerar la consolidación de su nacionalismo en lo ideológico con una aglutinación de fuerzas en lo político que pudieran plantear una férrea defensa de sus intereses económicos. Ya incluso antes, en Cataluña se había desarrollado todo un movimiento cultural conocido como la Renaixença.

Dicho movimiento regionalista pronto se convierte en un proceso político catalanista que no tarda en triunfar, y que trata de ampliar sus ideales y sus bases sociales más allá de los intereses de la burguesía o de los intelectuales idealistas:

«Así se explica la evolución del propio catalanismo: del regionalismo intelectual pasa al autonomismo –1892: Bases de Manresa–. Después de 1898, habla de «nacionalidad». En 1906, una Solidaridad Catalana obtiene, por encima de los partidos, un gran triunfo electoral. Hacia la misma fecha se sitúa otro cambio: como el primer partido catalán, la Lliga Regionalista, reunía sobre todo a elementos moderados –eruditos acomodados, «fuerzas vivas» industriales, campesinos y tenderos católicos–. (…) En 1906 se presentó a las elecciones la «Solidaridad Catalana». En 1909, una movilización de tropas para Marruecos hizo que estallase en Barcelona «la semana trágica». (…) [Canalejas ofreció] a los catalanes la «Mancomunitat», órgano de autonomía parcial». (Pierre Vilar; La historia de España, 1978)

La educación en las escuelas constituye otro punto clave en el desarrollo del nacionalismo. Como sabemos, que el nacionalismo español no fuese capaz de consolidar en el siglo XIX su idea de nación española en la totalidad del territorio, no se debió únicamente a razones económicas como hemos visto detalladamente, sino también en base a sus derivaciones. El evidente subdesarrollo económico de España impidió que adquiriera la fisonomía de un Estado moderno, o mejor dicho, que lo adquiriera tardíamente. En consecuencia, y a diferencia de otros Estados europeos que estaban tratando de formar uniformemente su territorio, España albergaba una escasa tasa de escolarización y un gran número de analfabetismo, lo que imposibilitó que la escuela, uno de los principales medios de transmisión de la idea nacional, cumpliera su función correctamente. Esto, a su vez, fue un gran caldo de cultivo para que los intelectuales y burgueses de las regiones periféricas desarrollasen sus propios nacionalismos como barreras de defensa.

Otra cuestión a tener en cuenta es la del código civil, considerado hoy como «ley fundamental del derecho español». Hay que entender que la España actual cuenta con un único código civil desde 1889. Hasta entonces, las diversas regiones se habían regido por sus propios códigos civiles. En el artículo 149.1.8. de la actual Constitución de 1978, se reconoce el código civil unificado de 1889, pero la cuestión tiene trampa, ya que en realidad no se aplica en todo el Estado, pues al igual que en su momento, se aplica a excepción de que exista un propio código civil en la región concreta. La razón de que esto se formulase así fueron las críticas al proyecto inicial por parte de los juristas vascos, navarros, catalanes, gallegos y otros, los cuales no deseaban perder sus códigos civiles que llevaban vigentes durante siglos. En resumen, hoy como ayer, ciertas regiones mantienen un código civil totalmente distinto al castellano. Por poner un ejemplo breve, en Cataluña, el matrimonio comúnmente se ha sancionado a través de una separación de bienes, mientras que en Castilla en base a gananciales.

Ya desde la época de Primo de Rivera (1923-1930), pese a la disolución de la Mancomunitat y la represión lingüística, política y cultural, el catalanismo llega a consolidarse con una buena base social. Normalmente todas las organizaciones catalanistas abogaban por mayor autonomía pero siempre reclamándose dentro de los límites de España, o al menos así lo representaban en la praxis; por lo que el catalanismo de entonces no era una receta basada en el separatismo como se vende ahora por el nacionalismo catalán, a ejemplo de esto está la declaración del gobierno catalán de 1931 con Macià y la de 1934 con Companys de declarar independiente el Estado de Cataluña pero dentro de la República Española. El nacionalismo catalán ya consolidado, pese a su éxito inicial entre las masas y sus triunfos electorales durante la II República (1931-1936), fue perdiendo peso durante la Guerra Civil (1936-1939) ante el empuje de los anarquistas y muy poco después ante el auge de los comunistas, quedando el nacionalismo y anarquismo catalán totalmente desfasado frente al activismo y compromiso heroico de los comunistas, lo que no evitó después la proliferación de diversos grupos nacionalistas en el exilio, así como el propio Gobierno de la Generalitat Catalana con gran influencia de los nacionalistas.

Todo esto es lo que Stalin comentaría de la formación de algunos Estados multinacionales y la posición en la que quedaban estas naciones en ascensión:

«Este modo peculiar de formación de Estados sólo podía tener lugar en las condiciones de un feudalismo todavía sin liquidar, en las condiciones de un capitalismo débilmente desarrollado, en que las nacionalidades relegadas a segundo plano no habían conseguido aún consolidarse económicamente como naciones integrales. (…) Se desarrollan el comercio y las vías de comunicación. Surgen grandes ciudades. Las naciones se consolidan económicamente. Irrumpiendo en la vida apacible de las nacionalidades postergadas, el capitalismo las hace agitarse y las pone en movimiento. El desarrollo de la prensa y el teatro, la actuación del Reichsrat –en Austria– y de la Duma –en Rusia– contribuyen a reforzar los «sentimientos nacionales». Los intelectuales que surgen en las nacionalidades postergadas se penetran de la «idea nacional» y actúan en la misma dirección. Pero las naciones postergadas que despiertan a una vida propia, ya no se constituyen en Estados nacionales independientes: tropiezan con la poderosísima resistencia que les oponen las capas dirigentes de las naciones dominantes, las cuales se hallan desde hace largo tiempo a la cabeza del Estado. ¡Han llegado tarde!». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Otra prueba del peso de Cataluña en la economía española está también en el gran éxodo rural precisamente hacia zonas industriales como Barcelona, Bilbao y por supuesto Madrid durante el siglo XX. Viéndose una despoblación y empobrecimiento de grandes partes del interior, en especial de lo que ahora es Andalucía y Extremadura, así como las provincias de la vieja y nueva Castilla que rodeaban a la propia Madrid. El franquismo con sus famosos Planes de Desarrollo, intentaron conservar el tejido industrial y de paso arreglar las descompensaciones entre regiones, promoviendo más impulso en zonas ya industrializadas y creando otras nuevas, con dudoso acierto final, lo que demuestra una vez más la imposibilidad del capitalismo de regular eficazmente sus fuerzas productivas, de establecer una ley armónica de desarrollo en todo el territorio que controla.

Por todo eso, cuando el nacionalismo español logró equipararse al resto de países europeos en su desarrollo en diversas cuestiones, simplemente era demasiado tarde: el viejo regional-foral ahora había echado raíces firmes bajo el incipiente nacionalismo periférico.

Del mismo modo, si bien el franquismo incidió reprimiendo y prohibiendo las lenguas, leyes y culturas de estas regiones retrasando su madurez nacional, el postfranquismo y la apertura hacia una cierta autonomía, permitió a los nacionalistas fomentar su lengua, sus costumbres, sus leyes y también sus mitos nacionales en lo cultural, afianzando así su identidad nacional.

Por supuesto, todo este recorrido histórico no significa que el nacionalismo catalán sea un problema artificial de la burguesía catalana, como argumentan los nacionalistas españoles, sino que precisamente estamos demostrando que el desarrollo social es la prueba de que la nación catalana se ha forjado, como todas, en base a una burguesía que lucha para hacerse un hueco entre pugnas nacionales e internacionales con el fin de consolidar y expandir su propio mercado, y que para que tal fin tenga éxito depende también, de la ampliación de su fuerza política, de poder irradiar sus concepciones culturales, incluyendo la conciencia nacional a la mayoría del conjunto de habitantes. El catalanismo, se vincula con esto porque ve en el movimiento político en su versión regionalista y luego nacionalista, un vehículo perfecto para hacer avanzar sus posiciones económicas y culturales, y esto llevado a la praxis significa irremediablemente el transcendental paso de articular una identidad nacional:

«Si bien el «catalanismo» ha podido parecernos, efectivamente, ligado a veces a las aspiraciones concretas de reducidos círculos dirigentes y, otras veces, lugar de convergencia de oposiciones, conjugadas pero de carácter distinto, queda en pie el hecho de que su influencia sobre muchos espíritus ha sido suficientemente intensa para que la masa de la población, aunque dividida en torno a otros temas, no halle mejor manera de increparse que la de intercambiar recíprocas acusaciones de «traición nacional». De hecho, sin un conjunto de datos estables, el arsenal intelectual de un «nacionalismo» permanecería vacío. El problema consiste en saber por qué, cómo y por quién, en tal o cual momento de la historia, dicho arsenal es eficazmente montado y utilizado». (Pierre Vilar; Cataluña en la España moderna. Tomo I, 1978)

Otro tema muy diferente es cómo concibe el proletariado, en la etapa contemporánea, esa identidad nacional, las diferencias que tiene con la burguesía a la hora de entender el concepto de patria o de soberanía nacional:

«Los herederos de la revolución francesa también han traicionado la nación. La traicionaron antes, entregando la soberanía nacional a la oligarquía financiera. La han traicionado definitivamente al comenzar la Segunda Guerra Mundial al entregar la nación al opresor, colaborando con el invasor para reformar la servidumbre de la nación y de los nacionales. Como los aristócratas y los clérigos del siglo XVIII libraron la defensa de sus intereses y privilegios de clase con el extranjero, con los enemigos mortales de la nación. Como los aristócratas y los clérigos del siglo XVIII han ahogado en sangre a patriotas y, yendo más lejos aún, han profundizado su traición, han pretendido la colonización definitiva de su país a cambio de una limosna llamada «coparticipación» en el poder de los colonizadores. Como los aristócratas y clérigos del siglo XVIII, la alta burguesía y las capas que le apoyaban en el poder y que la han acompañado en la traición, han perdido históricamente, la hegemonía, la dirección política de la nación. (…) Cuando las clases y capas dirigentes de una nación llegan a una degeneración colectiva, un capítulo de la historia humana se cierra, otro se abre. La aristocracia y el clero podridos fueron lanzados del poder por una burguesía triunfante y que predicaba la virtud y el amor al género humano. La podrida oligarquía financiera será lanzada del poder por la masa popular dirigida por la clase obrera triunfante que no predica, sino que practica la virtud y el amor fraternal entre los hombres y los pueblos. (…) La soberanía nacional y el capitalismo monopolista son incompatibles y su consecuencia lógica. (…) No estamos ante una política de reformas, sino de transformación socio-económica». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 15 de junio de 1944)

Pero este tema será abordado más adelante.

Tras el fin del franquismo se llegó a la aprobación del Estatuto de Cataluña de 1979 que venía a ser la restitución del Estatuto obtenido durante de la II República en 1932, aunque éste fue adquiriendo mayores poderes de autonomía. Durante el gobierno tripartito 2003-2010 del PSOE-ERC-ICV-EUiA, el Parlament de Cataluña aprobó en 2005 un nuevo Estatuto, refrendado por Madrid. En 2006 CIU y PSOE encabezaron una nueva reforma del Estatuto de Autonomía, de nuevo con la aprobación masiva del Parlament. En 2010 a propuesta del PP y con el apoyo de otros grupos, el Tribunal Constitucional sentenciaba que el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 era inconstitucional, anulándolo. Como respuesta, los grupos independentistas celebraron consultas no oficiales sobre la independencia de Cataluña. A partir de entonces en Cataluña se lucha por ver quién lleva la batuta del independentismo. En 2017 el Presidente Puigdemont ha anunciado que el 1 de octubre de 2017 tiene intención de que se celebre el referéndum bajo la pregunta de si se desea un Estado catalán independiente y republicano, mientras el gobierno central ha prometido la suspensión del gobierno catalán por el art. 155 de la constitución actual, y paralelamente desatar una feroz represión contra todo representante del nacionalismo.

Queda claro que pese a la dominación castellana y los intentos de asimilación, Cataluña ha logrado su propia consolidación identitaria pese a siglos de represión. Por ende, ha sufrido una opresión nacional pero no colonial. Opresión que se ha visto más agudizada en periodos históricos con la irrupción de la dinastía de los Borbones, con Primo de Rivera o con Franco, pero jamás ha sido nada parecido a una colonia, es más, la burguesía catalana ha colaborado en estrecha coordinación con la española para sacar tajada del sudor de los explotados incluso en estos periodos de mayor represión hacia Cataluña. Las pugnas entre la burguesía catalana y española han versado más sobre cuestiones económicas y fiscales que de otra índole. La diferencia entre una opresión nacional y colonial no es un asunto baladí a la hora de plantear la cuestión. Confundir una opresión colonial con una opresión nacional, siempre lleva a fallar en las conclusiones del tema a tratar.

No podemos evitar esbozar una sonrisa cuando algunos pretenden negar la opresión nacional de Cataluña aludiendo precisamente a su riqueza económica. Lenin ya refutó este argumento cuando algunos pseudomarxistas le exponían que Polonia no podía considerarse una nación oprimida dentro del imperio zarista porque tenía un mayor desarrollo de fuerzas productivas que muchas partes de la propia Rusia:

«Alzándose contra la consigna de independencia de Polonia, Rosa Luxemburgo se refiere a un trabajo suyo de 1898 que demostraba el rápido «desarrollo industrial de Polonia» con la salida de los productos manufacturados a Rusia. Ni que decir tiene que de esto no se deduce absolutamente nada sobre el problema del derecho a la autodeterminación». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Los Estados multinacionales todavía son comunes en Europa, solo hay que ver el caso del surgimiento de Gran Bretaña o Bélgica; como se ve en la actualidad, en el primer caso, la cuestión nacional después de mucha presión popular se logró celebrar un referéndum de autodeterminación para Escocia en 2014, donde el «no» ganó por un breve margen, pero en el segundo caso la cuestión nacional sigue de candente actualidad, y las tendencias separatistas de los flamencos no han cesado. También podríamos hablar en América del caso de Quebec en Canadá, donde la cuestión nacional ha seguido teniendo mucha de la atención de la actualidad política.

Actualmente el nacionalismo catalán busca el derecho de autodeterminación pero a diferencia del de antaño se define mayoritariamente como independentista a ultranza. ¿Beneficia realmente a los trabajadores catalanes y españoles? Lo cierto es que ni a unos ni a otros por varias razones que explicaremos.

Los marxista-leninistas respetamos el derecho a decidir de las naciones, que implica la secesión, pero no transigimos con el discurso nacionalista y burgués de la nación oprimida ni mucho menos con el de la nación opresora. Por tanto, defendemos que los catalanes tienen derecho a pronunciarse sobre su destino, y si así lo deciden, independizarse incluso bajo mandato burgués –algo que como dice Lenin sucede pacíficamente como excepción y no como regla–, pero los marxista-leninistas defendemos que lo que beneficia a catalanes y españoles, es una unión libre y voluntaria, así como un ulterior desarrollo de cada nación sin menoscabar sus derechos, pero por supuesto, no creemos que eso sea posible bajo el capitalismo y sus contradicciones. Quizás deberíamos preguntarnos otras cuestiones para entender esta cuestión tan delicada para algunos.

¿Qué fuerzas actuales lideran el proceso independentista catalán?

Dentro del catalanismo independentista, su principal fuerza es la antigua Convergència i Unió (CIU) una fuerza que se fundó siendo soberanista pero no independentista, dirigida desde la «Transición» por el nacionalista liberal Jordi Pujol, quién jugó un papel determinante en el mantenimiento de la estabilidad de la joven democracia burguesa española posfranquista. Sería solamente ya en los recientes sucesos y bajo el liderazgo del también famoso corrupto Artur Mas que CIU empezaría a hablar de independencia. El cambio repentino de CIU de apoyar un regionalismo a un independentismo corresponde al oportunismo puro y duro, un as en la manga para desviar las atenciones de las gestiones gubernamentales de CIU y la burguesía catalana. Los casos de corrupción son incontables: Banca Catalana, Caso ITV, Caso Palau, Caso 3%, Operación Clotilde, etc. Tras los fiascos electorales y estos sonados casos de corrupción recientes de Pujol-Mas el partido se refundó en 2016 bajo la denominación Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT), siendo aún oficialmente Artus Mas el líder de la formación, mientras que el actual Presidente de Cataluña es otro jefe: Carles Puigdemont. Eso indica que el PDeCAT no quiere deshacerse de sus cadáveres ni aunque le suponga autoperjudicarse.

La aliada pero rival del PDeCAT por liderar el proceso independentista es Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que ha sido siempre una fuerza nacionalista y pequeño burguesa que reivindicaba el derecho de autodeterminación y que contó con algunos méritos históricos progresistas durante los años 30 y 40, pero que en lo sucesivo de la posguerra demostró verse nucleado y liderado ya totalmente por elementos de la propia burguesía catalana. En las últimas décadas la ERC del oportunista Josep-Lluís Carod-Rovira ha sido la mejor muleta tanto para el PSOE como para CIU en los diversos gobiernos catalanes en coalición, responsable directo, pues, de la política capitalista catalana y de sus fraudes. Desde 2015 ERC se agrupa con CIU –actualmente PDeCAT– y otras organizaciones en la coalición nacionalista e independentista «Junts pel Sí», obteniendo un 39,9% en las elecciones al Parlament de 2015. Su actual líder es Oriol Junqueras famoso por sus vínculos con el Vaticano, figura que no desmerece nada a la política oportunista de sus predecesores como Rovira. Otro líder de relevancia es Gabriel Rufián que se hizo conocido por su discurso chulesco y aparentemente radical que bien parece sacado del peronismo, un sujeto que en los últimos meses ha tornado a un lenguaje más moderado y conservador que ha despertado a ciertos trabajadores del hechizo de este encantador de serpientes.

Desde los 80 contamos con la Candidatura de Unidad Popular (CUP) dirigida por David Fernández, que ha venido a ocupar la bandera pequeño burguesa abandonada por ERC, de fuertes rasgos nacionalistas que apuestan por un separatismo a ultranza, en los últimos cinco años ha tenido mayor presencia electoral obteniendo un 8,21% en las elecciones al Parlament de 2015. La CUP rechazó ir en coalición con Junts pel Sí. Más tarde cedió dos de sus votos para que la coalición Junts pel Sí aprobase sus presupuestos, en palabras de sus dirigentes «Es un sí condicionado. Es un sí al referéndum».

El proceso capitaneado por el PDeCAT/ERC-CUP aspira a dos objetivos según el escenario: por un lado, en caso de éxito, a la independencia y a la estructuración de su propio Estado burgués; por el otro, el caso de fracaso, a la no independencia, pero conquistando mayores competencias para el gobierno autonómico, especialmente en materia fiscal –dada las actuaciones creemos que este es el objetivo primario–, y vivir del rédito político de la «victoria soberanista» ante el Estado español y calmar a la gente con las nuevas prebendas económicas obtenidas.

El nacionalismo español actúa impidiendo a toda costa la consulta sobre la independencia o no de Cataluña, su objetivo es que no se lleve a cabo para no verse obligado en caso del triunfo del «SÍ» a: o bien tener que dar concesiones al gobierno autonómico como último «soborno»; o bien tener que llamar a una consulta vinculante para decidir la independencia o no de Cataluña a toda España; o a emular a Espartero, Maura y a Franco entrando a sangre y fuego en Barcelona. El nacionalismo español no quiere tal independencia por motivos económicos obvios de una región tan productiva y de alto valor industrial y terciario. Para ello el nacionalismo español piensa no permitir nunca la celebración del referéndum independentista o hacerlo como hemos dicho de forma global consultando a todo el conjunto de la población española, no solo a la catalana, intentando así asegurarse mediante una propaganda un mayoritario «NO» a la independencia. Esto supondría un fraude evidente hacia el derecho de autodeterminación, no existiendo ningún caso histórico que avale dicha propuesta.

No hay que olvidar que, de todos modos, ambos nacionalismos son responsables directos del deterioro en materia de derechos civiles, laborales y sociales sufridos por la clase obrera catalana y española. En el caso catalán, la policía autonómica fue enviada por los independentistas de derecha burguesa en la Generalitat a reprimir a los independentistas pequeño burgueses de «izquierda» que ocupaban las plazas en los últimos años, también está el caso de los suicidados en los CIE’s catalanes, además del vaciamiento de contenido de la Seguridad Social por los entes autonómicos.

En materia de relaciones internacionales cada uno se ha aproximado a Estados imperialistas para respaldar sus intereses: los nacionalistas españoles se aproximaron a los EE. UU. y los nacionalistas catalanes se han aproximado a Israel con quién han firmado convenios de cooperación en materia militar y educativa pretendiendo obtener el apoyo estadounidense vía sionismo, y por cuanto «tapándose la nariz y los ojos» ante los apestosos y horribles crímenes que sufren los palestinos. Tampoco podemos pasar por alto que uno de los factores y marcas de los nacionalistas catalanes: el Fútbol Club Barcelona (FCB), tiene relación comercial publicitaria con la monarquía árabe absolutista teocrática de Qatar, involucrada en el origen y expansión de la guerra en Oriente Medio, y tristemente célebre por sus ataques contra los llamados «derechos humanos» que tanto gustan traer a colación a la burguesía, con especial saña hacia los obreros foráneos que emigran hacia allí con una explotación casi esclava.

El nacionalismo catalán tiene un comportamiento que de tan frecuente es un cliché, según sus intereses borra toda contradicción, y es así como vemos a CIU hablando de su exquisito democratismo a la par que no tiene problemas en entablar alianzas en Europa con el nacionalismo flamenco de tintes ultraderechistas y xenófobos, a ERC establecer pactos de cara a los comicios catalanes con la presumible enemiga derecha burguesa de CIU, o a la CUP, estableciendo las mismas alianzas con la «burguesía traidora, claudicadora y reformista» de ERC. En ese sentido no podemos olvidar que el pasado nacionalismo catalán, sobre todo de derecha, jugó un papel determinante en la construcción del Estado español posfranquista, y en tales hechos fue determinante en la aceptación de parte de la herencia de la jurisprudencia y legislación franquista en todo lo concerniente al Estado, incluyendo por supuesto la aceptación de la imposición de la monarquía parlamentaria designada por Franco y su Constitución de 1978 –que incluía la negación del derecho de autodeterminación–. Dicho de otro modo: el Estado español actual es una construcción de todos los nacionalistas españoles incluido el nacionalismo catalán y vasco. «De casta le viene al galgo». No por casualidad el nacionalismo catalán de la Lliga Regionalista liderada por Cambó fue repudiado por el pueblo catalán en 1923 tras aceptar la dictadura de Primo de Rivera. Los restos del PNV y ERC tras la Guerra Civil fueron conocidos por sus amoríos con EE.UU. y Gran Bretaña, siendo acusados con toda justicia de agentes del imperialismo por los comunistas de aquel entonces, y quedándose como reductos en el exilio totalmente alejados de las masas. Estos son los vínculos históricos del nacionalismo periférico, que aunque se quiera vestir de demócrata y progresista, jamás puede serlo mientras la bandera de la nación sea enarbolada por explotadores.

Efectivamente, como decía el marxista-leninista catalán Joan Comorera: en cualquier contexto, no se puede ser «demócrata en el interior y neofascista en el exterior», no se puede resolver ni el problema nacional ni resolver las tareas democrático-burguesas ni socialistas «si se está a su vez al servicio de los imperialismos» que «pretenden dominar y esclavizar al mundo entero», es decir no se pueden conseguir estas tareas de la revolución en el ámbito nacional «si no se lucha a muerte contra la fuerza que sostiene y prolonga su vida miserable: el imperialismo». Como hemos declarado mil veces; la línea en la política exterior es el reflejo de la política interior, y tienen una interconexión dialéctica innegable, por tanto, un partido que en su línea exterior apoya a los imperialismos no tiene capacidad teórica –por que no entiende el carácter del imperialismo ni cómo combatirlo– ni una práctica coherente en aras de recuperar la soberanía del país y mucho menos de construir el socialismo –porque dicha fuerza política seguirá sometida a los imperialismos o tendrá un proyecto imperialista propio–.

La CUP, como otros colectivos, se presenta bajo el esquema «independencia, socialismo, feminismo» y a veces hasta reivindican el marxismo. No obstante, aquí hay dos palabras de su eslogan que evidencian que no estamos ante una organización marxista, y en el concepto que aciertan no corresponde a lo que los marxistas entienden por ese concepto. Echemos un ojo con profundidad.

Anteponer la independencia a toda costa y bajo cualquier tipo de condiciones y alianzas, incluso por encima de la emancipación social y los intereses de clase, sin salvaguardar además su independencia política y el derecho a crítica sobre el resto de organizaciones, es una desviación clásica del nacionalismo pequeño burgués desesperado. Ni ayuda al proletariado indígena en su emancipación nacional ni social, ni mucho menos cumple con su deber internacionalista. Lo pervierte y concierte en el tonto útil del nacionalismo burgués.

Los marxistas como internacionalistas, no abogan en sus programas por la visión nacionalista de lograr la secesión sin más como hace la CUP, sino por el derecho de igualdad entre las naciones, en contra de los privilegios de cualquier nación y por el derecho de autodeterminación que pueden incluir la secesión o la integración voluntaria con otras naciones en un Estado. Alejarse de esto es incurrir en errores que hacen el juego al nacionalismo burgués que en este caso es «Junts pel Sí».

¿Cuál es la posición marxista en la cuestión?:

«Es progresivo el despertar de las masas después del letargo feudal; es progresiva su lucha contra toda opresión nacional, su lucha por la soberanía del pueblo, por la soberanía nacional. (…) El proletariado no puede apoyar el nacionalismo más allá de ese límite, pues más allá empieza la actividad «positiva» de la burguesía en su empeño por consolidar el nacionalismo. Una obligación indiscutible del proletariado como fuerza democrática es poner fin a toda opresión feudal, a toda opresión de las naciones y a todo privilegio para una de las naciones o para uno de los idiomas; en ello están los intereses indiscutibles de la lucha de clase del proletariado, lucha ensombrecida y entorpecida por las discordias nacionales. Pero apoyar el nacionalismo burgués más allá de estas fronteras, firmemente delimitadas y encuadradas en un determinado marco histórico, significa traicionar al proletariado y pasarse al lado de la burguesía. Aquí hay un límite, a menudo muy sutil, del que se olvidan por completo los socialnacionalistas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre el problema nacional, 1913)

Como se ve, el leninismo presupone ante todo la unión de los proletarios de todas las naciones –de un mismo Estado–, dentro de esta posición que reconoce el derecho de las naciones a la autodeterminación, pero no descarta que pueda estar en contra del acto mismo de la separación de una nación para formar su Estado independiente:

«El hecho de que los marxistas de toda Rusia y, en primer término, los rusos, reconozcan el derecho de las naciones a la separación no descarta en lo más mínimo la agitación contra la separación por parte de los marxistas de esta o la otra nación oprimida, del mismo modo que el reconocer el derecho al divorcio no descarta la agitación contra el divorcio en este o el otro caso. (…) Aprecia y coloca por encima de todo la unión de los proletarios de todas las naciones, evalúa toda reivindicación nacional y toda separación nacional con la mira puesta en la lucha de clase de los obreros». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las naciones y el derecho de autodeterminación, 1914)

El Partido Comunista de España (reconstituido) y sus representantes públicos vuelven a demostrar un desconocimiento sobre marxismo, y en este caso sobre la cuestión nacional, cuando realizan seguidismo acrítico al proyecto independentista burgués que hoy acontece en Cataluña –en ocasiones porque sus miembros no se han desligado de la influencia nacionalista y otros para ver si pescan algo en río revuelto–. Abogan por la independencia de Cataluña, es decir por la separación sin más como hace la CUP. Un miembro del PCE (r) diría en 2015:

«Ante la posibilidad de poder celebrar en Cataluña, o cualquier otra nacionalidad, un referéndum de autodeterminación, los comunistas deben llamar al voto por la independencia y la formación de un Estado propio». (Lucio García Blanco; El derecho a la autodeterminación de Cataluña, 27 de septiembre de 2015)

Olarieta comentaría sobre esta cuestión:

«La clase obrera dentro y fuera de Catalunya debe defender la lucha por la independencia». (Juan Manuel Olarieta; La lucha contra la opresión nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo, 1 de septiembre de 2015)

En el mismo sentido: ¡hemos visto al apologista del PCE (r), Pablo Hasél, pidiendo el voto por la CUP en las elecciones de 2015! Perorando que:

«No son un partido absorbido por el régimen como Podemos o IU». (Pablo Hasél; ¿Por qué nos interesa la independencia?, 16 de septiembre de 2015)

¡Por supuesto! Tan solo hay que ver el apoyo «crítico» dado durante estos dos años a varios de las medidas de CIU/ERC, tragadas muchas de ellas para «no interrumpir y quebrar la unidad del proceso soberanista». Tampoco parece conocer o importarle a Hasél que la CUP sea un partido infecto de trotskistas, hippies y anarquistas, teorías nacionalistas y hasta chovinistas, un «socialismo» pequeño burgués que lejos de favorecer la concienciación de la clase obrera en el marxismo desvía a la clase obrera en teorías nacionalistas bañadas en conceptos utópicos anarquistas. Esto hace que nos preguntemos, ¿por qué Hasél se queja de que Podemos crea falsa conciencia, desorganiza a la clase obrera y crea ilusiones reformistas y no habla del mismo rol reformista y nacionalista de la CUP? ¿Quizás porque su bajo nivel de formación no le permite ver esto, porque no se ha molestado en leer o escuchar a la CUP, o porque simplemente los planteamientos de la CUP y los suyos son casi iguales? ¿Qué podemos esperar de Hasél si el mismo se autodenomina anarco-comunista en sus entrevistas? Pues tonterías y contradicciones como estas.

Uno de los sofismas utilizados por Hasél para apoyar a la CUP y su «proyecto soberanista» fue que:

«Apoyamos lo que puede beneficiar a la clase trabajadora y la independencia de Catalunya en este contexto, sería positiva por varios motivos. A la clase obrera de Catalunya nos conviene porque a la burguesía catalana se le acabaría la excusa de echar toda la culpa al Estado español cuando ellos también son culpables directos de la dramática situación que vivimos. En caso de conseguir la independencia, mucha clase trabajadora que va a votar a representantes de la burguesía catalana –Convergència y ERC– se daría cuenta de que con ellos seguiremos sufriendo recortes, paro, explotación, represión, etc. Entonces se posicionarían en su contra y con un trabajo de lucha comunista detrás, los sumaríamos a nuestra causa». (Pablo Hasél; ¿Por qué nos interesa la independencia?, 16 de septiembre de 2015)

Visto el factor subjetivo de los marxista-leninistas en Cataluña, ¿qué ocurriría realmente en la mente de las capas populares con la independencia y la consiguiente decepción de la población en los primeros meses de gobierno? Ilusos como Hasél creen que será el escenario perfecto para que la clase obrera vaya a despertar automáticamente de su largo letargo de alineación y que vea por fin que el problema no es estar dentro o fuera de España sino el capitalismo. Solamente un pobre necio como Hasél creería eso sin tomar en cuenta el nivel de fuerzas real de los «comunistas» para pelear por hegemonizar ese descontento. Cuando no existe organizaciones sindicales ni mucho menos un partido comunista real, y cuando los falsos comunistas como Hasél apoyan a la CUP sin criticar todas y cada una de las desviaciones que albergan, cuando se aspira a ser el aliado «crítico» de estos chavistas catalanes y se refuerza el mantener, apoyar y alimentar las ideas nacionalistas, trotskistas, anarquistas y socialdemócratas entre las masas, no hay un cambio de mentalidad posible, no habrá ningún grado de revolucionarización en el pensamiento de las masas por más que se desee. Esta gente del PCE (r) nunca aprendió a diferenciar fantasías de objetividad. Aunque nos duela no existe ninguna labor comunista de peso que realice un trabajo entre las masas catalanas, de otra forma no nos encontraríamos con una población robotizada que confía en «Junts Pel Sí», Ciudadanos, PSOE y la CUP, en ese orden, donde la burguesía ha logrado polarizar a la población y reducir los problemas a independencia sí o independencia no, mientras se asiste a unos recortes y niveles de corrupción que rivalizan con los del PP. Sin un partido pertrechado por una verdadera doctrina científica que dote de un análisis de la situación y de unas directrices claras y autónomas, sin un trabajo de masas real que explique, desmonte y exponga los defectos y limitaciones que adolecen estas organizaciones capitalistas, sin nadie que proporcione a las capas con niveles de concienciación más atrasados una posición real sobre el derecho de autodeterminación, la lucha de clases, sobre cómo luchar por sus intereses y superar el capitalismo; sin todo esto, el hipotético descontento de un futuro gobierno nacionalista catalán bajo un Estado propio catalán sería hegemonizado por las fuerzas que ya tienen presencia y medios, es decir por alguna de las diversas fuerzas burguesas, muy seguramente por aquellos que dirán para entonces que «con España no estábamos así», y los catalanes depositarán su confianza, como ya lo están haciendo, en los demagogos de turno llámese: «Junts Pel Sí», en Ciudadanos, PP, PSOE, cuando no a otras nuevas fuerzas nacionalistas que saldrán como hongos para disputarle el liderazgo a «Junts Pel Sí» y la CUP. Es más… también está la posibilidad de que se extienda la idea de que Cataluña no se puede mantener económicamente de forma autónoma y que la independencia ha sido una aventura que no puede volver a suceder, sin que haya una fuerza política con suficiente influencia y credibilidad para demostrar lo contrario.

Pensar que sucederá otra cosa, como que los autodenominados «comunistas» como el PCE (r) o el PCOE recibirán automáticamente la confianza de las masas después de haber estado lamiendo las botas a la CUP y a sus conceptos sobre la cuestión nacional y social es hacerse ilusiones en base a deseos idealistas. Lejos de eso, los verdaderos marxista-leninistas catalanes deberían realizar un análisis concreto, y un trabajo que tumbe la demagogia de la burguesía catalana y española, así como las utopías conciliadoras pequeño burguesas, no pretendiendo ser el furgón de cola de la CUP, ni de nadie, como hacen los revisionistas. De otra forma seguir esa fórmula oportunista conduce como hemos visto en Venezuela, Argentina, Brasil y otros países con aquellos partidos «comunistas» que han dado su apoyo «crítico» a los gobiernos del «socialismo del siglo XXI», a que dichas organizaciones se conviertan finalmente en organizaciones seguidistas, muletas del enfermo régimen populista, que forzados a apoyar medidas impopulares acaban borrando a ojos de las masas la línea diferenciadora entre los que gobiernan y los que apoyan a los que gobiernan, acabando aún más aislados y despreciados por los trabajadores. La tarea apremiante de la clase obrera catalana es organizarse y llevar una labor de clarificación contra estas fuerzas burguesas y pequeño burguesas, anticomunistas, revisionistas y nacionalistas; no entrar en teorías «thälmannianas» y fatalistas de «cuanto más crisis mejor», cuando ni siquiera existe una fuerza política independiente que guíe, organice y explique a las masas los acontecimientos para que sea recolector de los productos del descontento de los trabajadores.

¿Acaso al resto de España que sufre la misma ausencia de un partido comunista le beneficiaría una crisis del gobierno a causa de la independencia de Cataluña? Tampoco se cumple con esa premisa actualmente. Seguramente el gobierno de Mariano Rajoy o el gobierno de turno aplicaría un reajuste basado en una subida de impuestos que la clase obrera, lejos de poder rechazar, al verse si sindicato ni partido de clase, se vería obligada a aceptar a regañadientes bajo la traición de la aristocracia obrera que hoy domina. Cierto es que los análisis de Hasél son fantasiosos, y nos resultarían hasta graciosos si no fuera porque se autodenomina comunista, manchando la reputación de la doctrina con su constante verborrea mientras apuesta por la conciliación con el nacionalismo pequeño burgués. Como decía Comorera hay que barrer esta psicología de la aristocracia obrera de venderse a la oligarquía nacionalista por unas migajas y conformarse con un par de cambios superficiales para que puedan decir que luchan por la soberanía nacional, hay que apartar a los monaguillos revisionistas que van haciendo publicidad de las asociaciones oportunistas, pseudopatrióticas y proimperialistas.

Observamos además como sectores que se pretenden de «izquierda» e incluso marxistas, sin ninguna idea clara de lo que estas fuerzas nacionalistas persiguen, apuestan por mostrarse como aliados y defensores de un proyecto burgués capitaneado por la burguesía catalana –Junts pel Sí– y la pequeña burguesía catalana –la CUP– que anhelan un Estado igual o más capitalista y represivo que el español, algo que se puede identificar en los actuales rasgos de la Generalitat en: 1) la brutalidad represiva de la policía autonómica –«Mossos d’Esquadra»–, y la protección de esos cuerpos por la justicia autonómica catalana; 2) los muertos sistemáticos en los Centro de Internamiento de Extranjeros en los últimos años; 3) los centros de vigilancia electrónica y ciudadana; 4) los convenios firmados con el Estado de Israel, especialmente en materia de educación y militar; 5) el vaciamiento de contenido de la Seguridad Social; 6) la privatización de servicios públicos como el agua, así como de las redes viales; 7) la destinación formal de 40.000 euros que el gobierno catalán destina al aranés, una lengua cooficial, mientras sus representantes se ríen de las reivindicaciones del Valle de Arán y niegan su derecho a decidir en un hipotético caso de con quién desea formar lazos político-administrativos; 8) los elevadísimos salarios de los funcionarios electos y camarilla cooptada, incluso superior a la del Estado español, etc.

Actualmente, debido a las fuerzas que lideran el proceso soberanista, y a las que lo niegan, asistimos a una lucha de dos formas de nacionalismo, ambos expresiones del nacionalismo burgués. O lo que es lo mismo, contradicciones no antagónicas; obsérvese que mientras mantienen diferencias sobre la idea de una Cataluña independientemente o no, ambas expresiones gubernamentales mantienen una estrecha colaboración en el vaciamiento de contenido de los derechos laborales, sociales, políticos.

En ambos casos se apela al amarillismo político para manipular la conciencia colectiva, e incluso se hace una lectura interesada y sesgada de la historia respecto a Cataluña.

Hay que dejar claro que ante el hipotético caso de la independencia de Cataluña ésta hoy sería indudablemente hegemonizada por la burguesía catalana concentrada en Junts Pel Sí, y en segundo lugar, a bastante distancia, por la pequeña burguesía de la CUP. Cuando las fuerzas hegemónicas del «procés» son Junts Pel Sí/CUP, no hay nada positivo para la clase obrera catalana en la creación de un nuevo Estado que estará gobernado por los mismos que gobiernan en la Generalitat salvo detalles, donde dotará a Cataluña de la misma forma política, económica y cultural burguesa que tiene el actual gobierno autonómico catalán. No habrá una emancipación social ni nacional real. Quién apuesta por defender este proceso en estas circunstancias no entiende nada de marxismo y comete un error ciertamente muy común entre los pseudomarxistas:

«Los conceptos «antiimperialismo», «independencia nacional», «autodeterminación de las naciones», «movimientos de liberación nacional» y otros similares, surgen en las cabezas de estos pseudomarxistas cada vez que hay una gran potencia involucrada en algún evento trascendente en alguna parte del mundo, sin importarles las características y las condiciones que se presentan. Ahora se encuentran con que esa «parte del mundo» es precisamente una de las grandes potencias, con larga historia de agresión y sojuzgamiento de pueblos, y baten palmas de emoción porque casi sin darse cuenta ha tomado cuerpo un «movimiento de liberación nacional» en Escocia, que no puede menos que debilitar a su vecina Inglaterra, el socio principal del imperialismo más agresivo y rapaz del mundo, Estados Unidos. El escenario está pintado para darle un carácter progresivo a la «lucha» de Escocia contra el imperialismo inglés, que supuestamente la tiene sometida y oprimida. Y si a esto se le añade el aura de la lucha de William Wallace, mucho mejor, sobre todo si tenemos en mente las épicas escenas de «Braveheart». Mas la historia es otra. Escocia no es Irlanda que ha sufrido hasta tiempos actuales la opresión del imperialismo inglés. El capitalismo se estableció en Escocia antes de que entrara a formar parte de la Unión –de la que quieren «independizarla»– y entró en calidad de socio para beneficiarse de la expansión colonial e imperialista de Inglaterra, donde las huestes bajo la bandera de San Andrés, jugaron un papel fundamental, de la mano de las huestes de San Jorge. La economía escocesa y su burguesía monopolista se encuentran completamente integradas con la economía y la burguesía monopolista inglesas, están entrelazadas por miles de vínculos históricos, sociales, económicos y políticos, desde hace siglos Por otro lado, en Escocia se encuentra una sección combativa del proletariado británico, el sector más golpeado por la explotación capitalista y por la actual crisis que el capital monopólico está haciendo pagar a los obreros». (José Gabriel Roldán; Apuntes sobre Lenin y la autodeterminación de las naciones, 2014)

Curiosamente el PCE (r) intentó en los 70 adueñarse de la figura del marxista-leninista catalán Joan Comorera. Esto también lo internaron otras corrientes revisionistas que empezaban a reivindicarlo de nuevo tras haber escupido sobre su legado. Sus escritos sobre materia política, económica y cultural contradicen el pensamiento maoísta de este partido, por lo que nada tienen que ver. Salta a la vista que el PCE (r) y el resto de falsos aduladores de Comorera jamás leyeron ni comprendieron sus escritos al respecto de la cuestión nacional, yendo en contra de lo que promulgaba, y es que el actual vacío ideológico marxista y las nulas perspectivas de clase por parte de los actuales partidos catalanes y españoles sobre la cuestión nacional pueden ser contraargumentadas fácilmente por los clásicos del marxismo.

Primero de todo hay que entender que la cuestión nacional está insertada en la actual época capitalista de los monopolios, en su etapa imperialista:

«De manera general, los marxistas establecen una diferencia cuando hablan de la cuestión nacional según si corresponde a la época del capitalismo ascensional, cuando la burguesía todavía cumplía un papel revolucionario, o si corresponde a la época del imperialismo, cuando la burguesía es reaccionaria. En la época del capitalismo ascensional, los clásicos enseñaron a establecer una diferencia entre «naciones reaccionarias» y «naciones progresistas»; en la época del imperialismo, entre naciones opresoras y oprimidas. El objetivo al resolver de la cuestión nacional es la «paz nacional», según el término empleado por Lenin y Stalin, es decir, la convivencia basada en la igualdad de las naciones en el marco de un Estado único –y en caso de no ser posible esto, la separación de las naciones en Estados independientes–. Esta «paz nacional» fue alcanzada durante el capitalismo ascensional por los principales países capitalistas desarrollados, que formaron su Estado nacional independiente». (José Gabriel Roldán; Apuntes sobre Lenin y la autodeterminación de las naciones, 2014)

Por supuesto, se ha de contar con el hecho de que en la España imperialista, de continuar instalada la burguesía en los poderes del Estado, es bastante improbable que esta permita un proceso de autodeterminación:

«El problema nacional y colonial ha sido resuelto en la práctica y constitucionalmente en la Unión Soviética. Esta solución no ha sido debida a un pacto con la burguesía. Ha sido la consecuencia obligada del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre. Sin la victoria y consolidación de la Revolución de Octubre, el problema nacional y colonial no habría sido resuelto. (…) El imperialismo, forma superior del capitalismo, no puede resolver los problemas nacionales y coloniales, como el capitalismo no puede suprimir la explotación del hombre por el hombre. El imperialismo necesariamente debe alimentarse con el sometimiento y la opresión de los pueblos y naciones coloniales y dependientes, que la libertad de esta sería su fin; lo mismo que el capitalismo necesariamente se nutre del dolor, de la miseria y de la esclavitud de las masas trabajadoras, porque su emancipación sería su fin. (…) Nos dice Lenin que la separación de una nación oprimida, es decir, el libre ejercicio del derecho de autodeterminación, sin excluir la decisión de constituirse en Estado independiente, no puede «darse» y «realizarse» antes del socialismo más que en el uno por mil de los casos. En la historia contemporánea, que es la historia de los Estados y naciones existentes hoy, con su cortejo de pueblos y naciones dependientes y coloniales, sólo conocemos un caso de separación voluntaria antes del socialismo: el de Noruega. El caso de Irlanda no es igual, toda vez que su autonomía política de hoy fue consecuencia de un largo y cruento periodo de lucha armada». (Joan Comorera; El problema de las nacionalidades de España, 1942)

Segundo, hay que entender el rol de la burguesía nacional en dicho conflicto, siendo una cuestión especulativa, ora a favor frente a la burguesía opresora ora en contra sin llegar hasta el final del ejercicio soberanista:

«El problema nacional no es una abstracción, no es una entidad aislada. El problema nacional es parte indisoluble del problema general de la revolución. Hemos, pues, de verlo a la luz de la lucha de clases, de su desarrollo y de su objetivo histórico. Estamos ahora en la fase superior y última del capitalismo, la fase imperialista. La lucha de clases se agudiza y la burguesía se convierte en extra y antinacional. El interés de clase prima por encima de cualquier otro interés. Y todos los elementos que intervienen en la vida colectiva son utilizados con el objetivo único de asegurar el dominio de clase, el monopolio del Estado, instrumento de la clase dominante. Para la burguesía el problema nacional, allí donde éste existe, es materia especulativa; se sirve de ella si así conviene momentáneamente a su interés de clase o se reniega de ella cuando lo pone en peligro. Y como el interés de clase capitalista es incompatible con el interés nacional la burguesía termina siempre por traicionar a la nación». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

En el caso catalán, el tandem «Junts per Sí» de CIU/ERC, que es la marca por excelencia de la burguesía catalana, se ha incorporado a la fiesta independentista desde hace relativamente poco, antes solo buscaba ventajas políticas, económicas y culturales autónomas. ERC hace largo tiempo que está corrompida por la misma burguesía catalana que ha especulado con la cuestión nacional aliándose con nacionalistas españoles y catalanes en la época del tripartito catalán, y ha sido cómplice en los diversos gobiernos de CIU, quienes han hundido a las masas trabajadoras en la miseria y la progresiva pauperización de su nivel de vida primando enriquecerse a mantener una postura a favor de los trabajadores, por no hablar de las experiencias de ERC gobernando a nivel municipal o regional. La CUP como representante de la pequeña burguesía, es inestable y cobarde como para que hegemonice un proceso real de soberanía nacional en lo político-económico, de momento no ha sido capaz de enfrentarse abiertamente a CIU-ERC y denunciarlos abiertamente como traidores a la causa social y nacional catalana.

Tercero. El nacionalismo y las teorías con las que se arropa la burguesía son un arma para sus intereses de clase no una garantía para los trabajadores de resolver el problema nacional para que ejerzan plenamente sus derechos. Es más, sobre todo están fabricadas para desviar a las clases explotadas de su emancipación social. Tampoco los caminos intermedios y las ideas conciliadoras de la pequeña burguesía sirven para los fines perseguidos por la clase obrera en la cuestión nacional y social:

«¿Y cómo reaccionan la gran burguesía y las castas tradicionales en estos países? Como clase y castas gobernantes que continúan la tradición de la guerra: para mantener sus privilegios han convertido en moneda de cambio la independencia y la soberanía nacional. Y como políticos e «ideólogos» inventan filosofías y teorías, cuyo único objetivo es sembrar la confusión en las masas populares, dividir la clase obrera y movilizar a la opinión contra los partidos comunistas. (…) Con las patrañas hipócritas de las terceras fuerzas y principios puros y conductas impuras no se va más que al deshonor y a nuevas derrotas». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

El proletariado de la nación oprimida debe luchar por sus derechos nacionales pero sin olvidar que el objetivo de la burguesía nacional es aprovecharse de sus sentimientos para arrastrar al proletariado y otras capas trabajadoras, sin las cuales no puede imprimir al movimiento nacional su carácter masivo y triunfar. De hecho… se logre o no adquirir la soberbia nacional, mientras no desaparezca la burguesía intentará engañar al proletariado para que llegue a una consonancia de intereses comunes con ella, es decir, tratará de hacer que se olvide de la cuestión de clase y buscará que se haga un ente pasivo gracias al opiáceo del nacionalismo:

«Por lo expuesto se ve claramente que, bajo el capitalismo ascensional, la lucha nacional es una lucha entre las clases burguesas. A veces, la burguesía consigue arrastrar al proletariado al movimiento nacional, y entonces exteriormente parece que en la lucha nacional participa «todo el pueblo», pero eso sólo exteriormente. En su esencia, esta lucha sigue siendo siempre una lucha burguesa, conveniente y grata principalmente para la burguesía. Pero de aquí no se desprende, ni mucho menos, que el proletariado no deba luchar contra la política de opresión de las nacionalidades. La restricción de la libertad de movimiento, la privación de derechos electorales, las trabas al idioma, la reducción de las escuelas y otras medidas represivas afectan a los obreros en grado no menor, si no es mayor, que a la burguesía. Esta situación no puede por menos de frenar el libre desarrollo de las fuerzas espirituales del proletariado de las naciones sometidas. No se puede hablar seriamente del pleno desarrollo de las facultades espirituales del obrero tártaro o judío, cuando no se le permite servirse de su lengua materna en las asambleas o en las conferencias y cuando se le cierran las escuelas. La política de represión nacionalista es también peligrosa en otro aspecto para la causa del proletariado. Esta política desvía la atención de extensas capas del mismo de las cuestiones sociales, de las cuestiones de la lucha de clases hacia las cuestiones nacionales, hacia las cuestiones «comunes» al proletariado y a la burguesía. Y esto crea un terreno favorable para las prédicas mentirosas sobre la «armonía de intereses», para velar los intereses de clase del proletariado, para esclavizar moralmente a los obreros». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Cuarto. La idea a ultranza de apoyar cualquier separación de una nación oprimida sin analizar más cuestiones no es marxista:

«Los marxistas no están a favor de la autodeterminación de las naciones, a su separación y formación de un Estado nacional independiente, de manera incondicional. La cuestión nacional debe ser abordada considerando no solo las características particulares de las naciones bajo estudio sino también atendiendo a que las condiciones y las relaciones entre esas naciones cambian con el tiempo, al igual que cambia también el contexto internacional en el que se desenvuelven. Cuando el marxismo dice que la cuestión nacional debe ser analizada tomando en cuenta las condiciones histórico-concretas está diciendo que la cuestión nacional no es inmutable, porque las relaciones entre las naciones cambian, la correlación de fuerzas cambia, las condiciones socioeconómicas sobre las que se desenvuelven cambian, y, en consecuencia, la actitud y las tareas del proletariado al respecto deben cambiar». (José Gabriel Roldán; Apuntes sobre Lenin y la autodeterminación de las naciones, 2014)

Lenin fustigó enormemente las pretendidas posiciones marxistas que abogaban por un mayor practicismo en la cuestión nacional:

«En el problema nacional, toda burguesía desea o privilegios para su nación o ventajas exclusivas para ésta; precisamente eso es lo que se llama «práctico». El proletariado está en contra de toda clase de privilegios, en contra de todo exclusivismo. Exigirle «practicismo» significa ir a remolque de la burguesía, caer en el oportunismo. (…) En aras del «practicismo» de sus reivindicaciones, la burguesía de las naciones oprimidas llamará al proletariado a apoyar incondicionalmente sus aspiraciones. ¡Lo más práctico es decir un «sí» categórico a la separación de tal o cual nación, y no al derecho de todas las naciones, cualesquiera que sean, a la separación! El proletariado se opone a semejante practicismo: al reconocer la igualdad de derechos y el derecho igual a formar un Estado nacional, aprecia y coloca por encima de todo la unión de los proletarios de todas las naciones, evalúa toda reivindicación nacional y toda separación nacional con la mira puesta en la lucha de clase de los obreros. La consigna de practicismo no es, en realidad, sino la de adoptar sin crítica las aspiraciones burguesas. (…) Sería apartarse de las tareas de la política proletaria y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto el que los socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como el que se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las naciones y el derecho de autodeterminación, 1914)

Stalin habló de forma similar, apelando que los comunistas deben mantener un plan concreto e independiente de las clases explotadoras sobre esta cuestión:

«La nación tiene derecho a organizarse sobre la base de la autonomía. Tiene derecho incluso a separarse. Pero eso no significa que deba hacerlo bajo cualesquier condiciones, que la autonomía o la separación sean siempre y en todas partes ventajosas para la nación, es decir, para la mayoría de ella, es decir, para las capas trabajadoras. Los tártaros de la Transcaucasia, como nación, pueden reunirse, supongamos, en su Dieta, y, sometiéndose a la influencia de sus beys y mulhas, restaurar en su país el viejo orden de cosas, decidir su separación del Estado. Conforme al punto de la autodeterminación, tienen perfecto derecho a hacerlo. Pero ¿iría esto en interés de las capas trabajadoras de la nación tártara? ¿Podrían los socialdemócratas contemplar indiferentes como los beys y los mulhas arrastraban consigo a las masas en la solución de la cuestión nacional? ¿No debería la socialdemocracia inmiscuirse en el asunto e influir sobre la voluntad de la nación en un determinado sentido? ¿No debería presentar un plan concreto para resolver la cuestión, el plan más ventajoso para las masas tártaras?». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

De igual forma y a iguales conclusiones llegó Comorera en su excelente trabajo sobre la cuestión nacional en España:

«No siempre la defensa de la nación imperialista o no soberana coincide con los intereses fundamentales de la clase obrera. En este caso, compañeros, y esto debe quedar bien claro, prima siempre el derecho de la clase obrera. Para Marx no ofrecía ninguna duda esta subordinación del problema nacional al problema obrero. Olvidar esto nos llevaría fácilmente al campo del nacionalismo pequeño burgués, a la aceptación de la tesis de la «comunidad de destino», tesis apreciada por los nacionalistas y por muchos sectores socialdemócratas. No existe una «comunidad de destino» en la nación, ya sea esta soberana o dependiente. Puede existir una coincidencia momentánea para la consecución de un objetivo común. Pero, nada más, pues «en cada nación moderna hay dos naciones», nos ha dicho Lenin. La nación burguesa que históricamente desaparecerá y la nación proletaria que históricamente debe ascender al poder político y económico, el ejercicio de su propia dictadura para forjar el mundo nuevo en el que sí que habrá una «comunidad de destino». La burguesía de cada país se basó en el problema nacional con el fin de engañar a los obreros, para embrutecer a los campesinos, para envenenar a la pequeña burguesía. La clase obrera de cada país se basa en el problema nacional para llevar adelante la revolución, para resolver conjuntamente con el problema nacional el de su dictadura. (…) Es natural y necesario, pues, que el derecho de la clase obrera tenga preferencia sobre el derecho nacional, cuando la opción nos sea planteada de manera objetiva y concreta». (Joan Comorera; El problema de las nacionalidades en España, 1942)

En las condiciones actuales hay que entender que bajo la burguesía, en el hipotético caso de que la burguesía catalana llegase a lograr la independencia, dicho hecho no resolvería el problema de la soberanía nacional ni la emancipación social de Cataluña, lo segundo porque seguiría siendo un régimen burgués, y porque lo que los independentistas entienden por «soberanía nacional» es falso, pues ella no incluye ni siquiera un programa antimonopólico ni antiimperialista, ni un desarrollo de la industria pesada para asegurar la independencia económica y por tanto política de Cataluña, lejos de ello, sus partidos buscan la atención de los diversos imperialismos. Es por tanto claro que:

«Cataluña tiene derecho a la separación. El reconocimiento del derecho, sin embargo, no supone la aplicación automática, obligatoria. En nuestra situación, el ejercicio mecánico del derecho de separación no resolvería el problema nacional, pues no lo podemos ni debemos desatarlo del problema general de la revolución democrática española. Además, la separación por la separación es una idea reaccionaria ya que en nuestro caso concreto, Cataluña, constituyéndose en Estado independiente, saldría de una órbita de explotación nacional para caer dentro de otra igual o peor. Una tal «genial solución» ya ha asomado la oreja varias veces». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

Sobre este panorama, resalta una cuestión por la cual se preguntaban de manera retórica los comunistas catalanes desde hace décadas:

«¿Dónde está la soberanía, cuando los órganos elegidos del pueblo, representantes de la soberanía nacional, realizan, no una política nacional, de respeto a la voluntad popular, sino una política dictada por la oligarquía financiera, por un núcleo de oligarquías que tiene en sus manos la riqueza nacional e imperial? (…) La soberanía nacional y el capitalismo monopolista son incompatibles». (Joan Comorera; La nación en la nueva etapa histórica, 15 de junio de 1944)

Efectivamente la actual Cataluña saldría de una opresión nacional para caer en otra dependencia económica neocolonialista, muy seguramente como la mayoría de nuevos Estados de Europa del siglo XXI se endeudarían hasta las cejas para financiar el proyecto y adecuar sus estructuras, vendiéndole a las masas trabajadoras el cuento de que deben apretarse el cinturón bajo la idea de que «debe hacerse este sacrificio por la libertad de Cataluña». La idea de un futuro boicot de los empresarios españoles a una Cataluña independiente es un bluf proveniente del nacionalismo español y su propaganda altisonante, pues no tiene que ser así como tal, ya que hemos visto a empresas españolas colocar sus organismos empresariales en países con los que mantienen pretendidas malas relaciones con el gobierno español. La burguesía suele atender a las «razones de su bolsillo» pese a su perorata patriótica, solo retira sus activos financieros y empresas en caso de que detecten un peligro para sus intereses por inestabilidad política o económica del país en que desarrollan dichas actividades. En cambio es cierto que ante el caso de una independencia, el gobierno español desataría al menos inicialmente cierto bloqueo y sabotaje a la nueva república catalana, por lo que habría ciertas pérdidas de capital y para compensar alguna falta de diversidad económica, Cataluña muy seguramente tendría que buscar, según la lógica de su burguesía, una fuerte inyección de capital extranjero, de multinacionales que vinieran a proveer de la necesaria tecnología y que dejasen aunque sea las migajas a la burguesía catalana por explotar los recursos y a su clase obrera. Inclusive, no estaría descartada la idea de una Cataluña independiente en lo estatal pero dependiente en lo económico de España, aunque seguramente a Cataluña no le faltarán los pretendientes. En realidad, España ciertamente no podría mantener su dominación económica en una futura Cataluña independiente si otras potencias imperialistas más fuertes se interesan en ella como ya están haciendo frotándose las manos.

En caso de lograrse la independencia estatal de Cataluña existiría otro nuevo problema. Aunque puede que debilitada por los tiras y aflojas con España, debido al alto grado de desarrollo de la burguesía catalana, a todas luces sería una burguesía en el poder de corte imperialista, aunque inferior al potencial de la española. En este hipotético pero posible caso futuro, mientras en España y Cataluña dominasen sus respectivas élites económicas, ambas burguesías nacionalistas e imperialistas, rivalizarían por reivindicar políticamente diversos territorios y pugnar por mercados económicos cercanos. No por casualidad el nacionalismo catalán viene desde hace décadas buscando expandir su ideología en partes de Valencia, Baleares y Aragón, todavía con ínfimos resultados, así como se ve en sus intentos de introducirse en otras zonas reivindicadas como el Rosellón en los Pirineos Occidentales de Francia, Carche en Murcia, o Alguer en Cerdeña, Andorra, entre otros. Esta nueva cuestión sería una mercancía más con la que traficar y hacer demagogia entre todas estas burguesías en pugna. Dándose el caso de ver muy seguramente como la burguesía catalana intenta penetrar política y económica o incluso militarmente en territorios en los que al menos actualmente no se sienten parte de su proyecto nacionalista de los «Països Catalans» –Países Catalanes–. Hablamos incluso de lugares donde incluso existen movimientos regionalistas autónomos de otra índole que chocarían de forma cada vez más agria contra las pretensiones de los nacionalistas catalanes y sus reivindicaciones. Por supuesto la burguesía catalana tendrá que medirse con otras burguesías más veteranas y más potentes como la española, francesa o italiana si desease adquirir estos territorios, la riña y la cizaña estará garantizada, también cobraría peso las posibles alianzas de la burguesía catalana con otras burguesías imperialistas más potentes militarmente como la estadounidense o israelí –contactos y pactos algunos de ellos ya materializados– que sería una de sus mejores bazas para competir y negociar.

Los pequeñoburgueses catalanes se atreven a decir que gracias a este proyecto independentista burgués, la cultura catalana podrá «florecer», que la identidad catalana se reforzará hasta límites insospechados. Pero esto es un espejismo.

Primero: porque la cultura catalana, sea en los regímenes históricos más censores de España o en otros más permisivos como el actual sistema de las autonomías, nunca ha cesado su desarrollo, y en recientes décadas hemos visto que éste ha sido cada vez más amplio, pero la cuestión versa más bien sobre si la burguesía catalana ha desarrollado o no casi todo lo que podía desarrollar de progresivo para la nación en materia artística, literaria y lingüística bajo mandato burgués. Estamos seguros de lo que respondería un marxista viendo los desarrollos de la burguesía catalana en todos los campos con los estudios sobre pseudohistoria, su chovinismo ideológico, la cultura consumista y totalmente alienante que produce y difunde como un narcótico entre la juventud.

Segundo: porque mientras sea la burguesía catalana o española la que detente el Estado y domine los territorios catalanes, la cultura que se irradiará, el modelo económico que se seguirá perpetuando, y la forma política que habrá, será más o menos «puramente catalana», pero burguesa al fin y al cabo, por lo que no supondrá nunca ni una tercera parte de lo que el proletariado catalán podría desarrollar en cuanto a progreso nacional y social si controlase el poder político –en conjunto con otros pueblos bajo el mismo Estado o bajo uno propio–, teniendo la posibilidad de controlar la economía –libre de explotación del hombre por el hombre y sobre otras naciones– y capaz de producir así su propia cultura que sería patriótica a la par que internacionalista –y la hegemónica dentro de la nación–.

Tercero: porque en el caso milagroso de que los utópicos pequeño burgueses de la CUP u otros parecidos llegasen al poder, tampoco cambiarían lo anterior. Sus constantes contradicciones ideológicas, que se reflejan en su filosofía idealista-metafísica, la inhabilitan para superar el marco cultural del nacionalismo burgués.

Por tanto, ni la CUP, ni ninguna otra organización similar, está en disposición de superar el capitalismo; sino que se encuentran en disposición de perpetuarlo y disimularlo bajo un «aura nacional». No por casualidad la CUP refuerza a las agrupaciones de la burguesía catalana, repitiendo todos los mitos reaccionarios del nacionalismo ramplón en cuanto a cuestión cultural, aceptando sus medidas económicas a regañadientes, y pactando políticamente todo lo anterior.

¿Pero qué tipo de cultura representa la de los líderes actuales del catalanismo? ¿Qué referentes tienen los actuales líderes actuales del catalanismo? ¿Los principios y valores del progresismo catalanista? ¡Difunden la adoración a la cultura de la reacción, la cultura de la burguesía decadente, incluso al fascismo patrio! Para muestra un botón. :

«Este domingo, 78 años después, se ha repetido el acto que los últimos años organiza el Memorial hermanos Badia para rendir homenaje a Miquel Badia, quien fue Jefe de Servicios de la Comisaría General de Orden Público de la Generalitat republicana y el su hermano, un acto que ha contado con la participación del presidente de ERC, Oriol Junqueras, junto con Quim Torra y Lluís Duran y al que ha asistido, entre un centenar largo de personas, el eurodiputado por CiU Ramon Tremosa». (Naciódigital; Oriol Junqueras reivindica la figura de Miquel Badia, 2013)

¿Y quiénes son estas figuras? Como vemos en diversos actos, los principales líderes del catalanismo contemporáneo CIU-ERC homenajean y toman como ejemplo a seguir a los líderes del nacionalismo catalán más peculiar de los años 30, como Josep Dencàs, líder de Estat Català, partido que operaba de forma minoritaria dentro de ese gran ensamblado de partidos catalanistas que era ERC. Dicho grupo era conocido por sus tesis abiertamente separatistas y expansionistas, justificándolas con teorías raciales y tesis chovinistas. Fueron el primer grupo político en configurar un mapa de los «Països Catalans», a partir de los relatos de Bienvenido Oliver en el siglo XIX, y de Joan Fuster en el siglo XX. Estat Català destacaba, también, por su admiración por el movimiento fascista italiano, de hecho Dencàs se exilió en su admirada Italia fascista de Mussolini. Los actuales nacionalistas catalanes también rinden pleitesía a otras figuras de dicha agrupación, como Miquel Badía, el cual siendo secretario de Orden Público de la Generalidad, además de operar como un conocido represor al servicio de la patronal catalana, creó el grupo paramilitar «Escamots», copia estética y pose de las camisas negras del fascio italiano.

Quinto. Los catalanes no deberían aislar su lucha nacional y social de la del resto de pueblos hispánicos, pues eso le hará más débiles como le ha pasado a los movimientos nacionalistas que han promovido el odio entre pueblos y el desdén sobre lo que ocurría socio-políticamente en otras zonas colindantes del Estado. La cuestión nacional en España tendrá real solución cuando haya un verdadero poder dirigido por la clase obrera. En este escenario Cataluña y España establecerán una relación productiva y amistosa: bien juntas en una república federal, o separadas si así lo decide el pueblo catalán, pero confraternizando bajo el ejercicio común del internacionalismo proletario. La dialéctica podría dar la posibilidad de que por factores internos y externos, objetivos y subjetivos dicha revolución ocurra solamente en Cataluña, en cuyo caso sí cabría la posibilidad de que la secesión fuese un gran paso para la soberanía nacional y social catalana, pero seguiría dependiendo de la solidaridad del proletariado de España, precisamente para parar los pies a la burguesía española que trataría con ansias de reprimir como siempre a sangre y fuego una revolución nacional y social en Cataluña.

Joan Comorera comentaría sobre esto que si la clase obrera catalana olvida sus intereses de clase y se centra solamente en la cuestión nacional caerá en la misma desviación que cuando los obreros españoles no comprenden la fisonomía nacional de la propia Cataluña y hacen piña con la burguesía:

«Cataluña es una nación. Pero Cataluña no puede aislarse. La tesis de que Cataluña puede resolver su problema nacional como un caso particular, desentendiéndose y en oposición al problema general del imperialismo y de la lucha del proletariado, es una tesis reaccionaria. Por este camino, se llega a la exageración negativa de las peculiaridades nacionales, un nacionalismo local estrecho. Por este camino se va, no hacia la liberación social y nacional, sino hacia una mayor opresión y vejación. De la misma manera que los trabajadores del país opresor caen en la desviación colonizadora, chovinista, en cuanto no comprenden o no tienen en cuenta suficientemente las peculiaridades de estratificación de las clases, la cultura, la vida diaria, el pasado histórico y la psicología propia de un pueblo sometido, así mismo los trabajadores del país oprimido caen en la desviación chovinista, localista, particularista, de confundir sus intereses peculiares con los «intereses nacionales en general», de prestar más atención y esfuerzo a los problemas accidentales que a los propios intereses fundamentales de clase, en cuanto olvidan o no comprenden el problema general del imperialismo y de la lucha de clases del proletariado. (…) Por tanto, camaradas, el camino a seguir para Cataluña no ofrece dudas. Únicamente la República Popular de España dirigida por la clase obrera permitirá a Cataluña el pleno y libre ejercicio de su derecho de autodeterminación. Únicamente la República Popular de España dirigida por la clase obrera, garantizará el respeto estricto y absoluto a la expresión de su voluntad soberana. (…) Y esta República Popular dirigida por la clase obrera, sólo la podrá conseguir Cataluña luchando en fraternal unión con los otros pueblos hispánicos». (Joan Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 1940)

La cuestión nacional, debe de tomarse de forma dialéctica no mecánica, atendiendo a las fuerzas y clases sociales que se alzan como protagonistas sociales:

«¿Es, sin embargo, la separación la solución posible, conveniente, justa? Ateniéndonos a los principios de la teoría nacional leninista-estalinista, no hay nada que discutir: los catalanes tenemos el derecho de hacer de Cataluña un Estado independiente. Por tanto, la clase obrera de Cataluña no puede ser antiseparatista, ni puede opinar que la separación, en cualquier circunstancia, sería una aspiración o realización reaccionarias. ¿Se deduce de esto que la clase obrera de Cataluña es o tiene que ser separatista? ¡En absoluto! Quiere decir que la clase obrera de Cataluña, dada una situación histórica concreta, podría ser e incluso debería ser separatista, sin deformación nacionalista y contra la burguesía nacional. El desarrollo del capitalismo es desigual, nos ha dicho Lenin. Cada país es característico, cada país capitalista es dirigido por una burguesía característica. (…) Por tanto, cada clase obrera nacional debe aprovechar toda coyuntura nacional o internacional para realizar su revolución, independientemente de la situación o de las perspectivas o posibilidades revolucionarias de la clase obrera de un país vecino o lejano. Por tanto, si un conjunto de hechos peninsulares o determinados por una realidad internacional concreta hicieran posible la victoria proletaria en Cataluña, aunque no en los demás países hispánicos, la clase obrera catalana tendría el derecho y el deber de construir un Estado independiente y dispuesto a unirse, a federarse con otros estados populares o socialistas. Y lo mismo ha de decirse de Euskadi, de Galicia y de Castilla. Porque la comunidad de destino de los proletarios es internacional y no estatal, cuando un Estado multinacional practica el genocidio, el aniquilamiento sistemático de las nacionalidades más débiles. Es el caso de España. Y no admitirlo se filisteísmo, como diría Lenin. Lo que no debe ser la clase obrera de Cataluña es separatista por anti-castellanismo. Ciertamente, el pueblo castellano es proclive a maniobras genocidas. Sin embargo, también es la víctima. Porque, de las naciones hispánicas, fue la primera en perder sus libertades y ha sido después y es ahora carne de cañón de un enemigo común y al que, hermanados, tenemos que combatir y vencer. La separación por anti-castellanismo es una concepción burguesa totalmente opuesta a la concepción proletaria del problema nacional. Para la clase obrera de Cataluña, pues, el problema de la separación o no separación no es de principio, si no dialéctico. (Joan Comorera; ¿Es, sin embargo, la separación la solución posible, conveniente, justa?, 1953)

Esta sola cita bastaría para hacer sonrojar a muchos que todavía no logran comprender como debe plantearse la cuestión.

Por si alguien tiene dudas de las posiciones de Comorera, le ofreceremos la posibilidad de compararlo de nuevo con el leninismo, el cual no deja lugar a dudas sobre la posición de los obreros de uno y el otro lado, de la nación oprimida y opresora:

«Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nación. Por ello sería apartarse de las tareas de la política proletaria y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto el que los socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como el que se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las naciones y el derecho de autodeterminación, 1914)

Pasaremos al siguiente tema…». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

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