lunes, septiembre 28, 2020
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La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional; Equipo de Bitácora (M-L), 2020

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«Los bolcheviques ya habían esgrimido toda una línea científica, clara y comprensible para los revolucionarios. Lenin sintetizó así la cuestión:

«Sí, indiscutiblemente debemos luchar contra toda opresión nacional. No, indiscutiblemente no debemos luchar por cualquier desarrollo nacional, por la «cultura nacional» en general. El desarrollo económico de la sociedad capitalista nos muestra en todo el mundo ejemplos de movimientos nacionales que no han llegado a desarrollarse plenamente, ejemplos de grandes naciones formadas a partir de varias pequeñas o en detrimento de algunas pequeñas naciones, ejemplos de asimilación de naciones. El principio por que se rige el nacionalismo burgués es el desarrollo de la nacionalidad en general; de aquí el carácter exclusivo del nacionalismo burgués, de aquí las estériles querellas nacionales. El proletariado, en cambio, no sólo no asume la defensa del desarrollo nacional de cada nación, sino que, por el contrario, pone en guardia a las masas contra semejantes ilusiones, defiende la libertad más completa del intercambio económico capitalista y celebra cualquier asimilación de las naciones, excepto la que se realiza por la fuerza o se basa en privilegios». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Con la revolución a las puertas, proclamaba el líder del bolchevismo:

«Queremos unión libre y debemos por tanto reconocer la libertad de separación –sin libertad de separarse, la unión no puede ser llamada libre–. Y estamos tanto más obligados a reconocer el derecho a la separación, por cuanto el zarismo y la burguesía rusa, con su opresión, han suscitado en las naciones vecinas multitud de rencores y una gran desconfianza hacia los rusos en general; esta desconfianza hay que disiparla con hechos y no con palabras.

Pero nosotros queremos la unión, y eso hay que decirlo. Decir esto en el programa del partido de un Estado nacional heterogéneo es importante en un grado tal que obliga a apartarse de la línea habitual para dar lugar a una declaración. Nosotros queremos que la república del pueblo ruso –me inclino incluso a decir pueblo gran ruso, pues es más exacto– atraiga a otras naciones, pero ¿cómo? No mediante la violencia, sino sólo mediante un acuerdo voluntario. De otro modo se romperían la unidad y la fraternal alianza de los obreros de todos los países. A diferencia de los demócratas burgueses, nosotros no planteamos como consigna la fraternidad de los pueblos, sino la fraternidad de los obreros de todas las nacionalidades, pues no confiamos en la burguesía de ningún país, la consideramos enemiga». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Revisión del programa del partido, 1917)

Como se puede ver en las obras de Lenin comprendidas entre 1913-1916, la temática sobre la cuestión nacional es muy recurrente. Se dedicó buena parte de su tiempo a refutar los artículos y teorías concretas de varias figuras que se destacaban por alimentar de una manera u otra el socialchovinismo.

A Piatakov que escribía bajo el pseudónimo de Kievsky, le replicaría no saber ver que:

«Los obreros de una nación opresora son en cierta medida cómplices de su burguesía, en el saqueo de los obreros –y de la masa de la población– de la nación oprimida. (…) En el aspecto político, la diferencia consiste en que los obreros de las naciones opresoras ocupan una situación privilegiada, en comparación con los obreros de la nación oprimida, en toda una serie de esferas de la vida política. (…) En el aspecto ideológico o espiritual, la diferencia consiste en que los obreros de las naciones opresoras son educados siempre, por la escuela y por la vida, en un espíritu de desprecio o desdén hacia los obreros de las naciones oprimidas. Por ejemplo, cualquier ruso que se haya educado o vivido entre rusos lo ha experimentad». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el «economicismo imperialista», 1916)

Y una vez más, sentenciaría hacia él:

«Es el mismo modo de pensar, el mismo error teórico y político-práctico que no percibe P. Kíevski, cometiéndolo literalmente a cada paso en sµ artículo. Piensa que discute únicamente contra la autodeterminación, quiere discutir únicamente contra ella, pero resulta ir contra de su voluntad y de su conciencia, ¡y eso es lo curioso! que no aporta ni un solo argumento que no pueda ser esgrimido con el mismo fundamento contra la democracia en general!». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Respuesta a P. Kievski [Y. Piatakov], 1916)

También respondiendo a Bujarin y su obra: «El eslogan del derecho de autodeterminación» de 1915, Lenin diría:

«Los partidos socialistas que no demuestren con toda su actividad tanto hoy como durante la revolución y después de triunfar ésta que liberarán a las naciones oprimidas y establecerán con ellas relaciones basadas en la libre alianza -y la libre alianza no es más que una frase embustera sin la libertad de separación-, esos partidos cometerán una traición al socialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1915)

A Rosa Luxemburgo que escribía bajo el pseudónimo Junius, Lenin le reclamaba por las tesis de su folleto «La crisis de la socialdemocracia alemana» de 1916:

«En tercer lugar, ni siquiera en Europa se pueden considerar imposibles las guerras nacionales en la época del imperialismo. (…) esta «época» no excluye en lo más mínimo las guerras nacionales, por ejemplo, por parte de los pequeños Estados –supongamos anexionados u oprimidos nacionalmente–contra las potencias imperialistas, de la misma manera que no excluye los movimientos nacionales en gran escala en el Este de Europa. (…) Mas esa equivocación es muy perjudicial también en el sentido político práctico: de ella se deduce la estúpida propaganda del «desarme», como si no pudiera haber más guerras que las reaccionarias; de ella se deduce asimismo la indiferencia, más estúpida todavía y claramente reaccionaria, ante los movimientos nacionales. Esa indiferencia se convierte en chovinismo cuando los miembros de las «grandes» naciones europeas, es decir, de las naciones que oprimen a una masa de pueblos pequeños y coloniales, declaran con aire de sabihondos: ¡ «no puede haber ya ninguna guerra nacional»! Las guerras nacionales contra las potencias imperialistas. No sólo son posibles y probables, sino también inevitables y progresistas, revolucionaria». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El folleto de Junius, 1916)

Sobre Trotsky y sus ideas expresaría:

«¿Y Trotski? Está en cuerpo y alma en pro de la autodeterminación, pero también en sus labios ésta es una frase vacía, puesto que no exige la libertad de separación para las naciones oprimidas por «la patria» de ese socialista nacional; calla sobre la hipocresía de Kautsky y los kautskianos». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Acerca del «programa de paz», 1916)

Contestando al artículo de Trotsky: «La nación y la economía» de 1916, se decía:

«Trotsky y Mártov. De palabra, ambos están a favor de la autodeterminación, como Kautsky. ¿Y de hecho? (…) Nos muestra su eclecticismo habitual: de una parte, la economía fusiona las naciones; de otra, la opresión nacional las desune. ¿Conclusión? La conclusión consiste en que la hipocresía reinante sigue sin ser desenmascarada, la agitación resulta exánime, no aborda lo principal, lo cardinal, lo esencial, lo cercano a la práctica: la actitud ante la nación oprimida por «mi» nación». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Balance de la discusión sobre la autodeterminación, 1916)

Curiosamente, años después, los revisionistas modernos aunque de jure rechazan a mucho de estos autores y se reivindican como leninistas, de facto recuperan sus ideas socialchovinistas.

En otras ocasiones, el revisionismo moderno, en cualquiera de sus expresiones: el trotskismo, el titoísmo, el jruschovismo o el maoísmo han pintado una imagen de Stalin como un chovinista ruso. Por otro lado, existen corrientes nacionalistas que se autodenominan «marxistas», las cuales defienden orgullosamente posturas chovinistas aludiendo, extrañamente, que toman como modelo la política de la URSS de Lenin y Stalin sobre la cuestión nacional.

Pero no existe nada más lejos de la realidad.

Para empezar, hay que señalar la transcendencia de Stalin en la configuración de la futura URSS:

«Fue Stalin quien, en abril de 1917, informó sobre la cuestión nacional en la Conferencia del Partido Bolchevique. (…) Stalin propuso la adopción de la concepción [bolchevique] recomendada durante el régimen zarista. La teoría fue aceptada, aunque no sin lucha; una bastante poderosa oposición vino por parte de Pyatakov, y cierto número de delegados, en contra de la clausula que establecía el derecho de las naciones a la independencia; incluso hasta el punto de la separación; temían las posibles consecuencias de esta cláusula. (…) La actitud adoptada por los bolcheviques con respecto a los problemas de las nacionalidades les trajo la simpatía de todos, sin provocar las secesiones nacionales que algunas personas esperaban. Y allí, una vez más, triunfó por completo la sabiduría lejana, en su intrépida minuciosidad. «Si Kolchak y Denikin fueron golpeados», escribió Stalin, «es porque hemos tenido la simpatía de las naciones oprimidas». (…) En 1925, en circunstancias muy solemnes, Stalin observó que aunque la base principal de la República Soviética era la alianza de los obreros y los campesinos, la base subsidiaria de la República era la alianza de todas las diferentes nacionalidades existentes en Rusia. (…) Los hombres de Octubre de 1917, lograron llevar a cabo su Revolución en medio de una yuxtaposición extremadamente diversificada de razas y países, en la que, además, existían largas tradiciones de opresión que en muchos casos habían inculcado una idea exagerada del nacionalismo. Estos hombres, por primera vez en la historia, presentan una solución razonable y seria de este antiguo antagonismo común en todo el planeta, una fórmula lógica que combina los dos elementos esenciales irreducibles, la individualidad nacional y la federación práctica. (…) Sin embargo, cuando los soviéticos llegaron al poder por primera vez, había una concepción «asiática» algo especial sobre el problema de las nacionalidades. Se manifestó por fuertes «tendencias colonialistas», es decir, el sometimiento del país lejano y una preponderancia del elemento ruso en su administración y en el desarrollo de su asimilación soviética. Los obreros rusos y los propagandistas rusos entraron en Asia, dirigieron todo y arreglaron todo ellos mismos, la población nativa fue «descuidada por el socialismo», según la propia expresión de Stalin. Esto no estaba de acuerdo con uno de los principios del marxismo-leninismo, que era particularmente querido por Stalin, a saber, la participación sin trabas, directa y consciente de todos en el trabajo común. Entonces Stalin luchó amargamente contra estas erupciones de exclusivismo moscovita». (Henri Barbusse; Stalin. Un nuevo mundo visto a través de un hombre, 1935)

Como reflejo de estas palabras de Barbusse, podemos en las obras de Stalin se puede ver su esfuerzo por hacer entender a los marxistas la necesidad de un repaso histórico desvinculado de la tradicional historiografía burguesa-nacionalista. Esta era una tarea importante para una mejor comprensión de las relaciones históricas entre la nación dominante del Estado –Rusia– y el resto de naciones y nacionalidades, ¿con qué trasfondo político final? Establecer una nueva y armoniosa relación entre los pueblos, teniendo esta materialización en 1922, con la creación de la URSS:

«Ahora bien, hallar la clave para la solución acertada de la cuestión nacional no significa todavía resolverla total y definitivamente, ni aplicar íntegramente esta solución en el terreno práctico concreto. Para aplicar con acierto el programa nacional planteado por la Revolución de Octubre, es preciso, además, vencer los obstáculos heredados de la etapa ya pasada de opresión nacional y que no pueden ser eliminados en poco tiempo, de golpe. Esta herencia consiste, en primer lugar, en las supervivencias del chovinismo de Gran Potencia, que es un reflejo de la pasada situación de privilegio de los grandes rusos. (…) Esta herencia consiste, en segundo lugar, en la desigualdad de hecho, es decir, en la desigualdad económico-cultural de las nacionalidades de la Unión de Repúblicas. La igualdad de derecho de las naciones, conseguida por la Revolución de Octubre, es una gran conquista de los pueblos; pero por sí sola no resuelve toda la cuestión nacional. Una serie de repúblicas y de pueblos que no han pasado o casi no han pasado por el desarrollo capitalista, que carecen o casi carecen de un proletariado propio y que, como resultado de esto, han quedado rezagados en los terrenos económico y cultural, no se hallan en condiciones de aprovechar íntegramente los derechos y las posibilidades que se les ofrecen con la igualdad de derechos de las naciones, y sin una ayuda exterior efectiva y prolongada no están en condiciones de elevarse al grado superior de desarrollo y alcanzar de este modo a las nacionalidades que se les han adelantado. Las causas de esta desigualdad existente de hecho no sólo residen en la historia de estos pueblos, sino también en la política del zarismo y de la burguesía rusa, que aspiraban a convertir las regiones de la periferia en regiones dedicadas exclusivamente a la obtención de materias primas y explotadas por las regiones centrales, desarrolladas en el sentido industrial. (…) Es un proceso prolongado, que requiere una lucha tenaz e insistente contra todas las supervivencias de la opresión nacional y de la esclavitud colonial. Pero tiene que ser superada a toda costa. Y sólo puedo ser superada mediante una ayuda efectiva y prolongada del proletariado ruso a los pueblos atrasados de la Unión, para conseguir su prosperidad económica y cultural. De otra manera, no se puede contar con el establecimiento de una colaboración firme y acertada entre los pueblos dentro del marco de un solo Estado federal. Por eso, la segunda tarea inmediata de nuestro Partido consiste en luchar para poner fin a la desigualdad existente de hecho entre las nacionalidades, y elevar el nivel cultural y económico de los pueblos atrasados. Esta herencia consiste, por último, en las supervivencias nacionalistas en toda una serie de pueblos que han sufrido el pesado yugo de la opresión nacional y que no han podido librarse todavía del recuerdo de los viejos agravios nacionales, En la práctica, estas supervivencias hallan su expresión en cierto apartamiento nacional y en la falta de una confianza plena de los pueblos antes oprimidos hacia las medidas que emanan de los rusos. Sin embargo, en ciertas repúblicas integradas por varias nacionalidades, este nacionalismo defensivo se convierte no pocas veces en nacionalismo ofensivo, en un chovinismo rabioso de la nacionalidad más fuerte, dirigido contra las nacionalidades más débiles de dichas repúblicas. El chovinismo georgiano –en Georgia–, contra los armenios, osainos, adzharianos y abjasianos; el chovinismo azerbaidzhano –en el Azerbaidzhán– contra los armenios, y el chovinismo uzbeko –en Bujará y Joresm– contra los turcomanos y los kirguíses». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Los factores nacionales en la edificación del partido y del Estado, 1921)

Esto era ir en contra del saludo que el leninismo hacía de la libre y voluntaria asimilación y unión entre pueblos:

«El capitalismo en desarrollo conoce dos tendencias históricas en el problema nacional. La primera es el despertar de la vida nacional y de los movimientos nacionales, la lucha contra toda opresión nacional y la creación de Estados nacionales. La segunda es el desarrollo y multiplicación de las relaciones de todo tipo entre las naciones, el derrumbamiento de las barreras nacionales, la formación de la unidad internacional del capital, de la vida económica en general, de la política, de la ciencia, etc. Ambas tendencias son una ley universal del capitalismo. La primera predomina en los albores del desarrollo capitalista; la segunda es característica del capitalismo maduro, que marcha hacia su transformación en sociedad socialista. El programa nacional de los marxistas tiene presentes ambas tendencias: primero, defiende la igualdad de derechos de las naciones y de los idiomas –y también el derecho de las naciones a la autodeterminación, de lo cual hablaremos más adelante– y considera inadmisible la existencia de cualesquiera privilegios en este aspecto; segundo, propugna el principio del internacionalismo y la lucha implacable por evitar que el proletariado se contamine de nacionalismo burgués, aun del más sutil. Y cabe preguntar: ¿a qué se refiere nuestro bundista cuando clama al cielo contra la «asimilación»? No ha podido referirse a la violencia ejercida contra las naciones ni a los privilegios de una de ellas, porque aquí nada tiene que ver la palabra «asimilación»; porque todos los marxistas, tanto por separado como juntos, formando un todo único oficial, han condenado con firmeza, sin dejar lugar a equívocos, la menor manifestación de violencia, opresión o desigualdad nacionales. (…) El señor Libman condena la «asimilación» sin entender por ella ni la violencia, ni la desigualdad, ni los privilegios. Pero, ¿queda algo real en el concepto de «asimilación» si se excluyen toda violencia y toda desigualdad? Sí, desde luego. Queda la tendencia histórica universal del capitalismo a romper las barreras nacionales, a borrar las diferencias nacionales, a llevar las naciones a la asimilación, tendencia que cada decenio se manifiesta con mayor pujanza y constituye uno de los más poderosos motores de la transformación del capitalismo en socialismo. No es marxista, ni siquiera demócrata, quien no acepta ni defiende la igualdad de derechos de las naciones y los idiomas, quien no lucha contra toda opresión o desigualdad nacionales. Esto es indudable. Pero es igualmente indudable que el pseudomarxista que pone de vuelta y media a .los marxistas de otra nación, acusándolos de «asimilistas», es de hecho un simple pequeño burgués nacionalista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1914)

En la URSS las manifestaciones nacionalistas hacia uno u otro lado estaban severamente penadas. Veamos un documento secreto sobre Kazajistán:

«El golpe principal de la represión judicial de las autoridades de justicia de Zapsibkray en el campo de la lucha contra el chovinismo de gran potencia se dirigió principalmente con las manifestaciones en relación con los nacionales-kazajos. (…) Los enemigos de clase, aprovechando la situación creada, comenzaron a difundir rumores salvajes e infundados, como que los kazajos comiendo niños rusos [sic], etc. Elementos criminales, en particular ladrones de caballos, reviviendo sus actividades criminales, al mismo tiempo difundieron intensamente rumores de que todos los robos fueron cometidos por kazajos. En el contexto de esta situación, desde finales de 1931 y casi todo 1932, tuvimos un aumento en la manifestación del chovinismo de gran potencia con respecto a los kazajos. (…) La política punitiva en estos casos se caracteriza por los siguientes datos: prisión 135; trabajo forzados 98; otras medidas de protección social 40». (Informe de las autoridades de justicia del Territorio de Siberia Occidental sobre la lucha contra las manifestaciones del chovinismo de gran potencia contra los inmigrantes kazajos, 25 de marzo de 1933)

Ilustremos con otro caso en Bielorrusia:

«Recientemente, entre los grupos sociales más diversos –obreros, oficinistas, intelectuales, estudiantes, etc. –de la República Socialista Soviética de Bielorrusia, se han observado manifestaciones significativas de chovinismo de gran potencia y un antagonismo nacional causado, principalmente, por la activación de elementos contrarrevolucionarios. La lucha contra los sentimientos chovinistas nacionales es insuficiente, y el trabajo cultural de masas sobre la educación internacionalista y la implementación de la política nacional del gobierno soviético es débil. (…) En varias instituciones de educación superior, se observa la introducción forzosa del idioma ruso. (…) El idioma bielorruso se considera «inventado». (…) Debido a la debilidad del trabajo masivo en educación, hay casos de antisemitismo, detectados principalmente entre estudiantes». (Informe especial del GPU sobre las manifestaciones chovinistas y nacionalistas en la República Socialista Soviética de Bielorrusia, 16 de marzo de 1932)

En años 20 y 30 Stalin tuvo un rol determinante a la hora de clarificar las ideas que circulaban entre varios líderes en el movimiento comunista sobre la cuestión nacional.

Primero. Criticó las ilusiones liberales de que las naciones oprimidas podían encontrar perfectamente solución dentro de los regímenes democrático-burgueses, cuando la historia mostraba, y aún muestra, que esto no es sino la excepción que confirma la regla:

«Semic quería decir con ello que Lenin consideraba la cuestión nacional un problema constitucional, es decir, no un problema de la revolución, sino un problema que debía ser resuelto con una reforma. Esto es completamente falso. Lenin no padeció nunca, ni podía padecer, ilusiones constitucionales. Basta examinar sus obras para convencerse de ello. (…) En la URSS también tenemos una Constitución, que refleja una determinada solución del problema nacional. Sin embargo, esta Constitución no ha nacido como fruto de un acuerdo con la burguesía, sino como fruto de la revolución triunfante. (…) Acerca del programa nacional. El punto de partida del programa nacional debe ser la tesis relativa a la revolución soviética en Yugoslavia, la tesis de que, sin el derrocamiento de la burguesía y la victoria de la revolución, el problema nacional no puede ser resuelto de un modo más o menos satisfactorio. Naturalmente, puede haber excepciones. Una excepción de éstas se dio, por ejemplo, antes de la guerra, cuando Noruega se separó de Suecia, cosa de la que Lenin habla detalladamente en uno de sus artículos. Pero esto sucedió antes de la guerra y con una coincidencia excepcional de circunstancias favorables. Después de la guerra, y sobre todo después del triunfo de la revolución soviética en Rusia, difícilmente pueden darse casos como ése. De todas formas, las probabilidades para ello son ahora tan pocas, que pueden considerarse nulas. Pero, si es así, está claro que no podemos trazar el programa basándolo en magnitudes de valor nulo. Por eso, la tesis de la revolución debe ser el punto de partida del programa nacional». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno a la cuestión nacional en Yugoslavia, 1925)

En segundo lugar, criticó a aquellos que consideraba la postura a adoptar en la cuestión nacional como mera charlatanería de intelectuales de salón, incluso se explicaba porque el partido revolucionario debía tener una línea clara en esta cuestión, aunque las naciones oprimidas no tuviesen un movimiento nacional muy activo por el momento:

«Partiendo del hecho de que en el momento presente no existe un serio movimiento popular por la independencia entre los croatas y los eslovenos, Semic llega a la conclusión de que el problema del derecho de las naciones a la separación es una cuestión académica y, en todo caso, no de actualidad. Naturalmente, eso es erróneo. Aun admitiendo que este problema no sea de actualidad en el momento presente, sin embargo, puede convertirse en un problema de mucha actualidad si comienza la guerra o cuando ésta comience, si la revolución se desencadena en Europa o cuando se desencadene. (…) En 1912, cuando nosotros, los marxistas rusos, estábamos trazando el primer proyecto de programa nacional; todavía no teníamos en ninguna de las regiones periféricas del Imperio Ruso un movimiento importante en favor de la independencia. Sin embargo, consideramos preciso incluir en nuestro programa el punto referente al derecho de las naciones a la autodeterminación, es decir, al derecho de cada nacionalidad a separarse y a llevar una vida estatal independiente. ¿Por qué? Porque no sólo partíamos de lo que existía ya plasmado a la sazón, sino de lo que se estaba desarrollando dentro del sistema general de las relaciones internacionales y se avecinaba; es decir, nosotros no teníamos sólo en cuenta en aquel entonces lo presente, sino también lo futuro. Y sabíamos que si cualquier nacionalidad exigía la separación, los marxistas rusos lucharían por conseguir que se le asegurase el derecho a la separación». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno a la cuestión nacional en Yugoslavia, 1925)

En último lugar, fustigó la noción reaccionaria de que las naciones oprimidas tenían siempre que optar por una separación incluso después de una revolución, mientras los bolcheviques respetaban la decisión de los pueblos, bien fuese quedarse con otros pueblos u organizarse por separado:

«El programa nacional debe incluir sin falta un punto especial acerca del derecho de las naciones a la autodeterminación, llegando incluso a la separación para formar su propio Estado. Ya he indicado más arriba por qué en las actuales circunstancias interiores e internacionales no podemos prescindir de este punto. Por último, en el programa debe figurar asimismo un punto especial sobre la autonomía nacional territorial para las nacionalidades de Yugoslavia que no estimen necesario separarse. No tienen razón quienes piensan que tal combinación debe considerarse excluida. Esto es erróneo. En determinadas condiciones, como resultado del triunfo de la revolución soviética en Yugoslavia, es bien posible que ciertas nacionalidades, como ha ocurrido aquí, en Rusia, no deseen separarse. Se comprende que, en previsión de tales casos, es preciso tener en el programa un punto referente a la autonomía, con vistas a la transformación del Estado yugoslavo en una federación de Estados nacionales autónomos, sobre la base del régimen soviético. Así, pues, derecho a la separación para las nacionalidades que quieran separarse y derecho a la autonomía para las nacionalidades que prefieran permanecer dentro del Estado yugoslavo. Para evitar equívocos, he de decir que el derecho a la separación no debe interpretarse como el deber, como la obligación de separarse. Una nación puede ejercer el derecho a la separación, pero puede también no ejercerlo, si lo desea así; eso es cosa suya y debe ser tomado en consideración. Algunos camaradas convierten el derecho a la separación en, una obligación, exigiendo, por ejemplo, que los croatas se separen a toda costa. Esa posición es errónea y debe ser desechada. No se debe confundir un derecho con una obligación». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno a la cuestión nacional en Yugoslavia, 1925)

Pasemos a la siguiente cuestión». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

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