La política y la lingüística

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Bianchi.— Si el lenguaje fuera una fuerza productiva que creara riqueza, al igual que la fuerza de trabajo humana (la inhumana, una vaca, por ejemplo, trabaja pero no genera plusvalía, que es lo que persigue el capitalista -trabajo no remunerado- que explota al obrero asalariado; por eso el esclavo romano era un «animal que hablaba» al que sólo se le mantenía con la pitanza, pero no con unos sestercios en una economía apenas monetizada), si la parla, decíamos, el habla, la parole que decía Saussure, generara lucro, los charlatanes serían millonarios.

De hecho, la llamada «clase política» que, a pesar de Mosca, un politólogo contemporáneo de Mussolini, no es una clase social, pues es socialmente improductiva, no contribuye al Producto Social Bruto de un país sino, al revés, vampiriza parte de él se las vería muy tiesas con la filosofía del lenguaje, el atomismo lógico de Russell o el Círculo de Viena de principios del siglo pasado. La lingüística es un campo apasionante. Las cosas, los conceptos, hay que precisarlos y, si no, más vale echarse a dormir. Para R. Carnap, un positivista lógico comunista, por cierto, la sintaxis lógica era un campo de la investigación lingüística en el que prescindimos de los usuarios del lenguaje, eventualmente, y analizamos exclusivamente las relaciones entre expresiones. En otras palabras, cuando un «político», por ejemplo, dice lo que dice, ¿qué está diciendo en realidad? El Círculo de Viena, con M. Schlick a la cabeza, quería, como Frege, matematizar el lenguaje, es decir, constreñir lo que se dice (las palabras) a proposiciones exactas y que no se presten a anfibologías ni llamen a engaño. Que no haya tahures de la palabra (que es lo que pensaba Platón de los poetas, y por eso pedía su expulsión de su ciudad ideal). En crítica literaria algo pasa de esto. Cuando un escritor dice que sus fuentes de inspiración son grandes escritores como Faulkner, como dijera un postizo rumiante A. Muñoz Molina, pongamos por caso, hay que preguntarle -e interrumpirle si procede- para decirle: ¿pero usted ha leído a Faulkner? Y como responderá afirmativamente, la siguiente pregunta es:¿qué obra, qué novela, y se cuidó usted de estudiar la circunstancia histórica y personal faulkneriana para entender «Absalón, Absalón»? No hace falta leer a Faulkner para ser un buen escritor, pero no presuma, ni menos se compare con maestros para pasar por uno de ellos.

Si se busca la precisión, el lingüista interrumpiría a cada rato al «político». Le exigiría, no ya que sus palabras se correspondieran en hechos, sino que, cuando dice lo que dice, sepa exactamente lo que dice. Por ejemplo, cuando se dice que si alguien te despierta a las seis de la mañana tiene que ser el lechero por cojones, ¿es un lechero inglés o un madero español? Wittgenstein, un idealista subjetivo como todo el positivismo y atomismo lógico, diría que de lo que no se sabe, mejor no hablar. O que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, pero eso no va con la charlatanería imperante de sus señorías expertas en paliques, logorreas y otras logomaquias.

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