¡Amemus patriam! Serventesio patafísico a lo Jarry (3)

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Bianchi.— Pasaré ahora, en esta tercera entrega, a un tema que me es muy caro y precioso: el arte militar. ¿Qué decir de la guerrilla, españolísima palabra de ámbito internacional? ¿Es necesario nombrar a los integrantes de ese ejército invisible? ¿Los Espoz y Mina, El Empecinado, el desequilibrado párroco Merino, Renovales, Sarasa, Romeu, Milans, etc.? ¿Tendré que recurrir, vivedios, a Polibio para ensalzar la espada, a partir de la iberiana, invento de los euscaros, larga, puntiaguda y de dos filos? ¿O que los romanos usaron el gladius o sable hispaniense mereciendo universal renombre los de Zaragoza, Sevilla o de Toledo, acaparador del mineral de Somorrostro? Fueron los ejércitos españoles quienes generalizaron por Europa las armas de fuego, bombardas con sus variantes, cerbatanas, rubadoquines (especie de ametralladora), batemuros, mosquetones, luego las culebrinas, cañones, siendo célebres los arcabuces construídos en Madrid en el siglo XV.

La artillería se utiliza por primera vez en el sitio de Algeciras de 1342 contra los moros sitiadores, por las huestes castellanas de Alfonso XI, contando Málaga a la sazón célebres fábricas. Ya en el siglo XIX, Echalme idea la espoleta de percusión, Aranaz las granadas rompedoras, Jerónimo Muñoz calcula la trayectoria de los proyectiles en que, por supuesto, se habían equivocado los extranjeros. Y no sigo ni me desgañito más. Pero cómo callar sin faltar al honor patrio si omitiera que España  surtía de naves al Imperio romano, los quinquerremeros de Gadir (Cádiz) eran la última palabra y el último grito de la arquitectura naval de la antigüedad; Álvaro de Bazán inventa el galeón; el marqués de Santa Cruz la fragata. Sevilla tuvo el primer arsenal, las Atarazanas, creadas por Alfonso el Sabio, de donde parte la galera real que, al mando de don Juan de Austria, guerreó bravamente en Lepanto. Sin menoscabar la Armada de Pedrarías Dávila, daré un salto cronológico para citar la navegación submarina, problema soñado por Blasco de Garay y resuelto por Narciso Monturiol (masón) con su “Ictíneo” o barco-pez, siguiéndole el submarino de Cosme García Sanz, en 1870, construido de acero y ensayado en Alicante. Y sobre todos ellos, el cartagenero Isaac Peral, teniente de navío que ideó el submarino en 1886 construido al año siguiente en el Arsenal gaditano de La Carraca. Peral murió pobre pues no le hicieron ni caso y encima rechazó una pingüe oferta inglesa por su invento, ¿necio o patriota?

Es deplorable que, por falta de espacio, no pueda extenderme y tenga que resumir, por ejemplo, el capítulo de la filosofía hispana. ¿Habrá quien ignore el senequismo, primer moralismo de la antigüedad pagana? ¿El cristiano isidorismo, el panteísta averroísmo, el maimonismo, que inspiró a Servet y G. Bruno? ¿El lulismo (de R. Lulio) de aquel caballero andante de la filosofía que predicaba en las plazas e inicia la ciencia única, enlaza el mundo metafísico con la lógica y fecunda la ética, doctrina que siguen Agripa, Valerio, Kircher o Zalzinger? Más tarde aparecen las escuelas nacionales del vivismo y el suarismo. Luis Vives influye en Bacon, Burghley, Walter Raleigh y sienta las bases de la filosofía cartesiana. De su destrucción de sofistería escolástica bebieron Comenio, Bullart y Erasmo hasta llegar al laicismo de nuestro Cabarrús. Agréguese el filósofo pesimista Gracián que influyó e inspiró a Rochefoucault y alabara Schopenhauer. Y acabemos con Suárez (el Doctor Eximio), que quiso conectar a Santo Tomás con Aristóteles. En obras de Vitoria, Ayala, Menchaca o Soto libaron Grocio y demás doctrinarios del Derecho Natural. Civilista sin par fue Nebrija.

Sorprende en Derecho Político aquel P. Mariana defensor de la libertad contra la tiranía regia (siempre que fueran príncipes protestantes). Las instituciones políticas aragonesas se adelantaron más de trescientos años al habeas corpus inglés. Ondegardo, Vives, Mariana, Rojas, Deza o Pedro de Valencia ensalzan el comunismo manso, precursores de Tolstoi, Spencer y Wallace. También nuestras Cortes antecedieron a todas por existir desde 1090 con pacto constitucional para que no haya guerra ni paz, justicia, etc. sin su acuerdo, concibiéndose desde los Concilios de Toledo el sistema parlamentario, aunque el parlamentarismo libre procede en rigor de quienes usaban ante los Reyes aquella magnífica fórmula de juramento: “cada uno de nosotros vale tanto como vos y todos juntos más que vos”. Verdadero padre del Derecho Internacional fue Francisco de Vitoria, y no Grocio, como se ha dicho, y de eso “ná”.

Amigos, esto se alarga y yo me canso pues soy viejo. Pero sacaré fuerzas de flaqueza y hablaré de astronomía para decir que en el cielo toledano descuella Azarquel (que suena a pitufo), del siglo XI, todavía venerado en Alemania, que dio la exacta precisión de los equinoccios siendo aceptados sus trabajos por Copérnico y Haller. ¿Fatigaré al lector si digo que el descubrimiento de la Cruz del Sur se debe a nuestros cosmógrafos para reemplazar en latitudes meridionales a la estrella polar de Europa? Las Tablas Alfonsinas ni mento por modestia.

(Continuará)

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