Socialismo o barbarie, otra vez

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Hace unos cuantos años, en Francia surgió un colectivo (inicialmente trotskista) que tras varias escisiones (típicas entre los trotskistas) culminó en una revista llamada “Socialismo o Barbarie” que terminó su recorrido un poco antes de 1970. Pero quedó el eslógan, que sigue siendo actual.

Hace un mes, más o menos, una persona me escribió sobre la pandemia, que él denomina “crisis biopolítica” y las divergencias científicas sobre la misma aunque lo que a él le preocupa es la identificación de “extrema derecha” de todos quienes critican las medidas que imponen los gobiernos. Y dice, con razón, que “se ocultan bajo esa etiqueta las protestas por el hambre, el descalabro social y la libertad”.

Llega el momento de abordar este asunto cuando todo el mundo occidental acaba de imponer nuevas medidas, otra vez, más o menos duras para combatir esta segunda ola.

Lo primero que hay que decir es que las sociedades colapsan cuando no pueden hacer frente a los problemas sistémicos cuando surgen de una forma aguda. Es decir, es el sistema el que está en quiebra con la pandemia y no sirve de nada el mantra de que todo lo que se está haciendo es “para recuperar la normalidad”. ¿Recordáis cuando muy triunfalmente se dijo, después del primer estado de alarma en el Estado español, “estamos en la nueva normalidad”? Y mucha gente se lo creyó.

Pues no. No hay ni habrá nueva normalidad, ni nueva ni vieja. Un ejemplo: alguien que fuma siempre defiende su estatus, hasta que sus pulmones -u otras partes de su organismo- empiezan a fallar. Lógicamente, desde la medicina siempre se recomienda lo mismo: dejar de fumar. Es decir, nunca se dice: recupera tu normalidad, sigue fumando. Porque recuperar la normalidad, nueva o vieja es un camino seguro hacia la muerte.

Pues eso es lo que está pasando ahora con la pandemia. Que Occidente esté como está y que Oriente (el ejemplo de China es abrumador, aunque no solo) haya salido de la crisis indica que el sistema neoliberal está tan enfermo que mantenerse en él es ir, literalmente, a la muerte.

Todo Occidente, el Occidente capitalista y sus famosos “valores”, están pagando precios extraordinarios en vidas y en términos económicos. Lo primero no les preocupa, lo segundo sí. Por eso la consigna de “hay que convivir con el virus”, porque hay que salvar la economía. No importa quién caiga. A fin de cuentas, como dijo el preboste de los empresarios de Valladolid en la primera pandemia, “los ancianos no son parte productiva”.

Las “medidas excepcionales” que ha impuesto el mundo occidental (con la notable excepción de Suecia o EEUU) son iguales y, sobre todo, escenográficos: cierres parciales e irrelevantes para lo que se dice que se quiere conseguir.

Y aquí me quiero detener: se cierran las ciudades por la noche (la más pronto, a las 9 y no en el Estado español, que por aquello de los bares la que más ha apretado es a las 10 y hay quien lo ha puesto a las 12 de la noche) pero se abren de par en par para ir a trabajar, sin incrementar las frecuencias del sistema de transporte público y eso, en sí, ya es un foco permanente de contagios. O se prohíben las manifestaciones y se cierran las actividades lúdicas y culturales (donde estás un par de horas) mientras que es casi el mismo tiempo que dedicas en el metro o en el tren a ir y venir del trabajo. Por no hablar de cómo se ponen los centros comerciales los fines de semana. Es decir, las medidas del toque de queda o “restricción de movilidad”, como púdicamente se dice ahora, no son más que medidas con una influencia muy marginal en los contagios.

La evidente inutilidad de estas medidas hace que aumente la tensión social y de ahí a la revuelta solo hay un paso. Una revuelta que están encabezando los “sectores respetables” de pequeños comerciantes (y habría que ver su actitud a la hora de pagar impuestos) pero que demuestra que hay un malestar social evidente. Y ese malestar social está siendo hegemonizado por el neofascismo.

Esto no es nuevo. En toda fase primigenia del malestar social, de la protesta social, hay gentes de todo tipo y depende de las fuerzas de unos y otros para dar un sentido, o reaccionario o revolucionario, a ese malestar. Por ello no sirve de nada tener mucha actividad en las redes, donde hay que estar es en la calle. En unos momentos en los que la credibilidad de la clase dominante es cero en todo Occidente es el momento de tener las cosas claras.

Que yo sepa, en el Estado español solo la CUP catalana ha salido a la calle para protestar (y ya era hora de que saliese de su marasmo). Es evidente que las necesidades sociales exigen respuestas colectivas y solo quien sea capaz de tirar hacia adelante puede hacer crecer la conciencia popular. Pero ahora mismo, en todas partes, la izquierda, o la pretendida izquierda, está desaparecida y quien aparece es el neofascismo.

Son tiempos excepcionales y solo cuando nos demos cuenta de que no hay una “normalidad” a la que volver habremos avanzado. Por eso, la única perspectiva concreta que hay a la vista es la de siempre, otra vez: o socialismo o barbarie.

El Lince

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