Fidel y Ho Chi Minh, encuentro más allá de la muerte

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Por Alberto Salazar *

Hanoi (Prensa Latina) Ho Chi Minh murió el 2 de septiembre de 1969 y Fidel Castro solo pudo visitar Vietnam cuatro años después, pero ni la fatalidad pudo impedir el encuentro entre aquellos dos hombres que se profesaron una inmensa amistad.

Dirigentes políticos, militares, ministros, embajadores, traductores, periodistas y otros que tuvieron oportunidad de hablar con ellos o ser testigos de expresiones del uno hacia el otro, afirman que sus puntos de coincidencia eran tantos que trascendieron al mero contacto físico.

Sus escritos y piezas oratorias también reflejaron un mutuo y profundo respeto y admiración, tanto en lo personal como hacia esos dos pueblos cuyas épicas conmovieron al mundo por los sacrificios que hicieron para labrarse un destino digno frente a un mismo enemigo.

En la primera de sus tres visitas a Vietnam (12 al 17 de septiembre de 1973), el entonces primer ministro cubano no hizo una sola comparecencia pública donde no brillara el gran ausente. Y en sus conversaciones con los líderes vietnamitas, según han contado estos, sucedió lo mismo.

A pocas horas de llegar a Hanoi, Fidel hizo un atento y respetuoso recorrido por los lugares en que Ho Chi Minh trabajó y pasó sus últimos días.

Uno de ellos, acaso el más entrañable, fue la casita donde vivió el tío Ho en preferencia al suntuoso palacio que en razón de su cargo tenía pleno derecho a habitar.

De estilo colonial, el edificio había sido la residencia privada del gobernador francés y tras la independencia de Vietnam (1954), el Partido y el Estado lo consideraron el lugar adecuado para albergar al presidente y sus oficinas.

Pero aunque parezca contradictorio, Ho Chi Minh no se sentía a sus anchas en medio de tanto espacio y dijo que no podía vivir rodeado de lujos mientras su pueblo sufría tantas penurias y calamidades.

Entonces, cerca del palacio, se le construyó una casita de madera montada sobre pilotes y con no más espacio que el imprescindible.

Allí, el 13 de septiembre de 1973, en compañía del primer ministro Pham Van Dong y del general Vo Nguyen Giap, Fidel constató conmovido la austeridad con que vivía el tío Ho.

En la planta baja, la mesa donde solía reunirse con el Buró Político. Y en un estante repleto de libros, uno infaltable: ‘Guerra de Guerrillas’, de Ernesto Che Guevara.

Arriba, en el dormitorio, la camita ascética y pulcra, como de apóstol, donde el artífice de la independencia de Vietnam despidió quién sabe cuántas noches de insomnio.

En un sencillo armario de madera, las sandalias y unos pocos trajes tradicionales. Y en una pequeña mesa, los últimos ejemplares del diario Nhan Dan (El Pueblo), un ventilador y un reloj despertador.

En la cocinita y la sala, nada que sobrara a quien tan poco necesitaba…

Junto a una de las ventanas, el viejo sillón donde solía leer y meditar sobre el presente y el futuro de un país que llevaba cientos de años luchando por su independencia… áCuántas veces habrá soñado allí con un Vietnam 10 veces más hermoso!

Muy cerca de la casita de madera hay otra de sólida mampostería adonde los dirigentes del país aconsejaron a Ho Chi Minh mudarse cuando los bombardeos estadounidenses sobre Hanoi hicieron temer por la vida del presidente.

En una de las habitaciones hay una mesa con 10 sillas, y en una de las paredes, un gran mapa de Vietnam -del Norte y del Sur, porque el país era uno solo- con marcas sobre el desarrollo de la guerra.

Allí, el general Giap le explicó a Fidel que las últimas señales reflejaban la situación al momento de morir Ho Chi Minh, y lo actualizó sobre cómo iban las cosas. Faltaban unos escasos 19 meses para la victoria final.

Fidel también estuvo en el pequeño lago situado junto a las dos casas. En unas escalerillas que dan a las mansas aguas, el tío Ho las agitaba o daba palmadas para avisar a las carpas que les traía el alimento de cada día.

No cuesta mucho imaginar que el recorrido por aquellos sagrados lugares fue un momento de reencuentro espiritual entre los líderes históricos de los dos países.

Al momento de la visita de Fidel, los restos momificados de Ho Chi Minh aún no reposaban en el mausoleo donde están hoy. De hecho, el monumento comenzó a construirse 10 días antes de su llegada y solo se inauguró casi dos años después, el 29 de agosto de 1975.

Pero el dirigente cubano no necesitaba más para llevarse en el pecho que una creciente admiración hacia Ho Chi Minh.

A pocas horas de regresar a Cuba, tras visitar escenarios de guerra en el centro del país, de conversar largas horas con los dirigentes vietnamitas, y de avizorar una victoria que era ‘sencillamente cuestión de tiempo’, Fidel sintetizó en un discurso sus impresiones sobre aquellos días.

‘Llegamos a esta tierra heroica con una gran admiración por el pueblo vietnamita y nos marcharemos con una admiración aún mayor. Nos sentimos estimulados con sus victorias y con su extraordinario ejemplo, les estamos infinitamente agradecidos por la hospitalidad y el cariño con que nos han recibido’, dijo.

Y subrayó que solo se iba con un único dolor, ‘el de no haber tenido el privilegio de conocer en vida al presidente Ho Chi Minh, que tanto admiramos’.

Algo, sin embargo, lo consolaba: ‘Pero nos compensa el hecho de haber visto y haber conocido de cerca al pueblo vietnamita y ver reflejada en él su obra, sus enseñanzas, su trabajo, su educación, su ejemplo, su heroísmo, su modestia’.

Fidel Castro volvió a visitar Vietnam en 1995 y 2003. Y siempre, antes y después, sintió el mismo respeto y admiración hacia el amigo, hacia el hermano con el que solo pudo encontrarse en el camino de las ideas.

Un camino por el que ahora, al cumplirse el 2 de diciembre los 60 años de establecer relaciones diplomáticas, siguen transitando las dos naciones.

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*Corresponsal de Prensa Latina en Vietnam

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