El vasallaje marroquí y el tablero de Ceuta: cuando hasta los servicios de inteligencia empiezan a hablar.

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El vasallaje marroquí y el tablero de Ceuta: cuando hasta los servicios de inteligencia empiezan a hablar.

Llevo meses sosteniendo lo mismo, y no por intuición sino por método: analizar quién gana y quién paga cuando se mueven fronteras y se abren espigones. La avalancha migratoria sobre Ceuta no fue un accidente meteorológico de la geopolítica. Fue, como toda crisis fronteriza bien orquestada, un instrumento. Y los instrumentos tienen dueño.

España, bajo Sánchez, ha hecho algo que a Washington y Tel Aviv no les ha gustado nada: reconocer Palestina, retirar embajador, calificar sin eufemismos el genocidio en Gaza. Un gesto simbólico, dirán algunos. Yo digo que ningún gesto es simbólico cuando se trata del Estado que más armamento estadounidense mueve por sus bases hacia el frente israelí. Bloquear ese tránsito tiene un precio, y ese precio se cobra en las fronteras del sur.

No hace falta inventar nada: basta con mirar el mapa de alianzas. Marruecos lleva sesenta años siendo la avanzadilla occidental en el norte de África, la monarquía que primero normalizó relaciones con Tel Aviv a cambio del Sáhara Occidental, la corona que permite bases de escucha, que comparte inteligencia, que reprime a su propia población —el noventa por ciento contraria a esos lazos— porque a quien manda no le importa lo que opine el pueblo marroquí, solo lo que puede ofrecer a sus patrones.

En estos días ha empezado a circular, atribuida a analistas cercanos al aparato chino, una lectura que apunta en la misma dirección que vengo defendiendo desde el primer día: que la avalancha hacia Ceuta encaja como pieza de un castigo geopolítico contra España por su giro palestino, con la corona alauí como socio necesario. No voy a hacer pasar ese rumor por confirmación oficial de ningún servicio secreto —no lo es, circula sin firma ni respaldo verificable, y hay que tratarlo con la distancia crítica que merece cualquier información sin fuente contrastada—. Pero sí merece señalarse que, viniendo de donde viene, coincide letra por letra con el análisis que este columnista lleva meses defendiendo, sin necesidad de filtraciones ajenas: quien conoce el patrón de la guerra híbrida sabe reconocerlo aunque nadie se lo confirme por escrito.

Lo que sí es un hecho, no un rumor, es la arquitectura de fondo: Acuerdos de Abraham, reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara ocupado a cambio de normalización con Israel, décadas de cooperación de inteligencia entre Rabat y Tel Aviv. Sobre esos hechos verificables se sostiene la tesis, no sobre lo que diga o deje de decir un rumor de pasillo pekinés.

La pregunta que debería hacerse la izquierda española no es si existe un memorando secreto en Pekín. Es por qué seguimos tratando a la monarquía marroquí como un socio normal cuando lleva seis décadas demostrando, con hechos y no con rumores, de qué lado está.

*Até a vitoria sempre* 

 

André Abeledo Fernández

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