La hipocresía de Meloni: cerrar la puerta con la casa llena

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La hipocresía de Meloni: cerrar la puerta con la casa llena

Roma ha cerrado temporalmente el espacio Schengen a España. Giorgia Meloni, la heredera política del fascismo italiano maquillado de «conservadurismo respetable», ha encabezado en Bruselas el frente que pedía expulsar a nuestro país del régimen de libre circulación europea, al calor de la crisis migratoria de Ceuta, donde más de setenta mil personas trataron de cruzar la frontera sur en los últimos días de julio y donde al menos ochenta perdieron la vida en el intento. Madrid ha respondido con un ultimátum y, ante el silencio de Roma, con controles fronterizos recíprocos. Un socio comunitario tratando a otro como a un país sospechoso, como si la Unión Europea fuera algo distinto de un club de intereses de capital que se disuelve en cuanto conviene electoralmente a la derecha de turno.

Pero hablemos de números, camaradas, porque los números desnudan a los hipócritas mejor que cualquier discurso.

En España viven hoy alrededor de 275.000 personas de nacionalidad italiana. En Italia, apenas 28.000 españoles han hecho lo mismo en sentido contrario. Es una desproporción de diez a uno. Italianos que estudian en nuestras universidades, que trabajan en nuestra hostelería, en nuestro comercio, en nuestras empresas, más de 214.000 de ellos dados de alta en la Seguridad Social española. Italia exporta a su gente joven porque su economía, pese a la propaganda de Meloni, no les ofrece futuro, y España se lo ofrece. Esa es la primera hipocresía: mientras su Gobierno amenaza con expulsarnos de Schengen, cientos de miles de sus ciudadanos disfrutan cada día de la libre circulación que ahora quiere negarle a los nuestros. La libertad de movimiento es buena cuando beneficia a la Italia que emigra; se convierte en amenaza cuando España, gestionando una frontera exterior que es frontera de toda la Unión, recibe la presión migratoria que a Roma le conviene ocultar.

Y aquí llega la segunda hipocresía, más grave todavía. Meloni se presenta ante Europa como la mano dura que ha «resuelto» la inmigración, la que puede dar lecciones a un Gobierno de izquierdas incapaz, según ella, de controlar sus fronteras. Los datos de Frontex la desmienten sin paliativos: entre 2021 y 2026 entraron en la Unión Europea por Italia 478.600 personas de forma irregular, frente a 234.760 por España. El doble. Solo en 2025, Italia registró 66.000 llegadas frente a las 36.775 españolas. La «Fortaleza Italia» de la que presume Meloni en sus mítines es, en realidad, la ruta migratoria más transitada de toda Europa. Su discurso antiinmigración no ha contenido nada; ha fracasado en su propio terreno, y por eso necesita ahora un enemigo exterior que le tape el fracaso interior. Ese enemigo, esta semana, somos nosotros.

Pongamos, pues, los datos uno junto al otro, sin adornos, para que no quepa duda de quién pierde y quién miente:

Residentes: quién depende realmente de quién.

– Italianos viviendo en España: **≈ 275.000** (más de 214.000 dados de alta en la Seguridad Social).

– Españoles viviendo en Italia: **≈ 28.000**.

– Proporción: **10 italianos en España por cada español en Italia.**

– Conclusión: si de verdad se rompiera la libre circulación entre los dos países, el perjudicado mayor, en volumen de personas, sería Italia, no España. Son sus ciudadanos, diez veces más numerosos aquí que los nuestros allí, quienes tienen más que perder con cada control fronterizo que Roma impone.

Migración irregular: quién tiene realmente el problema que dice tener el otro.

– Entradas irregulares por Italia (2021-2026, datos Frontex): **478.600.**

– Entradas irregulares por España en el mismo periodo: **234.760.**

– Solo en 2025: Italia, **66.000** llegadas; España, **36.775.**

– Conclusión: Italia recibe, según el propio Frontex, prácticamente el doble de migración irregular que España en los últimos cinco años. La «Fortaleza Italia» que Meloni vende en sus mítines es un relato, no una realidad.

Dos series de datos, una sola lectura posible: Meloni ataca a España por una migración que su propio país gestiona peor, y lo hace mientras cientos de miles de sus conciudadanos disfrutan, sin que a nadie en Roma le parezca contradictorio, de la libre circulación que ahora quiere arrebatarle a los españoles. No hay forma honesta de sostener ese doble discurso. Solo hay una forma cínica, y es la que ha elegido.

Esto no es diplomacia, camaradas, es teatro electoral. Es la vieja receta de la extrema derecha europea: cuando no se puede resolver un problema material, se inventa un culpable simbólico. Meloni no ataca a España porque España reciba más migración que Italia —no la recibe, o la recibe en menor medida—, la ataca porque necesita alimentar a su base con la ficción de que existe un «nosotros» fronterizo asediado por un «ellos» que, en esta ocasión, resulta ser un Gobierno socialdemócrata al que la derecha europea odia con especial intensidad desde que se negó a plegarse a la agenda belicista de la OTAN. Decía Bertolt Brecht que quien lucha puede perder, pero quien no lucha ya ha perdido; Meloni ha decidido que prefiere fabricar una batalla ficticia contra Madrid antes que librar la batalla real, la de un modelo económico europeo que expulsa a su propia juventud y que no ofrece ni empleo digno ni acogida humana a quien huye del hambre o la guerra.

Porque no nos equivoquemos: el problema de fondo no es España contra Italia. El problema es una Europa fortaleza que trata a las personas migrantes como mercancía peligrosa mientras deja circular libremente el capital, las empresas y, cuando conviene, a sus propios ciudadanos privilegiados. Los mismos gobiernos que cierran fronteras a los pobres que huyen de Marruecos, del Sahel o de Venezuela abren con total naturalidad sus puertas a los italianos que buscan trabajo en Barcelona o Madrid. La frontera, camaradas, nunca ha sido neutral: es una herramienta de clase, se abre o se cierra según a quién convenga.

Lenin escribió que hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas. Esta ha sido una de esas semanas, y ha dejado clara una cosa: la derecha europea, esté en Roma o en Madrid, en Vox o en Fratelli d’Italia, no defiende las fronteras porque le importen las personas que las cruzan ni las que viven a este lado. Las defiende porque necesita un frente de batalla permanente que oculte su incapacidad para resolver los problemas reales de la clase trabajadora: la vivienda, los salarios, la precariedad, el reparto de la riqueza. Meloni cierra Schengen a España mientras 275.000 italianos viven y trabajan aquí, mientras su propio país lidera la llegada de migrantes irregulares a la Unión. Esa es la Italia que da lecciones. Esa es la hipocresía que hay que nombrar, alto y claro.

 

André Abeledo Fernández

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