El crimen que multiplicó los maestros

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Aquel crimen, sin embargo, fue también un aldabonazo para el país, que lejos de interrumpir la Campaña movilizó miles y miles de maestros y profesores. Foto: Ismael Batista Ramírez

Juan Antonio Borrego.— Cuando ya estaba echada su suerte dentro de aquel corral de alambre, que parecía indecente hasta para los animales, Conrado Benítez y Eliodoro Rodríguez recibieron en horas de la noche la visita de Reinerio Perdomo, el legendario agente Cabaiguán, de los órganos de la Seguridad del Estado.

Infiltrado en la principal banda de alzados que operaba en todo el Escambray, Reinerio se acercó sigilosamente hasta la celda improvisada en medio de la manigua para ventilar con ellos la posibilidad de intentar una fuga, algo poco probable en aquellas circunstancias, pero acaso la única alternativa que les venía quedando para salvar el pellejo.

Conrado Benítez, mártir de la Revolución Foto: Archivo de Granma

Cabaiguán contaría tiempo después que Conrado estaba tan convencido de su inocencia, que rehusó la propuesta suya aduciendo que, dada su condición de maestro, aquella gente no tenía motivos para hacerle daño alguno.

El alfabetizador había sido sorprendido horas antes en La Sierrita, una zona aledaña a Pitajones, en el municipio de Trinidad, donde impartía clases, luego de la delación de un colaborador que alertó a los bandidos del regreso del muchacho desde Matanzas, donde se encontraba de vacaciones.

Ese día los más de 40 alumnos de la comarca se quedaron a la espera del maestro, que no llegaría nunca más, y también de los juguetes que él les había logrado reunir en su ciudad natal, «una deuda», que más de una vez se le atravesó a Conrado en la garganta lo mismo en su vía crucis hasta Las Tinajitas, en San Ambrosio, que en aquella celda cruel que ahora compartía con el campesino Eliodoro Rodríguez, Erineo, donde los minutos le parecían años.

Osvaldo Ramírez, el jefe de los bandidos que habían secuestrado y conducido a Conrado hasta el campamento, andaba por aquellos días con los humos por el cielo: el agente de la cia Ramón Ruisánchez, el Comandante Augusto, lo había reconocido como jefe máximo de todas las fuerzas que operaban en el Escambray, con el mandado expreso de cortar las alas a cada uno de los planes que pretendía impulsar la joven Revolución.

Dicen que Osvaldo Ramírez en persona le propuso al maestro perdonarle la vida a cambio de su incorporación a la banda, una oferta que Conrado rechazó de plano sin saber que sus captores mataban por afición y que su condición de maestro constituía un pecado capital en aquellos montes, donde la gente debía seguir condenada a la oscuridad.

Un falso tribunal integrado por tres alzados de la misma banda no demoró en reunir las pruebas, que convirtieron en culpables a los dos prisioneros: los antecedentes de combatiente del Ejército Rebelde y simpatizante del proceso revolucionario de Erineo y el carné de maestro voluntario y los cuadernos de clases de Conrado.

Lo que vendría después ha sido contado de mil maneras, pero quizá ninguna versión transmita de manera tan realista el salvajismo vivido en aquellas horas como la confesión que hiciera el bandido Mirio Pérez Venegas: «En el campamento parecía que había una fiesta esa noche. […] primero sacaron a Conrado Benítez, que con una soga al cuello tenía que caminar aprisa para no ser arrastrado, a la vez que todos los allí presentes le dábamos con palos y le pasábamos los cuchillos. Cuando estuvo debajo de la mata escogida para su ejecución, la soga se pasó por un gajo, los ojos del brigadista miraban a su alrededor como preguntando si nosotros éramos personas o animales (…)».

Colgados en medio del monte, Conrado Benítez y Eliodoro Rodríguez, encarnan la imagen del primer gran crimen de la Campaña de Alfabetización, un empeño cultural que, según el Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado, costaría 23 vidas y 37 heridos entre los estudiantes, los maestros voluntarios, los alfabetizadores y los campesinos que la apoyaban.

Aquel crimen, sin embargo, fue también un aldabonazo para el país, que lejos de interrumpir la Campaña movilizó miles y miles de maestros y profesores voluntarios, alfabetizadores populares, brigadistas «Patria o Muerte» y estudiantes, casi niños, de las brigadas Conrado Benítez, algo que nunca calcularon ni los bárbaros de Las Tinajitas ni sus mentores arrogantes, algunos de los cuales todavía siguen destilando odio.

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