¿Por qué la Escuela de Bueno desprecia la historia cultural de otros pueblos?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal». (Karl Marx y Friedrich Engels; El manifiesto comunista, 1848)

«La consigna de la democracia obrera no es la «cultura nacional», sino la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1914)

Antes de continuar, hemos de recordar que el patriotismo mal entendido lleva al nacionalismo, y de este al chovinismo solo hay un paso. ¿Desean un rápido ejemplo ilustrativo?

«El alemán tiene intimidad con el espíritu del universo. Para él está destinado lo más elevado… Él es el escogido por el espíritu del mundo, durante la lucha del tiempo para trabajar en la eterna construcción de la formación humana». (Friedrich Schiller; Grandeza alemana, 1801)

El nacionalismo, en especial el nacido en los albores del romanticismo, veía en el odio y destrucción hacia el vecino, en el desprecio a su idioma y cultura particular, como uno de los impulsos reafirmadores para la propia nación. Aniquilando lo ajeno revitalizo lo mío. En toda una oda al chovinismo, el poeta alemán Arndt, del siglo XIX, proclamaba:

«Ernst Moritz Arndt: Odio a los extranjeros, odio a los franceses, a su arrogancia, a su vanidad, a su ridiculez, a su idioma, a sus costumbres; sí, odio ardiente a todo lo que venga de ellos; eso es lo que debe unir fraternal y firmemente todo lo alemán y la valentía alemana, la libertad alemana, la cultura alemana, el honor y la justicia alemanes, deben flotar sobre todo y adquirir de nuevo la vieja dignidad y gloria con que nuestros padres irradiaron ante la mayoría de los pueblos de la tierra». (Rudolf Rocker; Nacionalismo y cultura, 1962)

Este también podría decirse que es el grito de guerra de la Escuela de Gustavo Bueno contra Gran Bretaña, la «Pérfida Albión», sin olvidar, claro está, la lucha contra el catalanismo, el galleguismo y el vasquismo.

Jesús G. Bueno, el presunto «experto en temática artística» del oficialismo buenista, repite este tipo de visiones mesiánicas sobre la nación española:

«Por un lado, la literatura española, por otro lado, todas las demás. Cuando hablamos de literatura hablamos de España, es imposible hablar de literatura sin hablar de España». (Jesús G. Bueno; Cómo la Universidad anglosajona posmoderna destruye la literatura española e hispanoamericana, 2018)

Claro, según él, los literatos, filósofos, poetas españoles del siglo XVIII como Jovellanos, Feijoo, Cadalso o Moratín tuvieron la misma transcendencia que Voltaire, Diderot o Rousseau. En el siglo XIX, siempre según Jesús G. Maestro, grandes autores como Espronceda, Zorrilla, o Larra tuvieron el mismo eco que Goethe, Hegel, o Fichte. Pero es que la historia de la literatura, que según la RAE es «el arte de la expresión verbal», no es la historia de los autores que a cada uno más le agrada, no es tampoco la historia de quién debería haber destacado más por su progresismo o por su virtuosismo, sino que es la que es. La realidad indica que autores ultrarreaccionarios como Schopenhauer o Nietzsche tuvieron muchísimo más eco que cualquier autor español de ese tiempo. Unamuno y Ortega y Gasset, que eran otros reaccionarios de tomo y lomo, fueron los «filósofos españoles del siglo XX» –de hecho, Bueno no es sino la marca blanca de ambos–. Eso no se puede cambiar, es historia, lo que no quita que el deber de los revolucionarios sea reevaluar y colocar a cada filósofo, político o economista en el escalafón de importancia que le corresponde en la historia de la humanidad, pero desde luego tal ejercicio jamás podrá hacerse dejándose llevar por los sentimentalismos o bajo un prisma nacionalista a riesgo de volver a realizar una selección interesada y artificial de «filósofos transcendentes», como acostumbra hoy y siempre la burguesía nacional y sus prostitutas intelectuales.

«Lo siento, somos los mejores en literatura, nadie tiene un Quijote, no lo podéis tener jamás, en ninguna otra lengua podéis tener un Quijote, es imposible, no tenéis lengua para escribir un Quijote, en el mejor de los casos podéis tener algún traductor inteligente para haceros ver de lejos más o menos lo que es el Quijote, o sabéis español o no podéis catar eso, solo se cata en español, hay cosas que solo se catan en español. Ahora si queréis aprender lenguas inútiles». (Jesús G. Maestro; Utilidad para la literatura y los hispanistas de «España frente a Europa» de Gustavo Bueno, 2019)

Sentimos decirle a Jesús G. Maestro que el español o mejor dicho el castellano, ciertamente es una lengua muy rica pero no es una «creación pura» de Dios a los hombres, dado que deriva del latín, como el italiano, rumano, portugués, francés, y aunque le duela, el catalán o el gallego. Y, como todas las lenguas, el castellano está lleno de prestamismos, en este caso, de otras lenguas vernáculas y de lenguas no latinas como el vasco. Esto no es por casualidad, sino que responde a la influencia y prestigio que otros reinos políticos tuvieron sobre los territorios donde se hablaba castellano, en otros casos los prestamismos del francés o del inglés fueron fruto de la sumisión de la propia España hacia el mandato y moda exterior. Por eso, por ejemplo, el léxico castellano que empezó teniendo una herencia árabe enorme finalmente ha acabado teniendo más palabras herencia de otras zonas vecinas o distantes. ¡Eso es lo que implica la evolución lingüística! Pero una vez más, esta gente presenta que lo castellano, lo español, en este caso su idioma, tiene algo mágico, algo místico, algo providencial, que dota a la lengua castellana de un poder sobrenatural para crear obras literarias que jamás podrán ser emuladas por ningún otro pueblo ni mucho menos en ningún otro idioma. ¿Quién ve aquí chovinismo? ¡Tonterías! ¡Es patriotismo sano!

Se ve que por fortuna algunos hemos nacido tocados con la «gracia de Dios» y conocemos el castellano como nuestra lengua materna. Gracias a este favor celestial podemos «catar» lo que es –sin discusión– para el señor Maestro la mejor obra de la literatura universal –¡y señores, dudar de esto sería una blasfemia que enojaría a Dios, que por supuesto, también es español!–. En vez de ser asturiano parece madrileño o bonaerense, ¡que chulería!

Volviendo al mundo terrenal y real, si por ejemplo los ingleses no pueden «catar» la esencia de la obra «Don Quijote de la Mancha», lo cierto es que el español medio tampoco podría comprenderlo en su totalidad. «¿¡Qué!?». Sí señores, nadie entenderá bien la obra original al menos que se trate de una versión actualizada que deseche el castellano antiguo, y siempre que uno tenga alguna noción básica de historia de la Edad Moderna para entender el contexto en que se desarrolla dicha obra.

El problema fundamental de las torticeras evaluaciones culturales que realiza Jesús G. Maestro reside en que eleva por los aires lo que conoce más, exactamente como un vulgar cazurro provinciano. ¿Alguien se cree realmente que este hombre habrá hecho una comparación medianamente objetiva de toda la literatura, música y teatro mundial, o se creyó lo que un buen día un ebrio Gustavo Bueno le espetó cuando él era aún un mozo imberbe? Por lo que parece más bien fue lo segundo y lo acabó convirtiendo en dogma: «De ahora en delante mi propósito en la vida será predicar que como lo español no hay nada». Quizás dentro de un tiempo se destape que Jesús G. Maestro es el autor que acuñó famoso eslogan deportivo: «Soy español, ¿a qué quieres que te gane?». Incluso aquí observamos que el elocuente eslogan solo podía tener sentido en aquel entonces, dado que la Selección de Fútbol recién conseguía su primera Copa Mundial de Fútbol en 2010 tras participar varias veces desde 1930. Esto indica que un país «sea el mejor» en deporte, literatura, danza o esgrima no es eterno sino algo condicionado y temporal. En muchas ocasiones para algunos países incluso se vuelve una gloria efímera si se compara con la larga historia existente en ese campo, de ahí lo absurdo que sea pretender que tú nación es «la mejor» en todo lo habido y por haber.

Una cosa sí debemos reconocer de Jesús G. Maestro: él es el vivo reflejo, quijotesco, de un caballero andante enloquecido, solo que la pérdida de la cordura le asaltó no de leer libros de caballería sino libros nacionalistas.

«El español es a la vida humana lo mismo que la música al arte: una exigencia de inteligencia. Lo primero que exige una lengua a un hablante es un mínimo de inteligencia y un máximo de conocimientos». (Jesús G. Maestro; Entrevista, «El objetivo de Crítica de la razón literaria es construir una teoría de la literatura sistemática y global», 2021)

Don Jesús tiene especial inquina por Shakespeare, al cual ve como un intento político del «imperio depredador anglosajón» para crear y propagar su marca de forma universal, restando notoriedad al «imperio generador hispano»:

«Shakespeare es un producto del imperialismo depredador inglés, que se impone, casi mitológicamente, a lo largo de la Edad Contemporánea, como si se tratara de un genio comparable al mayor de todos: Cervantes». (Juan Manuel Granja; Entrevista a Jesús G. Maestro, 2018)

Como se observa, cuando el nacionalismo manosea todo, incluso la literatura, llega a conclusiones improcedentes en su totalidad. ¿Qué opinaba un hombre culto como Marx de gente como Cervantes o de su homólogo Shakespeare?:

«Situaba a Cervantes y a Balzac por encima de todos los novelistas. Veía en Don Quijote la épica de la caballería en desaparición, cuyas virtudes eran ridiculizadas y escarnecidas en el mundo burgués en ascenso. Admiraba tanto a Balzac que quería escribir una crítica de su gran obra, La comedia humana, tan pronto como hubiera terminado su libro de economía. Consideraba a Balzac no sólo como el historiador de su tiempo, sino como el creador profético de personajes que todavía estaban en embrión en los días de Luis Felipe y no se desarrollaron plenamente sino después de su muerte, con Napoleón III. (…) Conocía de memoria a Heine y a Goethe y los citaba con frecuencia en sus conversaciones; era lector asiduo de los poetas en todas las lenguas europeas. Leía todos los años a Esquilo en el original griego. Lo consideraba, junto con Shakespeare, como los más grandes genios dramáticos que hubiera producido la humanidad. Su respeto por Shakespeare era ilimitado: hizo un estudio detallado de sus obras y conocía hasta el menos importante de sus personajes. Toda su familia rendía un verdadero culto al gran dramaturgo inglés; sus tres hijas sabían muchas de sus obras de memoria. Cuando, después de 1848, quiso perfeccionar su conocimiento del inglés, que ya leía, buscó y clasificó todas las expresiones originales de Shakespeare». (Paul Lafargue; Recuerdos de Marx, 1891)

¿Esto hace a Marx un ser ignorante por su devoción por Shakespeare o el ignorante aquí es nuestro amigo el nacionalista, don Jesús? Juzguen ustedes.

Sea como sea, nuestro crítico literario y filosófico buenista no se rinde, e incluso afirma:

«La filosofía que parece que los alemanes se han apropiado de ella en la Edad Contemporánea, como si el origen no fuese griego, por una parte, y su desarrollo fundamental no fuese latino y escolástico, por otro, hasta el renacimiento español con Francisco de Vitoria y Francisco de Suárez. Pero ahora da la impresión que la música es de Bach, y la filosofía es del protestantismo alemán, como si la mejor música del renacimiento no hubiera sido la española, o como si la mejor literatura no hubiera sido y siguiera siendo la española. (…) Se han querido apropiar de la filosofía como si no hubiera como si no existiera un Gustavo Bueno, como si no existiera un Francisco Suárez». (Jesús G. Maestro; Utilidad para la literatura y los hispanistas de «España frente a Europa» de Gustavo Bueno, 2019)

¿Se han enterado señores? La filosofía nace con Grecia y llega a su culmen con la escolástica española de los tomistas (sic). Parece ser que Gustavo Bueno también estaría por delante de Karl Marx o Friedrich Engels. Por si fuera poco, la mejor música, filosofía, y literatura, eran y son las españolas, en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia. ¿Bajo qué parámetros? No lo sabemos, ¿acaso por su popularidad para su época, su transcendencia con el devenir del tiempo, su técnica, su armonía, su virtuosismo? En cualquiera de estos baremos sería absolutamente imposible que una civilización haga acopio de todos los campos culturales y supere al resto, mucho menos un país como España, que lleva siendo potencia regional de segundo y hasta tercer orden desde el siglo XVII, lo que le resta capacidad para impulsar un hondo desarrollo cultural. Solo daremos una prueba de que el lugar de este hombre es un manicomio, a poder ser español, claro. Ahora en serio, queridos lectores, a continuación os brindaremos una prueba muy concreta sobre la historia de la música a través de uno de los mejores compositores de finales del XIX y principios del XX, que no era precisamente muy de izquierdas, de esta forma observaremos si la música española ha sido y es autónoma o no en todas sus etapas:

«Acabo de leer un artículo del Padre Herrera referente entre otras cosas a la intervención de Vd. en la semana de la Federación de la Enseñanza, y en la cual, con gran asombro mío, se le hace decir a Vd. que «hay que desterrar, en música, las filtraciones pacotillescas de Francia». No puedo convencerme de que Vd. haya dicho esto. Puesto que nadie mejor que Vd. sabe que el renacimiento musical español se debe exclusivamente a Francia, donde, desde Albéniz hasta Ernesto Halffter [añadido autógrafo] y Joaquín Rodrigo, pasando por Granados y Turina y por cuantos hemos hecho algo en ese sentido, encontramos enseñanza, ayuda, estímulo incalculable y medios de ejecución y edición, que, desgraciadamente, pretendimos inútilmente en nuestra patria, siendo también allí donde nos insistieron en consagrar toda nuestra labor al renacimiento de un arte puramente español». (Manuel de Falla; Carta a Nemesio Otaño, 8 de febrero de 1938)

Siguiendo con su exposición demencial, el señor Maestro decreta que hay «pueblos sin literatura» ¡y que además el término «cultura» es una ficción!:

«La cultura es un término inventado por aquellos pueblos que no tienen literatura, es una idea, es una mitología, diría Gustavo Bueno». (Jesús G. Maestro; Utilidad para la literatura y los hispanistas de España frente a Europa de Gustavo Bueno, 2019)

Clamar que el término cultura es una invención de pueblos sin literatura es simplemente grotesco, porque es un término utilizado para englobar una serie de campos que existen objetivamente: lenguas, danzas, costumbres, y entre ellos también la propia literatura, nada más. En cuanto a la producción de literatura, sea narrativa, lírica o dramática, es siempre una consecuencia lógica del desarrollo de las fuerzas productivas en una época determinada, decir que un pueblo no tiene literatura, es igual de estúpido que decir que X pueblo no tiene historia, como por cierto también acostumbran afirmar.

Este señor es que no ha entendido que, para alguien apegado a la ciencia, para cualquier persona mínimamente progresista, esta forma de pensar es despreciable y simplemente estúpida, es la voz del pensamiento chovinista más reaccionario, acomplejado y corto de miras. Y así lo reconocían los mejores patriotas de varios siglos atrás:

«Si nuestra antigua literatura fue en nuestro Siglo de Oro más brillante que sólida, si murió después a manos de la intolerancia religiosa y de la tiranía política, si no pudo renacer sino en andadores franceses, y si se vio atajado por las desgracias de la patria ese mismo impulso extraño, esperemos que dentro de poco podamos echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la sociedad nueva que componemos. (…) He aquí la divisa de la época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: «¿Nos enseñas algo? ¿Nos eres la expresión del progreso humano? ¿Nos eres útil? Pues eres bueno». No reconocemos magisterio literario en ningún país; menos en ningún hombre, menos en ninguna época, porque el gusto es relativo; no reconocemos una escuela exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala. Ni se crea que asignamos al que quiera seguirnos una tarea más fácil, no. Le instamos al estudio, al conocimiento del hombre; no le bastará como al clásico abrir a Horacio y a Boileau y despreciar a Lope o a Shakespeare; no le será suficiente, como al romántico, colocarse en las banderas de Víctor Hugo y encerrar las reglas con Molière y con Moratín; no, porque en nuestra librería campeará el Ariosto al lado de Virgilio, Racine al lado de Calderón, Molière al lado de Lope; a la par, en una palabra, Shakespeare, Schiller, Goethe, Byron, Víctor Hugo y Corneille, Voltaire, Chateaubriand y Lamartine. (…) Rehusamos, pues, lo que se llama en el día literatura entre nosotros; no queremos esa literatura reducida a las galas del decir, al son de la rima, a entonar sonetos y odas a las circunstancias, que concede todo a la expresión y nada a la idea, sino una literatura hija de la experiencia y de la historia, y faro por tanto del porvenir, estudiosa, analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, diciéndolo todo en prosa, en verso, al alcance de la multitud ignorante aún, apostólica y de propaganda, enseñando verdades a aquellos a quienes interesa saberlas, mostrando al hombre, no como debe ser, sino como es, para conocerle; literatura en fin, expresión toda de la ciencia de la época, del progreso intelectual del siglo». (Mariano José de Larra; Literatura. Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe, 18 de enero de 1836)

Todos estos malabares de historia y cultura que los payasos del gran circo de la Escuela de Gustavo Bueno nos brindan día tras día, no sólo son para nosotros un saco de boxeo para poner en práctica el razonamiento dialéctico y la crítica materialista, es a su vez también un espectáculo, una comedia, que nos sirve para echarnos unas risas en lo que se desmontamos sus charlatanerías, que por otro parte no tienen mucho misterio a la hora de ser desembrolladas.

La prueba definitiva de que estos autores no están apegados al análisis de la realidad actual sino al nostálgico suspiro de un pasado imperial, es que ningún representante de esta escuela filosófica, ni siquiera el propio Jesús G. Maestro, ha podido dar una explicación sociológica racional a movimientos culturales como el rock, el rap, el pop, el reggaeton o el trap en la España de las últimas décadas, ni le ha dedicado una crítica política seria. Lo más parecido que tenemos es la charlatanería del «crítico musical» exbuenista Ernesto Castro referida al movimiento del trap. En sus análisis realizó un bochornoso blanqueamiento y devoción hacia el trap y sus figuras, pero nadie en sus cabales tomará muy en serio a alguien que dice cosas como: «A mí como filósofo me gusta mucho este estado de posverdad y de confusión en el que la gente no sabe que es verdadero y falso»; o «yo no escribo para que me entiendan sino también escribo para lanzar ciertos mensajes encriptados en una botella que ya llegarán a quien tenga que llegar». Juramos al lector que en otra ocasión nos entretendremos con la crítica musical-política hacia este «hijo bastardo» del buenismo.

Pero, entonces, ¿por qué la Escuela de Gustavo Bueno ha ignorado tales movimientos sociales y artísticos que han hegemonizado a buena parte de la población en las últimas décadas? Simple y llanamente porque no tienen los conocimientos ni el interés para abordarlos. Si las líricas de estos grupos hablasen los viajes de Francisco Orellana, la «brillantez católica» de Francisco Suárez, el «Milagro de Empel» o directamente reverenciasen a su «gran maestro» Gustavo Bueno, seguramente habrían captado su atención y hubieran sido calificados como «géneros musicales revolucionarios» que «han sabido captar la esencia española», más toda una serie de epítetos ridículos que ya aquí todos conocemos de memoria». (Equipo de Bitácora (M-L); El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno, 2021)

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