Mismas patrañas, mismos efectos

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El Lince.— Se va a cumplir un año de algo desconocido, pero muy relevante. No suelo hacer mucho caso de lo que dicen instancias oficiales, como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pero en unos momentos en los que oímos las mismas patrañas, repetidas hasta la saciedad en los medios de propaganda occidentales, hay que salir al paso.

Las patrañas de ahora son dobles:

a) La “invasión” rusa de Ucrania. Que tamaña estupidez se repita hasta en los medios pretendidamente “alternativos” indica que el nivel de inteligencia es ya nulo.

b) El “boicot diplomático” de algunos países occidentales a los Juegos Olímpicos de Invierno en China por “los derechos humanos y el genocidio en Xinjiang”. Lo mismo.

Nadie en Occidente se ha tomado la molestia de explicar por qué Rusia tendría que invadir Ucrania, al igual que nadie en Occidente se ha tomado la molestia en explicar que en Ucrania hay un sistema nazi que se niega a cumplir los Acuerdos de Minks de 2015. Ese mismo Occidente que dijo que tomaría “medidas enérgicas” si no se investigaba y sancionaba la matanza de Odessa (2014) cometida por los nazis contra la Casa de los Sindicatos de esta ciudad y que siete años depués sigue igual. Las “medidas enérgicas” se reservan para Rusia, como dicen los bravucones neocolonialistas de EEUU y sus perritos falderos, entre los que se cuenta la encantadora nueva ministra de Asuntos Exteriores alemana, tan ecologista ella. Pero no voy a hablar de eso.

Voy a hablar de la sentencia que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos publicó el 17 de diciembre de 2020 en la que desestimaba la causa abierta en la Audiencia Nacional española contra China por “el genocidio en Tíbet”. En su momento pasó desapercibido y lo poco que se dijo fue achacando el fallo a las presiones de China, como no podía ser de otra manera.

Los nostálgicos del Antiguo Régimen Tibetano seguían las recomendaciones de la Comisión Internacional de Juristas que, en 1960, condenó a China por “las atrocidades cometidas en Tíbet”. Pero cometieron un error: “olvidaron” que en 1994 se conoció que la CIJ había sido financiada secretamente por la CIA como un instrumento “importante” de la Guerra Fría para desacreditar a “la China comunista”. Muchos de quienes integraron en esa década la citada CIJ se justificaron como siempre: no sabía esa financiación, nunca estuvimos contaminados, etc. Pero sus sucesores siguieron insistiendo en lo mismo que entonces, entre otras cosas, en “el genocidio” de más de un millón de tibetanos.

Lo cierto es que en octubre de 1950 las tropas chinas entran en Tíbet sin apenas resistencia. No la hubo porque las élites tibetanas solo tenían como gran interés preservar su patrimonio y el orden religioso tradicional y para la gente corriente mientras no se tocaran sus costumbres, la cosa era una cuestión insignificante. Les daba igual. Sobre todo, cuando vieron que esas tropas construían carreteras, escuelas y hospitales. Además, las élites estaban divididas por una cuestión religiosa, sobre quién debía ser la máxima autoridad budista, y eso lo utilizó China a su favor. Así, un sector muy importante negoció y el otro buscó la ayuda occidental.

Las cosas empezaron a torcerse en 1956 por una cuestión ajena a Tíbet: la reforma agraria en Sichuan, una provincia contigua. Los monjes vieron el principio del fin de su dominio porque Sichuan era la entrada de Tíbet, e iniciaron la revuelta. Como en Afganistán, pronto llegó la CIA y comenzó a organizar una resistencia armada contra los chinos. El resto es conocido. Como el hecho de la financiación de la CIA al Dalai Lama con 15.000 dólares mensuales de entonces. O sea, un fortunón porque hoy serían unos 85.000 dólares mensuales. Sumad a eso el millón y medio que destinaba al “gobierno tibetano en el exilio”.

Sobre la cuestión del “genocidio” se ha escrito, y se escribe, mucho y todo inexacto por lo decir mentira deliberada. Las cifras que se dan, como no podía ser de otra manera, son las de ese “gobierno tibetano en el exilio” y habla de 1’2 millones de tibetanos muertos desde 1950, pero hay reconocidas fuentes de investigación, estadounidenses y británicas, que dicen que eso es falso porque el “gobierno tibetano en el exilio fabrica las cifras y manipula esas cifras sistemáticamente”.

En esto es en lo que se basó el TEDH para justificar su fallo.

La historia viene a cuento porque ahora estamos oyendo, casi miméticamente, las mismas patrañas sobre Xinjiang. Y, como con la CIJ de 1960, en otro contexto de la Guerra Fría. Si no fuese patético, diría que es un “copia y pega” de lo de entonces, cambiando Tíbet por Xinjiang.

Pero hay una diferencia esencial: ahora hay un mayor profesionalismo, se cuidan más las formas y se ocultan mejor las cloacas. Lo que está en juego es también diferente: Tíbet no es nada, solo una inmensa meseta encerrada en montañas muy altas mientras que Xinjiang es el punto de partida obligatorio para la Nueva Ruta de la Seda, tanto por ferrocarril como por carretera. Con inmensas reservas de petróleo y gas descubiertas recientemente y que reducirían de forma significativa la dependencia china de estos productos.

Suelo utilizar refranes y proverbios castellanos, pero en esta ocasión recurro a Mark Twain para que en EEUU se entienda algo mejor toda la histeria de sus medios de propaganda, y que repiten como loros los demás (y un loro repite palabras, pero no sabe lo que dice): “una mentira puede dar la vuelta al mundo mientras la verdad se calza los zapatos”.

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