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La historia, maestra implacable, nos ofrece espejos donde se reflejan las glorias y miserias de los imperios. Recordamos los fastuosos triunfos romanos, donde generales victoriosos desfilaban por la Vía Sacra, exhibiendo el botín de guerra y, lo que es más crucial, a los monarcas y líderes derrotados, encadenados y humillados ante la plebe romana. Era la máxima expresión del poder imperial: la exposición pública de la rendición del vencido, un rito que consagraba la hegemonía y disuadía futuras resistencias.