La cortina de humo occidental

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Occidente parece poner nuevamente a prueba la práctica de desviar la atención, tras acusaciones claras contra Estados Unidos, esta vez, en el caso del sabotaje de los gasoductos rusos Nord Stream I y II.

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Antonio Rondón García.— Ya lo dijo el premio Pulitzer Seymour Hersh en su momento: el presidente estadounidense, John Biden, negoció por mucho tiempo la voladura de los referidos ductos, sobre todo, con el fin de evitar un «arrepentimiento» de Alemania para participar en la cruzada antirrusa.

 

Un elemento a tener en cuenta en este caso es que, con independencia de los demorados resultados de las investigaciones iniciadas por Dinamarca, Alemania y Suecia sobre las detonaciones en los gasoductos, es evidente que se trata de un acto terrorista.

La reciente avalancha de artículos con versiones sobre la organización de un sabotaje por parte de un supuesto grupo pro-ucraniano intentaría en primer lugar desechar la acusación hecha en su momento por Moscú de que se trata de un acto de terrorismo de Estado.

Tanto el diario estadounidense The New York Times como el rotativo alemán Die Zeit, presentan un escenario en el que, incluso cuando se trata de posibles ciudadanos ucranianos, ello no tendría vínculo alguno con el gobierno del presidente Vladimir Zelensky.

El pasado 8 de febrero, es decir, hace un mes atrás, la Casa Blanca quedó «desenfocada» en sus respuestas, tras publicarse ese día un artículo del periodista norteamericano Seymour Hersh, premio Pulitzer de 1970, sobre la implicación de Estados Unidos en el atentado.

Hersh se remitió a fuentes de inteligencia, según las cuales hombres ranas de fuerzas especiales norteamericanas emplearon como tapadero las maniobras de la Organización del Tratado del Atlántico Norte Baltpos 2022, para colocar en el verano pasado los explosivos.

Los buzos implicados en la preparación del atentado dinamitero se trasladaron desde la ciudad portuaria alemana de Rostock a un punto en alta mar para preparar la acción violenta, que, afirmó el laureado periodista, debió esperar varios meses por una decisión de Biden.

Hersh explicó en su momento que el jefe de la Casa Blanca negoció por un tiempo con la comunidad de inteligencia estadounidense para llevar a cabo el sabotaje, en un intento por evitar que Alemania pudiera arrepentirse y restablecer la importación de gas ruso.

Desde un primer momento, similar a como ocurrió cuando se publicaron materiales del espionaje de la inteligencia estadounidense a sus propios socios occidentales, lo más importante para la prensa fue cuestionar la figura del periodista.

Incluso, algunos medios de difusión prefirieron evitar alusiones al texto del artículo del ganador del Pulitzer, para solo dedicarse a poner en duda su reputación o el valor de las fuentes utilizadas.

Sin embargo, ahora se pretende dejar sin duda alguna la credibilidad de los artículos del New York Times y Die Zeit, a lo que se agrega The Times, para hablar de la culpabilidad de un grupo pro-ucraniano, que por motivación privada quiso realizar el atentado.

De acuerdo con especialistas del diario digital Vzgliad, sería difícil imaginar cómo un grupo de cinco buzos amateur pueden trasladar unos 800 kilogramos de explosivos a 90 metros de profundidad para una vez allí detectar la ubicación de las tuberías de los gasoductos.

El asunto está en que en esas obras se emplea una especie de enmascaramiento de las tuberías con material de concreto, difícil de detectar a simple vista, sin una tecnología adecuada, comenta el experto militar Mijail Onufrienko, citado por Vzgliad.

Llama la atención que en Estados Unidos se le da respaldo absoluto para su difusión en el campo informativo a una versión, carente de pruebas concretas, cuando Washington se niega rotundamente a permitir una pesquisa independiente sobre los atentados a los gasoductos.

De acuerdo con el diplomático ruso Andrei Ledenev, la publicación del The New York Times de inmediato tuvo luz verde en Estados Unidos para callar la repercusión del material publicado por Hersh.

Analistas recuerdan que en su momento el propio Biden insinuó que su país hallaría las vías para impedir por cualquier medio el funcionamiento del Nord Stream II, cuyo estreno nunca se produjo para llevar gas directamente a Alemania desde concentradoras de Rusia.

Especialistas estiman que Occidente apenas comienza su recorrido por otras publicaciones que completarán, como en ocasiones anteriores, la cortina de humo que se tiende para borrar cualquier posible implicación de la Casa Blanca en una acción de terrorismo de Estado.

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