Karl Marx sobre las consecuencias inmediatas de la industria mecanizada para el obrero

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«La gran industria tiene su punto de arranque, como hemos visto, en la revolución operada en los instrumentos de trabajo, y, a su vez, los instrumentos de trabajo transformados cobran su configuración más acabada en el sistema articulado de máquinas de la fábrica. Antes de ver cómo se le incorpora material humano a este organismo objetivo, hemos de examinar algunas de las repercusiones generales de esa revolución sobre el propio obrero.

a) Apropiación por el capital de las fuerzas de trabajo excedentes. El trabajo de la mujer y del niño

La maquinaria, al hacer inútil la fuerza del músculo, permite emplear obreros sin fuerza muscular o sin un desarrollo físico completo, que posean, en cambio, una gran flexibilidad en sus miembros. El trabajo de la mujer y del niño fue, por tanto, el primer grito de la aplicación capitalista de la maquinaria. Este poderoso sustituto de trabajo y de obreros se transformó inmediatamente en un medio para aumentar el número de asalariados, colocando a todos los individuos de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edad, bajo el dominio inmediato del capital. Los trabajos forzados al servicio del capitalista vinieron a invadir y usurpar, no sólo el lugar reservado a los juegos infantiles, sino también el puesto del trabajo libre dentro de la esfera doméstica y, a romper con las barreras morales, invadiendo la órbita reservada incluso al mismo hogar. [1]

El valor de la fuerza de trabajo no se determinaba ya por el tiempo de trabajo necesario para el sustento del obrero adulto individual, sino por el tiempo de trabajo indispensable para el sostenimiento de la familia obrera. La maquinaria, al lanzar al mercado de trabajo a todos los individuos de la familia obrera, distribuye entre toda su familia el valor de la fuerza de trabajo de su jefe. Lo que hace, por tanto, es depreciar la fuerza de trabajo del individuo. La compra de la familia fraccionada, por ejemplo, en 4 fuerzas de trabajo, tal vez cueste más de lo que costaba antes comprar la fuerza de trabajo del cabeza de familia, pero en cambio se obtienen 4 jornadas de trabajo en vez de una, y su precio disminuye en proporción al excedente de plustrabajo de los cuatro sobre el plustrabajo de uno. Los cuatro tienen que suministrar no solo trabajo, sino también plustrabajo para el capital, a fin de que la familia viva. Como se ve, la maquinaria amplia desde el primer momento, no sólo el material humano de explotación, la verdadera cantera del capital, sino también su grado de explotación.

«El número de obreros ha crecido considerablemente, con la sustitución cada vez más intensa del trabajo masculino por el trabajo de la mujer, y, sobre todo, con la sustitución del trabajo de los adultos por el trabajo infantil. Tres muchachas de 13 años, con salarios de 6 a 8 chelines a la semana, desplazan a un hombre de edad madura, con un jornal de 18 a 45 chelines». (Th. de Quincey; La lógica de la política económica, 1844)

Como en la familia hay ciertas funciones, por ejemplo, la de atender y amamantar los niños, que no pueden suprimirse radicalmente, las madres, confiscadas por el capital, se ven obligadas en mayor o menor medida a alquilar obreras que las sustituyan. Los trabajos impuestos por el consumo familiar, tales como coser, remendar, etc., se suplen forzosamente comprando mercancías confeccionadas. Al disminuir la inversión de trabajo doméstico, aumenta, como es lógico, la inversión de dinero. Por tanto, los gastos de producción de la familia obrera crecen y contrapesan los ingresos obtenidos del trabajo. A esto se añade el hecho de que a la familia obrera le es imposible atenerse a normas de economía y conveniencia en el consumo y preparación de sus víveres.

Las máquinas revolucionan también radicalmente la base formal sobre la que descansa el régimen capitalista: el contrato entre el patrono y el obrero. Sobre el plano del cambio de mercancías era condición primordial que el capitalista y el obrero se enfrentasen como personas libres, como poseedores independientes de mercancías: el uno como poseedor de dinero y de medios de producción, el otro como poseedor de fuerza de trabajo. Ahora, el capital compra seres carentes en todo o en parte de personalidad. Antes, el obrero vendía su propia fuerza de trabajo, disponiendo de ella como individuo formalmente libre. Ahora, vende a su mujer y a su hijo. Se convierte en esclavista.

Contrastando con el gran hecho de que la restricción del trabajo de la mujer y del niño en las fábricas inglesas hubo de serle arrancada al capital por los obreros varones adultos, nos encontramos en los informes más recientes de la Comisión del Empleo Infantil con rasgos verdaderamente indignantes y resueltamente esclavistas de padres de obreros, en lo que al tráfico de niños se refiere. Y el fariseo capitalista, como se infiere de los mismos informes, no tiene inconveniente en denunciar estas bestialidades, creadas, explotadas y eternizadas por él, y glorificadas además en otros casos con el nombre de «libertad de trabajo».

«Se echó mano del trabajo infantil… llegándose incluso a poner a los niños a trabajar por su diario sustento. Sin fuerzas para soportar una fatiga tan desmedida y sin nadie que les adoctrinase acerca de cómo habían de seguir viviendo en lo futuro, se veían empujados a un ambiente física y moralmente apestado. El historiador judío observa por boca de Tito, hablando de la destrucción de Jerusalén, que no era extraño que la ciudad se hubiese destruido con tanta violencia, cuando una madre inhumana sacrificaba a su propia criatura para acallar los espolazos de un hambre desaforada». (Carlise; Economía pública concentrada, 1833)

En efecto, la demanda de trabajo infantil se asemeja, incluso en la forma, a la demanda de esclavos negros y a los anuncios que solían publicar los periódicos norteamericanos. Dice, por ejemplo, un inspector fabril inglés:

«Me llamó la atención un anuncio publicado en el periódico local de las ciudades manufactureras más importantes de mi distrito, que decía literalmente así: Se necesitan de 12 a 20 muchachos no demasiado jóvenes, que puedan pasar por chicos de 13 años. Jornal, 4 chelines a la semana». (A. Redgrave; Informe de la inspección de fábrica, 1858)

La frase «que puedan pasar por chicos de 13 años» se refiere a una norma de la ley fabril por la que se prohibía que los muchachos menores de 13 años trabajasen más de 6 horas. Un médico, oficialmente cualificado, debía certificar su edad. Por eso, el fabricante solicita muchachos que aparenten tener trece años cumplidos. Según confesión de los propios inspectores de fábricas, el descenso, a veces verdaderamente repentino, que en las estadísticas inglesas de los últimos 20 años sorprende en cuanto a las cifras de los muchachos menores de 13 años empleados en las fábricas, era en gran parte obra de los médicos encargados de certificar, los cuales registraban la edad de los niños plegándose a la codicia de explotación de los capitalistas y a las necesidades de los padres. En el célebre distrito londinense de Berthrial Green, se celebraba todos los lunes y martes, por las mañanas, un mercado público, en el que niños de ambos sexos, de 9 años para arriba, se ofrecían en alquiler a las manufacturas sederas de Londres. Según los informes de la Comisión del Empleo Infantil de 1866: «Las condiciones normales son: 1 chelín y 8 peniques a la semana −para los padres− y 2 peniques y té para mí [el niño]». Los contratos sólo rigen por semanas. Las escenas que se presencian y el lenguaje que se escucha en este mercado son algo verdaderamente indignante.

(…)

 

b) Prolongación de la jornada de trabajo

Si la maquinaria es el medio más poderoso que existe para aumentar la productividad del trabajo, es decir, para acortar el tiempo de trabajo necesario en la producción de una mercancía, en cuanto portadora del capital, comienza siendo, en las industrias de las que se adueña directamente, el instrumento más formidable para prolongar la jornada de trabajo, haciéndola rebasar todos los límites naturales. Por un lado, crea nuevas condiciones, que permiten al capital dar rienda suelta a esta tendencia constante suya, y por otro, crea nuevas razones para estimular su avidez de trabajo ajeno.

En primer lugar, en la maquinaria se independizan el movimiento y la actividad del instrumento de trabajo frente al obrero. Aquel se convierte, de suyo, en un «perpetuum mobile», que produciría y seguiría produciendo ininterrumpidamente si no tropezase con ciertas barreras naturales en sus auxiliares humanos: su debilidad física y su obstinada voluntad. Como capital, y en cuanto tal, la máquina automática encuentra en el capitalista conciencia y voluntad. Las máquinas nacen, pues, dotadas de la tendencia a reducir a la mínima resistencia las barreras naturales reacias, pero elásticas, que les opone el hombre.

«Desde la introducción y generalización de máquinas costosas, se ha forzado la naturaleza humana para que rinda mucho más de lo que permite su fuerza media». (Robert Owen; Observaciones sobre los efectos del sistema de las manufacturas, 1817) 

Esta resistencia tiende, además, a ceder ante la aparente facilidad del trabajo para la máquina y ante la intervención del elemento femenino e infantil, más adaptable y flexible. Los ingleses, que gustan de considerar la primera forma empírica de manifestarse las cosas como el fundamento de éstas, suelen ver en la cruzada, verdaderamente heródica, de robo de niños que en los comienzos del sistema fabril despliega el capital sobre los asilos y orfanatos y gracias a la cual se adueña de un material humano totalmente privado de voluntad propia, el fundamento de las largas jornadas de trabajo reinantes en las fábricas. Oigamos, por ejemplo, a Fielden, que, además de autor, es fabricante inglés:

«Es evidente que las largas jornadas de trabajo tienen su causa en el hecho de haber reunido en las fábricas un gran contingente de niños abandonados, procedentes de las diversas regiones del país, hecho al que se debe que los patronos no dependan de los obreros y que les permite, después de convertir en costumbre las largas jornadas de trabajo, imponer más fácilmente esta costumbre a sus vecinos, con ayuda del mísero material humano reunido de esta forma». (J. Fielden, La maldición del Sistema fabril, 1836)

Con referencia al trabajo de la mujer, dice el inspector de fábricas Saunders, en su informe fabril de 1844:

«Entre las obreras, las hay que trabajan durante muchas semanas seguidas, con contados días de interrupción, desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche, con menos de 2 horas para las comidas y sin que durante 5 días a la semana les queden libres para ir y volver a casa y dormir, más que 6 horas de las 24 que trae el día». (Saunders; Informe de la inspección de fábrica, 1844)

Como sabemos, la productividad de la maquinaria está en razón inversa a la magnitud de la parte de valor que transfiere al producto. Cuanto mayor sea el período durante el que funciona, tanto mayor será también la masa de productos entre los que se distribuya el valor por ella incorporado, y menor la parte que añada a cada mercancía. Ahora bien; es evidente que el período activo de vida de la maquinaria depende de la magnitud de la jornada de trabajo o duración del proceso diario de trabajo, multiplicada por el número de días durante los cuales se repite este proceso. El desgaste de la maquinaria no corresponde con exactitud matemática, ni mucho menos, al tiempo durante el cual se la tiene funcionando. Y, aun supuesto esto, una máquina que funcionase durante 7 años y medio, por espacio de 16 horas al día, abarcaría un período de producción igualmente grande y no añadiría al producto total más valor que si trabajase durante 15 años a razón de 8 horas diarias solamente. No obstante, en el primer caso, el valor de la máquina se reproduciría con el doble de rapidez que en el segundo supuesto, y el primer capitalista se embolsaría en 7 años y medio la misma cantidad de plusvalía que el segundo en 15.

El desgaste material de toda máquina es doble. Uno proviene del uso, como en el caso de las monedas, que se desgastan al circular de mano en mano; otro procede de su inacción, como la espada inactiva que se oxida en la vaina. Este segundo desgaste responde a la acción corrosiva de los elementos. El primero está más o menos en razón directa con el uso de las máquinas; el segundo, hasta cierto punto, opera en razón inversa.

«La razón… del daño sufrido a las partes delicadas y móviles del mecanismo metálico puede residir en su inactividad». (Ure; Filosofía de las Manufacturas, 1835)

Pero, además del desgaste material, la máquina también está sujeta a un desgaste «moral», por así decirlo. Pierde valor de cambio en la medida en que pueden reproducirse máquinas del mismo tipo a un precio más barato o construirse otras mejores que les hagan la competencia. [3]

Tanto en uno como en otro caso, el valor de una máquina, por nueva y fuerte que sea todavía, no se determina ya por el tiempo de trabajo efectivamente materializado en ella, sino por el tiempo de trabajo necesario para reproducirla o para reproducir otra máquina mejor. Es decir, que la máquina queda más o menos depreciada. Cuanto más corto sea el período durante el cual se reproduzca su valor total, menor será el riesgo de este «desgaste moral», y cuanto más larga sea la jornada de trabajo, más corto será aquel período. Al implantarse la maquinaria en una rama cualquiera de producción, se ponen en práctica, uno tras otro, toda una serie de métodos nuevos para conseguir su reproducción en condiciones de mayor baratura, y toda una serie de reformas, que no afectan solamente a piezas o aparatos sueltos, sino a su construcción en bloque.

«En general, se calcula que el construir una sola máquina de un modelo nuevo cuesta cinco veces más que el reconstruir la misma máquina sobre un modelo ya dado». (Babbage; Sobre la Economía de la maquinaria y las manufacturas, 1832)

Por eso, es durante el primer período de su vida cuando este motivo especial de prolongación de la jornada de trabajo actúa de un modo más agudo.

«Desde hace algunos años, se han hecho progresos tan importantes y tan numerosos en la fabricación de tules, que máquinas bien conservadas, con un costo original de 1.200 libras esterlinas, se han vendido a los pocos años por 60… Los perfeccionamientos se sucedían con tal celeridad, que las máquinas se quedaban sin terminar entre las manos del constructor, anticuadas ya por inventos más afortunados». (Babbage; Sobre la Economía de la maquinaria y las manufacturas, 1832)

Así se explica que durante este período turbulento los fabricantes de tules prolongasen el tiempo original de trabajo de 8 horas a 24, doblando los equipos. Bajo condiciones idénticas y con una jornada dada de trabajo, la explotación de un número doble de obreros supone la duplicación de la parte de capital constante invertida en maquinaria y edificios y de la empleada en materias primas, materias auxiliares, etc. Prolongando la jornada de trabajo, se extiende la escala de la producción sin alterar la parte de capital invertida en maquinaria y en edificios.

«Es evidente que con los altibajos del mercado y las alzas y bajas alternativas de la demanda, se repetirán constantemente las ocasiones en que el fabricante podrá aplicar capital circulante suplementario sin invertir capital fijo adicional…, siempre y cuando puedan elaborarse cantidades adicionales de materia prima sin gastos adicionales de edificios y maquinaria». (R. Torrens; Sobre los salarios y sus combinaciones, 1834)

Por tanto, no sólo aumenta la plusvalía, sino que disminuyen los desembolsos necesarios para su explotación. Claro está que esto ocurre sobre poco más o menos siempre que se prolonga la jornada de trabajo, pero aquí tiene una importancia decisiva, pues la parte de capital convertida en instrumentos de trabajo pesa siempre más. En efecto, al desarrollarse la industria, explotada a base de maquinaria, hace que, de un lado, aumente cada vez más el capital invertido en una forma que, de una parte, hace que sea constantemente valorizable, mientras que de otra pierde valor de uso y valor de cambio tan pronto como se interrumpe su contacto con el trabajo vivo. Enseñaba Mr. Ashworth, magnate algodonero inglés, al profesor Nassau W. Senior: 

«Si un campesino deja la pala, quedará improductivo durante este período un capital de 18 peniques. En cambio, si uno de nuestros hombres…» es decir, uno de los obreros de su fábrica, «abandona el trabajo, deja improductivo un capital que ha costado 100.000 libras esterlinas». (Seniors; Cartas sobre la fábrica, 1837)

¡Imagínese el lector, paralizar, aunque sólo sea por un instante, un capital que ha costado 100.000 libras esterlinas! ¡Realmente clama al cielo que «ninguno de nuestros hombres» piense en abandonar jamás el trabajo! El volumen cada vez mayor de la maquinaria hace «deseable», como advierte el profesor adoctrinado por el fabricante, una prolongación creciente de la jornada de trabajo. [4]

«Hay en toda fábrica ciertos gastos que son constantes, lo mismo si se trabaja poco que si se trabaja mucho tiempo, como son, por ejemplo, la renta de los edificios, los impuestos locales y generales, los seguros de incendios, los salarios devengados por una serie de obreros permanentes, el desgaste de la maquinaria y otra serie de cargas cuya proporción respecto a la ganancia disminuye en razón directa al aumento de volumen de la producción». (Informes de la inspección de fábrica, 1862)

La máquina produce plusvalía relativa no sólo al desvalorizar directamente la fuerza de trabajo −y abaratarla indirectamente, al abaratar a su vez las mercancías necesarias para su reproducción−, sino también porque, en sus primeras aplicaciones esporádicas, convierte el trabajo empleado por su poseedor en trabajo potenciado, exalta el valor social del producto de la máquina por encima de su valor individual y permite así al capitalista reponer el valor diario de la fuerza de trabajo con una parte menor de valor del producto diario. Durante este período de transición, en que la explotación de las máquinas constituye una especie de monopolio, las ganancias tienen un carácter extraordinario, y el capitalista procura, como es lógico, apurar bien esta «luna de miel», prolongando la jornada de trabajo todo lo posible. Cuanto más se gana, más crece el hambre de ganancia.

Al generalizarse la maquinaria en una rama de producción, el valor social del producto elaborado por medio de máquinas desciende al nivel de su valor individual y se impone la ley de que la plusvalía no brota de las fuerzas de trabajo que el capitalista suple por medio de la máquina, sino de aquellas que la atienden. La plusvalía sólo nace de la parte variable del capital, y ya sabemos que la masa de plusvalía está determinada por dos factores: la cuota de plusvalía y el número de obreros simultáneamente empleados. Dada la duración de la jornada de trabajo, la cuota de plusvalía depende de la proporción en que la jornada de trabajo se descompone en trabajo necesario y trabajo excedente. A su vez, el número de obreros simultáneamente empleados depende de la proporción entre el capital variable y el constante. Ahora bien, es evidente que el empleo de máquinas, cualquiera que sea la medida en que, intensificando la fuerza productiva del trabajo, prolongue el trabajo excedente a costa del trabajo necesario, sólo consigue este resultado disminuyendo el número de los obreros colocados por un determinado capital. Convierte una parte del capital que venía siendo variable, es decir, que venía invirtiéndose en fuerza de trabajo viva, en maquinaria, o, lo que tanto vale, en capital constante que, por serlo, no rinde plusvalía. De dos obreros, por ejemplo, no podrá sacarse jamás tanta plusvalía como de 24. Aunque cada uno de estos 24 obreros sólo aporte una hora de trabajo excedente de las 12 de la jornada, todos ellos juntos aportarán 24 horas de trabajo excedente, es decir, el mismo número de horas a que asciende el trabajo total de los dos obreros.

Como se ve, la aplicación de maquinaria para la producción de plusvalía adolece de una contradicción inmanente, puesto que de los dos factores de la plusvalía que supone un capital de magnitud dada, uno de ellos, la cuota de plusvalía, sólo aumenta a fuerza de disminuir el otro, el número de obreros. Esta contradicción inmanente se manifiesta tan pronto como, al generalizarse el empleo de la maquinaria en una rama industrial, el valor de las mercancías producidas mecánicamente se convierte en valor social regulador de todas las mercancías del mismo género; y esta contradicción es la que empuja, a su vez, al capital, sin que él mismo lo sepa, a prolongar violentamente la jornada de trabajo, para compensar la disminución del número proporcional de obreros explotados con el aumento, no sólo del trabajo excedente −plustrabajo− relativo, sino también del trabajo excedente absoluto.  [5]

Por tanto, si la aplicación capitalista de la maquinaria crea, por un lado, nuevos y poderosos motivos para la desmesurada prolongación de la jornada de trabajo, a la par revoluciona los mismos métodos de trabajo y el carácter del cuerpo social de trabajo, de manera que rompe la resistencia contra esta tendencia, en parte poniendo a disposición del capital a sectores de la clase obrera antes inaccesibles y además dejando «libres» a los obreros desplazados por la maquinaria, produciendo una población «superflua» de obreros, que no tiene más remedio que someterse a la ley impuesta por el capital. [6]

Así se explica ese singular fenómeno que nos revela la historia de la industria moderna, consistente en que la máquina eche por tierra todas las barreras morales y naturales de la jornada de trabajo. Y así se explica también la paradoja económica de que el recurso más formidable que se conoce para acortar la jornada de trabajo se trueque en el medio más infalible para convertir toda la vida del obrero y de su familia en tiempo de trabajo disponible para la explotación del capital. Soñaba Aristóteles, el más grande de los pensadores de la Antigüedad:

«Si las herramientas, obedeciendo a nuestras órdenes o leyendo en nuestros deseos, pudiesen ejecutar los trabajos que les están encomendados, como los artefactos de Dédalo, que se movían por sí solos, o los trípodes de Hefesto, que marchaban por su propio impulso al trabajo sagrado; si las canillas de los tejedores tejiesen ellas solas, como esos mecanismos, el maestro no necesitaría auxiliares ni el señor esclavos». (F. Biese; La filosofía de Aristóteles, 1842)

Y Antipatros, un poeta griego de la época de Cicerón, saludaba el invento del molino de agua para triturar el trigo, forma elemental de la maquinaria de producción, como al libertador de las esclavas y creador de la edad de oro. «¡Los paganos, ah, los paganos!» [7]. Ellos, como ha descubierto el ingenioso Bastiat y ya había entrevisto antes que él, con su listeza todavía mayor, MacCulloch, no sabían una palabra de economía política ni de cristianismo. No sabían, entre otras cosas, que la máquina era el recurso más infalible para prolongar la jornada de trabajo. Ellos disculpaban acaso la esclavitud de unos como medio para facilitar el pleno desarrollo humano de otros, pero carecían todavía de ese órgano específicamente cristiano que permite predicar la esclavitud de las masas para que unos cuantos arribistas zafios o semicultos se conviertan en «eminentes hilanderos», en «grandes fabricantes de salchichas» o en «influyentes comerciantes de betún».

c) Intensificación del trabajo

La prolongación desmedida de la jornada de trabajo que trae consigo la maquinaria puesta en manos del capital, provoca, al cabo de cierto tiempo, como hemos visto, una reacción de la sociedad, amenazada en su nervio vital, y esta reacción acaba imponiendo una jornada «normal» de trabajo, legalmente limitada. Y esta, a su vez, hace que se desarrolle y adquiera importancia decisiva un fenómeno con el que ya nos encontramos antes, a saber: la intensificación del trabajo. Cuando analizábamos la plusvalía absoluta, nos preocupábamos primordialmente de la magnitud extensiva del trabajo, dando por supuesto su grado de intensidad. Aquí, veremos cómo la magnitud extensiva se trueca en intensiva o en magnitud de grado.

Es evidente que, al progresar la maquinaria, y con ella la experiencia de una clase especial de obreros mecánicos, aumenta, por impulso natural, la velocidad y, con ella, la intensidad del trabajo. En Inglaterra, la prolongación de la jornada de trabajo avanzó durante medio siglo paralela y conjuntamente con la intensidad del trabajo fabril. Sin embargo, pronto se comprende que, en un trabajo en que no se trata de paroxismos pasajeros, sino de una labor uniforme y rítmica, repetida día tras día, tiene que sobrevenir necesariamente un punto, un nudo, en que la prolongación de la jornada de trabajo y la intensidad de éste se excluyan recíprocamente, de tal modo que la extensión de la jornada laboral sólo es compatible con un grado menor de intensidad del trabajo, y viceversa, un mayor grado de intensidad sólo es compatible con la reducción de la jornada.

Tan pronto como el movimiento creciente de rebeldía de la clase obrera obligó al estado a acortar por la fuerza la jornada de trabajo, comenzando por dictar una jornada de trabajo regulada para las fábricas; a partir del momento en que se cerraba el paso para siempre a la producción intensiva de plusvalía mediante la prolongación de la jornada de trabajo, el capital se lanzó con todos sus bríos y con plena conciencia de sus actos a producir plusvalía relativa, acelerando los progresos del sistema mecánico.

Al mismo tiempo, se produce un cambio en cuanto al carácter de la plusvalía relativa. En general, el método de producción de la plusvalía relativa consiste en hacer que el obrero, intensificando la fuerza productiva del trabajo, pueda producir más con el mismo desgaste de trabajo y en el mismo tiempo. El mismo tiempo de trabajo añade al producto global, antes y después, el mismo valor, aunque este valor de cambio invariable se traduce ahora en una cantidad mayor de valores de uso, disminuyendo con ello el valor de cada mercancía. Mas la cosa cambia tan pronto como la reducción de la jornada de trabajo impuesta por la ley, con el impulso gigantesco que imprime al desarrollo de la fuerza productiva y a la economía de las condiciones de producción, impone a la par un desgaste mayor de trabajo durante el mismo tiempo, una tensión redoblada de la fuerza de trabajo rellenando más densamente los «poros» del tiempo de trabajo, es decir, obligando al obrero a condensar el trabajo hasta un grado que sólo es posible sostener durante una jornada de trabajo corta. Esta condensación de una masa mayor de trabajo en un período de tiempo dado es considerada ahora como lo que en realidad es, como una cantidad mayor de trabajo. Por tanto, ahora hay que tener en cuenta, además de la medida del tiempo de trabajo como «magnitud extensa», la medida de su grado de condensación. [8]

Una hora de trabajo intensiva, en una jornada de diez horas, encierra tanto o más trabajo, es decir, fuerza de trabajo desgastada, que una hora más «porosa» en una jornada de doce horas de trabajo. Por tanto, el producto producido en la primera hora tiene tanto o más valor que el producto de una hora y 1/5 en la segunda jornada. Prescindiendo del aumento de plusvalía relativa al intensificarse la fuerza productiva del trabajo, tenemos que ahora 3 horas y 20 minutos de trabajo excedente, por ejemplo, contra 6 horas y 40 minutos de trabajo necesario, suministran al capitalista la misma masa de valor que antes 4 horas de trabajo contra 8 horas de trabajo necesario.

Ahora bien, ¿cómo se intensifica el trabajo? El primer efecto de la jornada de trabajo reducida descansa en la ley evidente de que la capacidad de rendimiento de la fuerza de trabajo está en razón inversa al tiempo durante el cual actúa. Dentro de ciertos límites, lo que se pierde en duración del trabajo se gana en intensidad. Y el capital se cuida de conseguir, por medio del método de retribución −mediante el salario a destajo, forma de salario que estudiaremos en la sección sexta de este libro−, que el obrero despliegue efectivamente más fuerza de trabajo. En las manufacturas, la de alfarería, por ejemplo, en que la maquinaria no desempeña ningún papel o tiene sólo un valor secundario, la implantación de la ley fabril ha demostrado palmariamente que con sólo reducir la jornada de trabajo aumentan maravillosamente el ritmo, la uniformidad, el orden, la continuidad y la energía del trabajo. Véanse los «Informes de la inspección de fábrica» del 31 de octubre de 1865.

Sin embargo, en la verdadera fábrica este efecto no era tan claro, pues aquí la supeditación del obrero a los movimientos continuos y uniformes de la máquina hacía ya mucho tiempo que había creado la más rigurosa disciplina. Por eso, cuando en 1844 se trató de reducir la jornada de trabajo a menos de 12 horas, los fabricantes declararon casi unánimemente que:

«Sus vigilantes estaban atentos, en todos los talleres, a que los obreros no perdiesen ni un minuto… el grado de vigilancia y atención por parte de los obreros no admitía casi aumento». (Informes de la inspección de fábrica, 1845)

Y que, por tanto, suponiendo que todas las demás circunstancias, la marcha de la maquinaria, etc., permaneciesen invariables «era un absurdo, en las fábricas bien regidas, esperar ningún resultado apreciable de la intensificación de la atención, etc., de los obreros». No obstante, esta afirmación fue refutada por una serie de experimentos. Mr. R. Gardner hizo que, a partir del 20 de abril de 1844, sus obreros trabajasen, en sus dos grandes fábricas de Preston, 11 horas diarias en vez de 12. Al cumplirse aproximadamente un año, resultó que «se había obtenido la misma cantidad de producto con el mismo costo y que todos los obreros habían ganado en 11 horas de trabajo el mismo salario que antes en 12», ya que el tipo de destajo seguía siendo el mismo, la cuantía del salario semanal dependía de la cantidad de producto elaborado.

Paso por alto los experimentos hechos en los talleres de hilado y cardado, por ir estos unidos a un aumento de velocidad de las máquinas de un 2 por 100 aproximadamente. En cambio, en los talleres de tejidos, en los que se tejían clases muy diversas de artículos ligeros de fantasía con figuras, no se operó el menor cambio en las condiciones objetivas de producción. El resultado fue el siguiente:

«Desde el 6 de enero hasta el 20 de abril de 1844, con una jornada de trabajo de 12 horas, el salario medio semanal de cada obrero ascendió a 10 chelines y 1 penique y medio: desde el 20 de abril hasta el 29 de junio de 1844, con una jornada de trabajo de 11 horas, el salario medio semanal fue de 10 chelines y 3 peniques y medio». (Informes de la inspección de fábrica, 1845)

Como se ve, en 11 horas de trabajo se producía más que antes en 12, gracias exclusivamente a la mayor uniformidad y perseverancia del trabajo y a la economía del tiempo. Los obreros percibían el mismo salario y se encontraban con una hora libre, el capitalista obtenía la misma masa de productos, y ahorraba el gasto de carbón, gas, etc., durante una hora. Experimentos semejantes se hicieron, con idéntico resultado, en las fábricas de los señores Horrocks y Jackson. En estos experimentos desempeñaba un papel importante el elemento moral, como declararon los obreros al inspector fabril:

«Nosotros trabajamos con mayor entusiasmo pensando constantemente en la recompensa que supone para nosotros el salir por la noche más temprano, y toda la fábrica, desde el piecero más joven hasta el obrero más antiguo, se siente poseída por un espíritu activo y alegre; además, podemos ayudarnos mucho unos a otros, en nuestros trabajos». (Informes de la inspección de fábrica, 1845)

Tan pronto como la ley impone la reducción de la jornada de trabajo, que crea ante todo la condición subjetiva para la condensación del trabajo, o sea, la capacidad del obrero para desplegar más fuerza dentro de un tiempo dado, la máquina se convierte, en manos del capital, en un medio objetivo y sistemáticamente aplicado para estrujar más trabajo dentro del mismo tiempo. Esto se consigue de un doble modo: aumentando la velocidad de las máquinas y extendiendo el radio de acción de la maquinaria que ha de vigilar el mismo obrero, o sea, el radio de trabajo de éste. El perfeccionamiento en la construcción de la maquinaria es, en parte, necesario para ejercer una mayor presión sobre el obrero, y en parte también un fenómeno que acompaña por sí mismo a la intensificación del trabajo, ya que la limitación de la jornada obliga al capitalista a administrar celosamente los gastos de producción. El perfeccionamiento de la máquina de vapor aumenta el número de golpes de émbolo por minuto y, al mismo tiempo, con un ahorro mayor de fuerza, permite impulsar con el mismo motor un mecanismo más voluminoso, sin aumentar, y aun tal vez disminuyendo, el consumo de carbón. El perfeccionamiento introducido en el mecanismo de trasmisión disminuye el frotamiento y reduce a un mínimo cada vez menor el diámetro y el peso de las bielas grandes y pequeñas, que es lo que distingue tan visiblemente la maquinaria moderna de la antigua. Finalmente, las mejoras introducidas en la maquinaria de trabajo disminuyen su volumen, a la par que aumentan su velocidad y extienden su radio de acción, como ocurre con el telar a vapor moderno; o bien aumentan, con su tronco, el volumen y el número de las herramientas movidas por la máquina, como acontece con la máquina de hilar, o la movilidad de estas herramientas, mediante modificaciones invisibles de detalle; así por ejemplo, hacia el año 1855 la «mula de hilar» hizo que aumentase un 20% la velocidad con que funcionaban los husos. La reducción de la jornada de trabajo a 12 horas data, en Inglaterra, de 1833. Ya en 1836, declaraba un fabricante inglés:

«Comparado con tiempos anteriores, el trabajo que hoy se ejecuta en las fábricas ha crecido considerablemente, pues al aumentar en proporciones notables la velocidad de la maquinaria, ésta exige del obrero mayor cuidado y actividad».  (John Fielden, La maldición del Sistema fabril, 1836)

(…)

A la vista de esta notable intensidad que ya en 1844 había cobrado el trabajo bajo el imperio de la ley de las 12 horas, no parecía infundada la declaración hecha en aquel entonces por los fabricantes ingleses de que ya no era posible avanzar un paso más en esta dirección y de que, por tanto, todo lo que fuese reducir más la jornada de trabajo equivalía a acortar la producción. Nada demuestra mejor la aparente exactitud de su razonamiento que las palabras que hubo de escribir por aquel entonces su incansable censor, el inspector fabril Leonhard Horner:

«Como la cantidad producida depende principalmente de la velocidad de las máquinas, el fabricante tiene que estar forzosamente interesado en que éstas marchen a toda la velocidad que sea compatible con las condiciones siguientes: preservar la maquinaria de un desgaste demasiado rápido, conservar la calidad de los artículos fabricados y permitir al obrero seguir los movimientos de la máquina sin un esfuerzo mayor que el que pueda desplegar de un modo continuo. Ocurre con frecuencia que el fabricante, en su prisa, acelera demasiado la marcha de las máquinas. Las roturas y la mala calidad del género frenan la velocidad excesiva, y el fabricante se ve obligado a moderar la marcha. Como un fabricante activo e ingenioso encuentra siempre el máximo asequible, yo he deducido que, en 11 horas, es imposible producir tanto como en 12. Además, entiendo que el obrero pagado a destajo se mata trabajando para poder mantener continuamente el mismo grado de esfuerzo». (Informes de la inspección de fábrica, 1845)

Por todo esto, Horner llega a la conclusión de que, a pesar de los experimentos de Gardner, etc., el seguir reduciendo la jornada de trabajo a menos de 12 horas, tenía que disminuir necesariamente la cantidad del producto. Él mismo habría de citar, diez años más tarde, su objeción de 1845 como testimonio de lo mal que comprendía aún, en aquel tiempo, la elasticidad de las máquinas y de la fuerza humana de trabajo, puestas ambas en tensión hasta el máximo por la reducción forzosa de la jornada de trabajo.

(…)

El 27 de abril de 1863, el diputado Ferrand declaraba en la Cámara de los Comunes:

«Los delegados obreros de 16 distritos de Lancashire y Cheshire, en cuyo nombre hablo aquí, me han comunicado que los progresos de la maquinaria hacen que crezca constantemente el trabajo en las fábricas. Mientras que antes un obrero, ayudado por otros, atendía a dos telares, hoy atiende a tres sin ayuda de ningún género, y no es nada extraordinario que tenga a su cargo cuatro y aun más. De los hechos expuestos se deduce que, en la actualidad, se condensan doce horas de trabajo en menos de diez. Fácilmente se comprenderá, pues, en qué aterradora proporción ha aumentado, durante estos últimos años, el esfuerzo de los obreros fabriles». (Ferrand, Discursos, 1863) [9]

Por tanto, aunque los inspectores de fábrica ensalcen incansablemente, y con toda razón, los frutos favorables obtenidos por las leyes fabriles de 1844 y 1850, confiesan, sin embargo, que la reducción de la jornada ha provocado ya una intensidad de trabajo tal, que amenaza con destruir la salud de los obreros y, por consiguiente, la propia fuerza de trabajo.

«En la mayoría de las fábricas de algodón, de estambre y de seda, el estado verdaderamente agotador de excitación necesario para atender a las máquinas, cuya marcha se ha acelerado en estos últimos años en proporciones tan extraordinarias, parece ser una de las causas del exceso de mortalidad por enfermedades del pulmón, que el Dr. Greenhow ha puesto de relieve en su reciente y maravilloso informe». (Informes de la inspección de fábrica, 1861)

No cabe la menor duda de que la tendencia del capital a resarcirse elevando sistemáticamente el grado de intensidad del trabajo tan pronto como la ley le cierra de una vez y para siempre el camino de alargar la jornada, convirtiendo todos los progresos de la maquinaria en otros tantos medios para obtener una absorción mayor de fuerza de trabajo, empujarán de nuevo a la industria a una situación decisiva, en que no tenga más remedio que volver a reducir el número de horas de trabajo. Entre los obreros fabriles de Lancashire ha comenzado ya −en 1867− la campaña de agitación por la jornada de ocho horas. Por otra parte, la marcha arrolladora de la industria inglesa desde 1848 hasta hoy, es decir, durante el período de la jornada de diez horas, supera a los años de 1833 a 1847, o sea, al período de la jornada de doce horas, con mucha más fuerza que éste al medio siglo transcurrido desde la implantación del sistema fabril, es decir, al período de la jornada de trabajo ilimitada». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

Anotaciones de la edición:

[1] Durante la crisis algodonera que acompañó a la guerra norteamericana de Secesión, el gobierno inglés envió a Lancashire, etc., al Dr. Edward Smith. para que informase acerca de las condiciones sanitarias de los obreros de dicha industria. En este informe, se dice, entre otras cosa: desde el punto de vista higiénico, la crisis, aun prescindiendo de todo lo que supone desterrar a los obreros de la atmósfera de la fábrica, tiene muchas otras ventajas. Las mujeres obreras disponen ahora del tiempo necesario para dar el pecho a sus niños, en vez de envenenarlos con Godfrey’s Cordial [un medicamento de la época a base opio]. Disponen de tiempo para aprender a cocinar. Desgraciadamente, el tiempo para dedicarse a las faenas de la cocina coincidía con unos momentos en que no tenían qué comer. Pero, basta con lo dicho para observar cómo el capital usurpa en su propio provecho hasta el trabajo familiar indispensable para el consumo. La crisis a que nos referimos se aprovechó también para enseñar a las hijas de los obreros a coser en las escuelas. ¡Fue necesario que estallase en Norteamérica una revolución y se desencadenase una crisis mundial, para que aprendiesen a coser unas muchachas obreras, cuyo oficio consistía en hilar para el mundo entero!

[2] En las ramas industriales inglesas donde no rige, desde hace mucho tiempo, la verdadera ley fabril −no el Print Worh’s Act, que acabamos de citar en el texto−, han sido vencidos en cierto modo, durante estos últimos años los obstáculos que se oponían a las cláusulas educativas. En las industrias no sometidas a la ley fabril imperan todavía con bastante amplitud aquellas ideas que el fabricante vidriero J. Geddes hubo de exponer al comisario de investigación White:

«En lo que yo puedo juzgar, me parece que la dosis mayor de educación que desde hace algunos años se viene dando a una parte de la clase obrera es perjudicial. Encierra un peligro, pues la hace independiente». (Children’s Empl. Commission, IV Report, Londres, 1865. p. 253.)

[3] Aquel Manchester Spinner [un tipo de máquina de hilar del siglo XIX], a quien ya tuvimos ocasión de citar (Times, 26 de noviembre de 1862), enumera entre los gastos de la maquinaria los siguientes: «[El descuento por desgaste de maquinaria] tiene también como finalidad cubrir la pérdida constante que supone el hecho de que, antes de estar desgastadas las máquinas, queden anuladas por otras de construcción mejor y más moderna».

[4] «La gran preponderancia del capital fijo sobre el capital circulante… hace deseable una larga jornada de trabajo». Al crecer el volumen de la maquinaría, etc., «se robustecen los estímulos de prolongación de la jornada de trabajo, por ser éste el único medio de hacer rentable y fructífera una masa grande de capital fijo». (Seniors, Letters on the Factory Act, Londres, 1837, pp. 11−13). 

[5] En las primeras secciones del libro tercero de esta obra, veremos por qué el capitalista individual, y con él la economía política presa en las mallas de sus ideas, no tienen conciencia de esta contradicción inmanente.

[6] Uno de los grandes méritos de Ricardo [Marx se refiere a David Ricardo, uno de los economistas más importantes del siglo XVIII junto a Adam Smith] es precisamente el haber comprendido que la maquinaria no era sólo un medio de producción de mercancías, sino también de «población sobrante».

[7] Doy aquí la traducción de la poesía hecha por Stolberg, pues en ella, como en otras citas que hemos hecho acerca de la división del trabajo, se pone de relieve el contraste entre las ideas antiguas y las modernas:

«¡Dejad quieta la mano ajetreada, oh molineras, y dormid en paz! ¡En vano el gallo os anuncia la mañana! Däo ha encomendado a las ninfas el cuidado de vuestras faenas, y ahora brincan, ligeras sobre las ruedas, y los ejes, estremecidos, giran con sus radios, moviendo alegremente la pesada piedra. Dejadnos vivir la vida de los padres y disfrutar, sin el fardo del trabajo, de los dones que la diosa nos regala». (Gedichte aus dem Griechischen übersetzt von Christian Graf zu Stolberg, Hamburgo, 1782)

[8] Claro está que entre las diversas ramas de producción medían diferencias en cuanto a la intensidad de los trabajos. Pero, en parte, estas diferencias se compensan. como ya hubo de demostrar A. Smith, con una serie de circunstancias concomitantes a toda clase de trabajos. Ahora bien, para que influyan en el tiempo de trabajo como medida de valor, es necesario que la magnitud intensiva y extensiva se revelen como expresiones opuestas y que se excluyan entre sí de la misma cantidad de trabajo.

[9] Con el telar moderno de vapor, un tejedor puede fabricar hoy, trabajando 60 horas a la semana y atendiendo a 2 telares, 26 piezas de cierta clase y de determinada anchura y longitud, mientras que con el antiguo telar a vapor sólo podía fabricar 4. El costo de fabricación de cada una de estas piezas había descendido ya hacia el año 1850 de 2 chelines y 9 peniques a 5 y 1/8 peniques.

Nota adicional a la 2ª edición:

«Hace 30 años [en 1841] sólo se exigía de un hilandero de algodón, ayudado por 3 auxiliares, que atendiese a una pareja de «mules», con 300 a 324 husos. En la actualidad −a fines de 1871−, con 5 auxiliares ha de atender a 2.200 husos, produciendo, por lo menos, 7 veces más hilo que en 1841». (Alejandro Redgrave, inspector fabril, en el Journal of the Society of Arts, 5 enero 1872)

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