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La euforia típica de los adictos aflora en el rostro de Donald Trump sin el menor rubor o vergüenza. El antojadizo presidente de Estados Unidos alardea de su regocijo, entrecierra los ojos, sonríe y se retuerce de gusto ante las cámaras, mientras relata cómo vio —al igual que en una serie de televisión— el asalto y secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa Cilia Flores, por tropas especiales que descendían de helicópteros artillados escupiendo fuego de alto poder, matando a diestra y siniestra.