
Manuel Valdés Cruz (Granma).‰ Si la guerra es la extensión de la política a través de las armas, el exterminio de los pueblos es uno de los métodos con que los opresores reprimen el derecho de soberanía de los pueblos.
Desde la antigüedad, los opresores han tratado de justificar su ambición desmedida por los recursos y bienes de otros pueblos, con la utilización de la barbarie para el logro de sus objetivos. Lo utilizaron los romanos para conformar su imperio, oponiendo su poderío contra todos los que rechazaran su tiranía.
En el capitalismo, el fin sí justifica los métodos, y eso continúa siendo una constante en su modo de actuar. No hay mayor prueba que la barbarie que Israel ejecuta en Gaza, y detrás del telón vemos destapadas las intenciones tanto del Gobierno israelí como las del presidente estadounidense, Donald Trump, de convertir el enclave en inmobiliaria.
El colonialismo y el imperialismo poseen incontables ejemplos de verdaderos genocidios cometidos en nombre de la cristianización, como las Cruzadas en Europa y la expansión hacia el oeste, de las Trece Colonias.
Los casos de Guernica, en abril de 1936; la masacre en Lídice, en la República Checa, en junio de 1942; y el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, son prueba palpable de este método.
Cuba en su historia tiene también las experiencias, bajo el dominio español: la conocida Creciente del Conde de Valmaseda, iniciada en abril de 1869, con el objetivo de impedir la insurrección mambisa. Desarrolló todo tipo de crímenes contra el campesinado cubano en las regiones orientales. Su lugarteniente, Valeriano Weyler, nombrado en 1896 capitán general de la Isla, aplicó en octubre de ese mismo año el método de la Reconcentración de la población.
Según algunos historiadores, las defunciones por esa causa fluctuaron entre 200 000 y 300 000, comparable el método con los campos de concentración utilizados por el fascismo alemán. En ninguno de los casos citados pudieron lograr el propósito de ahogar la resistencia de los pueblos.
Su empleo hoy es la manera a la que, desesperadamente, se aferran los explotadores para demostrar la imposibilidad de otras alternativas que no sea el capitalismo. El odio, el racismo… son solo pretextos ante el agotamiento de un sistema incapaz de encontrar soluciones a problemas como el cambio climático o la migración, situaciones que son resultados de la explotación capitalista.
Las sanciones, las listas discriminatorias, las exclusiones, las revoluciones de colores, incluso los golpes de Estado constituyen las herramientas con las que se intenta cambiar el curso de los acontecimientos, y a su vez afloran como manifestaciones del temor a la pérdida de hegemonía.
La ofensiva neofascista que se trata de imponer no podrá eliminar el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Cada vez el mundo se inclina a la multipolaridad que, contrario al ideal capitalista y del genocidio, sienta las bases a la convicción de una soberanía sin imposición.