
Olivia Rodríguez Arteaga (Granma).— Liam Conejo Ramos es un niño de cinco años, estudiante en el preescolar de Columbia Heights. El martes, 20 de enero de 2026, por la tarde, tras salir de la escuela con su mochila a cuestas, otra puerta se cerró detrás de él: la de un centro de detención en Dilley, Texas, a varios kilómetros de su casa. ¿Su delito?: volver del colegio en el auto, con su padre.
Los agentes los interceptaron frente a su hogar. En el relato oficial, el padre huyó «abandonando a su hijo». En la versión de la superintendente de Escuelas Públicas de Columbia Heights, Zena Stenvik, los agentes usaron al niño «como carnada», pidiéndole que llamara a la puerta para que alguien desde adentro abriera. Su padre, desde la calle, le gritó a la madre que no lo hiciera.
«¿Por qué detener a un niño de cinco años?», se pregunta Stenvik. La familia tiene un proceso de asilo activo. La portavoz de Inmigración argumenta que el objetivo no era el menor, sino el padre, y que el niño está «bajo su resguardo». Pero afuera, en el frío de Minnesota, un vecino mostraba documentos notariados que lo autorizaban a cuidar de Liam. La Presidenta de la junta escolar ofreció llevárselo. Los agentes no escucharon. Se lo llevaron a Texas.
En Dilley, según la abogada defensora Leecia Welch, «casi todos los niños están enfermos». Más de 400 han enfrentado detenciones prolongadas. Liam es el cuarto estudiante de su distrito arrancado en semanas. En su salón, su silla está vacía. «Es un niño amable y cariñoso. Sus compañeros lo extrañan», dice su maestra, Ella Sullivan. El miedo ahora es una lección no planificada: la asistencia escolar ha caído en picada.
El vicepresidente J.D. Vance, también padre de un niño de cinco años, visitó la ciudad. Al conocer la historia, preguntó: «¿Se supone que deben dejar que un niño de cinco años muera de frío?». Nadie en la rueda de prensa le respondió que, en realidad, había tres adultos en esa calle ofreciéndose a evitar exactamente eso.
Esta crónica no termina. Se escribe cada mañana en las 1 133 sillas vacías de los compañeros de Liam que ya no se atreven a cruzar la puerta de la escuela. Se escucha en el silencio de una casa en Minneapolis, donde una madre espera, y en el eco de la pregunta que rebota en el centro de detención: la de un niño de cinco años que solo quería llegar a casa.

