
A lo largo de la última década, Podemos ha encarnado como pocos la deriva clásica del reformismo: mucha retórica rupturista en tiempos de oposición, silencio cómplice cuando pisan la alfombra del Estado y, una vez expulsados de las posiciones de influencia institucional, vuelta a un radicalismo verbal que no compromete nada ni a nadie. Este comportamiento es la demostración práctica de los límites insalvables del reformismo dentro del Estado burgués y de su incapacidad para sostener una línea consecuente frente al imperialismo.
Durante su paso por el Gobierno, Podemos asumió sin pestañear las reglas del juego. No solo aceptaron el marco de la OTAN, sino que admitieron en sus filas, y con orgullo, la figura de un general con un historial profundamente alineado con los intereses atlantistas: Julio Rodríguez. Su presencia sintetizaba una renuncia estratégica. Que un partido que había prometido cuestionar la estructura militar imperialista acabase exhibiendo como dirigente a un alto mando formado en la lógica de la Alianza Atlántica demuestra hasta qué punto el reformismo, al entrar en las instituciones, se pliega al aparato del Estado y sus compromisos internacionales.
En aquellos años no hubo declaraciones contundentes contra las maniobras militares de la OTAN, ni contra la presencia de bases estadounidenses, ni contra el incremento del gasto militar exigido por Washington. Al contrario: Podemos se integró disciplinadamente en la política exterior diseñada por el Ministerio de Defensa y el Ministerio de Asuntos Exteriores, aceptando las mismas imposiciones que durante décadas han subordinado a España a los intereses estratégicos de Estados Unidos. Ni una palabra sobre romper relaciones con Israel, aun cuando el genocidio contra el pueblo palestino llevaba décadas de perpetración. Ni una denunciando la participación española en ejercicios militares de la OTAN en el Este europeo. La crítica desapareció porque el reformismo, una vez en el Gobierno, siempre cede ante la lógica del bloque imperialista, temeroso de ser acusado de irresponsabilidad o de “poner en riesgo la estabilidad del país”.
Sin embargo, cuando quedan fuera del Consejo de Ministros, cuando su margen de decisión desaparece por completo, cuando ya no tienen que asumir ninguna responsabilidad directa, renace en ellos un impulso supuestamente radical. Ahora sí hablan de salir de la OTAN, ahora sí claman por romper relaciones, ahora sí se atreven a criticar lo que callaron. Y no sabemos qué da más repugnancia: el silencio de entonces o la impostura radical de ahora. Sí sabemos que este giro oportunista no es producto de una reflexión nueva, sino de su necesidad de recuperar un espacio político perdido. El reformismo, desprovisto de poder institucional, busca refugio en un discurso inflamado para diferenciarse del Gobierno que hasta ayer sostenía.
Esta conducta confirma la tesis marxista-leninista sobre la naturaleza del reformismo: no puede, ni quiere, desafiar de forma coherente al imperialismo. Puede criticarlo desde la comodidad de la oposición, puede hacer proclamas en redes sociales o en mítines, pero jamás sostendrá una línea de enfrentamiento real cuando llegue la hora de ejercer poder. El estado burgués le impone sus límites y el reformismo los acepta para preservar su espacio dentro del orden de la Burguesía.
Debemos señalar la diferencia entre el reformismo y una política antiimperialista consecuente. Salir de la OTAN es imprescindible para romper la subordinación al bloque imperialista en una fase geopolítica marcada por la ofensiva trumpista y el nuevo reparto mundial con el silencio cómplice de la OTAN.
El reformismo, con Podemos como ejemplo reciente, mostrará siempre su incapacidad para liderar una ruptura real. La crítica contundente no es solo un ajuste de cuentas: es la afirmación de que únicamente una línea revolucionaria, clara y firme puede enfrentarse al imperialismo sin titubeos, dentro y fuera de las instituciones, porque está en juego nuestra vida y la del planeta.
MYGO.

