
Julio Martínez Molina (Granma).— El «cine de presidentes», aciago subgénero que comenzó a frecuentar la pantalla norteamericana a partir del segundo lustro de la década de los 90 del pasado siglo (aquí, por supuesto, no hablamos de las películas anteriores de Oliver Stone sobre JFK y Nixon), parió filmes con mandatarios príncipes azules o expertos combatientes de artes marciales, sexo sadistas o cazadores de extraterrestres…
Este rosario de estupideces, al cual contribuyeron hasta directores de medio/alto prestigio a la manera de Wolfgang Petersen, Rob Reiner y Clint Eastwood, modificó tan abrupta como momentáneamente su enrumbe en 1997, merced al realizador Barry Levinson y su todavía recordado largometraje La cortina de humo que sobrepasó la media, al aportar y decir algo.
La película describe la fabricación artificial de un conflicto militar entre los Estados Unidos y ¡Albania!, con el objetivo de desviar la atención del escándalo interno suscitado a las puertas de las elecciones, tras el acoso sexual perpetrado por el presidente a una jovencita en la propia Casa Blanca.
Ahora, cuando vemos cómo intenta desviarse el foco de la podredumbre escondida en los Archivos Epstein mediante la invasión a Irán…, resulta significativo volver a este filme.
A todas luces, el de La cortina de humo se trata de un centro de atención inventado, a imagen y semejanza de los tradicionales pretextos históricos que las administraciones estadounidenses emplean a lo largo de la historia en tanto herramienta política, por regla general con los fines más espurios y que en Cuba –del Maine al orquestado «caso» de los falsos ataques sónicos a los diplomáticos yanquis en La Habana–, tan bien se conocen.
En La cortina… toda la campaña en defensa del número uno de la administración yanki será desarrollada por el astuto personero presidencial Conrad Brean (Robert De Niro) y el productor hollywoodense Stanley Motts (Dustin Hoffman).
Manejada en un explícito y por momentos reforzado tono satírico, constituye irónica representación artística de la mirada de Norteamérica frente al espejo. Representa la constatación cinematográfica de todo el proceso de maquillaje del suceso informativo falso convertido en «noticia», desde el instante cuando «acontece» hasta el acto de aparición del vocero ante medios de prensa que –en muchos casos vinculados a intereses con agendas anexas al poder–, lo presentan totalmente retocado, falseado a la opinión pública.
Deviene diagrama artístico de las artimañas de cerebros grises encargados de limpiar la sordidez dejada al camino por sus jefes, a través de cuanta vía sea posible.
También representa un reflejo fidedigno del poder increíble de la televisión (en el momento del filme; hoy, además, de las redes sociales como del resto de las plataformas digitales) para dorar o desintegrar imágenes; así como de su maridaje (ya entonces) con la computación, que puede engendrar cualquier efecto simulado.
Esta comedia dramática tiene real connotación político-social, innegable dimensión cualitativa y hasta pudiera afirmarse que determinada dosis de valentía.
Todo lo anterior se ve coartado, no obstante, por incongruencias del guion de Hillary Henken y el conocido David Mamet sobre la novela de Larry Reinhardt American Hero. El libro cinematográfico hincha demasiado la cuestión del «soldado Zapato» y al personaje de la asesora interpretado por Anne Heche no le confieren personalidad dramática, pese al esfuerzo manifiesto de la intérprete por insuflársela.
La cortina de humo (Oso de Plata en Berlín, 1998) precedería a otras cintas interesadas en la relación políticos–faldas y sus derivaciones políticas o bélicas.
Coyunturas y manquedades de este tipo de cine al margen, tal tendencia denotó el interés de algunos cineastas norteamericanos por trasladar al celuloide matices íntimos de un marco de poder demasiado sinuoso como para atraparlo en toda su gama de oscilaciones. Si bien cada intento respaldado por un afán de objetividad, como el caso de esta película, obtendrá siempre la aquiescencia de quienes degustamos y valoramos la obra.

