El miércoles el metanero Port Harcourt-II zarpó cargado de las costas de Nigeria y tenía previsto entregar su cargamento en la terminal de Fos-Cavaou, en la costa mediterránea de Francia.
Sin embargo, el buque cambió de rumbo y se dirigió al puerto de Dahej, en India y no es el único que hace lo mismo. Otro, el BW Brussels, también alteró su trayectoria. Su destino previsto era un puerto de Bretaña, en la costa atlántica francesa, pero luego marchó hacia el Océano Índico.
Está ocurriendo como en la pandemia, cuando los países se peleaban a tiro limpio en los aeropuertos de China por quedarse con los cargamentos de mascarillas. Entonces tuvieron que poner escoltas militares a los aviones.
Ahora se pelean por los cargamentos de petróleo y gas. Las exportaciones son cada vez más complejas de asegurar. Las navieras cargan los barcos y subastan la carga al mejor postor en pleno viaje.
El único problema no es el precio. Ha estallado una guerra por apoderarse de los suministros entre los países sedientos de combustible. Según datos recientes de la firma especializada Kpler, al menos ocho buques metaneros que transportan gas nigeriano o estadounidense han sido redirigidos a Asia en los últimos días.
Los países asiáticos están comprando energía a precios exorbitantes, con los buques en alta mar. Si aún no han entregado la carga, un país siempre se puede apoderar del contenido del buque. Basta con subir la puja lo suficiente.
En medio de este caos, Bruselas intenta tranquilizar a la población, afirmando que, a pesar de la tensión en el Estrecho, los suministros no están amenazados.


