
Ortelio González Martínez (Granma).— La paradoja es cruel. Mientras el Gobierno estadounidense justifica la presión para llevar «libertad», sus medidas castigan directamente la vida cotidiana de las familias y profundizan las dificultades que luego esgrimen como fracaso del modelo.
¿Qué sería de Cuba sin el bloqueo? La pregunta flota en el aire como un desafío. Es la convicción de que, liberada de esta camisa de fuerza económica, la capacidad intelectual, la iniciativa y el capital humano de la nación podrían desplegarse de otra manera. No es una promesa de paraíso, sino la exigencia elemental de un derecho: el de existir sin interferencia externa coercitiva.
Sin embargo, el que por prepotencia mantienen es también un bloqueo al afecto. Resulta irónico que una nación construida por inmigrantes mantenga unas restricciones de viaje y remesas tan severas contra un pueblo al que, sin embargo, vincula un profundo tejido familiar y cultural.
Cuba, firme en su posición, ha sabido a toda costa sostener un principio universal con excepcional transparencia: la solidaridad. Su ejército de batas blancas, sus maestros y sus colaboradores en los rincones más pobres del planeta son un activo diplomático y una prueba de su vocación internacionalista. Hoy, frente a los «vientos huracanados del norte», esa misma Cuba recibe solidaridad, con la autoridad moral que le da haberla practicado.
La pregunta final es tan simple como demoledora: ¿cuál es la amenaza real? Si Cuba no desató guerras de invasión, no perpetró atentados terroristas en suelo estadounidense, no derribó aviones civiles, no tiene bases militares en los Estados Unidos ni en ningún otro lugar. Su «amenaza» es, quizá, más ideológica y simbólica: el desafío de ser pequeña y no someterse. Un desafío que el poder hegemónico no parece perdonar.
La hidalguía del pueblo cubano, forjada en estas décadas de resistencia, es un hecho histórico. El tiempo de la presión infinita ha demostrado su fracaso.
Pese a los pesares, a la codicia que nos cercó, es imposible construir una Cuba nueva en ningún otro lugar del mundo que no sea este pedazo de tierra rebelde, este archipiélago obstinado que el imperio español, con mirada de cartógrafo y conquistador, denominó «la llave del Golfo».
Esta percepción fue adoptada íntegramente por las élites de Estados Unidos en el siglo XIX. Políticos, expansionistas y estrategas navales como John Quincy Adams la veían como la «fruta madura» que, por ley de la gravedad geopolítica, terminaría cayendo en sus manos para controlar el hemisferio. La metáfora de la «llave» justificó su intervencionismo y su persistente interés en anexar o controlar la Isla.
Podrán asfixiarnos, podrán inventarnos en Miami o en Madrid, podrán soñar con una isla a su medida, pero este es un destino que no negocia: seguimos, atravesados, incómodos e irrevocables, con el mar a los pies y el huracán en la historia, siendo esa llave que nadie ha podido arrancar del cerrojo del Caribe.
Cuba, desde entonces, no ha dejado de ser vista –y sufrir por ser– esa pieza maestra en el tablero del poder continental, sobreponiendo su soberanía a la condición de botín estratégico.
Porque Cuba no es solo una idea; es un lugar en el mundo, y su latido solo suena verdadero aquí, donde el Golfo nos reclama como su guardián y su eterna espina. Seguiremos –geográficamente hablando y la geografía es el primer acto de la política–, siendo la llave. Una llave que, por mucho que forcejeen, aún no han logrado desprender ni romper ni poseer.

