
Telva Mieres (Unidad y Lucha).— Hay que saber reconocer el talento cuando aparece. Y si de algo va sobrada Margarita es de talento. La Ministra tiene méritos y currículum suficientes para ocupar puestos de honor donde quiera que “usté” la ponga. Ella no es una cualquiera. Gracias a su expediente académico, número uno de su promoción en la carrera judicial, ejerció de jueza, magistrada y vocal del CGPJ con el mismo aplomo y brillantez, y destaca en cualquier sarao donde se reparta patria con cucharón.
Pero donde realmente se soltó esa melenita de puntas desfiladas, que parece ya patrimonio nacional, fue en la política.
Antes de alcanzar su plenitud tuvo un par de añitos de calentamiento en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Aquello le vino de perlas para dominar el arte de la diplomacia contemporánea: decir sí cuando toca decir no, poner cara de circunstancias, aprender a hablar con muchas sílabas o asentir con gravedad mientras el mundo arde.
Sin embargo, es en el Ministerio de la Guerra donde Margarita se reveló en toda su plenitud y encontró su verdadero destino. Tan identificada está con su tarea que al mismo Sánchez se le ha oído decir: “esta pájara se acuesta con el uniforme”. Nadie en el PSOE y aledaños pone en duda que es una leal funcionaria del Gobierno de España. Y allí, en los cuarteles, encontró la compañera Robles su hábitat natural.
No es poca cosa disciplinar a los militarotes, y ella lleva unos cuantos años metiendo en cintura a esa tropa de coroneles y generales, con más barrigas que galones. Porque cuadrar a esa caterva exige carácter, temple y cierto gusto por la marcialidad.
Gozamos cuando, con paso firme y tacones de gatita, pasa revista a batallones y regimientos: tico, taco, tico, taco, mientras la melenita de puntas desfiladas se balancea acompasada con la música militar. Esa música que a algunos nunca nos supo levantar, pero que a ella parece elevarla directamente al séptimo cielo… o, como diría un sargento de la tercera región militar, al quinto coño.
A Margarita lo que de verdad le dispara el pulso patriótico es una banda militar tocando a pleno pulmón mientras una compañía se cuadra delante de ella.
Y no seré yo quien lo critique. Cada cual encuentra su vocación donde puede: unos nacen para la danza, otros para la ciencia y otros para arreglar motores; ella nació para la alta Administración del Estado.
Eso sí, lo verdaderamente memorable de Margarita no es sólo lo que dice, sino cómo lo dice. Ese estilo sibilante, circunspecto, tan absolutamente ssssssuyo. Un soniquete suave, lleno de eses que se retuercen como serpientes, acompañado de unos morritos que hacen que el mensaje llegue al público susurrado y con ligeras interferencias.
De hecho, algunos cabrones aseguran que escuchándola con atención jurarían haber oído: “Estoy con Trump”.
Cuando en realidad, según los expertos en lectura labial institucional, lo que Margarita estaba diciendo era algo mucho más doméstico:
“Vaya pedazo calefacción tiene, embajador… ¿de dónde trae usté el combustible?”
Pero claro, entre eses, morritos, quehaceres ofensivo-defensivos con Irán, el eco de la sala y las malas pasadas de la fonética, la geopolítica se vuelve caprichosa.
Y es que gobernar en estos tiempos exige una flexibilidad y una movilidad que no se logran ni con las mejores técnicas de pilates. Hace nada defendía, con gesto ceremonioso y eses culebrantes, que “las basssses esssspañolas no estaban para determinadossss usossss del aliado norteamericano”. “España, ssssoberana y muy ressssponssssable”.
Pero no había enfriado el eco de esas siseantes palabras cuando apareció la explicación estratégica que justificaba el envío de una fragata “pa ayudar”. Nos dejó de piedra, la muy pájara.
Y ahí vamos, de babor a estribor, esperando a que Margarita, a la que le pirrian las misiones de paz, nos dé la fecha para recibir a Zelensky. Porque ella, aunque conmovida por el escenario de EE.UU e Israel, sigue llevando la defensa de Ucrania en su corazón y la defensa de Irán en una fragata.

