Tinduf: otra vez el barro

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«No es la primera vez que perdemos la casa con la lluvia. Lo peor no es perderlo, es saber que va a volver a pasar y que no hay forma de evitarlo».

Sonia Iruela (Unidad y Lucha).— Eso lo leí en un testimonio de Amina, madre de cuatro hijos en una de las wilayas afectadas. Marzo de 2026, hace cosa de un mes. Su familia pasó la noche intentando salvar lo poco que podía mientras el agua entraba en la jaima. Al día siguiente solo quedaban barro, mantas mojadas y silencio. Me parece terrible.

Podría haber empezado explicando qué pasó, cuándo, cuántas familias fueron afectadas. Pero lo que no se me va de la cabeza es eso: va a volver a pasar y no hay forma de evitarlo. Porque ahí está todo.

Las inundaciones de marzo en los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf no son un fenómeno meteorológico puntual, aunque desde la comodidad de Occidente se vean así. Allí la vida ya está construida sobre la precariedad. Y cuando llega el agua, esa precariedad se convierte en ruina total. No es la primera vez. Ya pasó en 2024, y ahora otra vez. Como si cada lluvia viniera a recordar lo mismo: que mientras no se respete el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui, no va a haber estabilidad posible.

En cuestión de horas, familias enteras vieron cómo sus casas se venían abajo. Las jaimas, inservibles. Y todo lo poco que habían conseguido reunir desde las últimas inundaciones, porque sí, hubo otras hace solo dos años, otra vez bajo el agua y el barro. No son «cosas», o no solo: son camas, ropa de los niños, los alimentos guardados con esfuerzo, papeles importantes. Todo lo que te da una mínima estabilidad para el día a día. En cualquier sitio normal, una tormenta no debería borrar así la vida de nadie. Pero allí sí. Una y otra vez.

También se han dañado escuelas y centros de salud, así que ahora toca reorganizar hasta lo más básico en una situación que ya era muy precaria de por sí.

Y todo esto pasa mientras la ocupación marroquí del Sáhara Occidental sigue ahí. La comunidad internacional mira para otro lado. España, que fue potencia colonial y todavía tiene responsabilidad jurídica sobre el territorio, lleva décadas eludiendo lo que le toca. Y la ONU, con sus resoluciones que no se cumplen, ha logrado que el derecho internacional sea papel mojado. Literalmente, papel mojado.

En ese vacío, el pueblo saharaui tiene muy limitada su capacidad de decidir. Dependen de ayudas que llegan tarde o no llegan. Y mientras tanto, la vida se sostiene como se puede, con organización comunitaria y mucha paciencia.

Lo grave es que al final todo esto se normaliza. La emergencia se vuelve rutina. La catástrofe no es solo el agua que cae, sino un orden político que decide qué vidas merecen reconstruirse y cuáles están condenadas a empezar de cero una y otra vez.

Desde el Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) lo tenemos claro, aunque sé que esto no basta con decirlo: hay que denunciar la ocupación, exigir el cumplimiento del derecho internacional y pasar de las declaraciones vacías a los hechos. Defender el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui y el reconocimiento del Frente Polisario como su legítimo representante. No vale solo con la solidaridad puntual o la ayuda humanitaria de urgencia.

Lo que más me impacta no es solo la destrucción. Es ver a las mismas familias levantando otra vez lo poco que les queda, como si la vida entera fuera eso: una reconstrucción permanente. Como Amina, que ya sabe que va a volver a pasar.

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