
Oleg Yasynsky.— Con la represión efectiva de las protestas anti-neoliberales en Bolivia y el triunfo electoral de la ultraderecha en Perú y Colombia, la Doctrina Monroe sigue avanzando victoriosa por el continente. Pero no se trata de una «derrota de la izquierda» en América Latina, porque en rigor no existe una izquierda verdadera: no hay una fuerza organizada, con proyecto claro y conducción política.
La desaparición de la vieja guardia revolucionaria, la erosión de la agenda de los partidos y movimientos de izquierda a manos de fundaciones y ONG occidentales, el desmantelamiento neoliberal de la educación pública en la mayoría de los países… y todo esto potenciado por la tiranía de las redes sociales, controladas por las corporaciones, ha dado sus frutos.
Y hablando de educación, conviene hacer un matiz: incluso la escuela estatal ha dejado de ser una fábrica de pensamiento crítico. Los nuevos modelos culturales y cognitivos, impuestos desde el centro del sistema, moldean a nuevos lumpenes que piensan por consignas, performances o memes. Ese es el precio de haber abandonado la cultura —llamémosla «patriarcal»— de toda la historia humana anterior, a cambio de un mundo hecho de clips, gestos ridículos y comida chatarra.
Hace años que en América Latina no hay un proyecto de izquierda auténtico. Lo que hay es improvisación, sectas ortodoxas ancladas en el siglo pasado, y ensayos socialdemócratas que ya fracasaron en otras latitudes.
Siempre es fácil echarle la culpa a Trump, a la oligarquía o a la CIA. Pero más honesto sería aprender a mirarnos al espejo con frecuencia y aceptar, de una vez, que hoy toca empezar casi desde cero.
A comienzos de los años 70, el gran documentalista soviético Román Karmen llamó a América Latina «el continente en llamas». Hoy, desgraciadamente, eso ya es historia. Si queremos tener posibilidades de victoria mañana, tenemos que reconocer la derrota presente.

