Mercadona mucho patriotismo de pulsera, pero cuando toca elegir siempre gana el beneficio
Hay empresas que compran anuncios. Otras compran prestigio. Es bastante más rentable.
Durante años se nos vendió el cuento de que Mercadona no hacía publicidad. Que su éxito era tan extraordinario que no necesitaba invertir en campañas de marketing. Sin embargo, el exdirector de El Mundo, David Jiménez, relató en su libro El Director y en diversas entrevistas un mecanismo mucho más eficaz: patrocinios y acuerdos económicos que permitían construir una imagen inmaculada en numerosos medios de comunicación y reducir al mínimo las informaciones incómodas sobre la empresa.
Cuando uno abre un periódico parece que Mercadona nunca se equivoca. Todo son récords de beneficios, innovación, liderazgo, excelencia y éxito empresarial. Casi nunca aparecen en portada las denuncias de los trabajadores, los conflictos laborales o las críticas sindicales. Demasiada casualidad.
Mientras la maquinaria de comunicación funciona a pleno rendimiento, la realidad vuelve a llamar a la puerta.
La CIG-Servizos lleva meses denunciando la implantación del modelo Tenda 9, reclamando simplemente información, negociación y garantías para la plantilla. Desde abril solicitó reunirse con la dirección de la empresa. La respuesta fue el silencio. Cuando una empresa presume de diálogo pero ni siquiera informa a la representación sindical de cambios que pueden afectar al empleo, queda claro qué entiende por transparencia.
Según denuncia la CIG, este nuevo modelo supondrá menos empleo, más movilidad forzosa, más contratos parciales, una mayor intensificación del trabajo y un deterioro de las condiciones laborales. También advierte de un clima laboral que puede afectar seriamente a la salud física y mental de muchos trabajadores.
Y aquí aparece la gran contradicción.
Mercadona, y especialmente su presidente, acostumbran a envolverse en un discurso de patriotismo económico, de defensa de España, de orgullo nacional, de empresa española y de compromiso con el país. Un discurso que conecta muchas veces con esa idea de que primero están «los nuestros», los españoles, la prioridad nacional y el orgullo de lo propio.
Pero cuando llega el momento de elegir entre mejorar las condiciones laborales de esos trabajadores españoles o aumentar unos beneficios que ya son multimillonarios, la patria desaparece de la conversación.
Entonces ya no importan tanto los españoles.
Importa el margen de beneficio.
Importa la productividad.
Importa reducir costes.
Importa que una persona haga el trabajo que antes realizaban dos.
Importa acelerar los ritmos de trabajo.
Importa reorganizar plantillas.
Importan los dividendos.
Ese es el verdadero patriotismo de algunas grandes empresas: la patria acaba exactamente donde empiezan los beneficios.
Porque el capital no tiene bandera. Nunca la tuvo.
Las grandes corporaciones hablan de España cuando les conviene para vender más, para mejorar su imagen o para presentarse como ejemplo de éxito nacional. Pero cuando los derechos laborales chocan con la cuenta de resultados, siempre gana la cuenta de resultados.
No ocurre solo en Mercadona. Es la lógica de un modelo económico donde el trabajador es un coste que hay que reducir y no una persona cuyos derechos deben protegerse.
Por eso resulta especialmente grave la actitud que desde hace años denuncia la CIG respecto a la persecución del sindicalismo combativo. Da la impresión de que la empresa se siente mucho más cómoda con quienes nunca cuestionan las decisiones de la dirección que con quienes organizan movilizaciones y defienden sin complejos los derechos de la plantilla.
La propaganda podrá seguir vendiendo la imagen de una empresa ejemplar. Los medios podrán seguir publicando reportajes amables disfrazados de información. Los departamentos de comunicación seguirán construyendo un relato perfecto.
Pero ninguna campaña de imagen puede esconder una verdad muy sencilla.
No hay patriotismo cuando se sacrifica la salud de los trabajadores para seguir aumentando beneficios.
No hay amor por España si quienes levantan cada día esa empresa salen perdiendo mientras unos pocos siguen acumulando millones.
Y no hay empresa modélica cuando el beneficio vale siempre más que la dignidad de quienes hacen posible ese beneficio.
Porque el verdadero patriotismo no consiste en ponerse una pulsera con la bandera ni en llenar los discursos de referencias a España.
El verdadero patriotismo consiste en garantizar empleo estable, salarios dignos, jornadas humanas, respeto a la libertad sindical y condiciones laborales que permitan a cualquier trabajador llegar a casa con salud.
Todo lo demás no es patriotismo.
Es marketing.
André Abeledo Fernández

