La fe mueve montañas y desvía autobuses

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Telva Mieres  (Unidad y Lucha).— Los grandes acontecimientos históricos merecen un recibimiento a la altura, con emoción desbordada y despliegue extraordinario. Y para que nadie diga que nos quedamos cortos, la que se ha montado aquí ha tenido proporciones bíblicas. Algunos recuerdan la llegada del hombre a la Luna. Otros, la caída del Muro de Berlín. Otros, el gol de Zarra a Inglaterra. Nosotros recordaremos el año de la visita del Sumo Pontífice hasta tres días después de nuestra muerte. Amén.

 

Quince años sin visita papal habían sumido a España en una preocupante penumbra litúrgica. La última fue la del pastor alemán Benedicto XVI. Muchos años dejando a las almas a su suerte…

Cuando los asuntos del espíritu se descuidan; la fe flaquea, la voluntad afloja, las almas se descarrían y las parroquias pierden clientela. Era urgente una nueva ofensiva evangelizadora.

Durante una semana, Madrid, Catalunya y Canarias se entregaron con fervor a la recuperación de sus raíces cristianas. Siempre hemos sido muy de recibir dignatarios vaticanos.

Ante la presencia del Vicario de Cristo, vivienda, sanidad, salarios o transporte pasan, naturalmente, a un segundo plano. Hay prioridades nacionales. Y pocas cosas son tan prioritarias como garantizar que el Sumo Pontífice pueda desplazarse con comodidad entre miles de creyentes deseosos de verlo desde una distancia suficiente para comprobar que, efectivamente, va vestido de blanco y con una capita que recuerda sospechosamente a la de Superman.

La visita llega en un momento jodidillo. Y nada reconforta más a una población angustiada por el alquiler, la cesta de la compra y la corrupción que una homilía multitudinaria en un estadio perfectamente acondicionado para la catequesis al aire libre.

El Consejo de Ministros, en cuanto oyó la palabra “Papa”, entró en un comprensible éxtasis místico y declaró la visita “acontecimiento de excepcional interés público”. Y como corresponde a los grandes misterios de la fe, aparecieron generosos beneficios fiscales para las empresas patrocinadoras del evento. La Administración siempre tan considerada con la Santa Madre Iglesia.

Las autoridades pidieron comprensión a la ciudadanía. Se advirtió que podrían producirse pequeñas molestias y así fue: trabajadores atrapados durante horas en sus desplazamientos, calles desaparecidas del mapa, atascos kilométricos, estaciones de metro clausuradas, líneas de autobús suspendidas o desviadas, restricciones de estacionamiento y hasta casos de congestión intestinal por la comitiva papal. Pero todo sacrificio es poco ante una causa de semejante trascendencia espiritual.

La programación ofreció momentos inolvidables. Vigilias de oración, encuentros de la España más apostólica y romana que “alza la mirada” para poner los ojitos en la mismísima cruz de Cristo, celebraciones litúrgicas y actos cuidadosamente diseñados para que un Estado oficialmente aconfesional la gozara de lo lindo.

Especialmente memorable resultó la visita al Congreso. Pocos imaginaban que la desfachatez institucional pudiera alcanzar cotas tan altas. Alguien debió pensar que nada honra más a un Estado laico que escuchar desde la tribuna parlamentaria discursos que parecían extraídos directamente del programa electoral de Vox. Siete minutos de ovación dejaron las palmas de las manos de algunos al borde de la lesión por esfuerzo repetitivo. Todo retransmitido por decenas de cámaras, miles de periodistas y un despliegue técnico para iluminar una galaxia entera.

Algunos insensatos llegaron a sugerir que podría aprovecharse la ocasión para acercar al Santo Padre a ciertos problemas reales del país. Finalmente se optó por una agenda más recogida, más ascética, más acorde con la dignidad imperial del cargo. Los problemas pueden esperar; la visita papal no. No es labor de la Iglesia ocuparse de las miserias terrenales…

La emoción ha sido especialmente intensa en algunos barrios. En la Cañada Real, por ejemplo, llevan años aguardando infraestructuras, suministro eléctrico, servicios básicos y soluciones concretas pero tendrán que esperar. Aunque quienes lograron inscribirse a tiempo, pudieron asistir a una multitudinaria misa a pocos kilómetros de sus casas. Eso reconforta a las almas piadosas mucho más que la luz eléctrica.

Estuvimos a la altura. Abrimos brazos, iglesias, puertos, plazas, estadios, calles, callejones, pasadizos y, sobre todo, las arcas públicas. Hemos contemplado emocionados cómo un grupo de sexagenarios se desgañitaba cantando «esta es la juventud del Papa» y, llegados a este punto, una acaba dando la razón al que dijo que fue el hombre quien, en un alarde de imbecilidad, creó a Dios a su imagen y semejanza. Y mientras el Papa vuelve a Roma, ¡Viva Bustamante!

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