El sionismo religioso: cuando la fe se pone al servicio de la supremacía.

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El sionismo religioso: cuando la fe se pone al servicio de la supremacía.

Hay una confusión que interesa mantener viva porque a algunos les resulta muy rentable: la de presentar cualquier crítica al sionismo como un ataque al judaísmo. Es una trampa doble. Sirve para blindar de crítica a un proyecto político concreto —el del Estado de Israel y su expansión territorial— y sirve, de paso, para borrar a los propios judíos que llevan un siglo denunciando esa misma confusión desde dentro de su tradición religiosa. Vamos a desmontarla con hechos, no con consignas.

Una ley que lo dice con todas las letras.

En julio de 2018 la Knéset aprobó la Ley Básica «Israel: Estado-nación del pueblo judío». No es un panfleto de un partido marginal: es una ley con rango constitucional. Su artículo primero establece que el derecho a la autodeterminación nacional dentro del Estado de Israel pertenece en exclusiva al pueblo judío, dejando fuera —de forma explícita— a los cerca de dos millones de ciudadanos árabes-palestinos que representan una quinta parte de la población del país. El propio presidente del Estado en aquel momento, Reuvén Rivlin, la calificó de mala ley, y el líder de la lista árabe conjunta, Ayman Odeh, resumió lo que sintieron sus votantes: <cite index=»34-1″>la ley describe a Israel por primera vez como «la patria nacional del pueblo judío»</cite> y <cite index=»34-1»>rebaja el árabe a idioma sin estatus oficial</cite>. Esto no es interpretación mía: es el texto legal, votado y promulgado.

Eso es supremacismo jurídico puro: la construcción de una jerarquía de derechos según el origen étnico-religioso de cada ciudadano. Y aquí está el primer punto que quiero que quede claro: eso no lo dice «el judaísmo». Lo dice una ley del Estado de Israel, redactada e impulsada por una coalición política concreta, el sionismo religioso y nacionalista, que es una corriente ideológica dentro del sionismo, no una obligación derivada de la Torá.

Las palabras de quienes hoy gobiernan.

Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y responsable de facto de la administración civil en Cisjordania, no ha escondido nunca su proyecto. Ha reclamado en repetidas ocasiones la anexión completa de Cisjordania y el establecimiento de una mayoría judía clara en el territorio, llegando a presentar un plan concreto para anexionarse el 82% del territorio ocupado excluyendo solo las grandes ciudades palestinas. En un acto en París fue más allá y <cite index=»13-1″>negó la existencia misma del pueblo palestino</cite>, calificándolo de invento reciente frente al derecho histórico judío sobre la tierra.

No es un exabrupto aislado. Es la misma persona que, en la antesala de la ofensiva sobre Gaza, defendió que Israel debía adoptar un enfoque abiertamente expansionista en los territorios ocupados, y que meses antes había llegado a describir a la población civil de Gaza en términos que deshumanizan a millones de personas por su origen. Este discurso no representa «al judaísmo»: representa a un ministro de un gobierno concreto, y ha sido condenado explícitamente por gobiernos de mayoría musulmana, por potencias europeas y por el propio Departamento de Estado norteamericano en distintos momentos.

Lo que dicen los judíos que rechazan esa supremacía desde dentro.

Aquí es donde el relato oficial se rompe del todo. Existen corrientes judías ortodoxas —no marginales en su origen teológico, aunque hoy minoritarias en número— que llevan denunciando el sionismo como una desviación herética desde antes de que existiera el Estado de Israel. El rabino Yisroel Dovid Weiss, portavoz del movimiento antisionista Neturei Karta, lo resume sin ambigüedad: para él los sionistas <cite index=»54-1″>son como un cáncer, un tumor para el judaísmo</cite>, porque el judaísmo consiste en cumplir la ley de la Torá, mientras que el sionismo es, en sus palabras, un movimiento nacionalista secular que se apropió del nombre y del símbolo religioso para fines de Estado.

Esta corriente sostiene, con base en la literatura rabínica clásica, que el pueblo judío no debe restaurar la soberanía nacional en la Tierra de Israel por medios humanos y políticos, sino esperar la llegada del Mesías; y que hacerlo por la fuerza —expulsando, ocupando, legislando jerarquías étnicas— es una rebelión contra el mandato divino, no su cumplimiento. No hace falta compartir su teología para reconocer el dato político esencial: son judíos religiosos que llevan casi un siglo señalando exactamente la misma distinción que este artículo defiende, sionismo y judaísmo no son sinónimos, y quien los funde en la misma frase está haciendo propaganda, no teología.

El supremacismo no tiene bandera única.

Lo dejé claro en la conversación previa a este texto y lo repito aquí como principio: rechazamos toda doctrina que establezca la superioridad de un pueblo, una raza o una fe sobre el resto de la humanidad, sea cual sea su origen. El sionismo religioso-colonial que hoy ocupa ministerios en Jerusalén no es distinto, en su estructura lógica, del supremacismo blanco, del colonialismo europeo del XIX o de cualquier nacionalismo excluyente que hayamos combatido en Europa. La diferencia es que este cuenta con cobertura institucional, ejército y, durante demasiado tiempo, con la complicidad silenciosa de las potencias occidentales.

Criticar esa ideología política no es antisemitismo. Confundirla deliberadamente con el judaísmo como religión —para blindarla de crítica— es, de hecho, un insulto a los propios judíos que la combaten desde su fe. La solidaridad de clase no distingue sinagogas, mezquitas ni iglesias: distingue entre quienes construyen jerarquías de dominación y quienes las combaten, estén donde estén.

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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