La limosna disfrazada de solidaridad: por qué la socialdemocracia gestiona la miseria en lugar de combatirla
Camaradas:
Vivimos atrapados entre dos enemigos de la clase trabajadora, y conviene no confundirlos, pero tampoco separarlos demasiado: por un lado, la ultraderecha fascista, abiertamente antiobrera, que crece alimentándose del miedo y la desesperación que otros generan; por otro, un progresismo domesticado que administra esa misma miseria sin intención ni capacidad de acabar con ella. Ninguno de los dos nos representa. Ninguno de los dos nos libera.
Caridad no es justicia.
Cuando la socialdemocracia gobierna, nos ofrece programas, subsidios, «ayudas»: limosna institucionalizada presentada como conquista social. Pero disfrazar la limosna de solidaridad no la hace menos humillante. La justicia social no se recibe de rodillas ni se agradece con la cabeza gacha: se ejerce como un derecho. Lo que gestiona la socialdemocracia no es un cambio de sistema, sino la administración ordenada del mismo abuso de siempre, con una sonrisa más amable y un discurso más cuidado.
Gestionar la miseria es normalizarla.
Ahí está la trampa: se nos presenta la gestión de la desigualdad, la miseria y la desesperación como si fuera lo mismo que combatirlas. No lo es. Es exactamente lo contrario. Gestionar la pobreza con eficiencia técnica y lenguaje inclusivo no es resolverla: es institucionalizarla, hacerla sostenible, hacerla tolerable para quienes no la sufren. Es transformar la injusticia estructural en un problema de gestión de recursos y convertirnos a nosotros, los trabajadores, en expedientes.
Exigir, no mendigar.
Por eso no debemos pedir. No debemos mendigar justicia social esperando la benevolencia de quienes nos gobiernan. Los derechos no se piden por favor: se conquistan con lucha organizada y se defienden con la misma determinación, porque, si no, nos los roban y los perdemos. La historia obrera es precisamente esa: la historia de arrancar cada derecho al capital y a sus administradores, nunca de recibirlo como regalo.
La función real de la socialdemocracia y los sindicatos sistémicos.
Aquí hay que ser claros, camaradas: la socialdemocracia y los sindicatos sistémicos que la acompañan no están ahí para hacer la revolución. Su función histórica, su razón de ser, es precisamente evitarla. Son la válvula de escape del sistema, el amortiguador que impide que la indignación acumulada se convierta en una ruptura real. Gestionan el descontento para que nada cambie de fondo, mientras el capital sigue extrayendo y la ultraderecha sigue creciendo, alimentada por el vacío que deja esta izquierda institucional sin proyecto emancipador.
No hay salida en elegir entre el fascismo que nos odia abiertamente y el progresismo que nos gestiona con condescendencia. La salida está en organizarnos como clase, exigir lo que es nuestro y no conformarnos jamás con la limosna.
¡Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

