El informe PISA y la fábrica de la obediencia
Camaradas:
Se habla mucho estos días del informe PISA, que deja en muy mal lugar el nivel educativo del alumnado en el Estado español. Pero, en realidad, deja en mal lugar algo mucho más amplio: el nivel general de cultura y, sobre todo, la comprensión lectora. Estudiantes de todo el mundo, también aquí, cada vez son menos capaces de entender lo que leen, de asimilar un párrafo o un libro y de extraer de ahí una idea propia.
Una degradación que no es casualidad.
Está claro que las nuevas tecnologías, el uso de la inteligencia artificial para hacer los trabajos por nosotros y una vida entera pegada a internet, donde el mensaje corto y el emoticono son la base de la comunicación, han degradado enormemente nuestra capacidad lectora y comprensiva. Es un auténtico drama. Pero es un drama que, en el fondo, al sistema le interesa.
El sistema no quiere gente que piense. Quiere gente que obedezca. No necesita personas capaces de pensar por sí mismas, de entender el mundo que las rodea. Necesita personas capaces de tragarse aquello que se les quiere hacer tragar a través de sus medios y sus redes, sin hacerse demasiadas preguntas. Comer con patatas y punto. Eso es lo ideal para el sistema y, con todo esto, lo está consiguiendo.
Del humanismo al analfabetismo funcional.
Hay una involución social tremenda. El ser humano se aleja cada vez más de aquel humanismo que aspiraba a saber un poco de todo, el de un Leonardo da Vinci, escultor, pintor e inventor a la vez. Aquello quedó atrás. Ahora, como mucho, la gente sabe de su oficio, de la carrera que estudió y poco más. Por eso tenemos universitarios que son auténticos analfabetos funcionales, ignorantes de la cultura general, de la realidad de otros países y hasta de la realidad de su propio país. Saben de lo suyo y ya está. Y eso es exactamente lo que se busca. Es una desgracia, un gran paso atrás para la humanidad.
La ignorancia sobre cómo funciona el propio Estado.
También llama la atención, y forma parte del mismo proceso de degradación, que cuando sale este dato la gente le eche la culpa al Gobierno central, ignorando que las competencias en educación corresponden a las comunidades autónomas, la mayoría gobernadas hoy por el Partido Popular. Da igual que estuviesen gobernadas por otro partido: el rumbo está marcado en todas partes por igual. Pero esa es la realidad de las competencias.
Pasa lo mismo con la sanidad: cuando alguien protesta por las listas de espera y culpa al Gobierno central, ignora que la sanidad también es competencia autonómica. Y pasa lo mismo con los incendios: cuando se culpa al Gobierno central, se ignora que la prevención y la extinción, durante todo el año, corresponden también a las comunidades autónomas.
Cuando ignoras cómo funciona el sistema en el que vives, tu propia Constitución, tus propias leyes, qué administración hace qué, lo ignoras prácticamente todo. Y estás dispuesto a creerte lo que te cuenten. Si eres de ultraderecha, te tragas las mentiras que vienen de un lado; si no lo eres, te tragas las que vienen del otro. Pero no tienes un criterio propio, no eres capaz de pensar por ti mismo, porque no te están preparando para eso, sino para todo lo contrario.
Ese es el gran drama de hoy: no saber nada de nada y permitir que nos llenen la cabeza con lo que les convenga. Y es lo peor que nos puede pasar, porque está comprobado que, cuando hay mucha ignorancia, es muy fácil sembrar odio y buscar chivos expiatorios.
La era de la desinformación.
Vivimos en la época con más información al alcance de la mano, la era de internet. Pero también vivimos en la época con más desinformación, no solo disponible, sino bombardeándonos sin ningún filtro. Una desinformación que viene de redes sociales con dueño, con amo, multimillonarios con intereses de clase muy determinados que no son los de la clase trabajadora.
Hablamos de TikTok, propiedad de la china ByteDance, sometida a sus propios intereses geopolíticos y comerciales. Hablamos de Facebook, Instagram y WhatsApp, las tres bajo el paraguas de Meta, el imperio de Mark Zuckerberg, que ha ido desmantelando uno tras otro los pocos mecanismos de verificación de contenidos que existían, primando el negocio y el algoritmo sobre cualquier responsabilidad social. Y hablamos de X, antes Twitter, propiedad de Elon Musk, que no nace de la nada: es hijo de la Sudáfrica del apartheid, racista confeso, que ha convertido su red social en un altavoz sin filtros de la ultraderecha internacional, financiando y apoyando abiertamente a esa ultraderecha en Estados Unidos y en el mundo entero.
Todas ellas, cada una a su manera, tienen dueño, tienen amo, tienen una ideología y unos intereses de clase muy determinados, y la mayoría de quienes las controlan son de ultraderecha o funcionales a ella. Esta gente controla las redes sociales y decide qué deja pasar el algoritmo y qué no, qué te muestra y qué te oculta. Está en sus manos. Ahí no hay democracia ni libertad de expresión: la censura la controlan empresas privadas con una ideología, unos intereses y una clase social que no es la nuestra.
Con los grandes medios de comunicación pasa lo mismo: están en manos de unos pocos multimillonarios que deciden qué se escribe. Ya lo decía Mark Twain: quien decide lo que se publica en un periódico es quien paga la tinta, no el periodista. Hoy esto ha llegado mucho más lejos. Los bulos y las mentiras están a la orden del día, y también lo está el apagón informativo: cuando un genocidio, una masacre o una guerra deja de interesar, sencillamente deja de existir en los medios. Se acabó. Aunque la gente siga muriendo.
Todo forma parte de lo mismo.
Desde el informe PISA, que confirma que cada vez somos menos capaces de entender lo que leemos y de pensar por nosotros mismos, hasta ese caldo de cultivo de ignorancia que fortalece a quienes tienen todas las herramientas para controlarnos, dirigirnos y defender sus privilegios frente a nuestros derechos: todo forma parte del mismo plan.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

