
Yul Jabour*.— El genocidio en Gaza ejecutado por el Estado sionista de Israel desde el 7 de octubre de 2023 forma parte de la estrategia estadounidense y europea de reconfiguración regional conocida como el «Nuevo Medio Oriente». Su objetivo es debilitar al eje de resistencia antisionista, consolidar a Israel como potencia militar y asegurar el control de las principales fuentes de energía y rutas comerciales para el gran capital.
El sionismo, creado y promovido originalmente por los colonialismos británico y francés en el siglo XIX, y luego financiado por Estados Unidos y sus aliados europeos, ha sostenido un proyecto de limpieza étnica desde la creación del ente sionista en 1948. La ofensiva iniciada en 2023 constituye uno de los episodios más atroces registrados en la historia contemporánea.
La Oficina de Medios del gobierno en Gaza informó que entre octubre de 2023 y octubre de 2025 fueron asesinadas o desaparecidas bajo los escombros más de 76.600 personas, el 60% mujeres y niños. Al menos 2.605 palestinos fueron asesinados y más de 19.000 heridos mientras buscaban ayuda humanitaria.
La destrucción de infraestructura alcanza el 90%, con 80% de la población desplazada, producto de los ataques aéreos, artilleros y terrestres, así como del bloqueo total que cortó electricidad, agua, combustible y bienes básicos. Zonas residenciales, escuelas, hospitales y campamentos de refugiados han sido sistemáticamente bombardeados.
Mientras Gaza es arrasada y sometida a crímenes de guerra y de lesa humanidad —con bombardeos constantes y el corte total de electricidad, agua y combustibles—, el ministro de Energía israelí anunciaba que BP y ENI habían comprometido «inversiones sin precedentes» para la exploración de gas natural. Una vez más, combustibles fósiles, capital y guerra se combinan en la ecuación que caracteriza las intervenciones imperialistas contra los pueblos.
En el año 2000, Yasser Arafat anunció el descubrimiento de los primeros yacimientos frente a la costa de Gaza, denominados Gaza Marine. Esta zona, perteneciente a la cuenca del Levante Mediterráneo, alberga una de las mayores reservas mundiales de gas en aguas marinas, suficiente para abastecer a cien millones de personas durante más de dos décadas. Según un informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU), estos yacimientos se extienden principalmente frente a Palestina e Israel, y en menor medida hacia Líbano y Egipto. El informe subraya que, al tratarse de un sistema subterráneo interconectado, las reservas deben considerarse un recurso compartido, por ello, recomienda una explotación conjunta bajo una fórmula justa de reparto, otorgando a los palestinos una participación mayoritaria tanto en los yacimientos bajo su subsuelo como en la parte correspondiente de las reservas compartidas.
Paralelamente a los hallazgos palestinos, Israel inició sus propias exploraciones junto a la petrolera estadounidense Noble Energy. Entre 2009 y 2010 se confirmó la existencia del enorme yacimiento de gas Tamar. Su desarrollo, valorado en 3.000 millones de dólares, fue financiado por bancos como JP Morgan, Citigroup, Barclays y HSBC. En 2012, Noble Energy y sus socios firmaron un contrato para suministrar gas a Israel por 14.000 millones de dólares durante 15 años, ampliable a 23.000 millones. Luego se suscribió otro acuerdo por 32.000 millones. Estos proyectos transformaron radicalmente la matriz energética israelí: hasta entonces, el país dependía de las importaciones de gas y carbón, y necesitaba adquirir el 70% del gas que consumía (40% proveniente de Egipto). Para 2018, Tamar ya generaba el 60% de la electricidad de Israel. En 2020, Chevron adquirió el 30% del proyecto al comprar Noble Energy. Aunque los yacimientos están mar adentro, la plataforma de procesamiento de Tamar opera a solo 10 kilómetros al norte de Gaza.
Luego llegó un descubrimiento aún mayor: el yacimiento Leviatán, cuyas instalaciones comenzaron a construirse en 2017 al comprobarse que contenía reservas capaces de cubrir el consumo de Israel durante 40 años. Su entrada en funcionamiento en 2020 consolidó el vuelco energético: Israel pasó de ser una isla energética dependiente del exterior a convertirse en exportador neto. Las exportaciones se dirigen principalmente a Egipto y Jordania, fortaleciendo su posición de poder regional y explicando, en parte, la inacción de estos gobiernos frente a la tragedia palestina. En junio de 2022, La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, firmó un acuerdo para importar gas israelí como alternativa al gas ruso, que se transportaría por el gasoducto submarino frente a Gaza hacia Egipto, donde se convertiría en gas natural licuado y luego sería enviado a Europa. Además de los beneficios económicos, esto amplió la capacidad de presión israelí sobre la UE.
En plena catástrofe humanitaria, en noviembre de 2023, la Comisión Europea publicó una nueva lista de proyectos energéticos prioritarios, incluyendo el gasoducto EastMed. Este proyecto, oficialmente llamado EuroAsia Interconnector, pretende conectar la ciudad israelí de Hadera, a 106 kilómetros al norte de Gaza, con Grecia a través de Chipre. El gasoducto será alimentado por los yacimientos chipriotas, por Leviatán y, posiblemente, por Gaza Marine.
Mientras tanto, Gaza Marine permanece intacto bajo las aguas frente a un territorio que hoy no tiene acceso a ningún tipo de combustible. Tras la operación «Plomo Fundido» en 2008, las negociaciones entre Palestina e Israel se rompieron definitivamente y Tel Aviv asumió el control efectivo de las aguas jurisdiccionales palestinas, militarizando la costa y confiscando los yacimientos, en abierta violación del derecho internacional.
Además del gas, en Cisjordania se encuentra el yacimiento petrolero Meged, con reservas estimadas en 1.500 millones de barriles, cuyo valor supera los 100.000 millones de dólares. Aunque el 80% del campo se ubica en territorio palestino, Israel lo explota sin compensación alguna.
A ello se suma el resurgimiento del proyecto israelí del canal Ben Gurión, propuesto en 1956, que conectaría el golfo de Aqaba con el Mediterráneo como alternativa al Canal de Suez. Sería un canal más largo que el egipcio, cuya ruta prevista pasa cerca de la frontera norte de Gaza. Algunos analistas señalan que Israel podría incluso trazar el canal atravesando Gaza. De concretarse, este corredor alteraría las dinámicas del comercio mundial, otorgándole a Israel una importancia estratégica inédita.
El 10 de octubre se anunció un supuesto alto al fuego en Gaza, promovido por Estados Unidos y respaldado por Turquía, Egipto y Qatar. Pero lejos de ser un acuerdo de paz, este mecanismo constituye una extensión del llamado «Plan del Siglo»: pretende transformar la Franja de Gaza en un protectorado estadounidense de facto y dejar intacta la ocupación israelí sobre toda Palestina, en particular sobre un territorio cuya riqueza energética ha sido sistemáticamente confiscada.
Este acuerdo no busca la paz: es parte integral de los proyectos imperialistas para rediseñar «un nuevo Medio Oriente», asegurar el control de las rutas estratégicas y blindar el acceso a los yacimientos de gas del Levante. En esta lógica, el régimen israelí —responsable de la devastación de Gaza y del expolio energético de toda Palestina— queda completamente indemne, protegido por quienes se benefician de su papel como enclave militar y energético en la región.
* Yul Jabour es Secretario General del Comité de Solidaridad Internacional (COSI). Este artículo apareció publicado en la edición de noviembre de Tribuna Popular.

