
Sergio Rodríguez Gelfenstein.— La incursión militar de Estados Unidos en Venezuela es expresión del talante intervencionista que ha caracterizado a ese país casi desde el momento de su creación en 1776. Una raza maldita surgida de europeos empobrecidos expulsados de sus países e imbuidos de un supuesto don divino que según ellos los convirtió en un pueblo elegido por Dios, se dio a la tarea de inventar un país después de exterminar a los pueblos originarios que desde tiempos inmemoriales vivían en ese territorio. A partir de entonces, su resentimiento, su odio contra la humanidad y su sed insaciable de destruir todo lo que no sea de ellos o apoderarse de lo que necesitan a través de la imposición y la fuerza, es la característica de un Estado, cuyas élites lo han hecho despreciable para una buena parte de la humanidad mientras que otra parte, medios de comunicación mediante, lo han transformado en un paraíso donde muchos quieren ir a pesar que son maltratados, despreciados y explotados.
En el caso de Venezuela, la acción intervencionista de Estados Unidos ha estado presente desde los tiempos de la lucha por la independencia. Sin embargo, en ese momento el Libertador entendió que ellos, igual que los ingleses eran “aliados eventuales y muy egoístas”. En ese contexto, Bolívar recomendó dialogar y negociar con ellos usando “un lenguaje dulce e insinuante para arrancarles su última decisión, y ganar tiempo, mientras tanto”.
Como una maldición perversa venida desde el norte, cada vez que comienza un siglo (ha ocurrido en los tres de la vida republicana) Estados Unidos eleva sus garras al nivel de zarpas para agredir al país en un nivel superior. Al empezar el siglo XIX, tras su encuentro con el enviado especial del presidente Monroe, Juan, B. Irvine en 1818, el Libertador comprendió el carácter intervencionista y agresivo del país del norte cuando constató que los puntos de vista de Irvine eran radicalmente opuestos a los suyos, lo cual impidió llegar a acuerdos.
Bolívar le hizo saber al diplomático estadounidense que no aceptaría intromisiones de su país en los asuntos internos de Venezuela, así mismo, en el caso particular que se debatía referido al bloqueo del río Orinoco por parte de las fuerzas patriotas rechazó contundentemente la posición de Irvine cuando pretendió dictar pautas respecto del derecho de Venezuela a tomar medidas políticas o militares para el mejor desarrollo de la guerra contra el colonialismo español.
Cuando comenzó el siglo XX y durante sus primeros años, Estados Unidos empezó a desarrollar una abierta intervención en los asuntos internos de Venezuela teniendo como eje el manejo del negocio petrolero que transformó a Venezuela – en la primera mitad de esa centuria- en uno de los grandes productores y exportadores mundiales quedando signado el país por esta huella que le generó una identidad particular en el coro de las naciones hasta los días que vivimos.
El siglo XIX venezolano se caracterizó por una larga seguidilla de gobiernos militares, donde la autocracia y el caudillismo caracterizaron la gestión gubernamental ante la debilidad institucional y la ausencia del Estado en importantes regiones del país. Dos figuras, José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco coparon el quehacer de la vida política.
Parecía que ese siglo finalizaría bajo esa marca y así lo refleja la memoria de la “historia oficial” sin embargo la llegada al poder de Cipriano Castro establece –además del enlace entre dos siglos- la señal de lo que sería una propuesta de transformación del país en su relación con las formas de dominación y subordinación del mismo al capital imperialista. Aunque la forma de llegada al poder de Castro no significó mayor diferencia respecto al de sus antecesores y siendo que su discurso no variaba -en esencia- del que los caudillos de la época trazaban, su negativa a satisfacer las reclamaciones financieras de naciones europeas que optaron por el ataque, bombardeo y posterior bloqueo de nuestras costas, marcaron para la República un punto de inflexión del devenir político en su trato con Estados Unidos y el resto de potencias del Viejo Continente.
En el contexto de la época, debe hacerse mención como hecho notorio, que el Embajador de Estados Unidos en Venezuela Francis Loomis había sido acusado de conspirar contra el gobierno venezolano bajo presión de la empresa New York and Bermúdez Company. Esta compañía había logrado una concesión maderera -sin autorización del Estado venezolano- a través de una transferencia recibida de Horace R. Hamilton y George A, Phillips, empresarios privados que la habían obtenido en 1884 durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco para la explotación de “recursos naturales”.
El gobierno de Venezuela rechazó la transferencia cuando se descubrió que el territorio en cuestión estaba en las inmediaciones del lago de asfalto más grande del continente, el gigantesco Lago Guanoco. La Bermúdez Company había tenido innumerables pleitos con gobiernos anteriores al no poder demostrar la validez de la concesión y los términos de la operación.

El gobierno del presidente Castro inició acciones legales para lograr la conculcación de la concesión con lo que se inició un gran conflicto con el Trust del Asfalto que ejercía alta influencia en el gobierno de Estados Unidos.
Este país dispuso la cantidad de 130 mil dólares para financiar la conspiración llamada “Revolución Libertadora”. La Bermúdez Company decide –en los primeros años del gobierno de Castro- acercarse a Manuel Antonio Matos, un banquero, devenido en General, opositor furibundo a Castro al sentirse afectado por la ruptura del Presidente con el sector financiero. Matos se da a la tarea de organizar un ejército uniendo a todas las facciones que adversaban a Castro. Aunque logró el apoyo de la Compañía Francesa del Cable Interoceánico y la alemana del Gran Ferrocarril de Venezuela quienes ofrecieron ayuda logística y financiera a la “Libertadora”, Matos es derrotado en la Batalla de La Victoria el 2 de noviembre de 1902 poniendo fin a la intentona y consolidando el poder de Castro en la conducción del país. Loomis es removido de su cargo y sustituido por Herbert. W Bowen, personaje que va a tener notoria participación en los hechos que iban a vivirse en fechas posteriores.
Hacerse de la economía venezolana en plena expansión petrolera era una ambición no enmascarada por las potencias europeas. En estas condiciones, supuestos países adeudados apelaron al cobro compulsivo de esa “deuda” sabiendo que esta solución no era factible en las condiciones que lo exigían por lo que recurrieron a la intervención militar.
Los hechos se desataron cuando fuerzas navales de Inglaterra, Alemania e Italia, asaltaron y posteriormente destruyeron de manera parcial los puertos venezolanos para finalmente bloquearlos, al mismo tiempo que bombardearon Puerto Cabello e hicieron un intento fallido para desembarcar en las costas del Estado Zulia que no se consumó por las particulares condiciones de navegación en el Lago de Maracaibo y la contundente respuesta de las fuerzas armadas venezolanas apostadas en el castillo de San Carlos de la Barra ubicado en la entrada del lago. Días después Francia, Holanda, España, Bélgica y hasta México se unieron a la reclamación.
La respuesta del Presidente venezolano conmocionó al país cuando el 9 de diciembre de 1902, proclamó: “La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria”. En un primer instante se supuso que Estados Unidos daría una contundente respuesta a la agresión europea en el marco de la aplicación de la Doctrina Monroe, sin embargo esto no ocurrió. La explicación del gobierno estadounidense se fundamentaba en que la misma no era aplicable en situaciones de incumplimiento de compromisos por alguna nación americana.
Esta actitud que aparecía como una respuesta neutral al hecho acaecido, escondía -sin embargo- la verdadera intención del nuevo imperio al fijar los límites de acción de la intervención europea, estableciendo que ella fuera sólo una medida de presión para cobrar la deuda pero impidiendo la profundización de la operación militar para que no llegara a una invasión con tropas, acción sólo concebida en nuestro continente para su realización por parte del ejército de Estados Unidos en el marco de la aplicación de la Doctrina Monroe, demarcando –de esta manera- y con precisión, el ámbito de su influencia expansionista.
Contraria a la aplicación de la Doctrina Monroe, desde América Latina surgió una propuesta transformada en materia de doctrina de derecho internacional americano a partir de la posición fijada por el Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina Luis María Drago que expuso la ilegalidad de las acciones militares para cobrar deudas surgidas de empréstitos contraídos por el Estado. Por su parte, el argumento del presidente Roosevelt para oponerse a la Doctrina Drago se fundamentó en que la intervención en un país, no se contradecía con la propuesta del jurista argentino si no estaba ligada a la conquista de territorios.
Sin embargo, dicha acción y la actuación del gobierno estadounidense a través de su representante en Caracas fueron una clara intervención en los asuntos internos del país, trocando en su favor la actitud desmesurada de una Europa que veía decaer su poder en el continente. En medio de la debilidad estructural del sistema político venezolano y de su absoluta precariedad financiera, el Presidente Castro se vio obligado a negociar con los deudores el pago de las acreencias nombrándose al Embajador Bowen como negociador por Venezuela después de haberse aceptado la mediación de Estados Unidos en el conflicto. Se firman así los “Protocolos de Washington” sin que ningún venezolano tuviera “arte ni parte” en la gestión de los mismos. Cada uno de estos 10 instrumentos -uno con cada nación acreedora- fue acordado por Bowen con estos países.
Es ampliamente conocido que Bowen, tomó decisiones propias sin consultar al gobierno venezolano. Los Protocolos son una verdadera afrenta a Venezuela y una imposición fuera de toda cordura al interés nacional. Bowen adujo que tanto él como su presidente ya se habían comprometido con los reclamantes bajo esas condiciones que resultaban perniciosas para Venezuela, pero que no podían modificarse.
Huelgan comentarios respecto al tenor de la negociación al margen no sólo del Derecho Internacional Público, también del Derecho Internacional Privado, pero más allá de la Doctrina, está sólidamente sustentado en documentos que reposan en poder de la República que la deuda reclamada era sencillamente inexistente, que no había pruebas que la respaldaran y que las reclamaciones eran inviables porque los reclamantes no tenían derecho a ella, incluso porque los documentos utilizados habían sido ilegalmente forjados.
Todo este suceso que se hubiera podido solventar mediante una negociación bilateral con cada una de las partes, fue en realidad el instrumento perfecto para la medición de fuerzas entre Estados Unidos y las potencias europeas. Europa quiso saber cuánta fuerza había acumulado Washington en su afán de aplicar la Doctrina Monroe. Estados Unidos por su parte, quería que los países americanos entendieran que sus intereses económicos en el continente iban a ser salvaguardados a cualquier costo.
Por esta razón había que ponerle coto al intento nacionalista que el General Cipriano Castro intentaba en Venezuela. Una mezcla de instrumentos militares, presión económica e injerencia diplomática habían resuelto este conflicto a favor de la naciente potencia imperialista fallando a favor de sus aliados europeos y sembrando un precedente de lo que sobrevendría en el siglo XX americano.
En 1904, Estados Unidos implementó el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe mediante el cual se auto atribuía la “responsabilidad” de intervenir en cualquier país del continente si se ponía en peligro o se amenazaba la propiedad o los derechos de las empresas estadounidenses. Fue un complemento necesario para Estados Unidos en los inicios de su etapa imperialista.
El incumplimiento de los pagos acordados en los Protocolos de Washington fue la justificación para el golpe de estado que Juan Vicente Gómez, cercano a Castro, pero más proclive a los intereses extranjeros le diera en 1908 a quien era su jefe y amigo. Es importante decir que la propia Embajada de Estados Unidos en Venezuela había informado a su gobierno en 1907 que el gobierno venezolano había terminado de cancelar la deuda con las potencias agresoras tal como se había establecido en las instancias jurídicas y que se disponía a pagar la deuda minoritaria a otros países acreedores.
Estos hechos mantuvieron las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela en una situación de franco deterioro en la medida que se adentraba el siglo. Las potencias extranjeras nunca cesaron en su intención de derrocar al gobierno de Castro. Éste no consiguió sostener la alianza que había logrado construir ante la invasión extranjera ni siquiera pudo mantener la unidad de su partido, el Liberal Restaurador en el cual Juan Vicente Gómez comenzó a liderar una camarilla de descontentos con Castro. Ante la enfermedad del presidente, se empieza a vislumbrar la posibilidad de su salida del poder. Diversas facciones pugnaban por desplazar al mandatario que convalecía, pero fue Gómez quien inició contactos con el gobierno norteamericano con el objeto de obtener su apoyo para una futura conspiración.
La partida de Castro hacia Europa a fin de recibir tratamiento médico puso en funcionamiento la confabulación interna que tuvo en Estados Unidos, un evidente aliado. El propio Secretario de Estado de Estados Unidos Philander Knox se puso al frente de dicha componenda ofreciendo sustento para un Golpe de Estado, además convocó a las potencias europeas para lograr su apoyo. El 19 de diciembre fue la fecha elegida para consumar el ascenso de Gómez al poder mientras el Presidente Castro permanecía en Europa. En breve arribaron a La Guaira los acorazados de guerra estadounidenses Maine, Des Moines y North Carolina. Así mismo, el Alto Comisionado de Washington, William I. Buchanan llegó a Caracas para ofrecer el respaldo irrestricto del gobierno estadounidense a Gómez. A cambio, éste se comprometió a variar la política nacionalista de Castro por una a favor de inversionistas extranjeros y sus países.

Las circunstancias políticas en que se desarrolló la dictadura de Juan Vicente Gómez trazó la señal sobre la cual iba a desarrollar su política exterior, en particular en su relación con Estados Unidos. Durante su gobierno, la industria petrolera pasó a transformarse en el centro de la economía y en el eje sobre el cual giraba el quehacer de la República. Su afán de sostenerse en el poder mediante la represión contó siempre con el apoyo de Estados Unidos que se hizo de la “vista gorda” ante los innumerables hechos que violentaban cualquier obligación democrática.
El interés en los gigantescos recursos energéticos de Venezuela para un país en expansión que emergía al siglo XX como primera potencia industrial y financiera del mundo después de su irrupción en la guerra hispano-cubana, y la firma del Tratado de París de 1898 y su apropiación del territorio de Panamá donde construiría el canal pero sobre todo donde instalaría un enorme poderío militar para ejercer su labor de control del hemisferio occidental. Necesitaba del dominio y vigilancia de las gigantescas reservas petrolíferas que emanaban a raudales del subsuelo venezolano. Nada más útil a sus intereses que un gobierno servil y corrupto al que pudieran manejar a su antojo.
Casi cien años después, en la agonía de ese siglo y comienzo del XXI, Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela. Se propuso -a partir de la aprobación de una nueva Constitución- cambiar las reglas de juego para que fueran los venezolanos quienes usufrutuaran la enorme riqueza nacional. La respuesta de Washington fue casi automática: en abril de 2002 organizaron, armaron y financiaron un golpe de Estado contra el presidente Chávez quien fue repuesto por el pueblo en su cargo en menos de 72 horas. Así mismo, desde Estados Unidos se ordenó un sabotaje a la industria petrolera que generó pérdidas directas por ventas no realizadas por casi 15 mil millones de dólares, una contracción del 9% del PIB de 2003 y el abandono de la industria de unos 18.000 trabajadores calificados todo lo cual ocasionó un impacto significativo en el fisco nacional por la reducción de ingresos fiscales.
Aunque Venezuela logró reponerse de este duro golpe a su economía, al igual que en el Chile de Salvador Allende cuando el Consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Henry Kissinger ordenó “hacer gritar” la economía chilena, a partir de entonces, Estados Unidos hizo uso en Venezuela de su amplio arsenal de instrumentos de agresión contra los gobiernos de los presidentes Hugo Chávez y Nicolás Maduro quien asumió en 2013.
En este ámbito podemos anotar: financiamiento de la oposición, intentos de fracturar las fuerzas armadas, alianza con el narcotráfico y las bandas paramilitares colombianas, alianza con la delincuencia organizada interna, sabotajes a la industria petrolera, a la industria eléctrica y al Consejo Nacional Electoral, intento de asesinato del presidente Maduro y otros altos dirigentes del país, invasión por mar, invasión por tierra con apoyo de los presidentes colombianos, alteración artificial del precio de la moneda venezolana, creación de una organización internacional denominada “Grupo de Lima” para derrocar al gobierno de Venezuela, casi 1.000 sanciones a líderes venezolanos y a su industria petrolera, declaración de Venezuela como una amenaza «inusual y extraordinaria» a la seguridad nacional de Estados Unidos, campañas de mentiras, tergiversaciones y falsificaciones de la realidad nacional a través de los medios corporativos de comunicación, actividades conspirativas de la embajada de Estados Unidos en Caracas y una larga lista de otras acciones.
En tiempos recientes se pasó al despliegue de una flota en el mar Caribe para impedir el comercio petrolero de Venezuela y posibilitar la destrucción de pequeñas embarcaciones de pescadores, la autorización a la CIA para realizar operaciones encubiertas contra el país hasta llegar a una incursión armada que produjo la muerte de 83 ciudadanos, heridas a más de 100 y el secuestro del presidente Maduro y su esposa.
El gobierno nazi que se ha entronizado en Estados Unidos solo tiene parangón en la historia en su antecesor alemán Adolfo Hitler durante el siglo pasado. El talante imperialista propio de Washington casi desde su nacimiento como país ha llegado a niveles nunca antes vistos. Nosotros en Venezuela tenemos la responsabilidad de resistir este momento tenebroso de la historia, y el mundo tendrá que decidir si acepta luchar contra la expansión del nazismo o convivir armoniosamente con él. Antes fue Palestina, Irán, Yemen, el este de Ucrania, Sudán, la República Centroafricana, Haití y Venezuela. Groenlandia y Europa están a punto de sumarse a la lista.
Pero así como cada cien años sufrimos en lugar cimero el incremento de la brutalidad y la irracionalidad estadounidense también, tenemos presente que, cuando el poeta Pablo Neruda le preguntó al Libertador: “Padre, […] eres o no eres o quién eres?, él le contestó: «Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo».
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