Jorge Ernesto Angulo Leiva (Granma).— Aunque tiene 54 años de vida, Jamal Ibn Mumia casi acumula seis décadas de cárceles. Sufrió 15 años de prisión y padece los casi 43 consecutivos de su padre Mumia Abu Jamal, sin perspectivas inmediatas de romper sus cadenas, tanto la del tiempo como la forjada por la crueldad humana.
Los dos, condenados con absoluta injusticia, demuestran la discriminación intrínseca del Gobierno de Estados Unidos contra la comunidad afroamericana, mucho más si sus líderes integran en la causa racial la búsqueda de las conquistas exigidas por la dignidad humana.
Al mayor lo inculparon por el fallecimiento del policía Daniel Faulkner, en Filadelfia, en diciembre de 1981. Tras un juicio sumario y con claras motivaciones políticas, manipulado al extremo y sin derecho a las garantías mínimas, lo condenaron a la pena de muerte, aunque la presión de la opinión pública evitó la ejecución y conmutó el dictamen por cadena perpetua durante este siglo.
«Mi papá, maestro, periodista y hombre de familia, desempeñó una labor de reportero en una emisora local, en la cual siguió la encarcelación de la juventud rebelde, en especial la organización radical move». Escribía en el periódico nacional de las Panteras Negras y militaba en ese movimiento.
«Ese compromiso le permitió conocer a su esposa a los 16. Pude comprender un poco sus luchas porque lo acompañaba cuando realizaba entrevistas en la comunidad. También me inculcaron desde muy joven lecturas como Frantz Fanon».
Le faltaban unos meses a Ibn para completar su década de existencia cuando el sistema judicial lo privó de los abrazos de su progenitor. «Mi madre sacó todos los televisores de la casa porque repetían la grave acusación», recuerda.
Cuando Abu Jamal comenzaba su calvario tras las rejas, le aseguró a su descendiente: «ahora te convertiste en el hombre de la familia, con la responsabilidad de garantizar su seguridad. Ese deber resultó un honor, era el mayor de nueve hermanos».
«Siempre lo visitábamos, pero sin contacto físico en 30 años. Creamos la fundación Freedom From Frame-Up, porque su caso solo representa uno de muchos: el poder quiere apresar a los periodistas con el valor de contar las verdades más sensibles».
Hasta 2011 permaneció en el Corredor de la Muerte, y salió de él con múltiples enfermedades como diabetes, hepatitis c, afectaciones visuales y cardíacas. Las autoridades lo dejaban morir lentamente sin el cuidado necesario; por ejemplo, presenta glaucoma y cataratas en los ojos, pero solo le operaron uno.
«En mi caso, pasé por varias prisiones federales y hasta pretendieron imponerme pena de muerte. En un intento de repetir la historia, me colocaron una pistola con el propósito de inculparme en 1996. Quisieron silenciarme por reclamar a favor de mi padre cuando su causa llegó a la ONU y sucedieron demostraciones de apoyo en varios países.
Abu Jamal sigue preso; pero sus seres queridos y defensores mantienen la esperanza de volver a abrazarlo algún día fuera de las paredes con alambradas.
Les asiste toda la razón, porque de su lado aparece la prueba más contundente de inocencia: la confesión del verdadero asesino, Arnold Beverly, alojada en el sitio web de la Fundación. Sin embargo, en un acto sin límites de irrespeto a los derechos humanos, la Corte Suprema de Pensilvania desestimó el recurso porque lo opusieron «fuera de tiempo» y el culpable jamás compareció a una audiencia.
A pesar de las decisiones de la (in)justicia estadounidense, el venerable convicto jamás alzó la bandera de la rendición; al contrario, asume cuanto dolor late en su nación y en el mundo, desde libros, publicaciones periodísticas y una actitud inquebrantable.
Aunque Mumia Abu Jamal representa un gran símbolo, Ibn prefiere aludirlo como su padre, consciente de que su ejemplo lo ha convertido en padre de muchos.


