En honor de Cuba. Lo que no se puede comprar

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Oleg Yasinski.— Hace unos días, nos reunimos con viejos compañeros latinoamericanos en Zoom para discutir los últimos acontecimientos. Durante la conversación, de repente me di cuenta de que hablábamos el mismo idioma, usábamos los mismos conceptos y teníamos la misma incomprensión que hace varias décadas, cuando acababa de llegar a Chile y estaba completamente seguro de que ahora sí haríamos una verdadera revolución. No entendimos nada.

 

No me refiero sólo a Venezuela, sino a todo lo que sucede a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Todo esto no solo está estrechamente relacionado, sino que son diferentes facetas de una misma cosa.

Para ablandar la conciencia humana y hacerla más sugestionable, muchas prácticas psicológicas prevén preparar nuestro cerebro con insomnio. Las pantallas de los dispositivos electrónicos y los televisores, con multitud de estímulos de distintos niveles, desde la pornografía y los videojuegos hasta las prácticas espirituales en línea, llevan muchos años alimentando la pandemia mundial de la falta de sueño masivo, lo que acelera enormemente la tarea de convertirnos en idiotas.

Las personas desesperadas por los problemas y el miedo siguen intentando comprender el mundo, tratando de averiguar quién es «malo» y quién es «bueno» en él. Si alguien aún lo recuerda, en nuestros primeros contactos con el «mundo civilizado» nos sorprendió esta lógica primitiva de los occidentales. A nuestras complejas reflexiones sobre la cultura y la historia, con todas sus paradojas, contradicciones y no linealidades, ellos preferían la sencilla fórmula del «bien» y el «mal», para no distraer sus pensamientos y energías de lo más importante en la vida: ganar dinero. Así es como se intenta educar hoy en día a las nuevas generaciones de personas de diferentes culturas.

La actual guerra del neoliberalismo contra la humanidad es cognitiva, porque nos han enseñado a no percibirla, y mundial, ya que afecta a todas las culturas, países y pueblos al mismo tiempo. Debido al proceso de globalización acelerado por la tecnología y el poder, muchas culturas tradicionales se encuentran en peligro de extinción. Dado que el crecimiento del desarrollo tecnológico ha superado en cientos de veces la velocidad de desarrollo de nuestra conciencia, muchas culturas tradicionales se resisten espontáneamente a ello con métodos medievales.

Personajes primitivos y cavernícolas del nivel de Trump o Musk, con sus secuaces y demás plancton político, utilizan en su beneficio bandas medievales de matones altamente tecnificados. El hombre de las cavernas ha conseguido cohetes y drones con los que se vuelve a meter en las cavernas, que es donde debe estar.

Los 32 cubanos que murieron en una lucha desigual defendiendo al presidente legítimo de Venezuela son la pura manifestación del espíritu humano, lo que más teme y menos comprende el sistema. Fueron asesinados solo porque resultó imposible comprarlos en un mundo en el que, al parecer, todo se vende desde hace mucho tiempo y en todas partes.

¿Cómo comenzó la destrucción de nuestro espíritu? Con la incomprensión de lo sagrado. Con el deseo de los holgazanes sin alma y los adictos al trabajo de comprar un poco de espiritualidad en los templos, los partidos políticos y los escenarios teatrales. Y, sobre todo, con la ayuda de todo tipo de gurús y líderes disfrazados, imprescindibles para la salvación de cualquier capitalismo, que comercian con ideales y espiritualidad.

Su principal error es creer que todos somos sus clientes obligatorios. Para dudar de algo se necesita valor. Ellos no tienen ese valor.

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