La enfermedad, el capital

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Más allá de un “fallo” significativo en la comunicación de los resultados del cribado de cáncer de mama en Andalucía, de una mala coordinación entre Administraciones, de no existir un procedimiento claro para notificar y dar respuesta a miles de mujeres sin conocer los resultados sobre sus mamografías; sin ser citadas para realizarse pruebas adicionales como ecografías, biopsias o diagnósticos de ampliación de estudio, ha generado no sólo retrasos aumentando las listas de espera, sino que ha vulnerado derechos fundamentales, finalizando, en algunos casos, en muerte por diagnósticos tardíos o erróneos en los cribados.

Por si todo esto no fuera suficiente, subyace una realidad concreta: la destrucción del sistema sanitario público por una neoliberalización de la sanidad. El ansia de extraer, de privatizar los recursos de los activos acumulados durante décadas por la clase trabajadora (que somos todas las que tienen que levantarse a las seis y media de la mañana para ir a trabajar y ganar un salario) lleva al capital a querer aprovecharse de esos recursos, de esos servicios públicos.

¿Quién paga las consecuencias de esa insuficiencia sanitaria, cuando el sistema de salud ha fallado?

Aquellas mujeres que están en una posición más frágil, más desvalida. No todas pueden acudir a la sanidad privada.

Es decir, no todas cuentan con los mismos recursos, con el mismo poder adquisitivo; los retrasos en los cribados, amplia la desigualdad existente entre unas y otras mujeres. No afecta a todas por igual. Sus consecuencias son muy distintas según la situación de clase, el tiempo se acorta para quienes pueden pagarse una prueba privada.

Para muchas otras, las de los trabajos míseros, provisionales, inestables y mierderos, las que aceptan trabajos temporales para conciliar con la vida familiar, las que no llegan a final de mes… las de la clase trabajadora, esa opción no existe. Se convierte en una forma de violencia institucional, cruel, porque no sólo es una espera o una demora administrativa más, sino son meses de incertidumbre, de miedo, de alerta constante y de aguantar mientras trabajan. Esa desigualdad sanitaria se transforma en una desigualdad de clase y de género.

La sanidad pública deja de ser un derecho garantizado para volverse en un castigo de quienes dependen sólo de ella; como por ejemplo, de esos hospitales de gestión público-privada, que priorizan beneficios económicos, afirmando que prima el negocio sobre la atención sanitaria adecuada.

El capital, cuyo máximo exponente es el fantoche y matón Donald Trump quiere el control de los recursos para alimentar a una economía que está en declive. Tener cada vez, más capital.

Cuando la verdadera enfermedad es el capital que nos priva de todos esos recursos y servicios públicos, no sólo hay que adoptar una vida saludable, tener una buena alimentación y tocarse la teta de vez en cuando para prevenir el cáncer, son necesarios más recursos públicos y una verdadera e ingente inversión pública en investigación. Sólo se conseguirá en “una sociedad “otra” que aplique el principio del feminismo de clase “…en la sostenibilidad de la vida en el centro. Que la vida valga más que las ganancias”.

Pilimin, con conocimiento de teta.

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