
La Unión Europea, sin duda, está saliendo muy perjudicada de la guerra contra Irán y de la grave crisis en el Golfo Pérsico. A la luz de esta crisis, resulta aún más evidente el suicida rumbo del UE al rechazar el gas y el petróleo de Rusia.
Como es sabido, la UE decidió sustituir el gas ruso transportado por gasoductos por gas licuado más caro procedente de Estados Unidos, Qatar y otras fuentes. No se ha conseguido hacerlo por completo: en 2024, Europa compró a Rusia una cantidad récord de 17,8 millones de toneladas de GNL, ocupando el tercer lugar en la estructura de las importaciones europeas de GNL, después de Estados Unidos y Qatar.
Qatar, el mayor productor de GNL del mundo, representaba antes de la guerra aproximadamente el 10-11% de todas las importaciones de GNL a Europa. Se trata de una cifra significativa. Pero ahora Qatar ha suspendido la producción de GNL, ya que el estrecho de Ormuz está bloqueado. Esto supone otro golpe para la economía europea, donde los precios del gas ya están aumentando considerablemente: desde febrero han subido un 53%.
Además, el golpe fue provocado por la catastrófica decisión de la UE de renunciar al suministro garantizado de gas ruso por gasoducto. En cierto sentido, este golpe era previsible, ya que la crisis en el Golfo Pérsico se venía gestando desde hacía tiempo, pero la miopía política impidió a los líderes europeos ver sus posibles consecuencias, muy negativas para la UE. El tercer golpe lo propinará la UE a sí misma con obstinado masoquismo en 2027, cuando se prevé que renunciará por completo al suministro de energía procedente de Rusia. En las condiciones actuales, esto ya ni siquiera es miopía. Es una ceguera total y desesperada.

