
Luis Manuel Arce Isaac (Mundo Obrero).— El presidente de EE.UU., Donald Trump, acaba de dar un nuevo plazo de 48 horas a Irán para abrir el estrecho de Ormuz o desatará «todo el infierno» sobre su pueblo si no se alcanza un acuerdo. Es suficiente para que la Corte Penal Internacional (CPI) se movilice, pida orden de captura a él y su socio de crímenes Benjamín Netanyahu, y prepare las condiciones para juzgarlos mediante los principios de Nuremberg, porque ambos son criminales de guerra.
Siendo razonablemente realistas, ¿de qué forma objetiva y realizable puede un perdedor hacer tamaña amenaza?
1) Un acto suicida lanzando sobre toda la geografía iraní los 50 mil soldados estadounidenses acantonados en Asia Occidental, los miles del sionismo que no logren rebelarse para no ir a ese tipo de guerra, las cinco monarquías árabes del golfo y Jordania prestando su territorio como bases militares pues prefieren a los sionistas y que las empresas extranjeras les roben su petróleo, y que una Europa extraordinariamente sumisa y acobardada los apoye, y se convierta también en carne de cañón molida por la obsesión y las ambiciones terrenales de todos.
2) Que Estados Unidos e Israel usen sus bombas atómicas, tácticas o pesadas —da igual porque de todas maneras se hará invivible prácticamente toda el Asia Occidental y el cabio climático se acelerará, y la vida humana en el planeta se transformará no se sabe en qué.
Pero con ninguna de las dos variantes ganará la guerra ni se abrirá el estrecho, porque antes de suceder algo semejante los iraníes buscarán la forma de bloquearlo definitivamente. Los muertos ni siquiera podrán ser recogidos en pala.
Los estrategas de Trump ni siquiera han tenido en cuenta que esta es una guerra ideológicamente mixta que lleva en sí misma un alto componente religioso y eso absolutiza las posiciones políticas y las metas. Los precios del petróleo se harán inalcanzables y la batalla por el crudo será peor que la de por el agua. Trump cayó en su propia trampa y el imperialismo sionista jamás tendrá existencia.
«¿Recuerdan cuando le di a Irán diez días para que llegara a un acuerdo o abriera el estrecho de Ormuz? El tiempo se acaba: 48 horas antes de que el infierno se apodere de ellos. ¡Gloria a Dios! Presidente Donald J. Trump», escribió este sábado en Truth Social.
Es lapidario, pues ni siquiera se dio cuenta que está firmando una confesión de derrota y que el extremo que está planteando no es una posibilidad de victoria porque no la tiene. De lo que está hablando, en realidad, es de una venganza sanguinaria, holocáustica, no solo para los iraníes, sino para los pueblos de Estados Unidos, Israel y el golfo, y un sacrificio económico brutal para Europa.
Le revienta el estómago la contraofensiva iraní, pero busca asimilarla con una sonrisa que es pura mueca de indignación e impotencia. El gran king es un impotente, al gran king se le están yendo los generales, y deberá llegar un momento en que los militares pundonorosos del ejército y la marina norteamericana no inclinen sus sables a los pies del emperador, y que Europa se sacuda de un polvo cósmico que la enchatarra y diga: “¡Ya está bueno! ¡Ya me cansé!”, empezando por Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia.
Basten tres graves violaciones del Derecho Internacional como Gaza, Venezuela, Nigeria e Irán para que se activen los principios de Nuremberg. Más allá de esos crímenes, el guerrerismo de Trump y Netanyahu concretado en ilegales bloqueos militares, ataques a navegantes en altamar, y hundimiento de naves y asesinato de sus tripulantes, hay una crueldad sin límites punible en uno y otro personaje.
¿Por qué soportar tal desatino criminal? ¿Por qué no juzgar a los culpables en un Tribunal como el de Nuremberg que enjuició a los nazis por crímenes de guerra como los de ambos, en especial contra la paz?
El sexto de esos principios de Nuremberg todavía vigentes considera punibles delitos contra la paz, participación en un plan común o conspiración para la realización de cualquiera acto de agresión, y entre los crímenes de guerra incluyen, pero no se limitan, asesinato, malos tratos o deportación o cualquier otro propósito de la población civil, malos tratos de prisioneros de guerra o personas en el mar, muerte de rehenes, saqueo de propiedad pública o privada, destrucción gratuita de ciudades, pueblos o aldeas, o devastación no justificada por necesidad militar.
A la tenebrosa lista añade crímenes contra la humanidad como el exterminio y otros actos inhumanos contra cualquier población civil, o las persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos, cuando dichos actos o persecuciones se realicen en ejecución de o en conexión con cualquier crimen contra la paz o cualquier crimen de guerra, así como la complicidad en la comisión de un crimen contra la paz, todos ellos presentes en la actuación de Trump y Netanyahu, y no hay argumentos legales que prohíban o justifiquen, no aplicarlos en el caso de ambos mandatarios.
Se trata de principios legales y morales cuya violación es sancionable, y establece que cada individuo, incluyendo a los jefes de Estado y de Gobierno, es responsable de sus actos y está sujeto a sanciones penales, independientemente de su rango o de las órdenes que haya seguido, y que los juicios de Nuremberg sentaron las bases para el derecho penal internacional, demostrando que la humanidad está protegida por ese escudo legal, e incluso un Estado puede ser responsable de agresión, y que en aquel proceso justo se sometió a los nazis al imperio de la ley, demostrando que nadie estaba por encima del Derecho Internacional, ni tampoco hay en el mundo algún king.

