
Justicia social: No es caridad, es un derecho de clase.
Por André Abeledo Fernández
A menudo nos quieren vender la «justicia social» como un concepto abstracto, algo que se puede despachar con una palmadita en el hombro o una donación puntual para lavar conciencias. Pero para quienes venimos de la lucha sindical y del compromiso con la clase trabajadora, la justicia social no es una concesión graciosa del poder; es, por encima de todo, una cuestión de derechos y de dignidad.
Vivimos en un sistema que prioriza los beneficios de unos pocos frente a las necesidades de la mayoría social. En este contexto, hablar de justicia social es hablar de redistribución real de la riqueza. No podemos decir que existe justicia mientras nuestras vecinas y vecinos tengan que elegir entre llenar la nevera o pagar el recibo de la luz, mientras el acceso a una vivienda digna sea una quimera para la juventud o mientras nuestros servicios públicos, los que nos hacen iguales, sufran el desmantelamiento programado de quienes solo ven clientes donde hay ciudadanos.
La justicia social se escribe con letras mayúsculas en los convenios colectivos, en la defensa de la sanidad y la educación públicas, y en la protección de nuestros mayores. Es el muro de contención frente a un neoliberalismo salvaje que intenta convencernos de que la precariedad es inevitable y que cada cual debe salvarse como pueda. Frente a su individualismo atroz, nosotros oponemos la solidaridad de clase y la organización colectiva.
No queremos las migajas que caen de la mesa de los poderosos. Exigimos un sistema fiscal progresivo donde quienes más tienen más aporten, para que la justicia social sea una realidad material y no un eslogan electoral vacío. Porque la verdadera democracia no se agota en las urnas; se construye día a día garantizando que nadie se quede atrás por el simple hecho de haber nacido en el código postal «equivocado».
Toca seguir en la calle y en las instituciones, sin dar un paso atrás. Porque la justicia social no se agradece, se conquista. Y en esa lucha, nos encontraremos siempre.
André Abeledo Fernández





