El cocinero y las salsas: sobre el socialismo sin moral y la izquierda sin clase.
Por André Abeledo Fernández
«El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación.» — (Ernesto Che Guevara).
El Che no hablaba de gestión presupuestaria. Hablaba de dignidad. Hablaba de construir un hombre nuevo, una sociedad nueva, no de remendar el traje viejo del capitalismo con hilo rojo. Eso es exactamente lo que no entienden, o lo que prefieren no entender, quienes hoy se presentan ante la clase trabajadora con el carné de la izquierda en el bolsillo y la agenda de los de arriba en la cabeza.
Vivimos en una época de prostitución de la ideología. La socialdemocracia hace décadas que traicionó a la clase obrera, eso ya lo sabemos, pero lo que resulta más peligroso, más dañino, es la nueva camada de partidos que se visten de izquierda para ejercer de policía bueno del sistema. El PSOE, Sumar, y toda esa constelación de progresismo de salón no defienden ni la economía socialista ni, desde luego, la moral comunista. Defienden su sueldo, sus dietas, sus pensiones vitalicias y el sillón que tanto les costó conseguir.
La política se ha convertido en una profesión. Y cuando la política es una profesión, la ideología pasa a ser un estorbo. El político profesional no puede permitirse el lujo de tener convicciones que le cuesten el cargo. Por eso gesticulan hacia la izquierda en campaña y gobiernan hacia el centro en el poder, cuando no directamente hacia la derecha. No es traición accidental: es la lógica del sistema que habitan y del que se alimentan.
El PP y VOX son lo que son, no engañan a nadie con demasiada sutileza: partidos creados para defender los intereses de las élites económicas, para mantener todo atado, como decía el dictador, y bien atado. Pero en ese juego sucio siempre hace falta alguien que haga de bueno, alguien que convenza a los de abajo de que dentro del sistema hay salida, de que metiendo la papeleta en una urna cada cuatro años se puede cambiar algo sustancial. Para eso está la izquierda del régimen. Para eso existe.
Hace tiempo que me viene a la cabeza la fábula del cocinero y las aves. Un cocinero convocó a todas las aves del corral a una asamblea. Con aparente cortesía, les preguntó con qué salsa querían ser cocinadas. Las aves murmuraron, se agitaron, hasta que una gallina dijo lo evidente: que ellas no querían ser cocinadas de ninguna manera. El cocinero, impasible, respondió que eso estaba fuera de discusión. Solo podían elegir la salsa.
Eso somos en este sistema. Eso es lo que nos ofrecen cada cuatro años: la salsa. A fuego lento o a máxima temperatura. Con el PSOE o con el PP. Con progresismo de despacho o con conservadurismo de trinchera. Pero cocinados siempre. Porque quien realmente manda no se presenta a las elecciones. No necesita hacerlo. Los mercados no votan, pero gobiernan. El capital no necesita carné de partido: ya tiene gobierno propio.
La izquierda con mayúsculas, la izquierda que merece ese nombre, no puede conformarse con elegir la salsa. Tiene la obligación de cuestionar la cocina entera. Tiene que hablar claro, sin tapujos, sin los eufemismos con los que la nueva izquierda pretende hacer revolución desde un escaño compartiendo tuits incendiarios. La conciencia de clase no se construye desde los despachos ni desde la gestión de lo posible dentro de lo imposible.
El Che tenía razón. Sin moral comunista, sin la convicción de que estamos construyendo algo radicalmente distinto, el socialismo económico es solo otra forma de administrar la miseria. Y eso, compañeras y compañeros, no es lo que necesita la clase trabajadora. Necesita organización, conciencia y la valentía de decirle al cocinero que la asamblea no va a discutir salsas.
André Abeledo Fernández

