El respeto a los pueblos que resisten no se aprende desde el sofá.

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El respeto a los pueblos que resisten no se aprende desde el sofá.

Hay una parte de la izquierda que se ha convertido en una caricatura de sí misma. Una izquierda que se autoproclama pura, ejemplar, guardiana de todas las ortodoxias morales, pero que a la hora de la verdad no ha sido capaz de transformar ni su propio entorno, ni sus propias sociedades, ni las condiciones materiales de su propio pueblo.

Esa izquierda —tan rápida para señalar, tan cómoda en la distancia— ha encontrado en países como Venezuela un nuevo campo de juicio moral permanente. Desde la seguridad de Europa, desde la comodidad de sus democracias imperfectas pero estables, dictan sentencias, exigen pureza absoluta, hablan de traiciones, de rendiciones, de supuestos retrocesos históricos.

Pero lo hacen sin pisar la tierra donde esas decisiones se toman. Sin haber vivido el bloqueo. Sin haber sufrido las sanciones. Sin haber soportado la guerra económica, la desestabilización política, las guarimbas, los intentos de golpe de Estado o el asedio internacional constante.

Venezuela no es un laboratorio ideológico. Es un país que ha resistido durante décadas una presión sistemática, coordinada y sostenida desde los centros de poder global, especialmente desde Estados Unidos, que ha impulsado sanciones económicas, aislamiento financiero y estrategias de cambio de régimen con el objetivo de condicionar su soberanía política.

Y junto a Venezuela, Cuba, que lleva más de medio siglo sometida a un bloqueo económico que condiciona su desarrollo, su acceso a recursos y su margen de maniobra internacional. Dos países que, con todas sus contradicciones internas —como cualquier otro Estado del mundo— han tenido que sobrevivir en condiciones que ningún país europeo aceptaría ni durante un mes.

Sin embargo, desde determinados sectores de la izquierda occidental se exige a estos pueblos una pureza absoluta. Se les exige resistencia sin fisuras, avances constantes, ausencia total de retrocesos. Como si la historia fuera lineal, como si la supervivencia política no tuviera costes, como si resistir un bloqueo económico y político permanente no implicara decisiones difíciles.

Es una exigencia profundamente injusta. Y en muchos casos, profundamente hipócrita.

Porque quienes más rápido señalan las supuestas “traiciones” ajenas son, con frecuencia, quienes no han sido capaces de construir ni una mínima correlación de fuerzas en sus propios países. Quienes no han logrado ni siquiera proteger derechos básicos de sus trabajadores, ni frenar el avance de la precariedad, ni impedir la privatización progresiva de servicios esenciales.

Es fácil pedir heroísmo ajeno desde la comodidad propia.

Y mientras tanto, se olvida lo esencial: quién ejerce la presión, quién impone las sanciones, quién bloquea, quién interviene, quién financia la inestabilidad, quién decide qué economías pueden respirar y cuáles deben asfixiarse.

Estados Unidos ha jugado históricamente ese papel en América Latina: sanciones, intervenciones, apoyo a golpes de Estado, presiones diplomáticas y económicas. No es una opinión, es una constante histórica documentada, visible en décadas de política exterior en la región.

Ante eso, reducir la complejidad de países enteros a consignas simplistas desde la distancia no es análisis político: es comodidad disfrazada de superioridad moral.

La izquierda que aspira a ser útil no puede comportarse como un tribunal permanente sobre los pueblos que resisten. Tiene la obligación de comprender los contextos concretos, las correlaciones de fuerza reales y las condiciones materiales en las que se toman decisiones políticas difíciles.

Ser solidario no significa exigir imposibles. Significa entender las condiciones de la lucha y respetar a quienes la sostienen bajo presión constante.

Tal vez el problema no esté en los pueblos que resisten, sino en quienes, desde la distancia, han olvidado lo que significa resistir de verdad.

 

André Abeledo Fernández

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